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5ª Parte, Puebla

Escribe: XPiM
Esta vez dejaba a mi espalda el Atlántico con sus selvas imposibles y ponía rumbo a los espectaculares bosques que cuentan posee el estado que marcaba el final de mi próxima etapa. Puebla es...

 

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Capítulo 1
 

5ª Parte, Puebla

Puebla, México — sábado, 20 de octubre de 2007

Esta vez dejaba a mi espalda el Atlántico con sus selvas imposibles y ponía rumbo a los espectaculares bosques que cuentan posee el estado que marcaba el final de mi próxima etapa. Puebla es un valle fértil escondido entre altísimas cimas volcánicas, al oeste tiene el Izataccíhuatl y el Popocatépetl, al este el Malinche y al sur el Citlaltépetl). La ciudad de Puebla es la capital del estado homónimo y está construida a más de dos mil metros de altura por la gracia del obispo Julián Garcés, a quien se le aparecieron en un sueño los ángeles que le indicarían el lugar exacto en que debía de construirse la Ciudad de los Ángeles, más tarde bautizada como Puebla de los Ángeles.

La ciudad ha crecido muchísimo en los últimas décadas, superando el millón de habitantes, aunque este crecimiento no ha perjudicado el aspecto colonial del casco antiguo, que se caracteriza por la infinidad de color que exhiben los azulejos de la cúpula de las iglesias y las fachadas de los palacios con sus balcones de hierro forjado. Es la ciudad criolla (aquellos nacidos en Hispanoamérica descendientes de padres europeos ) por excelencia, donde el encuentro entre la cultura española y la autóctona alimentó la exuberancia ornamental de la arquitectura barroca.

Lo cierto es que le encontraba muchas similitudes a Xalapa, las dos eran ciudades en claro proceso de expansión que luchaban por preservar su riqueza natural a modos de parques y jardines, mientras destrozaban los bosques que inocentemente crecían a su alrededor. De nuevo me encontraba inmerso en una ciudad contaminada, con miles de coches formando una especie de procesión desordenada a diferentes destinos y edificios altos y sobrios que contrastaban con el legado colonial. Mi primera misión como siempre fue la búsqueda de un hotel económico. Con paciencia y la ayuda de mi incondicional trotamundos encontré en el hotel Colonial, edificio histórico de la época que hace referencia su nombre, las cuatro paredes que serían las escogidas para velar mi sueño. Tras descargar la mochila, me dediqué al tradicional rito de esconder el dinero por la habitación, los lugares fueron escogidos por la necesidad y modificados por la experiencia.

Escondía una cuarta parte de mi fortuna en las barras de metal huecas que servían como soporte para las cortinas, en más de una ocasión tuve que romper esta barra para ocultarlo (no se lo digáis a nadie). Otra fracción la solía esconder dentro de un bote de jabón que compré especialmente para este fin, era el más barato que encontré suponiendo que nadie se lo llevaría impotente de encontrar dinero, lo vacié de jabón y lo llené de arena para compensar el peso, convirtiéndose en una improvisada hucha. En el pliegue genital de unos calzoncillos sucios escondía la última parte del capital que dejaba sin vigilancia, ya que el resto lo llevaba yo, la mitad en el calcetín y la otra en la cartera, era ésta la que estaba mentalizado a ofrecer a quien me intentase asaltar (cosa que nunca ocurrió).

La comida en Puebla tiene fama de ser una de las más deliciosas del país, fue aquí donde probé una especie arroz quemado que resultaron ser hormigas fritas, también figura como plato típico una especie de gusano que dicen es muy sabroso pero que yo no tuve huevos de probar. Para los más escrupulosos está el reconocidísimo mole poblano que tampoco me gustó, por lo que seguí fiel a los tacos, los burritos y las quesadillas. Con el estómago seleccionando los nutrientes que no darían forma al resultado final de mi aparato excretor, decidí conocer el zócalo y la espectacular catedral poseedora de las dos torres más altas del país, desgraciadamente éstas tenían prohibido el acceso a causa de un terremoto que unos años antes se ensañó con esta ciudad, creando un conjunto de casas en ruinas que componen ahora uno de los pocos atractivos con los que ofrecen sus servicios de guía los más espabilados del pueblo.

La cuestión es que las torres sufrieron serios desperfectos de los cuales hoy en día aún no se han recuperado, también me hacía ilusión visitar el Popocatépetl, pero el omnipotente ejercito de este país no lo permitía excusándose en una continuada actividad volcánica que amenazaba con posibles erupciones, sin la posibilidad de admirar el pueblo desde el campanario y con la inoportuna prohibición de acercarme al volcán, en una ciudad que no me gustaba y con el dinero calculado para este viaje llegando a su reserva decidí dar por finalizado mi presencia en este lugar, dedicando el resto del día a conocer más o menos la capital y con la mirada puesta en Cuetzalán, un pueblecito de este mismo estado situado a seis horas al norte.

Supe de su existencia gracias al pisoteado prospecto de un hotel que encontré bajo los pórticos de la catedral.

Pregunté por este pueblo y resultó ser el lugar donde los indios de los diferentes poblados se reunía para intercambiar sus artesanías. Sonaba bien, por lo que encontré estúpido alargar mi estancia en Puebla, reservando esa misma tarde el boleto que me permitiría conocer al día siguiente ese prometedor pueblecito.

La noche transcurrió a partes iguales entre la surrealista plática de un alcohólico mesero en su sucia cantina y el sueño sin descanso con el que el viejo colchón del hotel me supo torturar.

Es cierto que sólo son seis horas de viaje, pero seis horas de insufribles curvas entre espectaculares precipicios que no me atrevía a contemplar, seis horas sin una meada y sin una triste parada donde estirar mis encartonadas piernas, todo un calvario que se acrecentaba cuando pensaba que la única forma de salir del pueblo al que me dirigía era volviendo a Puebla. A mitad del recorrido decidí cerrar los ojos e intenté perder la poca consciencia que me quedaba, pero no fue así y me comí las seis horas entre las más incontrolables ganas de vomitar.

Lo había conseguido, el peor viaje de mi vida lo dejaba atrás con toda mi comida digerida o no, dentro del estómago. Recuerdo como me quedé sentado mirando al suelo durante más de media hora, pasado este momento de aclimatación levanté la cabeza, luego la mirada y más tarde el resto del cuerpo. Encontré la dirección del prospecto fácilmente y como el hotel era barato y además me gustó no fue necesario buscar más, así que tras el obligado ritual me encontré de nuevo en un pueblecito pequeño y lleno de gente que me miraba como a un bicho raro.

Las casas son algo más altas que las que me encontré en Veracruz, con gruesas paredes de piedra bajo los inclinados tejados de pizarra, las fachadas blancas y sin demasiado énfasis ornamental contrastaban con el intenso verde de los bosques que lo rodean. Hay dos iglesias, una en el zócalo y otra en el cementerio, detalle que me llamó la atención pues me presenté en el pueblo convencido de que apenas habrían llegado hasta ahí las malditas cruces, pero es cierto que a pesar de su conversión en el resto de su actividad diaria se mantenía fiel a su costumbres.

La iglesia del cementerio dominaba todo el pueblo y las montañas, pensé que tendría que ser precioso contemplarlo todo bajo ese prisma por lo que me puse manos a la obra. Desde el centro del pueblo se veía el campanario lejos, pero no tanto. Llegué rendido, son calles exageradamente escarpadas, una especie de laberinto de casas que tras una semana de estancia en el pueblo no conseguí memorizar. Pero lo había conseguido, me encontraba ante el arco peraltado que daba acceso al enorme panteón, cruces y flores coronaban el áspero aroma que augura nuestro final, condenados entre pena y llanto a la eternidad se escondían unos féretros que parecían olvidados tras las derruidas lápidas que los identificaban, mientras sus epitafios, borrados por el tiempo parecían despreciar las fotos antiguas y las flores marchitas que los pretendían recordar.

A lo lejos una silueta me llamó la atención, era una anciana que inclinada ante una cruz entonaba una melodía, era la forma de rezar de una mujer que ya no es madre a una vida que ya no estaba.

Estuve paseando y curioseando por el panteón hasta recordar que tenía que encontrar al padre que me permitiría trepar hasta la misma campana.

Ya había preparado mi disfraz de católico humilde e inocente, así que fue un acto reflejo el que un ateo de principios como yo se santiguase al entrar a la capilla sin dejar de mirar la figura arrodillada que supuse sería el padre. Me senté en uno de los bancos del principio, el hombre estaba a los pies del altar, arrodillado con las manos entrelazadas y ausente de mi mundo terrenal.

Tras cuarenta minutos de espera sin el menor movimiento de ese hombre decidí darle una patada al escandaloso banco de madera para acto seguido pedir perdón por el desafortunado incidente, pero se mantuvo abstraído en sus ruegos e ignoró mi patético intento de llamar la atención.

Ya estaba aburrido de esperar y entre que sólo me conozco la primera mitad del Padre Nuestro y que no habían muchos detalles con los que distraerse decidí continuar curioseando por el cementerio. Unos minutos más tarde salía este hombre apoyado en el artesanal bastón del que se servía para caminar, lo cierto es que sí que tenía motivos para rezar, era un hombre mayor, muy delgado y con aspecto enfermizo, le faltaba un ojo y el que le quedaba apenas le servía, cargaba con una inmensa joroba que hasta el momento no había apreciado, pensé que la inclinación era la normal cuando uno se humilla ante el Señor. Me aproximé al anciano y tras felicitarle por lo cuidado que se veía todo, le pregunté si habría algún modo de poder disfrutar del pueblo desde el campanario. Me contestó amablemente que no lo sabía, que nunca había subido pero que eso seguramente me lo podría decir el padre.

¿El padre?, la madre que lo parió, más de una hora me llevó esperar que el hombre dejara de pedir milagros y resulta que no era el cura. Le pregunté impaciente que dónde podía encontrar al padre, y me contestó que en la otra parroquia, inconscientemente miré hacía la iglesia que a lo lejos destacaba en el centro del pueblo y me dije que iría, pero aplazaría para el día siguiente el intentar subir de nuevo a este campanario. Mientras paseaba entre las estrechas calles empedradas de este pueblo pensaba en que realmente esto es lo que yo necesito para ser feliz, la paz que me rodeaba, el aire, la sencillez de todo el mundo, pensaba que no era necesario nada más que un techo para ser feliz en este escondido lugar.

Toda mi vida he luchado por conseguir retos, objetos en una carrera sin sentido contra mí mismo. Ahora valoro todo diferente, no encuentro sentido a la locura a la que prestamos nuestras vidas en mi mundo, vivimos esperando en lugar de aceptando de la gente a la que queremos, deseamos siempre más de lo que podemos alcanzar, luchando por metas lejanas e imposibles dejamos atrás sueños e ilusiones, consumimos la felicidad en pequeños sorbos que lejos de apagar la sed provocan la frustración de no valorar aquello que ya poseemos, olvidando como norma el encontrar la felicidad a lo largo de nuestro camino para buscarla siempre al final del mismo.

Perdido en mis pensamientos me dejé llevar por unas piernas que empujadas por el destino me condujeron a la otra iglesia, esta era mucho más nueva y grande que la del cementerio, mejor acabada y con todo tipo de vividores santificados expuestos en sus jaulas de cristal. Había muchísima gente, y esta vez sí que estaba claro quién era el cura. Era un hombre joven de piel muy blanca, éramos los únicos en el pueblo de ese color, gordo y con aspecto de dejarme subir al campanario.

De nuevo me hice la señal de la Santa Cruz y me senté a esperar que acabase con la misa que en esos momentos protagonizaba. Una vez terminada los presentes iniciaron una procesión con el padre a la cabeza que los llevaría hasta la otra iglesia en la que depositarían las velas y cirios que portaban en honor al recuerdo de sus difuntos. Era el segundo intento de mi vida por acercarme a un cura y volví a fallar, no pude hacer nada, iban todos concentrados en sus pecados, con las miradas ausentes y tarareando una especie de himnos que recitados al unísono los acompañaba hasta su destino.

Encontré algo violento preguntar al cura en esas condiciones, así que lo dejé estar hasta el día siguiente. Después de Real de Catorce, que es un pueblo que visitaría a los pocos días de abandonar Cuetzalán, es el lugar que peor comí de todos los que estuve, tras varios intentos por hacerme con las especias típicas del lugar terminé como cliente fijo en una especie de taquería que preparaban algo parecido a la pizza y que no estaba del todo mal.

Este pueblo es bonito, pero seguramente me hubiese pasado bastante desapercibido en mi cuaderno de bitácora de no haber sido por sus montañas, que en el más puro estado, se mostraban con toda su fuerza por los alrededores, en forma de cascadas gigantescas, bosques impenetrables, majestuosas cuevas y miles de parajes donde querer parar el tiempo.

Con el crepúsculo terminaba cualquier oportunidad de diversión en ese pueblo. Era mi momento de reflexión, de valorar si todo lo que estaba conociendo, si todas mis vivencias, si todos mis miedos y todas mis alegrías servirían para algo o se convertirían en simples anécdotas con las que distorsionadas por el paso del tiempo, se utilizarían sólo para dar envidia a quien las quisiera escuchar. Aunque para ser del todo sincero he de reconocer que estos días no los dediqué en su totalidad al encuentro de mi verdadero yo, ya que el hotel disponía de televisión por cable y primero es lo primero. Sufrí una incipiente adicción por los canales de National Geographic, Discovery Channel y especialmente el de History, ya que entré más de cien canales no encontré ninguno porno.

Nunca suelo dar demasiada importancia a los hechos que hubiesen podido acontecer con anterioridad a mi nacimiento, pero realmente este último canal consiguió transportarme a diferentes épocas y vidas. Ahora lo pienso y me hace gracia, una semana perdido en medio de la montaña, en un lugar con forma de sueño, y preocupado por no olvidar a las diez de la noche, en el canal 71, el capítulo que televisaban de la trilogía en la que convirtieron la vida de Rasputín.

Mi segundo día o el primero entero en el pueblo descubrí un detalle del todo desgraciado y desagradable, un porcentaje muy alto de la población autóctona sufría severas deformaciones, extrañas enfermedades, claras disminuciones psíquicas y en ocasiones todo junto.

Mi primer encuentro con este triste porcentaje fue una mujer que se acercó a mí sonriente, no es que fuera muy atractiva pero mi inconsciente carácter seductor esbozó sin permiso una sonrisa en mi rostro. Se acercó y sin previo saludo me comentó que trabajaba con su tía y que llevaba el dinero en una bolsita atada en las bragas. La chica no parecía estar muy mal y yo pertenezco a otra cultura, igual de esta forma ofrecen su amistad en este apartado rincón del mundo.

La cuestión es que tras esta y alguna explicación más que busqué en ese momento, la chica dio media vuelta, y sin darme la oportunidad de decirle adiós, salió a toda velocidad gritando de alegría ante la llegada de un camión.

Por lo que comprobé más tarde, compartía su obligación de colaborar en el negocio familiar con la devoción de saludar al personal que viajaba en los camiones que llegaban al pueblo. El hecho es que todo el pueblo sabía que Angélica estaba como una puta cabra menos yo, así que decidí salir rápido del lugar donde tantas personas me habían visto ese conato de comunicación con la chica, dirigiéndome de nuevo al panteón con la intención esta vez de salir triunfante de la cruzada que me había impuesto.

Encontré al padre de nuevo inmerso en sus actividades parroquiales aconsejando a unos fieles. Esta vez no se iba a escapar, esperé de nuevo sentado en uno de los bancos, esta vez del final para controlar mayor campo de maniobra. Los consejos se convirtieron en sermones y estos en un suplicio interminable que de no ser por mi desproporcionado orgullo me hubiesen hecho tirar la toalla. Por fin la pareja de abuelos que componía su público marchó y pude acercarme a este servidor de Cristo. Era el momento, me aproximé al padre con mi más humilde sonrisa y con toda la solemnidad de la que pude hacer acopio le comenté mi deseo de conocer este precioso pueblo desde el campanario.

La humilde sonrisa desapareció al momento que me informó que no era el padre de esta parroquia, que únicamente se comprometió por un par de días a sustituir al padre José que se encontraba en Puebla por unos asuntos familiares y que él no disponía de la llave que daba acceso al campanario. Esto se convirtió ahora más que nunca en un reto personal, ya me importaban tres cojones la vista desde ahí arriba, ahora tenía que demostrar al mundo que lo podía conseguir. Le pregunté al suplente que cuando llegaría el oficial, al día siguiente por la tarde contestó. Me despedí del hombre consciente de que no tenía ninguna culpa del rencor que se estaba creando en mi interior hacia los responsables de transmitir la palabra de Dios en este pueblo.

De nuevo salía de ese cementerio decepcionado, pero sabía que era cuestión de tiempo que consiguiera mi meta.

Entré en una especie de cafetería a desayunar y cuál fue mi sorpresa cuando en la carta que encontré sobre la mesa me ofrecía la oportunidad de saborear tostadas, pastas y galletas con mermeladas de todos los sabores que devoré a partes iguales entre el hambre y la nostalgia. A punto de reventar me desplacé como pude al zócalo, donde la noche anterior me fijé que estacionaban varios colectivos. Junto a uno de éstos encontré en el suelo con la cabeza medio levantada por la gracia de un bordillo a modo de almohada, un hombre con las piernas amputadas y el cuerpo lleno de putrefactas costras, me pidió una limosna que a estas alturas del viaje ya era demasiado pedir, por lo que me vi obligado a negársela.

Me habían informado sobre unas cuevas muy interesantes que se encontraban a cuatro kilómetros al norte, no tenía otra cosa que hacer por lo que decidí visitarlas. El que no estaba dispuesto era el poco profesional conductor del colectivo, pues en su orden de prioridades antepuso su siesta a mi aventura. A modo de sutil amenaza le informé que estaría de nuevo en esa plaza pasada una hora y me fui pensando que esa negatividad por no hacer las cosas al momento no era más que secuelas de la vida que siempre he tenido, por lo que me resigné e hice ver que no importaba que el señor me ignorase por cumplir una de las funciones básicas, que aunque exageradas en algunas personas necesitamos para funcionar.

No habían transcurrido cinco minutos, ni cien metros de mi forzado paseo, cuando se acercó a mí un ser completamente deformado pidiéndome su limosna, no tenía pelo en la cabeza, ni cejas, ni pestañas y gracias a Dios llevaba la suficiente ropa como para no mostrar la dimensión exacta de su alopecia. Lo que en algún tiempo fue su nariz eran ahora dos macabros orificios que se exhibían sobre una boca sin labios, su cuerpo también estaba cubierto de costras por lo que sin pensarlo me lo quité de encima con veinte pesos, no me considero una persona insensible pero no hubiese podido soportar esa visión muchos segundos más.

Aceleré el paso hasta cerciorarme de que no me seguía y esperé sentado en una terraza el momento de despertar a mi eventual transportista. Tras unos primero minutos examinando los alrededores y comprobar que había pasado desapercibido me relajé. Lo cierto es que a mí también me estaba entrando sueño, la Corona que me había tomado como usufructo de la terraza y el solecito me cerraron los ojos, no sé si me dormí pero seguro que no estaba despierto. Acariciaba un estado de inconsciencia, cuando el sol se escondió a la vez que escuché una estridente voz que pertenecía a un hombre de mi edad más o menos que se presentaba como Charly, añadiendo a continuación un patético y mal sonante " how are you?", le contesté que bien, gracias. No fue suficiente, el hombre había decidido que yo era un gringo y prosiguió con un "you american?".

- ¡No! -, le contesté. - Soy catalán, de España -.

Tras un silencio en el que supuse que estaba asimilando donde debía estar España y en qué idioma hablaríamos le informé que hablaba español, que no se esforzara que lo entendía. En realidad no hubiese soportado otra frase en su inglés sin partirme de la risa. Se presentó de nuevo, esta vez como Carlos y se ofreció para hacerme de guía. - Hoy es mi segundo día en el pueblo, ya lo conozco todo-, le contesté. Me platicó sobre las cuevas que quería visitar, del peligro que tenían si no las conocías, pero haciendo gala de su buen corazón por un módico precio se ofreció para acompañarme. Yo observaba a Carlos, era un hombre bastante feo, bajito y muy delgado, moreno y muy tonto, pensaba que si es peligroso ir solo, en su compañía podía ser un suicidio.

Aunque lo cierto es que me hacía gracia, era un señor muy simpático que me hacía reír, así que lo contraté como guía personal en mi experiencia espeleológica. Pagué mi Corona y la Coca-Cola que pidió Carlos y nos dirigimos hacia el colectivo, aceleré el paso preocupado porque se había cumplido la hora, preocupación estúpida la mía, el hombre había decidido entregarse a sus sueños en la misma camioneta.

Aún se encontraba inmerso en su inconsciencia cuando con unos prudentes golpecitos a la puerta puse fin a su letargo. Se despertó de un sobresalto y me odió con la mirada, pero mi sonrisa y sus necesidades, seguramente más por lo segundo, le obligaron a permitirme el acceso tras dos o tres bostezos y un par de golpes al volante, media hora más tarde el rencoroso conductor estaba abriéndome la puerta e invitándome a bajar. En la misma entrada de la cueva estaba Orlando, un chico joven y fuerte que se ofreció a acompañarme.

- Ya he contratado a un guía, lo siento-. Le contesté educadamente.
- ¿A quién? -, preguntó con la más absoluta inocencia.

Carlos estaba a mi lado intentando seguir la conversación, lo miré presentándolo a Orlando como mi guía. - ¿En serio?-, e incrédulo prosiguió, - señor, debe saber que son muy peligrosas estas cuevas, y uno ha de estar preparado para entrar. Lo cierto es que Carlos no me daba mucha seguridad. Lo volví a mirar, se encontraba ausente, distraído, su mirada estaba perdida en la oscuridad con la que amenazaba la hendidura de la montaña que se mostraba ante nosotros. Miré unos segundos a Orlando y definitivamente me decidí por este último.

Con toda la sensibilidad que pude hacer acopio le ofrecí mis disculpas a Carlos, pues había decidido que no bajaría con él. No se molestó, se limitó a sentarse en el suelo y me aseguró que estaría esperando ahí para volver juntos, más tarde me confesó que había agradecido mi elección pues en el fondo le daba miedo entrar en la cueva. Y por fin nos pusimos en movimiento hacia el centro de la tierra. A pesar de ir preparados con cuerdas, mosquetones, cascos y linternas sentía mucha inseguridad, pensaba en quién me vendría a buscar aquí si pasase algo. No sabría calcular la profundidad de esta cueva, pero recuerdo que empleamos casi una hora únicamente en el descenso.

Las paredes de la cueva se iban cerrando a medida que nos adentrábamos a sus entrañas. Parecía que habíamos llegado al final, cuando una enorme roca nos cortaba el paso, pero mi compañero conocía la manera de esquivarla a través de una delgadísima grieta que apenas se distinguía, pasó primero Orlando con algunos problemas menos que yo, pero por fin estábamos los dos dentro, en silencio, con las linternas señalando al techo, con la humedad calándose en los huesos y el sonido de las gotas que se desprendían de las gigantescas estalactitas que como puñales amenazaban sobre nuestras cabezas.

Tras un descanso de cinco minutos en los que Orlando decidió amenizar nuestra estancia bajo tierra con una serie de leyendas e historias sobre almas en pena y espíritus malignos que aseguraba habitaban esa cueva, continuamos por lo que parecía un camino, ahora ya horizontal y que conducían a una especie de pozo sin fondo que marcaba el final de mi aventura. Sin demasiadas emociones y ningún contratiempo decidimos volver.

Ya percibía la luz natural que se filtraba aún a varios metros por encima, cuando algo me asustó, parecía una silueta, no pude exactamente definirla pero entre una posible auto-sugestión causada por las leyendas de Orlando y el cansancio, no quise buscar más explicaciones a esa sombra que me pareció distinguir. Me sentía cada vez más intranquilo a medida que me aproximaba al lugar donde presentí el movimiento, la luz aún era muy pobre y dejaba muchos espacios sombríos, fue este el motivo por el que no pude ver nada cuando llegué a ese punto en concreto. No ocurrió nada, en esos momentos me sentía un poco idiota por haberme asustado de esa manera por nada, pero por lo menos me alegraba de no haber hecho a Orlando partícipe de mi paranoia.

Deseoso de respirar aire libre proseguí con mi escalada, pero antes debía de cambiar el mosquetón de cuerda y asegurarlo a la que me acompañaría hasta la salida. Estaba concentrado en ello, cuando de la oscuridad apareció una mano que se aposentó en mi hombro. No recuerdo en mi vida un segundo más largo, los latidos de mi pecho se transformaron en señales de auxilio, no fui capaz de decir ni de hacer nada, más que girar lo justo la cabeza para ver a Carlos que se había escondido para darme un susto. Tras reprimir mis impulsos de matarlo alegando que había sido una broma, que no tenía media hostia y que era un subnormal, continué en dirección ascendente sin hacerle ningún comentario.

En la misma entrada a la cueva me despedí de Orlando, pagando por sus servicios lo que yo encontré apropiado, que siempre solía ser menos de lo que esperaban y tras decidir que volvería al pueblo caminando se apuntó Carlos. El paseo no se hizo excesivamente largo, entre preguntas y consejos transcurrió todo el paseo, hasta que a la entrada del pueblo me abandonó mi infiel amigo al distinguir entre el gentío una pareja de chilangos a los que ofrecer sus servicios.

Miré al norte, ahí seguía. Me puse de nuevo en dirección al panteón y a su campanario, era la tarde del mañana de ayer, así que según la información del suplente, el padre José estaría en su pinche parroquia. No lo encontré en un primer instante, así que me acerqué a una señora que abandonaba sus plegarias en ese momento y me informó que seguramente lo encontraría en su casa, hacia el norte por un caminito de piedra que nacía detrás de la misma iglesia.

La señora me acompañó hasta la misma puerta del párroco, no estaba muy lejos de la iglesia y ella vivía relativamente cerca, a la gente le gustaba lo que para ellos era un toque exótico e indistintamente a su edad, condición o sexo sentían curiosidad conmigo. Me despedí de la señora agradeciéndole sinceramente su compañía y abandoné el camino para entrar en casa del padre. Vivía en una construcción de madera muy vieja y sucia, había gallinas, pavos, ocas y patos por todo el porche, y una serie de pajarillos enjaulados que no dejaban de martirizar con sus descoordinados cantos.

Llamé a la puerta, tras dos o tres minutos insistí, una chica de unos veinte años me abrió, la había despertado de su siesta pero con una sonrisa me invitó a esperar mientras ella iba a buscar al padre. Obediente como siempre me senté en un carcomido balancín y con el relajante movimiento de la silla me transporté de nuevo a la enfermiza búsqueda del por qué de mi existencia.

Uno de los soportes del balancín crujió de forma estrepitosa, arrancándome de mis divagaciones, ignoraba cuanto tiempo llevaba esperando, me incorporé y de nuevo llamé a la puerta. Salió otra chica, ésta más joven que la primera. Volví a saludar y sin darme mayor margen me pidió perdón, su hermana mayor no había encontrado al padre y le pidió a ella que se lo dijese al chico que había en la entrada, pero se olvidó. La cuestión es que aún no había llegado el padre pero según ella no podía tardar, me ofreció limonada y galletas para consolarme pero no funcionó y me despedí agradeciéndole su hospitalidad. Decepcionado tiré la toalla, cuando al momento de retomar el camino de piedra llegó el padre.

- ¿Qué deseas hijo?

Me presenté como un consumado católico enamorado de este pueblo, que deseaba por encima de todo poder observar su belleza desde lo más alto. - Me haría mucha ilusión que me permitiese el acceso al campanario, sólo será un momento. - Es peligroso-, advirtió, - pero yo no tengo la llave para poder subir. - ¿Quién la tiene?- pregunté, reprimiendo las ganas de llorar. - La tiene el responsable del panteón.

Es un señor mayor, lo reconocerás por que se sirve para caminar de un bastón y perdió un ojo hace algún tiempo.

En estos momentos me sentía un imbécil absoluto, el señor mayor no podía ser otro que el jorobado que conocí en mi primera expedición al cementerio. Agradecí al padre la información y con media docena de zancadas me presenté frente el encargado. Le pregunté si me recordaba, contestó que sí, que no hay muchos como yo en este lugar, le hice una mueca en forma de sonrisa y de nuevo ataqué con mi interés por subir al campanario.

- No se puede, es muy peligroso-, contestó sin pensarlo. - además necesito el permiso del padre-.

Me estaba cansando de este lisiado, por lo que aseguré tener la autorización del padre, que venía ahorita de su casa, que me había dicho que usted disponía de la llave y que hiciera el favor de abrirme ¡ya! Dos minutos después se abría la puerta y ante mi aparecieron los retorcidos peldaños que me subirían al cielo. Entré sin dejar tiempo al arrepentimiento del anciano y tras la espiral interminable me hice con la preciosa y espectacular imagen de Cuetzalán a vista de pájaro. Las montañas se veían más verdes, y las casas más bonitas, las águilas parecían rozarme y el viento soplaba molesto por mi intromisión. Lo cierto es que la vista valía la pena, aunque no sé si tanto esfuerzo. Ahora me podía relajar, no quedaba nada pendiente.

Dediqué el resto de mi estancia a envolverme de la paz y la tranquilidad de este lugar, los días transcurrían pausados uno tras otro sin nada más que hacer que no hacer nada. Pasados dos días de mi hazaña espié a una mesera que platicaba sobre unas cascadas que se encontraban no muy lejos del pueblo, por lo que me acerqué a ella en busca de una información ampliada. Son varias las cascadas que se podían visitar, pero me aconsejó una que se escondía al final de un camino de tierra, adentrándose en el bosque a un par de kilómetros del pueblo por la misma carretera que conducía a las cuevas y nos aclaró que sólo podríamos cruzar ese camino a pie. Tomé la decisión de ir ese mismo día, Raputín ya había muerto por lo que no importaba si se hacía tarde. Tras la insulsa comida corrida que sirvió la mesera, inicié mi excursión dirección a las cascadas. En la misma salida del mesón topé de nuevo con el desleal Carlos que sonrió y se acercó a mí. Le expliqué mi nuevo reto, tras ausentar la mirada y deleitarme con algunas muecas de indecisión se apuntó al paseo.

Fue más rápido de lo que vaticinó la mesera, y entre baches y risas llegamos al camino de tierra que nos conduciría un par de kilómetros entre un espeso bosque a la famosa cascada. Un impresionante salto de agua de más de trenta metros y su potente caudal reventando contra el suelo creaban un agresivo espectáculo de espuma blanca que me cautivó, un pequeño lago de corrientes desorientadas y remolinos se formaba a nuestros pies, reprimiendo cualquier intento por bañarme como era mi intención.

Me senté en un pequeño claro que se abría en el bosque e intenté dejarme llevar por el momento, pero no fue posible. Carlos consciente del estruendo del agua e impotente por no poderse comunicar, optó por acercarse y levantar la voz hasta resultar del todo insoportable, haciendo caso omiso de mis intentos por alejarlo. No me hubiese dejado relajarme por más horas que hubiésemos permanecido ahí, por lo que a la segunda más o menos decidí que ya lo había visto todo en ese lugar.

Al día siguiente desperté muy contento. Era domingo, el día en que los indios se reúnen para comprar y vender sus artesanías, sólo quedaba averiguar dónde. No fue muy complicado, es una nave enorme construida a las afueras del pueblo que enseguida me indicaron por donde acceder. En un primer instante pensé que me había confundido de lugar pues estaba prácticamente vacío, pero al poco rato aparcó en la puerta de entrada un jeep de la policía local y tras ellos empezaron a entrar indios de todas las edades, colores y estados. La nave que unos minutos antes parecía enorme ahora se veía muy limitada e incluso pequeña para la exposición de todas las artesanías. Negociaban como sabían y casi en su totalidad salían bastantes satisfechos.

Los indios visten diferente según la etnia que pertenecen, algunas se distinguen fácilmente por sus rasgos faciales, hablan decenas de dialectos que supongo que poseen una raíz común puesto que parecen entenderse sin exagerada mímica, todos se promocionaban a la vez entre gritos y aplausos. Al poco rato empecé a sentir mucho agobio, también se comercia con comida en este lugar, y entre el calor y la mezcla de olores me resultó insoportable, ya lo había inspeccionado todo por lo que decidí abandonar ese peculiar recinto. Este sería mi último día en el pueblo. El trayecto de vuelta se hizo igual de duro y de nuevo tuve que ausentarme un rato a mi llegada a la central camionera de Puebla, de donde partiría a San Luis en el único camión, de la única compañía que salía en esa dirección.

En la misma estación reservé el billete, pero tenía por delante una espera dos horas hasta su salida por lo que abandoné la estación y me senté en una terraza en la que se divisaba gran parte de esta insulsa ciudad. Moisés, profesor de historia de San Luís del que me hice muy amigo me había dejado un libro de historia antes de mi partida que leí por encima en mi cuartito, recordé que me llamó la atención el papel de Puebla durante la independencia de México hacía menos de ciento cincuenta años. En el siglo XIX, Puebla fue escenario de una de las batallas más importantes de la historia de la independencia de México. El 5 de mayo de 1862, el ejército mexicano a las órdenes del general Ignacio Zaragoza derrotó al cuerpo de expedicionario francés que luchaba por poner en el trono del hipotético imperio mexicano a Maximiliano de Habsburgo.

Al año siguiente los franceses tomarían la ciudad, pero el nombre de Puebla se había asociado para siempre al del victorioso general (Puebla de Zaragoza) y el cinco de mayo permanece aún hoy como fiesta nacional.

Mentalizado a las once horas que me separaban de San Luis, cerré los ojos e intenté dejarme llevar por el rutinario traqueteo del camión y esta vez lo conseguí.

Abrí los ojos en D. F. me desperté en Querétaro y dos horas más tarde contemplaba San Luis de Potosí junto la colosal figura de piedra que conmemora los logros de un Benito Juárez que daba la bienvenida a la ciudad.

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Últimos comentarios

Naninani dice:
Guaooo, me deja impresionada la manera como escribes... deberias ser escritor de novelas y libros...explicas todo minuciosamente pero siempre dejas a la imaginación... Felicidades por ese don!!! Saluditos
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XPiM dice:
gracias Nani, aunque he de reconocer que en temas históricos me ha ayudado mi incondicional trotamundos. Por lo demás siempro viajo solo, por lo que la única manera que tengo para compartir mis experiencias es abusando de los adjetivos. Un saludo.
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dadila dice:
Je,je,je....creo que te vieron la cara de extranjero..y.quisieron asustarte..eso es..muy..común..A la hora de la verdad no habia nada en esas cuevas..
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PrincesaDeJade dice:
Xavi. que ahora q he leido tu diario tengo tantoo q decirte q esto mas q un comentario parecera una carta. Primero. que he leido tu diario por q me dio curiosidad saber que pensabas TU de MI ciudad. despues de que tu leiste que pensaba yo de la tuya. Te ha quedado claro q a mi Barcelona me fascina y claro q voy a regresar tengo muchas cosas pendientes. Y segundo. Que me causa una lástima tremenda que la hayas pasado tan mal en mi ciudad de los Angeles... que mal q no encontraste ninguno para q te guíara por todo lo hermoso que tiene. Cholula lo viste?? aqui vivo yo, a 10 min de Puebla, con la piramide mas ancha del mundo, mas aún q las de Keops en Egipto, 3 veces la plaza de Paris... y así mucho mucho más q tiene Puebla, Por eso vivo aqui!!! pero vaya, q ya regresarás tu tambien y yo me ncargo de cambiarte el panorama y llevarte al pueblo más cercano al volcán por donde los soldados no dicen nada, de mirar la ciudad desde el cerro de los remedios y mucho más. (ya le corto q si no esto va a parecer tu diario.... largooo largoooo). un Kiko.
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XPiM dice:
Pues Dadila no sé si había algo o no en esas cuevas pero el susto no me lo quita nadie y en cuanto a mi cara de extrangero te aseguro que en todo el tiempo que estuve en México intenté convertirme en mexicano, gafas para disimular los ojos claros, buen bigote en honor a vuestros grandes revolucionarios y un casi perfecto acento norteño, pero aún y así todos me pillaban.
Princesa no pude conocer Cholula a pesar de que era uno de los lugares que me hacían ilusión porque vuestro ejército tenía órdenes de no dejar pasar a los extrangeros y no hubo manera, pero lo tengo apuntado como una asignatura pendiente para mi próximo viaje que espero que sea pronto. Gracias por vuestros comentarios y un saludo. Hasta pronto.

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luc_osorio dice:
Jajajaja me he reido como loco del sustazo que te metio Orlando jajajajaja no imagino tus caras y luego las trabas pa subir al campanario....Hombre de verdad que escribes muy bien... Saludos desde Villahermosa
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Las famosas torres de Puebla

   

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