Viaje en auto a Machu Picchu

Escribe: epulver
Este es el relato de nuestro viaje en auto desde Rosario a Machu Pichu del 3 al 19 de julio de 2010.

 

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Cusco - Pucará

Pucara, Perú — martes, 13 de julio de 2010

Por casi 5 hs recorrimos la ciudad visitando los lugares más emblemáticos. Da para estar dos días completos en esta ciudad para poder ver todo.
Pasado el mediodía partimos rumbo a Puno a sólo 39 km donde deberíamos llegar al atardecer, si el diablo no hubiera metido la cola en el alternador….
Pasando por un primer peaje nos dimos cuenta de que otra vez nos habíamos quedado sin soles. Luego de una larga discusión nos aceptaron pesos argentinos por un valor superior 30% al del peaje. A la ida el paso es libre por todos los peajes por eso no creímos que íbamos a necesitar soles antes de llegar a Puno. Antes del segundo peaje el alternador comenzó de nuevo a chillar y cuando pasamos por ahí, pese a pedirle a la mujer que nos acepte pesos argentinos o chilenos, fue inflexible y sólo quería soles. Ni explicándole que el auto venía con problemas y teníamos que llegar lo antes posible a algún poblado, nos dio bolilla. Al final luego de deliberar con su supervisor aceptó el billete de 100 U$S  que nos cambió a 2.50!! (la cotización estaba entre 2.75 y 2.82) Luego de ver la barrera abierta y con el respectivo cambio en mi bolsillo, mi insulto a la sra. del peaje fue bastante elocuente más que nada por aprovecharse de la situación ya que la diferencia era de solo 10%  .
A 100 km de nuestro destino y justo entrando al pueblito de Pucará (a 3900 msnm), la temperatura del auto comenzó a subir escandalosamente y la luz del alternador se encendió. Sin llegar a recalentar el auto llegamos a un “grifo” (despacho de nafta) donde constaté que la correa que mueve el alternador y la bomba de agua no giraba aunque estaba en su lugar y la válvula de la tapa del vaso recuperador estaba dejando salir vapor ya sin agua en el mismo. La puteada más suave se habrá escuchado en Cusco, especialmente en el taller del “Maestro Tomás” (así se llama el electricista que hizo la reparación)
Dado que en el pueblo no hay ningún mecánico me fui a un locutorio para llamar al hotel y pedirle si podía conseguir un remolque, pero desde Puno no me podían mandar nada y menos a esa hora que ya anochecía. El dueño del locutorio se ofreció a conseguirme un camión para subir el auto, así que lo acompañé hasta una canchita de fútbol donde habló con un hombre con pocas ganas de colaborar. Sabía cómo subir el auto en Pucará con una rampa de tierra (el camión es de los que llevan vacas), pero no sabía cómo bajarlo en Puno. Desistí de hacer algo ese día, que ya se había convertido en noche. La ruta y calle principal del pueblo estaba llena de combis que iban a Juliaca a 60 km, y puestos de venta ambulante de comida, con un frío que calaba los huesos.
Hablamos con el dueño del grifo para quedarnos en el auto esa noche pero con buen criterio nos aconsejó no hacerlo ya que la temperatura a la noche puede bajar a menos de -10 ºC. Por una cena me cuidaba el auto (me pidió 2 dólares y por las dudas le di el doble) y nos llevó al hospedaje de la madre donde podían alojarnos por apenas 15 dólares. Al final con el tema de la baja temperatura el hombre hizo su pequeño negocio, pero tenía razón, a la mañana siguiente el agua estaba congelada en todos lados.
La habitación era amplia con el revoque desprendido y parecida a las celdas del penal de Ushuaia. Catres de metal con colchón sin sábanas, una ventana con el vidrio roto que tapamos con una almohada, y un vidrio sobre el dintel de la puerta faltante. Eso sí, nos dieron 5 frazadas para cada uno cuyo peso compensaba ampliamente la falta de presión atmosférica. Dormimos vestidos con guantes, gorro de lana y la capucha de la campera puesta, esta última para evitar el contacto con lo que se daba en llamar almohada. Pero frío, no tuvimos.
A las 4 de la mañana el frío nos obligó a bajar por la escalera de cemento hacia el patio para ir al baño, iluminados mi interna de cabeza. Para vaciar el inodoro había que recoger agua con un balde de un tambor de 200 litros que no llegaba a congelarse. A esa hora el dolor de cabeza por la altura se hizo más fuerte, pero soportable.


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