Detrás del puerto se encuentra el centro de Portofino. Lo conforman un par de cuadras de restaurantes y tiendas de souvenir. En las calles, los autos, nos hablan de un vértigo a la italiana: conseguir habitación -y aun un lugar para estacionar- en Portofino después de las diez de la mañana puede significar tener que volverse, por no encontrar un sitio adecuado.
Hacia el Este comienza un sendero poco transitado, entre pequeñas quintas, con luces viscontianas. Cabras, paisaje escarpado, escarlatas. Y aromas: macchia, castaños y el Tirreno como una dilatada lengua azul ya violeta al atardecer, cuando las cigarras mueren abrazadas a las cortezas de los pinos, abrasadas a su vez por el sol implacable.
A una hora del camino, luego de una curva, aparece una bahía de celeste intenso, una pequeña playa de piedras delante de la antigua abadía de San Fruttuosso di Capodimonte. Construida en el siglo VIII d C y destruida por los sarracenos, fue reconstruida por los benedictinos.
Allí uno puede internarse en un nocturno, con un pequeño bote en aquella boca que es la bahía. El remero entonces apoyará un cono rústico de vidrio sobre el agua, a través del que puede adivinarse un Cristo de piedra en lo profundo. Al norte de San Fruttuoso, al otro lado del Monte di Portofino, se encuentra Camogli, "la ciudad de las mil velas", llamada así porque en el siglo pasado poseía una flota de barcos aún más numerosa que la de Génova. Las casas son angostas y se les fueron añadiendo pisos a través de los años. Allí funciona un museo naval y el Instituto Náutico Cristoforo Colombo, uno de los mejores centros de instrucción para oficiales de la marina de Italia.