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Malvinas, una semana en Stanley

Escribe: Estebanvg
Viaje a Puerto Stanley en diciembre de 2007. Siete días en la pequeña y extraña ciudad inglesa clavada en las Islas. Llegué a Stanley. Esperar el avión fue raro, abordarlo fue raro, sentarme al lado de una inglesa y su hijito de un año que no paraba de gritar y llorar in english.

 

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Encuentros

Puerto Argentino/Stanley, Islas Malvinas — domingo, 9 de diciembre de 2007

Son las diez de la noche, me levanté cerca de las nueve pero me parece que hace un año y medio que empezó este día. Vamos por partes.

Me desperté tarde para el desayuno, aunque no me llama demasiado la atención voy a intentar capturarlo mañana. Ocurre que mis compañeros de hospedaje son trabajadores que arrancan temprano y los horarios de las comidas tienen que ver con eso. No creo que vaya a cenar a las cinco y media de la tarde, tampoco tengo muchas ganas de amanecer seis y cuarto para desayunar.

Caminé hasta el West Store y lo recorrí un rato. No es muy grande pero tienen de todo. Agarré una lata de centolla por una libra setenta y cinco. En realidad era una Falkland Snow Crab, la almorcé y no me gustó. Será que mis papilas reeditan la sensación de la centolla fueguina con salsa de crema y queso parmesano y ésta, un tanto distinta y así nomás, al natural, no tuvo ni con que empezar para compararse. Dejemos de lado el costado gastronómico y sigamos. Cuando estaba esperando para pagar me pareció que el cajero no era inglés. Le dije hola, me dijo hola, dije algo más en castellano, me dijo sorry, creí que había fallado mi percepción, se rió y me dio la mano. Gonzalo, trabajador chileno de la Falkland Island Company que atiende el West Store. Le pedí una tarjeta telefónica, me dijo que era carísima y me explicó que es conveniente que llame a Argentina y les pase el número de donde estoy acá porque la tarifa de allá para acá es la de una llamada de larga distancia nacional. En el Lookout Lodge no hay un teléfono que sirva para tal fin así que compré la tarjeta de cinco libras con la que puedo hablar algunos segundos.

Llamé a casa y volví a mi habitación. Me acosté a leer la Falkland Islands Visitor Guide editada por el PenguinNews, el periódico local y me desmayé. Cuando logré despertar volví a bajar al centro. La ciudad está en pendiente y el Lodge está bien arriba, detrás de la ruta al aeropuerto de Stanley, donde se acaba todo. Atrás nuestro no hay casi nada. Kilómetros de rocas, alguna estancia, arbustos, minas y ovejas -ah, y militares-. Volví al West Store para buscar una merienda. Es domingo y casi todo está cerrado. Gonzalo seguía en su posición. Entré, lo saludé y me detuvo. Me preguntó si había hecho lo que me dijo con la tarjeta telefónica y me sugirió un par de lugares para conocer. Me ofreció su bicicleta, insistió y me dio su dirección. Una hora y media más tarde cerraba el local y me esperaba. Mientras tanto conseguí donde conectarme a Internet. 256 kbps a una libra los diez minutos. Fui al encuentro de Gonzalo. La mayoría de las casas no tienen su dirección expuesta de manera clara así que se me complicó encontrar el 2D de la Fitz Roy Road. Igual se hubiera complicado, ¿Qué clase de correlatividad se supone que tiene el 2D? Ni idea. Mientras buscaba escuché un silbido, después otro, era él que me esperaba en la puerta. Entramos y me invitó un café. Me mostró la bici y estuvimos cerca de dos horas charlando. Hace ocho años que está en las islas y en unos meses será un ciudadano británico con todas las letras y, lo más importante, con todos los papeles. Vivía en Santiago y estuvo unos años en Buenos Aires. Hace poco estuvo de visita por allá, adora la ciudad que yo detesto. Hablamos de la vida en las islas, de cuánto importan para Inglaterra, de cómo eso se refleja en la vida diaria, de la guerra, de cómo ven a Argentina los isleños, de los prejuicios de ambos lados, de los veteranos que vienen. Me contó que había un grupo de ellos que llegó en el vuelo conmigo. Yo los vi entrar al aeropuerto en Gallegos y embarcar pero no imaginé que fueran veteranos de guerra. Le dije que iba a intentar contactarlos. Están alojados en Shorty, un hotelito muy cercano a Lookout. Al despedirme me dijo que la hora de la cena ya había pasado en Stanley y me dio una bolsa con varias cosas que había traído del mercado para mí. Entre ellas una porción de fideos con salsa que sacó caliente del horno. Increíble la buena onda.

Volví a mi hogar isleño y en el cuarto de tele estaban viendo a River. El relator de la televisión chilena no dejaba de repetir que había entrado Alexis Sánchez y lo bueno que era eso para River y lo bien que lo veía y qué bueno como había presionado en tal jugada y qué importante que haya ganado un lateral y después un corner. Me aburrí y, además, River perdió otra vez.

Volví a mi cuarto, agarré la campera y bajé a Shorty, tiene un restaurantecito que ya estaba cerrado y seis o siete habitaciones con puertas individuales exteriores. Caminé por fuera esperando escuchar una voz argentina, el viento no me dejaba oír nada. Una tenía la ventana abierta y divisé un mate. Somos muy reconocibles con toda la simbología que llevamos donde sea. Golpee la puerta. Me gritaron que pase, que si era una chica mejor. Dos veteranos de guerra que al verme se sorprendieron un poco, probablemente esperaban a alguno del grupo y seguro que no entendieron hasta un rato después que soy argentino, que no vivo acá y que vine y quiero ir a Darwin con ellos por motivos que no tienen todavía una explicación certera. Es hora de admitirlo, la guerra tiene que ver con ese sentimiento que me atrajo a este lugar. No la guerra de los altos mandos, no la guerra del patrioterismo, no la guerra de la defensa heroica de la soberanía que escondía la intención de sostener a un gobierno ya caído y de paso avanzar en el siniestro plan de matar a cantidad de chicos. Estoy en contra de todo eso, siempre lo estaré. Ni un solo muerto a cambio de metros cuadrados de tierra. Lo que tan claramente decía Borges sobre las divisiones geográficas y cómo propician estos cruentos y estúpidos arreglos de cuentas, repartos de intereses. Sí me siento cerca de la guerra de estos muchachos que vinieron a cerrar cuentas, que hoy recorrieron el monte más cercano a la ciudad y encontraron sus puestos de combate. Esos donde algunos estuvieron meses completos mientras los soldados ingleses contra los que peleaban cumplían ocho horas de trabajo en el frente y después volvían en helicóptero a los barcos donde se duchaban con agua caliente y tomaban unas cervezas.

Estuvimos un rato charlando. Son doce y quedaron en contestarme si podía ir con ellos. Iban a consultar si todos estaban de acuerdo y si la camioneta que alquilaron tiene un lugar más disponible. Veremos. Debe ser muy fuerte, no habían vuelto a las islas. Mi mente no puede llegar a imaginar qué pasará por dentro de esos cuerpos castigados por el dolor terrible de una experiencia como esa y del abandono que sufrieron después. Esta mañana de diciembre -antes de conocerlos- mientras bajaba a la ciudad con un frío intenso, un viento muy fuerte y una lluvia que taladraba mis tres camperas, pensaba en ellos.

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