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Cielito lindo

Escribe: osorojo
El rincón más al Norte de nuestra América. Un lugar entrañable aún antes de llegar. Por su historia, llena de lucha y dignidad, por una cultura fascinante y unos vínculos maravillosos, sobre todo en los oscuros 70 donde México abrió sus puertas a tantos exiliados. Varios ejes a destacar: la capital, un monstruo imponente, altivo y encantador; la magia de San Cristóbal de las Casas; el paraíso playero de Zipolite. En esta intro, sólo ese anticipo. Que lo disfruten!

 

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Amanecer poblano, anochecer oaxaqueño

Puebla, México — miércoles, 17 de marzo de 2010

Después de las altas vibraciones del martes, ameritaba parar un poco la pelota y relajar. Desayunamos en el hostel y dejamos todo preparado para pasar a retirarlo antes de partir a Oaxaca. Pasamos algunas fotos al pen-drive de la Osa y nos fuimos a pasear por Puebla, al tiempo que Nati ya arrancaba camino a la ciudad que en 2006 se vio conmovida por un masivo levantamiento popular que dio lugar a la conformación de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca). Lo denominé el día de las fotos, porque Maru estuvo con la lente más atenta que nunca - por lo menos hasta ese entonces - frente a los paisajes que brindaba la cuarta ciudad más grande de México: las cúpulas eclesiásticas con la influencia mora (en el marco de una city colmada de templos), la fusión de colores en cada cuadra, los balcones, la captación de algún gesto o mirada. En líneas generales, dimos vueltas por la ciudad sin ningún ordenamiento en particular, sólo con ganas de andar (el tiempo acompañaba dado que el cielo se encontraba sin una nube y con un sol radiante). Vimos unas carpas en el medio del Zócalo y al acercarnos, descubrimos que tenían alguna relación con la huelga del día anterior (Nati algo nos había comentado).

Eran un grupo de maestros que estaban solidarizándose con los electricistas y tuvimos la posibilidad de que nos invitaran a entrar, pudiendo conversar un buen rato con ellos acerca de lo qué estaba pasando en concreto en ese momento y más generalmente de los malestares de la sociedad mexicana en su conjunto. Intercambiamos mails con el objetivo de seguir en contacto y, principalmente, difundir el conflicto, con los medios que tengamos, en Argentina. Almorzamos unos chipotes con queso y con palta en el Pasaje del Ayuntamiento (algunas calles tenían señalización en braille) y luego volvimos a cruzar el Zócalo para entrar a la Catedral metropolitana, la cual presume ser la más grande de todo México. Por lo menos a mí, me gustó más (dentro de la idea general de que no me caben las iglesias) que la del DF. Es muchísimo más impactante y arquitectónicamente más bella, aunque la exagerada inmensidad que nos hace a todos tan pequeños (y a Dios, enorme) puede resultar casi ridícula. {Apostilla ciudadana: las calles en Puebla tienen una denominación tan extraordinaria como peculiar. Ejemplo argentino: La Plata, ciudad de las diagonales. Aquellas que conducen en la dirección poniente u oriente tienen nombres de números pares - nosotros estábamos alojados en Poniente 4 -cuando se encuentran al norte del Zócalo, y tienen nombres de números impares cuando se encuentran al sur del Zócalo. Mientras que las que conducen en la dirección norte o sur tienen nombres de números pares cuando se encuentran al oriente del Zócalo, y tienen nombres de números impares cuando se encuentran al poniente del Zócalo. Las cuatro avenidas principales empiezan en la esquina noroeste del Zócalo. Son la Avenida Reforma (poniente); la Avenida Maximino Avila Camacho (oriente, también conocida como Avenida Juan de Palafox); la Avenida 5 de Mayo (norte); y la Avenida 16 de Septiembre (sur)} De allí visitamos la Plazuela de los Sapos - estilo Plaza Serrano -, entramos a varias casas de antigüedades, recuerdo haber comprado algunas postales, artesanías por doquier y emprendimos el retorno al hostel con heladito en el medio (la pegó Maru con los gustos), parada innecesaria en el cyber (triple mail: mamá, papá y Mónica Clot) y ahora sí, nos encontrábamos en el Santo Domingo, dispuestos a agarrar las mochilas y emprender el viaje a Oaxaca. Nos sacamos unas fotos en el colonialísimo patio del hostel, a la carga Barracas, cemitas, Boulevard Héroes 5 de Mayo y bus dirigido a la terminal CAPU. Tendría consecuencias esa última elección, dado que en verdad había que tomarse el que decía "interior CAPU" que nos dejaba directamente dentro de la terminal y no el otro, que nos hizo caminar un par de cuadras por afuera (todo muy Retiro). No fue tan grave de todos modos.

Clavamos un ADO a las 18 horas por 304 pesos con destino Oaxaca pasadas las 22 horas. Eran las 5 de la tarde. Esperamos en la sala correspondiente degustando las exquisitas cemitas, con un juguito acompañando. Comencé a leer la Sudestada que había traído Maru y que abordaba en el dossier el proceso boliviano actual y sobre todo la gran pregunta que muchos se realizan: ¿va hacia el socialismo? Puertas afuera se había largado una sostenida lluvia. No sólo se podía ver, sino también podíamos olerla.


            A las 22:20 llegamos a Oaxaca. Comimos un paquete de doble Bimbo cada uno y nos tomamos un tacho - recomendación gastronómica: tlayudas - hasta el Hostal Casa de Don Pablo (Melchor Ocampo entre Rayón y Colón), que habíamos visualizado como data piola en el hostel de Puebla. El mismo distaba unas 15 cuadras de la terminal, aunque esa apreciación no evitó el transporte automotor (con las mochilas y de noche, era impensable otro recorrido). Al llegar, nos cruzamos con Nati, quien ya estaba alojada allí y se encontraba a punto de salir. Al igual que en nuestro cruce en la BUAP, otra vez pensó que no íbamos a ir. Había una habitación de 4 con doble marinera, pero repitiendo el escenario de Coyoacán la tuvimos libre para nosotros dos (el nombre de la misma era La Sandía). Trescientos veinte total por noche (se venía doblete después de 3 días consecutivos de una y una) y un depósito de cincuenta por la llave. La respuesta acerca de si salíamos a hacer algo (cenar de mínima) se resolvió rápidamente: Maru planchó de una. En tanto, quien escribe, realizó esa tarea en forma de tips para el diario de viaje - que iba constantemente un día atrasado - y, además, leyó el librito comprado en la casa de Trotsky (cuyo destino no estaba en mis manos, sino en la del amigo José Luis). Hacía una semana que ya estaba en México. Una primera parte empezaba a extinguirse y se abría el sendero de una nueva mini-etapa. Caminarla era la única forma de descubrirla.

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Últimos comentarios

DARTH9000 dice:
un buen relato de la provincia mexicana...van mis 5*
saludos!!!!

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Osos en colonial patio de Puebla

   

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