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El Viaje III - Perú

Escribe: viajaconmigo
Los invito a seguir compartiendo "El Viaje"; en este caso, la grandeza de Perú, sus archiconocidas ruinas Incas, su selva, la bella Lima, y el relajado norte. No sé cuando terminará, ni por donde nos llevará exactamente. Pero mientras dure, háganme compañía. Asi nace este diario. Pensando en mantener informada a la gente querida de los lugares en donde iré pasando, tratando de reflejar en palabras ciudades y personajes que me vaya encontrando en el camino. Los invito a viajar conmigo.

 

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Regreso a la selva

Pucallpa, Perú — lunes, 27 de julio de 2009

Volvía a la selva, que tanto me había gustado en Bolivia. Esta vez, con un destino mas conocido, al menos por quienes han pensado una vez en viajar por esa zona; Iquitos, en la Amazonía peruana.

En Iquitos (en realidad cerca de allí), los ríos Ucayali y Marañon forman el mítico amazonas. Es una de las ciudades (creo que la mas grande) a la que no se puede acceder por tierra, sino que se puede llegar en avión, o navegando por alguno de esos dos ríos. De mas está decir que la única forma económicamente afrontable para mi, era llegar en bus a Pucallpa, en las costas del Ucayali y desde allí ir río abajo.

El viaje en bus volvió a ser bastante penoso, el vehículo se balanceaba mucho y me producía nauseas, en el tele pasaban una versión pirata de la nueva peli de Terminator (de malísima calidad), y luego cumbia peruana (o como se llame) a todo lo que daba durante todo el trayecto, incluida la noche.

En muchos aspectos el ingresar en la selva, aún implica ciertos peligros. La primer señal la tuve cuando al bus se comenzaron a subir tipos armados (siempre de a uno) a pedir una colaboración y a "escoltar" el bus durante cierta cantidad de kilómetros.

Uno incluso se subió con una escopeta, arma que me pareció bastante inútil si ocurría algo en el interior de un bus, pero bueno, así estaba planteada la cosa. Aparentemente hay quienes atracan a los transportes y roban a los pasajeros. Lo lindo durante el viaje fue ver cambiar la vegetación y adentrarse cada vez más en caminos rodeados absolutamente de árboles y plantas bien coloridas. Fue como cuando estaba llegando a Rurrenabaque, solo que sin la cubierta de polvo que apagara los colores de la selva.

La llegada fue como unas 18 hs más tarde, en un galpón en las afueras de la ciudad que hacía las veces de terminal. Para llegar a la parte céntrica, hay que tomar "motocarros" o "mototaxis", que no son otra cosa que unos carritos con paredes y techo de lona, que son tirados por unas motos. El tema es que son miles, y en un semáforo cualquiera puede haber 20 de esos, 2 motos comunes y un auto esperando para cruzar, y cuando se enciende la luz verde, salen disparados como si fuese una carrera.

Por otra parte, es un medio económico y rápido de trasladarse. Pucallpa es una ciudad ribereña, bastante sucia, y con pocas opciones a la noche, si uno no quiere caer en los restaurantes para turistas (que son bastante caros), o en los bares portuarios que dicen que son peligrosos. Por otra parte, hay una zona en donde unos pequeños barcitos con paredes de madera te venden la cerveza bastante barata para el lugar. Con el tema de la comida, la opción elegida era siempre algún menú de 4 o 5 soles, o algunos "piqueos"... en ese plan fue que Tato descubrió los anticuchos (a mi Gonzalo ya me los había recomendado en Córdoba). Son un palito, en donde se ponen 3 o cuatro pedacitos de corazón de res, y se lo asa en una parrilla pincelándolo con un líquido que lo más sano… es no ponerse a averiguar demasiado.

Debido a la poca carne consumida en los últimos meses, se transforma en una opción interesante de  tener aunque sea una reminiscencia de los asados en Argentina.

 El barcito al que íbamos, tenía el baño al lado de la barra, pero literalmente al lado de la barra, y la "puerta" era una lona de publicidad colgando de un palo de escoba puesto a un metro sesenta del piso, con lo que uno podía saludar a la bartender mientras trataba de embocarle al huequito en la loza de cemento que hacía las veces de letrina.

Lo mas gracioso fue cuando Tato trató de entrar y el baño estaba ocupado por una señora que empezó a manotear la cortina cuando vio invadida su privacidad.

Pronto se nos acabaron las opciones y queríamos salir cuanto antes hacia Iquitos. Cuando llegó Piquito (a quien estábamos esperando para partir) le dijimos que salíamos esa misma tarde, que ya teníamos la información del horario del bote, y que no queríamos pasar otro día en Pucallpa.

Armamos todo, y a las 17:00 estábamos en el puerto. El puerto de Pucallpa es (como la mayoría de los puertos en los que atracamos) una simple costa de barro y basura, en la que los gallinazos se disputan alguna que otra tripa o animal muerto que encuentran.

Enseguida me recordó a las descripciones de la ribera que Gabriel García Marquez hace en "El amor en los tiempos del cólera". Al hablar con el capitán del bote, nos encontramos con que no salía como estaba previsto ese día. Como ya estábamos con todos los bártulos allí, nos ofrecieron colgar las hamacas y pasar la noche en el barco, para salir al otro día.

Ahhh… no les había dicho!!, el modo mas económico de viajar allí es llevando tu hamaca y colgándola en una gran cubierta techada que hace las veces de camarote general. La cubierta puede estar más o menos atestada dependiendo de la cercanía con alguna ciudad grande, y en cualquier momento te podés despertar y encontrarte que tenés un nuevo vecino, o que alguien ha tirado una manta debajo de tu hamaca y está durmiendo allí. Nosotros al ser tres, nos abroquelamos un poco y mas o menos manejamos ese tema. En cada puerto suben y bajan pasajeros, además de una marea de vendedores de fruta, agua, pescado y pan. Los pollos, loros y monos son también moneda corriente en esos viajes.

Finalmente tampoco salimos el día siguiente, así que usamos el bote dos noches como hotel, simplemente anclados en el puerto. En el barco conocimos a Vero (chilena), Mariela (peruana), Joshua (yanky), Aco (argentino), y al Polaco; que tenía la loca costumbre de levantarse cada mañana en calzoncillos y así salir a hacer ejercicios a la cubierta.

El viaje en sí, fue de lo mas interesante. Primero, acostumbrándome a dormir en hamacas. Luego a comer todos los días arroz o fideos con una pequeña presa de pollo, carne o pescado (amén de recibir de desayuno unos aros como de grisin, y una especie de avena en un líquido blancuzco que yo di de baja de mi dieta luego del primer intento).

Quien intente el viaje de esta forma, debe llevar también un recipiente en donde le van a servir la comida, y sus propios cubiertos. El estar varios días sin un mínimo de privacidad, salvo cuando  estas en el baño o en la ducha es algo a tener en cuenta antes de decidirse a embarcar.

Como contraparte, la comunidad que formamos fue muy interesante, charlábamos bastante sobre los viajes de cada uno, a la tarde era un clásico ir hasta la proa, y recostarse en los plátanos a ver el atardecer, y cuando había algo de viento que alejara los mosquitos también disfrutar del anochecer. La luna reflejada en el río era un espectáculo maravilloso.

Casi todas las noches conseguíamos comprar alguna bebida, y la hacíamos con fruta o jugo. Una ocasión especial fue en el cumple de Tato, que festejamos en el barco y le tomamos por asalto el kiosquito que vendía bebidas en el barco para improvisar nuestra propia barra de tragos.

Algunas veces, en la noche se escuchaban disparos, cuando le preguntamos al capitán, nos enteramos de que existen piratas que abordan los barcos de pasajeros. Nos dijo que el tenía armas, y que cuando algún bote sospechoso se acercaba, realizaba tiros al aire como un primer aviso. Pico no se puso resistir a sacarse una foto tipo "Harry el sucio" con una de las escopetas.

Una de las cosas que no coincidió con mi idea previa del viaje en bote, es que usualmente uno se imagina navegar por entre la selva, pasando debajo de arboles de los que se puede desprender alguna serpiente o algo así.

La verdad es que las orillas no están pobladas de árboles, sobre todo debido a que ancho del río cambia mucho con la temporada de lluvias. En una época anega grandes superficies, y en otra socava la rivera “comiéndose” hectáreas de tierra y cambiando también su curso. Además de ser en la mayoría del trayecto un río de varios cientos de metros de ancho, con el barco buscando siempre la parte más profunda.

La llegada a Iquitos fue a la 1 de la mañana, con lo que nuevamente nos quedamos en el barco hasta que amaneció. El centro está bastante lejos del puerto, y no es una muy buena idea andar de noche por allí, y mucho menos a pié. Averiguamos esto en persona de una manera que no les recomiendo.

Como ya les conté, arribamos a puerto a eso de la 1 de la mañana. Teníamos hambre, así que decidimos bajar a comprar algo, y nos encontramos con que los mototaxis nos querían cobrar hasta 5 soles por ir hasta algún lugar que preparara comida, lo que nos parecía exagerado.

Por ello decidimos salir caminando a buscar algo, o de última, tomar un mototaxi fuera del puerto. NO LO HAGAN, a unas dos cuadras del portón del puerto, vemos que desde una calle lateral vienen caminando en nuestra dirección tres personas con el torso descubierto, las remeras en la cabeza como máscaras, y llevando unos palos como de 80 cm. de largo, parecidos a los que tienen los camioneros para probar las gomas. Comenzamos a caminar mas rápido, y los tipos al llegar a la esquina, doblaron en nuestra dirección, intentamos parar un par de mototaxis, que pasaron de largo. Ya no me importaba el precio para nada. Par mi alivio, el tercer motocarro paró y nos alejó de lo que yo juzgaba un peligro real y cercano. Al regreso, el conductor nos dijo que esa gente actuaba como una especie de “seguridad” en al barrio del puerto, y que en estos días no era tan inseguro como solía ser años atrás. ¡Menos mal!

Ya estábamos en Iquitos, ahora a buscar alojamiento, y la forma de llegar a la selva mas virgen que podamos conseguir.

Publicado el 21/dic/2009, 17.05
Modificado el 11/mar/2010, 01.16
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