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Malvinas, una semana en Stanley

Escribe: Estebanvg
Viaje a Puerto Stanley en diciembre de 2007. Siete días en la pequeña y extraña ciudad inglesa clavada en las Islas. Llegué a Stanley. Esperar el avión fue raro, abordarlo fue raro, sentarme al lado de una inglesa y su hijito de un año que no paraba de gritar y llorar in english.

 

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Restos de la guerra

Puerto Argentino/Stanley, Islas Malvinas — lunes, 10 de diciembre de 2007

El clima en las islas es muy variable. Me lo dijeron varias veces y pensé que lo sabía, que la patagonia es así, que siempre hay que tener una campera de lluvia encima y un poco de bronceador también. Ahora, me levanté cerca de las nueve cuando dejé de escuchar a la lluvia atormentar a mi ventana. Abrí la persiana y encontré el primer pedazo de cielo celeste desde que llegué. Muy dormido me vestí, me cepillé los dientes y en segundos estaba afuera, arriba de mi bici. Bajé hasta la costa y me acerqué al extremo de la ciudad más cercano adonde estoy parando. El cielo se cubrió y volvió a caer una lluvia feroz con ráfagas de viento que hacían que las gotas impactaran en la cara de abajo hacia arriba. Instantes después un granizo muy finito y otra vez lluvia. Tuve que resignarme a volver a dormir. Subiendo la cuesta encontré el Memorial Wood 1982. Un paseo que, como creo que su nombre indica, tiene plantados árboles que llevan unas placas con los nombres de los soldados ingleses caídos en la guerra. Mientras lo atravesaba la lluvia se detuvo, se abrió el cielo y paró el viento. Dejé la bici en un costado y recorrí el lugar, es sobrecogedor -como tantas cosas acá-. Son muchos árboles, fue mucha gente. Cada uno tiene además una crucecita de madera que dice algo así como "In remembrance" que algún isleño les dejó. Me retumbaba en la mente la frase un tanto obvia que tomó Infinit para uno de los avisos de su campaña publicitaria que dice que nadie que estuvo en una guerra puede decir que ganó. Una cantidad inconmensurable de dolor devastando a tanta gente. Sin duda la guerra es el invento más estúpido de esta raza por demás estúpida.

Caminé un rato por ahí y todo se oscureció de nuevo. No había viento. Mucho frío. Empezó a nevar. Levemente, nada de muñecos con nariz de zanahoria, pero nevaba. Y empezó a soplar otra vez el viento. Me refugié en un techito mínimo que cubre la lista de los caídos y la ubicación del árbol que los recuerda. Estuve un rato ahí, hasta que apareció un inglés. Un poco mala onda. Me saludó y me preguntó de donde era aunque seguro ya lo sabía. Le respondí. Me preguntó donde queda eso. No le respondí más. Le dije que no entendía y le dije algo en castellano. Me dijo que estaba ahí buscando a un amigo que había muerto en la guerra. Le dije que era una pena, que las guerras son una mierda y ésta en particular una estupidez producto de dos necios -no tengo idea como se dice necio en inglés así que le dije hijos de puta pero este es un diario respetable, no voy a poner en él un insulto de ningún modo- que sólo buscaron salvarse a ellos mismos. Sacudió la cabeza, le di la mano y me fui. No tengo ganas de pelear con un idiota. Cada cual tiene sus motivos y encausa su ira como quiere o puede.

Caminé unos metros y la nieve paró. Pasaron diez minutos y el cielo se despejó por completo otra vez. Apenas fuera de la bahía sobre la que está Stanley se veía un enorme crucero que empezaba a eyectar barcos más pequeños con cantidad de turistas. Todo esto pasó en no más de dos horas. Cielo celeste, granizo, lluvia feroz, cielo celeste, nieve, cielo celeste. Este clima no es variable, está por completo demente. Durante el resto del día llovió cinco o seis veces más.

Crucé la ciudad con la bici y al pasar por el puerto ya empezaba a notarse la presencia de los turistas del crucero. Una ciudad de dos mil y pico de habitantes recibe, en días de dos o tres cruceros, hasta cuatro mil turistas. No se puede caminar por las veredas, cada isleño saca su Land Rover y ofrece excursiones hacia donde sea. Cada callecita habitualmente desierta se convierte en Florida al mediodía. Gonzalo me comentó que un par de años atrás mientras los pasajeros del crucero recorrían la ciudad se levantó un terrible temporal y no pudieron volver al barco hasta el otro día. Los hoteles explotaron y hubo gente que durmió en las iglesias, en el hospital, por todos lados. Recordé la historia del Monte Cervantes que mucho tiempo atrás se hundió en el Beagle, frente a Ushuaia, y los náufragos duplicaban a la población que por entonces tenía la ciudad.

Seguí camino por la ruta que va a la base de Mount Pleasant pero apenas salido de la ciudad tome por un sendero de tierra y piedras que me marcó Gonzalo. En un momento se divide y sigue una huella al monte Two Sisters y un camino que sube al monte más cercano a la ciudad, en el que ayer los veteranos encontraron sus posiciones. Empecé por la que va a Two Sisters, muy cerca ya se ven rastros de la guerra. Pozos que perduran de los bombazos que los ingleses disparaban desde los barcos, chatarra -entre ella un tacho de YPF- y un campo minado. Es muy fuerte caminar esas tierras, hay cosas que no pueden bajarse a palabras pero el pecho se estruja y casi se llega a sentir en un mínimo de intensidad el padecimiento que debe haber significado estar ahí. Las batallas que se dieron cerca de Stanley fueron las últimas, entre el 12 y el 14 de junio más o menos, y cuentan que fueron de las más cruentas. Muchos -de ambos lados- quedaron en ese áspero pedazo de tierra.

Después de un rato volví y subí por el otro camino que está mejor porque es recorrido por las camionetas que llevan turistas a pescar al Murrell River, bien cerca de la desembocadura en el océano donde dicen haber sacado una trucha marina de más de diez kilos. Arriba hay una cruz plateada que recuerda a los ingleses caídos en esos últimos días de la guerra. También pequeñas crucecitas de madera que se repiten en cada uno de los monumentos que hay en Stanley no sólo por el conflicto del 82 sino también a los caídos en la Gran Guerra y en una batalla contra buques alemanes por el control de las islas en 1914.

Antes de llegar a la cruz hay cantidad de huecos, pequeños montículos y paredes de piedra que sirvieron de posición para los soldados argentinos que esperaban. Ahí encontré muchos restos de guerra oxidados, entre ellos la base de una ametralladora, o algo así, que persiste parada entre dos rocas. Volvía al camino cuando me acerqué a una de las tantas bocas de piedra. Ahí dentro encontré un pedazo de zapatilla. La suela y parte del costado de una Flecha blanca. No queda lugar para demasiadas palabras. Van a repetir lo ya dicho. No pensé que pudiera ser tan intenso. No pensé que fuera a encontrar nada si no requería la compañía de algún guía que me llevara hasta un campo remoto. No pensé que sentiría tantas cosas parado solo en el silencio perfecto de ese terreno. No pensé que iba a agradecer tanto haber venido.

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Últimos comentarios

Zero88 dice:
Muy bueno el diario, che te hago una pregunta que piensan los habitantes de malvinas sobre la soberania de ellas por parte de los argentinos, estan a favor o en contra?¿
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