Último rato en Stanley. La caminata por el monte me llevó todo el día, volví a entrar a la ciudad cerca de las cinco de la tarde. Compré el Penguin News que se edita cada viernes y me recordó que Argentina ya tiene presidenta. La nota habla de las escasas modificaciones en el gabinete y de la mención, en el discurso de asunción, de la soberanía sobre las islas como un derecho indelegable o algo así. No les gusta nada. En la radio también lo hablaron. Es una de las pocas noticias que mueven un poco a este lugar. El chileno del súper me contaba que en los últimos años lo único que pasó fue que hace un par de meses le encontraron a un chico isleño un porro. Salió en el Penguin y alborotó todo por un rato. Después, calma. Esa que tanto alaban los que viven acá pero que se ve tan aburrida. La otra cara de la misma historia. Fernando, un chileno periodista del Mercurio que está alojado en el mismo lugar que yo, me decía: "Imaginate si esto fuera argentina, todo lleno de chicas lindas, lugares para ir a comer rico, gente por la calle, joda". Parece que nuestras virtudes son bien reconocidas en los países vecinos. Después nos cruzamos en una breve discusión acerca de las gastronomías. Me decía que en ningún lugar del mundo se come como en Chile. Le dije que está loco.
Volví despacio para el Lodge. Pasé por Kelpers Store a comprar la cena y me encerré en mi habitación a armar la mochila. Acomodé todo, me duché, cepillé mis dientes y ya estoy listo para irme. Mañana a las diez pasa el colectivo a buscarme. Se acabó la experiencia malvinera.