En vivo desde el Caribe Sudamericano
Escribe: Alcione2
Nuevamente viviendo el privilegio de estar sumergido en un mundo distinto, con tantos elementos y situaciones que dicen tanto de tantos, con miles de cosas para ver, con el esfuerzo agradable de vivir interpretando en vivo acontecimientos inesperados, paisajes extraños, ciudades irrepetibles; con el contraste tan agudo entre la sensación de extrañeza y la de pertenencia que sólo se puede alcanzar viajando.
Trinidad y Tobago, que no es lo mismo que Trinidad y Sancti Spíritus
Puerto España, Trinidad y Tobago — domingo, 29 de enero de 2012
Así se ha creado Trinidad y Tobago, con todas esas culturas, un país dividido para bien y para mal, pero cuyas múltiples identidades deben compartir y convivir a diario puesto que viven en la misma isla pequeña. ¿Cómo se ha desarrollado esa convivencia? ¿Cómo ha sido específicamente aquí en Trinidad el milenario tema, el fastidioso tema, de una sociedad donde los individuos toman decisiones guiándose por factores tan descabellados como el color de la piel, la forma del cuerpo o de los ojos...? Aunque todo el país desee de corazón que no sea así, en la práctica sucede que los grupos mayores, es decir, los hindúes y los negros, en ese orden, y el resto, que son más pequeños, no tienen fuertes relaciones y el mestizaje es muy infrecuente. Los negros ocupan los cargos estatales en la administración y en las empresas del Estado, mientras los hindúes se encargan de la industria y la agricultura. En los comercios se encuentra literalmente de todo, comidas, ropas, músicas, de todas esas razas. Así que son los negros en cierta forma los que están en el poder, y los que se ven mayoritariamente en las ciudades, debido al sector en el que trabajan.
Y como si todo eso fuera poco, el camino de Venezuela a Trinidad y Tobago puede ser una peregrinación un tanto disparatada.
Mientras salía de Caracas se escuchaban gritos en las calles, de alegría y decepción; pronto se pudo ver que provenían de los bares... y de los quioscos, las panaderías, los hostales, las peluquerías, los almacenes... parecía ser un evento deportivo; en estos días se juegan nada menos que las finales del béisbol, y aunque uno no acceda a ningún medio de comunicación más que para mandar los correos y publicar los relatos en la página de viajeros, y ni siquiera sepa de que se trata ese deporte, es inevitable saber que La Guaira trata de pasar arriba en el marcador global de la serie. El miércoles a la tarde todos estaban banderizados, gritaban alentando a sus jugadores favoritos; los ademanes y los gestos volaban por los aires, la desesperación al final, sobre todo de las mujeres, era una imagen hasta conmovedora... pero no era el béisbol, era el fútbol, jugaba Barcelona contra Real Madrid y la vida se les iba a los caraqueños detrás de la pelota. ¿tanto han avanzado en el fútbol los venezolanos? ¿cómo en tan poco tiempo pudo haber aumentado tanto el gusto por este deporte? Ni siquiera en Argentina había visto una expectación así, una entrega así por parte de unos hinchas de un equipo que no es el local. Pero toda esa pasión, no se desató porque la sociedad se haya propuesto avanzar en este deporte, no, lo que pasa es que los venezolanos son caribeños. Quieren al fútbol de una forma que está a la altura de su carácter apasionado, el carácter los puede, no pueden evitar ser caribeños. Las “cargadas”, las burlas del ganador estaban llenas de “sabor”, de imaginación, y con gesticulaciones originales preguntaban “¿quien hizo el gol?, ¿Iniesta?”, como decía un hincha del Madrid al ver un gol de su equipo, a uno del Barcelona, sólo para molestarlo diciendo el nombre de un jugador rival; unos minutos después, ya terminado el encuentro: ¡Quítate eliminao!”; en el metro: “¡me sobra humildad! ¡regalo humildad!”, y saliendo del metro, aún seguían los automovilistas hinchas de un club que queda a 7.000 kilómetros pitando de alegría. Aquellos que corrían tras el balón allá lejos quizá no tienen idea de lo que pasa en el Caribe cada vez que se enfrentan.
Después empezaba el viaje hacia Trinidad y Tobago, ya de noche. Primero, en bus hasta Cumaná, y empezaban los problemas y el carrusel del que al final pude salir. Iban dos horas de viaje y el chofer detiene la máquina y dice: “Hay problemas con los frenos, me falta aire”; “si quieren continúo sin los frenos...” – “¡Grosero!” le gritaron de atrás. Ahí tuvimos que esperar la siguiente máquina, que llegó a las 3 de la mañana. Como a las 4 paramos a “cenar”. Ahí conocí a un viajero que tiene 78 años y conoce 24 países; le pregunté que le gustó y que le disgustó de Bolivia o Perú, pero dijo que todos los países que visitó en su vida le gustaron, sólo se dedicaba a disfrutar del contacto con los otros, con los distintos, y de los paisajes; y dice que ahora sufre cuando sufre uno de esos países y goza cuando les van bien. De un tipo así, no se puede esperar otra cosa que aliento y palabras de esperanza.
Llegando al terminal de Cumaná, esta peregrinación indicaba que había que tomar algún medio de transporte que fuera a una aldea con barquitos llamada Chacopata, pero todos los trabajadores del terminal daban informaciones distintas, y en lo poco que coincidían era en lo que al final resultó que estaban equivocados. Desde Chacopata salen lanchitas a la ciudad de Porlamar, que queda en la isla Margarita, frente a las costas de Venezuela, y debía llegar sea como sea, no podía de ninguna manera dejar pasar ese día, porque en su aeropuerto iba a tomar el vuelo a Trinidad y Tobago. Me dijeron que desde la misma Cumaná podía tomar un ferry a Porlamar, fantástico, a tomar un taxi hasta el ferry, conversé mucho con el taxista, hablamos de la terrible inflación que asola Venezuela, donde todo está caro, muchas cosas están al doble de lo que cuestan en Chile, aunque otras están subvencionadas; y aunque el taxi es carísimo en Venezuela, y el trayecto demoró 20 minutos, al final le pagué lo acordado, 2 dólares con 50 al “cambio paralelo”, 5 dólares al cambio oficial, unos 1500 pesos chilenos... y eso sólo le alcanza para un kilo de pan....
Hice la fila en el ferry... estaban vendiendo pasajes... pero para el lunes, porque el ferry estaba “roto”. Entonces había otra opción de todas las que existen para llegar a Chacopata, que ciertamente son muchas, el problema es que no todas funcionan o no todas se demoran menos de un día. Había entonces que tomar una lancha que cruzara el estrecho y llegara a la península de Araya, por lo menos así estaría en la misma península en que está Chacopata; una vez cruzado el estrecho, la opción era un taxi que no costaba mucho, hasta el pueblito Araya, y de ahí, tomar un “por puestos”, como le dicen en Venezuela a los taxis que tienen un recorrido más o menos fijo, y hay que esperar que el taxi se llene, así se paga entre todos. Esperar, justo lo que no se podía hacer. En la terminal de Cumaná decían que la última lancha de Chacopata a Porlamar era a las 4; en la lancha que cruzó el estrecho decían a las 3, y en Araya decía a las 2; otros agregaban que el mal tiempo impediría que partieran... todavía faltaban casi dos horas hasta Chacopata... Mientras esperábamos que llegara más gente al taxi “por puestos”, se hablaba y se especulaba de todo... ya eran las 11 y media cuando el “por puestos” se completo y partimos... la última en llegar fue una señora que se había comprado como mascota un chivito, que gritó dentro del taxi durante todo el viaje.
Lo habían separado de su familia, nada menos. Surgieron bromas porque a los tipos que iban en la parte de atrás del auto se les abrió el apetito, caníbales.
Atravesando la península de Araya, hasta la cámara fotográfica puede captar otra atmósfera, un algo en el aire que le da un tono ligeramente distinto a los colores. Quizá sea la omnipresencia de las cordilleras rojas, todo un fenómeno de la naturaleza casi desconocido, que de tanto mirar parece que olvidé fotografiar, o quizá aparezcan por ahí en un video. Y de pronto, el Mar Caribe otra vez.
En Chacopata ya se podía estar más tranquilo, por lo menos no iba a perder el vuelo. Pero la lanchita esa que cruza a Porlamar es una pesadilla. La lancha anterior, la del estrecho, tenía un vomitorio, nada más que un neumático grande, por aquello de que la gente se marea, y eso que eran 10 minutos de viaje; ahora sería más de una hora. Todos los pasajeros sufren el mareo, algunos desde el comienzo y otros después, pero todos sufren. Preferí vomitar lo antes que pude, porque veía que los que se trataban de aguantar eran los que más sufrían; el consejo es que una vez que se vomita, las molestias se pasan. Con molestias y todo, el viaje en esa lancha fue una constante divagación. Incluso las bromas comenzaron antes de subir, porque esa lanchita seguramente está habilitada para soportar menos de la mitad del peso que iba a tener que aguantar durante toda la hora de viaje. Se consultó acerca de si existían tiburones, y si los delfines nos defenderían en caso de un ataque de los escualos, porque ya se estaba en la certeza de que nos íbamos a pique; un anciano experimentado respondió que los delfines son los primeros que arrancan cuando se acerca un tiburón. Casi todos eran vecinos que hacían el trayecto normalmente. Molestaban a los que sabían que sufrían más, a los que pusieron cara de sufrimiento estomacal antes de subir a la lancha. Sin querer, llevaba logos de la página de viajeros al descubierto, por eso algunos me tomaron por esos tipos que viajan analizando hoteles y otros creyeron que estaba haciendo un reportaje para alguna revista... al principio no entendía cuando me preguntaban por la calidad de algunos hoteles, de los que nunca había escuchado hablar siquiera. Después comprendí y les expliqué que no tengo el placer de hacer ese “trabajo”. Después de un rato de estar sufriendo, la que se suponía que era la señora que más sabía, respondió a la pregunta casi desesperada por el tiempo, que faltaban 15 minutos para llegar a Porlamar, pero pasados esos 15 minutos, volvió a dar la misma respuesta, con toda seriedad, y así, la situación empezó a causar hilaridad, después siguieron las bromas de 3 por 5, de preguntarle a cada rato, de que la tercera vez que respondió lo mismo totalmente seria, provocó un vómito extra; todo esto es casi incomprensible para el que lee, pero había que estar allí; y así se divierten los humildes, de un viaje que es un sufrimiento pueden armar casi una fiesta.
Porlamar podría ser una joya si estuviera un poco más cuidada. Tiene un ambiente único, es una ciudad muy antigua, una de las primeras en fundarse; la plaza es muy bonita, me gustó mucho más que la de Caracas, parece que fuera más grande, y como aquí no ha llegado esa locura de creer que hay que vivir para trabajar, en las calles y la plaza hay mucha gente compartiendo, conversando, tanta como en Bolivia, pero nunca, ni remotamente cerca, de como es en Cuba.
Bolívar aparece en el centro, pero no a caballo como se los suele ver en otras partes, si no caminando, simplemente caminando, muy de acuerdo con lo que hizo el Libertador en esta ciudad cuando tuvo que pasar por aquí, porque no combatió en batallas, si no que tuvo que caminar y caminar, buscando apoyos para una causa que en ese momento, cuando los españoles reaccionaron ante la declaración de Independencia de Venezuela, y el terremoto que les contaba en el correo anterior había hecho cambiar de opinión a muchas conciencias católicas pensando que era un castigo de Dios contra los rebeldes, se veía muy difícil que pudiera salir adelante.
Hablando de catolicismo, los porlamarenses tienen una cercanía especial con la Virgen, en sus muchas manifestaciones. Aparece en todas partes, en grandes pinturas en la calle, en los buses, los negocios, los adornos de las personas.
Algunos turistas que van a las playas de Margarita a veces se aparecen por aquí a dar una vuelta. Si no lo hicieran se perderían el atardecer sobre el Mar Caribe que del lado de las playas no pueden ver. Y las humitas, iguales a las chilenas, a las que le ponen queso rayado encima y las venden abiertas y con una cuchara; se perderían los pasteles que se venden en plena calle, igual que los pedazos de tortas.
Al otro día debía partir a tomar el avión. El Aeropuerto Internacional de Porlamar, que recibe a los turistas que van a las playas de Margarita, tiene un nivel de desorganización semejante, que uno puede estar horas sin parar de sorprenderse. En el boleto te anotan la puerta de embarque, nada menos que la puerta de embarque, número 16, pero esa puerta no existía. Uno tras otro aparecían los turistas, extrañados por la situación, buscando la puerta 16. Le pregunté a varios funcionarios pero nadie daba una respuesta coherente, hasta que la señora que atiende el quisco, que nada tiene que ver con la organización del aeropuerto, dijo que hace tiempo que habían cambiado los números de las puertas...
El vuelo se atrasó casi una hora, sin que nadie diera una explicación. La señorita que tenía que embarcar a los pasajeros llegó 15 minutos antes de la hora del vuelo, y sin mirar a nadie se puso a chatear con su celular. Para seguir la ironía, me acerqué y la quedé mirando mientras chateaba; como no me tomaba en cuenta, la situación parecía un episodio de Mr. Bean. Después dejó de chatear, pero se fue para otra parte. Pasó la hora del vuelo, y como si nada, el aeropuerto no tiene las pizarras que anuncian el estado de los vuelos, no hay altoparlantes informando constantemente. No se sabía qué pensar, y los venezolanos, acostumbrados, ni siquiera intentaban algo. Ahora viene lo mejor. De pronto se comienza a apurar el personal del aeropuerto, pareciera que están a punto de embarcarnos, pero... no podíamos todavía porque una funcionaria andaba buscando un paraguas. No quería salir así mientras llovía, a preguntarle no sé qué cosa al personal del avión que estaba en la pista hace horas. Después empezaron a llamar a Sergio Rojas, pasaron no sé cuantos minutos buscándolo y llamándolo, porque como no hay altoparlantes, conectan un micrófono a un parlante que se oye muy mal. Pero el pasajero al que buscaban se llamaba Sergio Rocca, lo sé porque se los deletreó con fuerza. Y después, lo más insólito de todo: aparece la señorita del embarque preguntando si alguien había visto la maleta de Jorge Hernández.
El avión, antes de ir a Trinidad y Tobago, hace una vuelta por el Caribe oriental. En medio de la tormenta que ayer había en el Caribe, de pronto las nubes se despejan y aparece Granada, la verde Greenada, un rosario de aldeas y de pueblos pequeños, de población negra pero sin la multiculturalidad de Trinidad y Tobago, y que continúa siendo parte de la Comunidad Británica de Naciones. El avión aterriza, menos mal que fueron unos minutos nada más y no había que hacer transferencia. 30 minutos después, nuevamente se atraviesan las nubes y aparece la silueta de Trinidad y los barrios de la capital, Puerto España.
En la misma terminal aérea ya se presenta algo que no cuadra. Mientras en los anuncios publicitarios aparece gente con distintos colores y fisonomías, todos los que están trabajando en el aeropuerto son negros, los funcionarios, los taxistas autorizados, los auxiliares, todos. Este país está compuesto en un 40 por ciento de negros, un 40 por ciento de hindúes, y el resto son musulmanes, chinos y descendientes de colonizadores, a los que se les ha agregado gente de muchos países pobres del centro y sur de América a medida que la isla ha ido cobrando fama en la zona; de los aborígenes ha quedado muy poco. Por eso es raro ver sólo a negros...
Lo que sucede es que fueron los negros los que crearon el movimiento político que consiguió la independencia, y ese partido ha ganado la gran mayoría de las elecciones; ¿y eso qué tiene que ver?, dirá cualquiera, pues bien, sucede que es por eso que los negros ocupan los trabajos estatales como decía al principio; en el museo, que también es estatal, también sólo trabajan negros. Mientras en las cercanías de los grandes hoteles sí se dejan ver muchos hindúes, que se encargan de los grandes negocios y la industria.
Esa misma división puede ver cualquiera en la calle: una niña de color, camina junto a padres de color; una niña hindú, junto a padres hindúes, un oriental junto a un oriental, y así... Y no sólo familias, también grupos de amigos. Solamente he visto grupos mezclados unas pocas veces y la gran mayoría se trataba de jóvenes.
En la televisión por cable hay canales para cada comunidad. El canal número 1 ha estado pasando temas musicales del cine hindú durante todo el tiempo que llevo aquí; había un programa que decía “Bollywood Therapy”, no sé cómo pueden considerar terapia a esa música... mientras el canal 8 parece que tuviera una sola programación: gente dando vueltas a la Kaaba, el santuario musulmán...
Trinidad y Tobago es un país con muchos recursos económicos. Hay petróleo, mucho petróleo comparado con la cantidad de población; también hay gas, asfalto... la población sólo es de 1.3 millones... así que el ingreso por habitante es mucho más alto que el de Chile. Conversando con algunas personas, que hablaban castellano o con las que me pude entender a medias en inglés, que es el idioma que se habla aquí, pude saber que los que trabajan para el estado ganan bien; el guía del museo ha viajado a Inglaterra, Cuba y quizá cuantos países más. La población no está pasando estrecheces económicas, sin embargo, se ve gente pidiendo dinero en la calle... son indigentes, pero seguramente de ese tipo que ha adoptado un vicio o ha tenido un problema grave y no se ha podido recuperar. También hay muchos rastafari, y unos loquitos que andan divagando por la calle, que gritan, le hablan a cualquiera, desafían a la autoridad, discuten con gente invisible, se pelean con los semáforos... unos personajes...
El hecho de que no se mezclen las razas no ha traído problemas dramáticos, el país no ha sufrido guerras civiles ni dictaduras. Una persona con la que hablé decía que todos compartían, vivían con alegría, se casaban sin tomar en cuenta la cultura, aunque todo al rededor eran grupos de personas paseando separadas estrictamente por factores raciales.
Era la Avenida Independencia, por traducirla de alguna manera, donde muchos montoncitos se juntan (con los de su raza) a conversar y pasar el rato, los vendedores ambulantes comparten los sectores peatonales con los jugadores de ajedrez o de cartas, que a veces arman un lío grande por alguna jugada polémica. En los alrededores se vende comida para todos los gustos. Cerca de ahí se encuentra un grupo de edificios que da la vista al Golfo de Paria del Mar Caribe, ultramodernos, donde se hacen los negocios y se decide el futuro de miles, y donde alojan los turistas, que por cierto no son muchos.
Antes de que termine esa avenida, hay una estatua en honor de un famoso jugador... de crícket, deporte típicamente inglés. Otra de las formas en que se demuestra el dominio colonial de los ingleses es la arquitectura; hay construidos aquí numerosas casonas o castillos que dan esa impresión de haber sido sacados de Europa. La Catedral Anglicana de estilo neogótico es impresionante, no por su altura si no por su profundidad; el cuartel de la policía, la librería pública, el Parlamento, el Hall of Justice y el City Hall, todo tiene ese algo inglés que es difícil de explicar para el que no sea especialista.
El Museo Nacional de Historia también se encuentra en uno de esos castillos. Al entrar lo primero que se muestra es la vida de los ingleses casi al final de su dominio, en unas vitrinas y estantes que son como mirar la serie “Los `80” de la televisión chilena, pero con las cosas de los ingleses de los 50 y 60. En la sala siguiente, aparecen las condiciones infrahumanas en las que se desempeñaban los trabajadores de las empresas petroleras antes de la independencia, “permanecían esclavizados en los campos petroleros en condiciones muy peligrosas”; al lado hay una frase escrita con grandes letras, que se refiere a los ciudadanos de Trinidad y Tobago que, en tiempos del dominio inglés, tuvieron que luchar en la Segunda Guerra Mundial al lado de Inglaterra y contra los nazis: “los veteranos de la guerra volvieron de Europa trayendo las ideas del socialismo democrático”. Como demuestra el monumento a los caídos en esa guerra que está al frente del museo, parece que todos, o casi todos los soldados que fueron a esa guerra eran de raza negra. Por eso, por haber conocido Inglaterra, fueron ellos los que formaron un partido fuerte con ideas nuevas que terminaría por independizar al país y permitir que los negros dirijan el estado; pero al lado de la frase aparecen fotografías que casi los muestran bajando de los barcos y poniéndose de inmediato a luchar contra los defensores de las condiciones infrahumanas de trabajo; después de todo, entre los nazis y esas empresas no había mucha diferencia.
Después de estar durante décadas en el poder, el partido de los negros, el Movimiento Popular Nacionalista, perdió unas elecciones, recién en la década de los noventa, pero después recuperó el poder, hasta las elecciones del 2010, cuando el Partido del Congreso que representa a los hindúes formó una alianza con grupos herederos del laborismo inglés, que ya están cansados de que se vote según la raza. Y satirizando un poco la situación, podría decirse que los negros y los hindúes antes de votar se miran los brazos y las piernas para ver de qué color son, y luego marcan el voto... Los laboristas tienen un largo camino y una difícil tarea...
Por esa misma calle del museo, bajando unas cuadras, se encuentra la Plaza Woodford, la plaza central. Las áreas verdes en este país tienen muchas aves distintas no digamos a las de Chile, si no incluso a las que están en las plazas de Venezuela. En esta plaza hay algo que los ingleses llaman “Speakers` Corner”, la esquina del orador, un lugar donde se realizan discursos o exposiciones y discusiones sobre un tema determinado. Igual que en algunas ciudades de Inglaterra, la “Madre Patria” de los trinitobaguenses, hay una pizarra donde se anuncian los temas a tratar, que con toda ironía dice “Universidad de la Plaza Woodford”, aunque en Chile no sé en cuantas universidades se discuten los temas que se tratan, y nadie cuestiona que se llamen universidades; según lo que estaba escrito, el viernes hubo una exposición, con preguntas y respuestas, a las 3 de la tarde (y arribita y en letras más pequeñas decía “o a las 4”), sobre si el judaísmo, el cristianismo y el Islam no fueron acaso originados por “su madre” el hinduismo.
En este lugar Eric Williams, el líder negro que consiguió la independencia del país, dio un célebre discurso a favor de la independencia cuando aún dependían de Inglaterra; se había hecho conocido como historiador, luego de estudiar becado en Oxford, cuando publicó el libro “Capitalismo y esclavitud”, un clásico del tema, que demuestra cómo el bienestar de las sociedades europeas se debe a que durante siglos los europeos acumularon recursos gracias a la esclavitud, una idea tan simple que hasta un niño de 10 años la comprendería, pero que quizá aún falten algunos siglos para que pase a ser de sentido común. Ahora en Trinidad y Tobago, Eric Williams es considerado el Padre de la Patria, y fue su discurso frente a esa pizarra la que lo terminó de lanzar a la fama...
Esto de resolver problemas con discursos es maravilloso si se lo compara con otras formas que más bien agrandan los problemas en vez de resolverlos. Esa cultura de tratar temas comunes en las plazas es un tesoro, un soplo de esperanza para esta sociedad dividida. Es la más grande herencia que dejaron los ingleses.
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Últimos comentarios
matm17 dice:
gracias por tu diario. Hace un buen tiempo me llamaba la atención Trinidad y Tobago. Saludos
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Alcione2 dice:
Si vas a ir, cualquier duda me preguntas.
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