Diarios de viaje > América del Sur

Malvinas, una semana en Stanley

Escribe: Estebanvg
Viaje a Puerto Stanley en diciembre de 2007. Siete días en la pequeña y extraña ciudad inglesa clavada en las Islas. Llegué a Stanley. Esperar el avión fue raro, abordarlo fue raro, sentarme al lado de una inglesa y su hijito de un año que no paraba de gritar y llorar in english.

 

  Enviar a un amigo   Imprimir

 
< Anterior 1 ... 5 6 7 8 9 Capítulo 10 11 Siguiente >
 

Vuelta

Puerto Argentino/Stanley, Islas Malvinas — sábado, 15 de diciembre de 2007

Uno de esos días en que todo pasa tan rápido que no deja lugar a preguntarse demasiado qué es lo que está pasando. Me levanté tarde, con el micro esperando frente al Lodge y Fernando, el chileno periodista, pegándole a mi puerta mientras gritaba: "Vamos argentino, ya está el bus!". De ahí en adelante todo en fast forward. Pagar la estadía, pagar el viaje a Mount Pleasant, sentarme y arrancar, parar en Shorty, levantar a los veteranos. La tarde anterior me crucé a un par de ellos por  Stanley. Algunos gritos y uno que preguntó: "¿Seguro que es este? Qué cara de inglés que tenés, boludo!". Nos reímos como en esa isla sólo nos reímos nosotros y algunos ingleses borrachos.

Llegamos a la base. Otra vez me impresionó y creo que si volviese a ir me quedaría otra vez mirando la desproporcionada ciudad militar y preguntando cómo demonios es que ningún político inglés toma la decisión de dejar de gastar ese dineral en ese territorio lejano y estéril. Supongo que por el mundo habrá cantidad de lugares así. Intuyo que Estados Unidos tendrá cientos. Dicen que la inteligencia tiene un límite pero la estupidez no.

El bus me arrancó del sueño antes de las nueve y media y el avión despegaba después de las catorce. Ocurre que el trámite previo a abordar es un tanto engorroso, sobre todo si hay argentinos. No dejan que uno se lleve nada. Las balas que están en los montes deben quedar en los montes, las piedras que están en el cementerio deben quedar en el cementerio. Todos trajimos piedras, a nadie se la sacaron. Cada valija atravesó esa fantástica vista de rayos x cuatro o cinco veces mientras un militar, grande como dos o tres ingleses tamaño estándar, chequeaba que todo lo que estaba dentro tuviera permiso para salir de las islas.

Una vez sentado en la sala de espera restaban dos horas y nada para hacer. El tiempo voló igual. Un pequeño puesto de comidas tenía un pomposo cartel pero vendía lo mismo que el viejito que trepa la platea San Martín de la cancha de River con una caja de madera al hombro. Al rato aparecieron los sándwiches y reventé las últimas libras malvinenses. No tienen valor de cambio en ningún lado que no sean las islas.

Subir al avión, despegar y aterrizar en Río Gallegos fue rápido también. El viaje es muy corto. De pronto estaba en el desierto aeropuerto acompañado sólo por un noruego, que dormía en una habitación cercana a la mía en el Lodge, esperando por un taxi. Los veteranos tenían un bus pedido que les quedaba justo y los otros pasajeros que bajaron acá esperaban por un vuelo que salía por la noche. Así las cosas, estábamos el noruego y yo solitos ahí fuera. No se veía ningún vehículo acercarse, en el aeropuerto no había nadie hasta que salieron dos viejitas que son el control de migraciones argentino en Gallegos. Tenían una lista con los pasajeros, preguntaban los nombres y los resaltaban en amarillo. Lo que se dice un control estricto. En vuelo y antes de salir repartieron unos formularios que todos llenamos y nadie pidió. También una suerte de declaración jurada frente a la Afip que a nadie le interesó consultar. Ellas me sugirieron que hable con gente de Aeropuertos Argentina Dos Mil desde un teléfono que me mostraron. Ahí prometieron un taxi en diez minutos. Cuando había pasado cerca de media hora llegó uno a dejar unos pasajeros y lo tomamos. El noruego no podía creer que no hubiera ni siquiera un coche esperando a la salida del aeropuerto. Le expliqué -y me expliqué- que el interior es un lugar extraño. Él iba a Calafate para después subir por la ruta 40 hasta Bariloche, cruzar a Chile a visitar Chiloé, subir a Santiago y seguir camino al norte. El lago Titicaca y Machu Pichu están en su itinerario. Obviamente todos esos nombres tuve que adivinarlos porque para su lengua nórdica eran imposibles de pronunciar. Días atrás, en la única cena que comí en el Lodge -a las 17.30 y en realidad fue un almuerzo para mi porque volvía de una caminata eterna- me encaró y señaló mi buzo gallina. Pronunciando con la mayor claridad de la que fue capaz dijo: "Eso es del clubatleticoriverplate". Lento y como si fuera sólo una palabra pero muy bien entonado. Había estado en el Monumental unas semanas atrás. Le conté que en una época nos iba bastante mejor pero no estoy seguro de que haya entendido.

Fuimos juntos a la terminal de ómnibus. Conseguí mis pasajes a Punta Arenas, un mapa con los albergues disponibles acá y me despedí. Dejé la mochila grande en custodia de un cordobés que atiende dos ventanillas de la terminal, al que sus clientes le caen muy mal, y caminé hasta el hospedaje más barato que encontré. Una habitación en la que además duermen cuatro muchachos que vienen a laburar vendiendo baratijas made in china en la feria que se armó en la plaza para festejar los 122 años de la ciudad. A las dos y media de la mañana empezó a sonar una cumbia-ringtone y se levantaron para ir a bailar. Mientras se duchaban, elegían el lugar al que ir teniendo en cuenta que anoche se habían agarrado a trompadas y querían una noche tranquila porque a uno le dolía la mano. Media hora después se fueron y seguí durmiendo con un inmundo olor a perfume inundando la habitación. Definitivamente ya no estaba en Malvinas.

Publicado
Modificado el
Leído 752 veces

  Enviar a un amigo   Imprimir

< Anterior 1 ... 5 6 7 8 9 Capítulo 10 11 Siguiente >
 
 


Últimos comentarios

Para publicar un comentario, regístrate GRATIS o

Capítulos de este diario