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Crónicas Filipinas

Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.

 

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Camino de Palawan, la última frontera

Puerto Princesa, Filipinas — martes, 26 de julio de 2011

Bueno, pues después de la entrada anterior, producto del jet lag, continuo con el día 26. A las seis y media de la mañana ya estamos cansados de dar vueltas, así que decidimos levantarnos, asearnos, organizar los trastos y bajar a desayunar. A las siete menos algo estamos ya abajo, pensando que quizá esté todo a oscuras y en silencio, pero que va, aquí la gente madruga de verdad. La cocina ya está a pleno rendimiento y una familia flipina con un bebé ya está desayunando; a las ocho de la mañana, el padre ya se ha tomado dos cervezas de medio litro marca Red Horse, extra strong, según reza en la etiqueta.

Nos pedimos dos "Heaven Breakfast", que tienen un par de huevos fritos, bacon dulce (típico de aquí), bacon salado, dos rebanadas de pan, una especie de filete de pescado empanado, un zumo y un café. Toma ya, a esto se le llama empezar el día con energía. Después, consultamos el correo y vista la experiencia con el taxista de ayer, mandamos un e-mail para que nos recojan en el aeropuerto de Puerto Princesa.

Palawan es una isla de forma alargada que está más cerca de Borneo y Malasia que de Filipinas, por lo que comparte ecosistema con estas últimas: playazas, selvas y espero que no comparta tsunamis.

Después del desayuno bajamos las sábanas y toallas, nos devuelven la fianza de 500 pesos y pedimos el coche que nos va a llevar al aeropuerto. Lleva lloviendo un par de horas y en la puerta vemos que la gente lleva a cabo su actividad diaria sin importarle la lluvia: albañiles con camisetas en la cabeza, conductores de triciclo con una mano en el manillar y otra en el paraguas, gente que va a sus trabajos.... La lluvia es algo habitual, nada se interrumpe aunque esté diluviando. Llega la furgoneta, nos recoge y emprendemos camino hacia el aeropuerto por la misma zona por donde paseábamos ayer. Hay una extraña luz azul producto del cielo encapotado. Atravesamos un puente sobre un río, con muchas casas humildes en su ribera. Da un poco de miedo pensar que pasará con todas ellas si el río se desborda, porque están literalmente sobre el agua.

Hoy viajamos con Cebu Pacific, una compañía filipina de bajo coste. La terminal 3 del aeropuerto está impoluta, con mucha gente pasando la fregona constantemente. Facturamos las mochilas y damos una vuelta por la zona de compras, donde vemos marcas y precios totalmente occidentales. Llega la hora de embarcar, nos subimos al autobús que nos lleva al avión y allí pasa algo curioso: al salir, un operario reparte decenas de paraguas entre los viajeros que subimos la escalerilla para que no nos mojemos en esos escasos veinte metros.

El avión tiene buena pinta, muy nuevo, y afortunadamente la lluvia ha amainado un poco. Al despegar vemos la impresionante panorámica de Manila, que se extiende hasta donde nos alcanza la vista. Volveremos para hacer al menos un par de escalas.

Después de una hora y veinte de vuelo tranquilo empezamos a ver Palawan y sus islas. Aterrizamos con un poco de sol y al salir del avión vemos que el paisaje ha cambiado mucho. Los treinta grados y la humedad siguen, pero el aeropuerto es más pequeño que la estación de autobuses de Albacete. Nuestro conductor nos recoge, nos monta en la furgoneta y tiramos para la casa de bambú que hemos alquilado para tres días. Hoy no tenemos hostel, sino una fantástica casita de dos pisos para nosotros solos, con todas las comodidades por sólo 23 euros al día.

Atravesamos la ciudad, de menos de 200.000 habitantes, casas bajas y puestos junto a la carretera. Las edificaciones se abren paso entre la vegetación que todo lo cubre. En veinte minutos llegamos a la casa, que no nos defrauda, sino todo lo contrario. Charles, el chico que nos ha recogido nos la enseña muy amablemente y nos dice donde está cada cosa.

¡Qué maravilla de lugar! La pega es que está un poco lejos del centro, pero no será problema por que podemos ir y volver en tuk-tuk, los triciclos a motor que están por todas partes. Lo bueno es que es un barrio donde sólo hay casas de filipinos, nada de turistas ni hoteles. La calle está sin asfaltar y con bastantes charcos por las lluvias.
Soltamos los trastos, hacemos un poco de reconocimiento y nos disponemos a volver al pueblo de nuevo para comer. La casa tiene unos ventanales de madera abatibles que están siempre abiertos y unas puertas que dan a un pequeño porche. En la parte de arriba hay otro balcón desde donde se divisa una panorámica espectacular de la zona. Estamos cerca del mar, aunque la playa de Puerto parece que no es gran cosa. Lo bueno de la casa es que los encargados viven en una pequeña casita en la misma parcela, por lo que no hay ningún problema de seguridad o de abastecimiento.

Cuando salimos a la calle, todo el mundo nos mira con curiosidad, nos sonríen y nos saluden. Niños que vuelven del colegio, tenderos que venden sus productos y gente que está a lo suyo. Para ellos, los exóticos somos nosotros.

Salimos a la carretera principal y empezamos a caminar en dirección a la ciudad. Nos cruzamos con Charles, que viene de la ciudad y nos aconseja que cojamos un tuk-tuk. Él mismo para uno y nos dice que el precio es ocho o nueve pesos; si tenemos en cuenta que 60 pesos es un euro, os hacéis una idea de los precios.
Tras diez minutos de viaje kamikaze llegamos al centro y le pedimos al conductor que nos deje. Le doy 10 pesos pero el tío me reclama el doble porque somos dos. Escamado con el taxista del día anterior me niego y se va sin protestar mucho. Una cosa es que sea barato y otra que nos cobren el doble.

Comemos en un sitio llamado Nokinocs Savory, donde hay especialidades locales, pero no cerveza, grrrrrrr. Menos mal que antes me he quitado el mono comprando una San Miguel en una tienda de al lado. Clara come un pescado con arroz y yo una especie de cerdo oriental con pasta, pero me quedo con hambre y remato con una hamburguesa hawainana.
Después visitamos la oficina de turismo para informarnos de los tours para visitar el río subterráneo, que es candidato a ser una de las nuevas maravillas naturales del mundo. En la casa, Charles nos ha ofrecido el tour, un día completo, con furgoneta de ida, visita al rio en canoa, pic-nic y vuelta por 1500 pesos. En la oficina nos dicen que esa es la tarifa oficial, aunque se puede visitar el río por nuestra cuenta de forma más barata pero también más engorrosa, ya que hay que ir hasta la estación, coger un bus, comprar allí un permiso, otro autobús hasta el río y contratar el paseo en canoa. Vistas las comunicaciones decidimos comprarlo y quitarnos de problemas.

Al salir cogemos otro tuk tuk, pero el conductor no sabe donde está la casa y le tenemos que indicar nosotros. Al llegar le damos los 10 pesos y también reclama al menos 6 más. Nada, que con diez vas que ardes. Al llegar a la casa le preguntamos a Charles y nos dice que la tarifa de 8 pesos es por persona, así que esta vez nos hemos pasado de listos, en fin...

Llegamos un poco rotos por el madrugón, se impone una ducha fresquita y una siesta debajo de la mosquitera. Ponemos el ventilador y Clara hasta acaba tapándose. Nos quedamos dormidos profundamente un par de horas y a mi me despierta el ruido de la lluvia torrencial y unas gotas que me caen en la frente. El techo tiene un plástico debajo del bambú que la aisla, pero algún gotazo se cuela. Son las siete de la tarde y la lluvia es impresionante. Ahora que es de noche nos damos cuenta que no hay ninguna iluminación en la calle y muy poca en las casas de alrededor. Antes de volver hemos comprado unas galletas para el desayuno y agua, pero no se nos ha ocurrido comprar comida porque pensábamos volver al pueblo a cenar, algo que ahora parece imposible. Cuando la lluvia afloja un poco me pongo el chubasquero, cojo la linterna y voy a ver si encuentro una tienda abierta. En la oscuridad es imposible no meter el pie en el barro hasta el tobillo, pero no me preocupo por eso. Veo a familias cenando en sus casas a la luz de las velas mientras intento no caerme con mi linterna en la mano. Enseguida encuentro una pequeña tienda, donde me venden unos noodles preparados par hervir, dos bolsas de apertiivos y un litro de cerveza, ¡olé!. Clara se sorprende de mi pronta vuelta y en un rato estamos preparando los noodles gracias a la máquina de hervir que tenemos aquí. La temperatura es muy agradable y mientras cenamos oimos la tele de la familia filipina que tiene su casa junto a las nuestras, una de las pocas con electricidad de la zona. Nos sentimos muy afortunados por poder estar aquí disfrutando de este entorno, de esta tranquilidad y de esta modesta pero sabrosa cena.

Después tomamos un capuccino en el porche mientras me fumo el purillo y recordamos trastadas de nuestros sobrinos con una sonrisa en la cara. El viento mueve los árboles y creemos que va a empezar a llover de nuevo, pero sólo es el ruido de las hojas. Después actualizo el blog y de repente, una lagartija me cae justo encima del pantalón, a la altura de la bolsa de los caramelos. Esto es la naturaleza, ¿o no? Ahora mismo son casi las once, así que igual vemos una peliculita, un capítulo de Shameless o simplemente leemos. Mañana a las ocho y media nos recogen para ir a ver el río subterráneo, Y por supuesto os lo contaremos aquí. ¡Buenas noches!

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Últimos comentarios

HORNI dice:
lindo relato, me encanto la casita-
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Gato_perplejo dice:
Horni, muchísimas gracias por leernos!
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