Diarios de viaje > América del Sur

Malvinas, una semana en Stanley

Escribe: Estebanvg
Viaje a Puerto Stanley en diciembre de 2007. Siete días en la pequeña y extraña ciudad inglesa clavada en las Islas. Llegué a Stanley. Esperar el avión fue raro, abordarlo fue raro, sentarme al lado de una inglesa y su hijito de un año que no paraba de gritar y llorar in english.

 

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Playa y pingüinos

Puerto Argentino/Stanley, Islas Malvinas — jueves, 13 de diciembre de 2007

La guía del turista malvinero está pensada para las personas que bajan de sus cruceros y tienen unas horas para hacer algo en este paraje tan extraño. Lo cierto es que esa clase de viajeros no hacen demasiado más que atestar los gifts shops y llevarse el recuerdo made in china de rigor. Pero igual les ofrecen una caminata a un lugar llamado Gypsy Cove y yo, que tengo un ratito más que los viejitos de los barcos, la encaré esta mañana. El cielo estaba celeste pleno creo que por primera vez desde que llegué y el termómetro de la Stanley Services, la estación de servicio que queda a metros de mi hogar, marcaba dieciocho grados. Igual el viento pegaba como todos los días y obligaba a la campera. El sendero no está muy bien marcado y el mapa de la guía no es muy claro pero es imposible perderse. Hay que seguir la costa hasta quedar frente a Stanley. En el camino se ven restos de algunos barcos antiguos y al Lady Elizabeth casi entero, en 1913 chocó con una piedra llegando a la ciudad y lo declararon no apto para seguir navegando, lo usaron un tiempo como bodega flotante y después lo acomodaron ahí para usarlo como atractivo turístico. No tendrían que decirlo, pierde la gracia saber que lo pusieron, que no chocó y se clavó ahí.

El camino se eleva y al llegar a lo alto se ven las playas, de eso se trata Gypsy Cove. Playas de arena blanca y agua turquesa en las que se juntan unos cuantos pingüinos. Muy bonito. Hay un sendero y aconsejan no abandonarlo no sólo por preservar la vida animal sino porque las playas están minadas y los lugares donde esas minas aguardan por un pie que las active no están marcados. Muchos bajan igual, yo me quedé. Aprecio bastante a mis piernas, no tengo muchas ganas de dejar una acá.  Al llegar al final del camino hay una pequeñísima montaña de piedras, de las que abundan en las islas. Subí y me quedé un larguísimo rato. Muchos pájaros que no sabría nombrar, los pingüinos y un ruido extraño en el mar. Segundos después lo volví a escuchar. Miré y no vi nada. Al rato volvió el ruido y vi asomarse a dos delfines que paseaban por la zona. Los seguí con la mirada hasta que se perdieron a lo lejos.

En las dos o tres horas de caminata que me llevó alcanzar ese lugar no me crucé con nadie. Sólo con las viejitas que atienden la estación de servicio donde compré una chocolatada y unas galletitas para desayunar con los pingüinos. No sé donde están las dos mil novecientas personas que viven acá. Nadie por la calle, nadie en los pocos negocios, nadie en ningún lado.

Empezaba a volver cuando apareció el primer vehículo habitado que crucé en el día. Dos ingleses que frenaron y me ofrecieron llevarme hasta la ruta. Agradecí, me subí y me sentí Tom Hanks en La Terminal. Hablaban un inglés cerradísimo, las piedras del camino que sacudían la Land Rover hacían un tremendo ruido y estos muchachos pretendían que yo fuera parte de la conversación. Imposible. Alcancé a meter un par de frases cuando por fin llegamos a la ruta, agradecí otra vez y me bajé.

A la tarde di otra vuelta por Stanley, caminé la costa de un extremo a otro, y estuve un rato con los veteranos. Algunos iban al pub pero mis piernas pedían un cambio así que volví al Lodge a dormir. Mañana quiero ir otra vez al monte y el sábado vuelvo al lugar donde nadie sabe qué carajo es fish and chips, mi estómago agradecerá.

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Últimos comentarios

dorisgonza dice:
Estoy leyendo tu diario que realmente conmueve por los sentimientos expresados, lo que debe ser estar ahi, en el lugar donde han quedado los recuerdos de tantos...
Que paradojas de la vida....

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