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Descenso a los infiernos... en las minas de...

Escribe: richardburton
Llegué a Potosí una fria tarde de invierno. El viaje desde Uyuni habia sido un martirio. Ni el desolado paisaje andino, ni los pintorescos pueblitos aymaras por los que pasabamos,ni la propia grandeza del destino al que me aproximaba demudaban mi semblante. Un agudo dolor de estómago me atenazaba y me hacía encogerme contra el duro asiento de madera en el que estaba sentado....

 

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Capítulo 1
 

Descenso a los infiernos... el Cerro Rico del Potosí

Potosí, Bolivia — martes, 12 de diciembre de 2006

Llegué a Potosí una fria tarde de invierno. El viaje desde Uyuni habia sido un martirio. Ni el desolado paisaje andino, ni los pintorescos pueblitos aymaras por los que pasabamos,ni la propia grandeza del destino que me aguardaba demudaban mi semblante. Un agudo dolor de estómago me atenazaba y me hacía encogerme contra el duro asiento de madera en el que estaba sentado........
 El bus se detuvo en una destartalada e inhóspita terminal de pasajeros atestada de mendigos y perros barrunteros. El dolor de estómago, el mal de altura y el propio aspecto de la estación me provocaron un comprensible sentimiento de desasosiego. ¿Qué coño hacia allí, tan lejos de casa, a tan pocos días de Navidad?
 Renqueante caminaba con la mochila al hombro por las empinadas cuestas que separan los arrabales del centro de la ciudad. Era consciente que la grandiosidad de Potosí estaría en su casco antiguo, los suburbios eran tal como tantos otros de cualquier gran ciudad latinoamericana. Trataba de convencerme a mi mismo del acierto del viaje si bien en aquel instante ansiaba encontrar una acogedora habitación de hotel que mitigase mis males.
 Finalmente, tras varias tentativas, hallamos cobijo en una sencilla pero agradable estancia de un vetusto alojamiento cercano al centro. En el mismo umbral del hotel un curioso cubículo llamo mi atención. En un raída puerta de madera se podía leer: "Astrologo Jorge" y un venerable anciano de luenga barba blanca se afanaba en el interior del cuartucho a leer el futuro de una pareja de indios aymaras. Los servicios del hotel cuando menos eran inusuales para mi mentalidad europea.
  Refugié mis males en una cama de colchón blando y mantas gruesas y apuré la fiebre que me asaltaba con varios medicamentos que aún conservaba en mi exiguo y vacio botiquin. Los dos meses de viajes ya hacian mella en mis pertenencias.
  Al día siguiente me encontaba ciertamente recuperado. Pude caminar por las empinadas calles potosinas y poco a poco mitigué los síntomas propios del mal de altura. No en vano Potosí está considerada como la ciudad más alta del orbe terrestre. 4.100 metros de altura la contemplan, más alta que la mismisa capital del Tibet, la remota ciudad de Lhasa.
 Caminando por las empedradas callejuelas, contemplando los palacios renacentistas, las barrocas catedrales e iglesias, las plazas porticadas, las viejas celosias de las casonas....me sentí reconfortado y dichoso por hallarme en esta ciudad de leyenda. La Villa Rica del Potosí, el orgullo, la joya de la Cornona española, el territorio que más riquezas aportó a las arcas imperiales. Leyenda o realidad; mito o verdad; se cuenta que en el año de 1545, el pastor quechua Diego Huallpa se extravió con su rebaño de llamas en una desolada montaña y para protegerse del frio prendió una hoguera. Cuando despertó de amanecida, entre las brasas, advirtió como en el suelo refulgían hilillos de plata. Al reclamo de la historia del indio acudió una partida de españoles que verificaron el hecho y el hidalgo Juan de Villarroel tomó poesesión del cerro y comenzaron pronto las primeras prospecciones. Lo que vino después ya es bien sabido: plata, riqueza, lujo, miseria, explotación, escalvitud... hasta que en torno a 1700 las vetas auríferas comenzaron a agotarse y la antaño capital del Imperio español, una ciudad que llegó a alcanzar los 200.000 habitantes, entró en decadencia y poco a poco, enclavada en un territorio tan inhóspito e inaccesible, fue abandonádose a su suerte.
  No obstante, la grandeza del Potosí se conservó a pesar del abandono, del aislamiento y de los terremotos y hoy día sigue refulgiendo orgullosa al abrigo de su mítico cerro. Esta ciudad museo, Patrimonio de la Humanidad desde 1987, conserva intacto su aire colonial. Decididamente el sacrificio por alcanzar la villa bien merece la pena.
 Las minas que la hicieron famosa no son un lejano recuerdo o un souvenir para viajeros despistados. Las inabarcable riqueza argentífera se fue extinguiendo pero aún hoy día se extraen metales de las entrañas de la montaña. El estaño, el cinc o la plata de menor calidad continúan atrayendo a centenares de mineros quechuas tal como en la época de la conquista. Pero hoy día la mita y los temibles terratenientes hispanos han sido sustituidos por multinacionales o por cooperativas locales. Las condiciones de trabajo debieran haber mejorado con respecto al siglo XVI y XVII pero lamentablemente la realidad supera a la ficción una vez más. 
  Mi guía de viaje mencionaba muy de pasada esta circunstancia y casi en letra pequeña advertía la posibilidad de visitar las minas. El autor aseguraba que la visita constiruiría una impactante experiencia que dificilmente podría olvidarse. Asi entonces recabé información en varias agencias de la localidad y por un módico precio un joven y taciturno ex minero decidió acompañarnos al corazón del Cerro Rico.
  Al atardecer, bajo un cielo plomizo, abandonamos las mansiones empedradas del centro histórico para por una escarpada pendiente desembocar en el mísero arrabal que se halla bajo las faldas de la gran montaña del Potosí. El arrabal lo conformaban las viviendas de los mineros indígenas que cada jornada ascendían al cerro para hollar sus entrañas a la busca de los preciados metales. Los indígenas andinos son personas tristes y retraidas, de semblante inexpresivo. El peso de la Historia, los años de exclavitud, la altitud, la dureza del clima quizás hayan conformado su caracter taciturno y esquivo. En aquel suburbio se respiraba desazón y deseperanza, hasta los niños, siempre joviales en otras partes del mundo a pesar de la pobreza, se mostraban huidizos y cabizbajos. Las gentes caminaban con la mirada perdida, sin siquiera mirar de soslayo a tres extranjeros despistados. Se diría que todos los varones mascaban coca por los abultados carrillos que mostraban.
  En un tendejón, siguiendo los consejos de nuestro guía, adquirimos pólvora, pisco barato, hojas de coca y otros efectos útiles para los sufridos mineros; y ascendiendo por un sendero cizaguenate de tierra alcanzamos la boca de una vieja mina. El panorama, a casi 5000 metros de altura era desolador. La congoja anidó en mi corazón quizás contagiado por el ambiente misérrimo del lugar o por el contacto con los impasibles indios quechuas.  Desde allá arriba la ciudad del Potosí no ofrecía un aspecto deslumbrante. Entre el frio y la ventisca solo se vislumbraba con cierta nitidez el suburbio minero atestado de viviendas de chapa y latón. A unos metros de donde nos encontrabamos, una anciana rebuscaba con afán en un estercolero maloliente. 
  Pertrechados de botas y casco, a la usanza de un minero más, penetramos por la oscura boca que se abría amenazante y pronto estuvimos caminando por los sinuosos túneles que profanan y horadan la montaña del Potosí. Ningún atisbo de modernidad se dejaba ver en la mina; en el siglo XVII debió presentar el mismo aspecto que hoy día. Los túneles herrumbrosos y descuidados se internaban en el corazón de la montaña conformando galerias y laberintos insondables. De hecho,muchos de estos túneles son los horadados en los lejanos tiempos de la conquista y aún se siguen usando para tener acceso a la mina. No habia electricidad ni adelantos técnicos que facilitasen la labor de los mineros. La mina entera amenazaba con desplomarse en cualquier momento y a fe que así ocurrió. Aquella misma mañana falleció un minero cuando una roca se le desplomó sobre la cabeza. Mientras desfilabamos por un estrecho y húmedo pasadizo, el guía nos marcó el reguero de sangre aún caliente que habia dejado el infortunado minero. Cosas de la mina .- subrayó de modo lacónico.  

Publicado el 11/sep/2009, 02.10
Modificado el 9/feb/2010, 22.29
Leído 1239 veces

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Capítulo 1
 
 


Últimos comentarios

ropavieja dice:
Buen diario. Enhorabuena.
Publicado el 11/sep/2009, 18.36 

laparoja dice:
Que interesante diario, me gustó mucho leerlo e imaginar esos paisjes, también es lamentable la vida difícil de los mineros, dura vida!!
Publicado el 11/sep/2009, 22.38 

carmenparis dice:
Tristeza, solo tristeza me provoca tu magnifico relato.
El mundo avanza para todos pero no para los mineros
que trabajo tan duro en Potosi y en tantísimas otras partes
saludos

Publicado el 12/sep/2009, 07.25 

alele dice:
El relato es muy lindo pero a su ves me causa mucha tristeza...
Publicado el 12/sep/2009, 16.31 

fabi_viajandosehacecamino dice:
Hola Richard, estuvé en ese rincón del mundo, en el último enero, también padecí la altura, quede en cama y recomencé al día siguiente,,, es curioso, o quizás no lo sea tanto, sobre lo mismo suelen tejerse distintas conjeturas, miradas.....la mina , es posible que poco haya cambiado desde la época de la conquista y colonia, pero te aclaro que los mineros ya no son indigenas ní estarían tan felices que los llamen asi, son potoceños!
Saludos, Fabiana

Publicado el 12/sep/2009, 21.53 

normandos dice:
fabi son "potoseños"? o potosinos? Creo que esto último.
Gracias por el relato Richard.
Potosí tiene su magia... tengo muy bonitos recuerdos de allí...
Te olvidaste comentar que dentro de la mina los mineros le rinden culto al tio jaja

Publicado el 13/sep/2009, 15.55 

richardburton dice:
Hola Fabiana, soy Javier, el autor de este diario.
Los habitantes de Potosí -ya sean mestizos,indígenas o de raiz europea - son todos potosinos. Los indígenas se declaran hoy día orgullosos de ser precisamente indígenas -lease Evo Morales - y es un término que ni muchos menos les ofende, es más lo reivindican. La mayoría son quechuas aunque también los hay aymaras que provienen de los alrededores del lago Titicaca. Todos los mineros que vi eran indígenas y se comunicaban entre ellos en su lengua madre. Por supuesto que son potosinos pero también indígenas y además orgullosos de ellos. Recuerda que el pueblo inca (quechuas, aymaras y otras etnias encuadraban todo el Imperio) fue una de las civiliazaciones más fascinantes de la Historia y es una circunstancia que ahora reivindican después de tantos años de sometimiento, racismo y desprecio...Y no sólo en tiempos de la colonia.
Es solo una aclaración.

Publicado el 14/sep/2009, 13.34 

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    Descenso a los infiernos... el Cerro Rico del Potosí

    Potosí, Bolivia | 12 de diciembre de 2006