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Al encuentro de Chiloé

Escribe: noritacecilia
Todo viaje nos cambia, nos renueva. Y Chiloé (esa tierra mítica...), es un ámbito que lleva a la reflexión y la meditación, los paisajes te llenan y te llegan hasta el alma... Este diario trata de los días hermosos que pasé en Chiloé y en los alrededores del Lago Llanquihue, de los lugares que visité y las personas que encontré en el camino.

 

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Los consejos de Don Raúl

Puerto Montt, Chile — viernes, 8 de enero de 2010

El despertador sonó temprano, pero yo ya estaba despierta. Adriana se despertó en seguida y juntas miramos por la ventana. Nublado. Nuestro plan de despertarnos temprano y salir a disfrutar del volcán frente al lago antes de que ella se fuera quedaba desbaratado. Así que me propuso seguir durmiendo un ratito más. Para mí fue más descansar el cuerpo y dar gracias por cómo se venía dando el viaje.

Adriana se fue en el Tas Choapa de las 8.30 y yo volví al hostal y desayuné con Don Raúl. Ante la llovizna y las nubes, decidí ir a Puerto Montt... un día así se sobreviviría mejor en una ciudad grande. Desde las primeras veces que visité Santiago, veía partir los micros a esa ciudad costera y soñaba con el día en que llegara allí. Se me antojaba que iba a ser un sitio maravilloso. El día de cumplir mi sueño había llegado.

Munida de los datos que había sacado de internet, le expuse los planes a Don Raúl, quien les dio un poco más de precisión y me marcó algunos detalles importantes.

Primer consejo de Don Raúl: "tomate el micro acá enfrente, al entrar a Puerto Montt va siempre a la derecha, bajando, y de repente llega abajo y dobla a la izquierda: ahí te bajás y caminás a la derecha hacia Angelmo". Me fui con mis ojitos bien abiertos y en la primer curva a la izquierda consulté; con la amabilidad que encontré por todos lados, el colectivero me indicó lo mismo que Don Raúl: caminar derechito hacia mi derecha. En principio creí que me había equivocado porque nada se parecía a las descripciones que me habían dado.

De repente, la calle torció a la izquierda y apareció una sucesión de puestos de recuerdos, las "artesanías" de las que me habían hablado. Era temprano, algo que conjugado con la llovizna hizo que pudiera pasear a mis anchas sin tener que andar en un tumulto de gente. Seguí caminando y llegué al arco que me marcaba el ingreso al puerto de Angelmo.

Segundo consejo de Don Raúl: "date tiempo de recorrer; en la parte de abajo está el mercado, es bonito ver la habilidad que tienen para limpiar los pescados, ver las clases de mariscos, los quesos, los productos". Angelmo es una caleta de pescadores, y llegué con la marea baja, cuando los barcos estaban tumbados en la arena. El mercado era como un galpón un tanto oscuro donde te invadían los aromas del mar. No era algo fuerte o desagradable, sino que llegaban por oleadas los olores de los pescados, los mariscos, las algas... Me impactó que los mariscos se comercializan pelados y ahumados para que se conserven unos 8 meses; igual los cochayuyos, esas algas tan particulares, con hojas acintadas tan largas. Los mariscos los colocan como en ristras, racimos, enhebrados con piolines. Los cochayuyos los enroscan sobre sí mismos y los venden atados. Y luego me encontré con la pericia de los que abrían y limpiaban los pescados, y me quedé mirando un rato.

Tercer consejo de Don Raúl: "después están las cocinerías; te van a insistir para que entres a todas a probar, hasta van a tratar de meterte confianzudamente. Te recomiendo que vayas al fondo de todo, la última escala, la señora Rebeca Villegas. Uno ve que la cocinería está de punta en blanco, la señora atiende con un delantal tan blanco que parece de hospital; que te van a atender de maravillas y la comida es fresca siempre. Yo probé en varias cocinerías, ahora siempre voy allí con mi señora y la recomiendo porque cuando alguien presta un buen servicio hay que valorarlo; el día que decaiga no mando más a nadie". Era temprano para almorzar; recién tocaba el mediodía. No veía las cocinerías ni nadie me invitaba a pasar a ninguna; de repente, alzo la mirada y sobre el mercado había una galería de madera, y en un cartel veo "Sra Rebeca, cocinería 30" y una escalera que subía directo. Lo dudé un instante... ¿realmente quería comer pescado, y allí?? Y entonces me iluminé: "si estoy acá, tengo que hacer todo". Y pese a la hora entré.

Estaba sola y tuve tiempo de ver todo. Una cocinería es un local pequeño, con mesas largas y bancos largos de madera, parece estar preparada para atender al paso. Y la cocina es pequeñita. Sirven pocos platos, todos de frutos de mar. Me pedí una merluza frita con ensalada; no soy buena para los mariscos y no me animé a nada más; siempre voy a lo conocido. Estaba deliciosa, y como me dijo Don Raúl, me atendieron de maravilla y la señora estaba de punta en blanco.

Cuarto consejo de Don Raúl: "después podés caminar hasta el centro por la costanera. Puerto Montt es una ciudad... tiene dos malls..." Cuando me nombró los shoppings, Don Raúl me puso cara de "no vale la pena, son simplemente shoppings igual a cualquier otro", con esa expresión que desalentaba y a la vez  me hacía sentir que se decepcionaría mucho si iba a pasear allí.

Cuando salí de Angelmo, arranqué a caminar hacia la costanera, que debe ser bellísima en un día de sol. Imagino que se verían los recodos del Seno de Reloncaví; a la distancia debía verse la isla de Chiloé, y a espaldas de la ciudad, los volcanes. Pero me tocó nublado, solo era una inmensidad gris. Caminé por la costanera hasta el centro; definitivamente, Puerto Montt es una ciudad con todos los detalles de otras ciudades. Anduve por la plaza, la iglesia de madera que estaba cerrada; fui al muelle y en la información turística me dijeron de ir a Pelluco, el balneario.

El micro me llevó los 4 kilómetros, y cuando me bajé en una amplia playa desolada por el mal tiempo, se largó a llover. La perspectiva de la ciudad era fantástica, y yo trataba de adivinar los volcanes y cómo se verían. Eran las 2 de la tarde y ya no tenía más nada para hacer... Después supe que desde Angelmo podía cruzarse a una isla que tenía un mirador desde donde se adquiría una hermosa panorámica de Puerto Montt... claro que en un día despejado. Ese día, con sus volcanes ocultos, hubiera sido la visión gris de una ciudad parecida a tantas otras.

Quinto consejo de Don Raúl: "cuando quieras volver, te tomas en el terminal la micro que diga Fresia, Frutillar Bajo o Llanquihue para que te dejen acá atrás, le pides que te baje en el puente rodoviario, subes la escala y en una cuadra estás aquí, sobre todo si llueve, así no caminas desde el centro". Un tanto decaída llegué a la terminal y seguí los pasos indicados, subiéndome a una micro que decía Frutillar Bajo... Cuando el micrero me dijo "¿a dónde va?", lo pensé un instante, recapitulé lo vivido, y le dije: "hasta Frutillar Bajo".

Tips:

Los pasajes de minibus colectivo cuestan $700 entre Puerto Varas y Puerto Montt, $1200 entre Puerto Montt y Frutillar Bajo, y $350 el transporte urbano en Puerto Montt.

En Puerto Montt, Chile

Opiniones:

Mi calificación promedio:
  •  
Servicio    
Comida    
Ambiente    
Precio/calidad    

Lo de Rebeca

Comida: Pescados/Mariscos en Puerto Montt, Chile

La señora Rebeca sirve pescados y mariscos de primera calidad, y atiende muy bien. Su cocinería destaca por la prolijidad y limipieza.

Ideal para: Parejas, Familia con hijos, Con amigos, Solos y solas, Grupos | Aconsejable para: Cocina local, Buena vista, Bajo presupuesto


Publicado el 31/ene/2010, 20.41
Modificado el 10/feb/2010, 04.29
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