En el corazón de Puebla

Escribe: marapz
El paisaje cambió a los pocos kilómetros de dejar DF y la contaminación excesiva dio paso al azul intenso del cielo y a las nubes perfectamente maquilladas de blanco. Puebla sería el destino....

 

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Capítulo 1

En el corazón de Puebla

Puebla, México — lunes, 25 de julio de 2005

El paisaje cambió a los pocos kilómetros de dejar DF y la contaminación excesiva dio paso al azul intenso del cielo y a las nubes perfectamente maquilladas de blanco. Puebla sería el destino. Salimos de DF a las 12.20 horas en un autocar de la compañía ADO, en el metro San Lázaro. Dos horas más tarde llegamos a la estación de autocares de Puebla.

De Puebla nos dirigimos a Xolula, donde se asienta una iglesia en un montículo que hace presagiar que debajo existía una perfecta pirámide. Fuimos en "carro" hasta San Nicolás de los Ranchos, a las faldas del espectacular volcán Popocatopelt de más de 5.000 metros y en activo.

La conversación con José Luis, el hombre que nos fue a recoger a Puebla, dio un giro en el instante en que vimos por primera vez el volcán Popocatépetl, o Gregorio como lo llaman sus convecinos. Le llevan comida, música y mezcal para que no haga sus "graciosas", es decir para que no entre en erupción. "Creen más en esos favores que en el Gobierno". La carretera hasta San Nicolás de los Ranchos es aceptablemente buena si no te fijas bien en los agujeros que de vez en cuando se abren en el asfalto. José Luis nos da la explicación de esta infraestructura. "Los vulcanólogos dicen que el volcán tiene actividad y el Gobierno ha construido la carretera para evacuar rápido a sus habitantes", pero no se lo cree. Opina que la vía es una fórmula que utiliza el Gobierno para tenerlos vigilados. "Desde la conquista está activo, ya los españoles bajaban el azufre de allí arriba para fabricar pólvora". Con esta impresionante estampa frente a nosotras, José Luis nos narra la historia de la bandera mexicana. ¿Leyenda o realidad?

En Igualda, poblado de menos de mil habitantes, se confeccionó la primera bandera del país, por orden de Agustín de Iturbide. Cuando Guerrero, jefe de los insurgentes de Iturbide, comandante de los virreinales, decidieron unir sus fuerzas para luchar por la Independencia, inspirados en unas rebanadas de sandía que mitigaron su sed, ambos líderes coincidieron en la importancia de crear una bandera verde, blanca y roja que simbolizada la causa que les unía. Jesús María Figueroa obsequió a los presentes con grandes rebanadas de sandía cosechada en la comunidad cercana de Tepaxtitlán. Al ver Guerrero el exquisito obsequio, dijo sin titubeos: "Aquí están los colores para la bandera de la patria, salidos de las entrañas mismas de nuestra tierra". Iturbide aceptó la sugerencia por considerar al blanco símbolo de la religión, el verde de la independencia y el rojo de la unión entre realistas e insurgentes, razonamiento que fue aceptado por Guerrero.

Al día siguiente regresamos a Puebla. En el autobús 'Rápido de San Antonio' nos dirijimos al centro para ir al centro de Puebla. La ciudad se abrió ante nosotras como una ciudad muy limpia y perfectamente colonial. Pero más que por sus calles me sorprendí por la amabilidad de sus gentes, siempre atentas a cualquier necesidad. No hace falta que pidas el favor de que te abran la ventanilla del micro autobús urbano, sólo con el gesto se levantan a ayudarte. Y no fue una sola vez, ni dos, ni tres. Desdoblas el callejero para buscar una calle y al segundo alguien ya te está indicando la forma más rápida de llegar a tu destino. No esperan nada a cambio, simplemente son amables, una amabilidad que se nos iba contagiando poco a poco.

Hicimos turismo por la ciudad. Primero al barrio del artista donde nos pasamos un buen rato desayunando y aseándonos, ante la imposibilidad de haberlo hecho ni en casa de Gabriel, ni por supuesto en el albergue de estudiantes. Ambos lugares carecían de agua corriente. Mercadillo típico en un patio y a patearnos la ciudad. Nos dirigimos, cómo no, al Zócalo, donde se encuentra la monumental Catedral frente al Ayuntamiento neoclásico. Un guía turístico nos enseñó el monumento y nos dio las pautas necesarias para una visita rápida por lo más característico de una ciudad con la nada desdeñable cifra de 365 iglesias, una para cada día de la semana. Lo sorprendente es que, pese al elevado número, la gente se santigua al pasar por la fachada de la iglesia. ¡Qué cansado como lo hagan en todas y cada una!

Un camión cisterna con agua potable, parado en medio de la calle, nos indicaba que todo el país carece de agua corriente. Un cartel con todo tipo de indicaciones sobre cómo actuar en caso de sismos nos recordaba que México es un país donde los terremotos hacen de las suyas. Anduvimos por varias calles, siempre cerca del Zócalo, hasta que nos decidimos por comer en un restaurante vasco. ¿Nostalgia por la comida? Todavía no, casualidad.

Y a dar más vueltas hasta que tomamos otro autocar de regreso a DF.

Por Mar Peláez


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