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Una inscripción en la pared - Historia de un viaje a la Toscana
Escribe: Malakay
Historia de un viaje a la Toscana
Pisa y volterra. de camino a la toscana de postal
Pisa, Italia — martes, 15 de noviembre de 2011
Nuestro plan de viaje nos llevaba a la primera de las ciudades Toscanas con fama mundial, Pisa. Viajábamos sin expectativas ya que los comentarios que nos habían llegado no eran muy alentadores más allá de la famosa torre inclinada. El trayecto Lucca - Pisa, de unos cuarenta minutillos chispa más o menos, lo hicimos como iba siendo nuestra costumbre vía carreteras secundarias, concretamente pasando por San Giuliano Terme, que recibe su nombre a los baños termales que alberga, algo bastante común en la Toscana como luego descubriríamos.
Este camino nos deparó una bonita sorpresa ya que tras coronar una pequeña cima e iniciar el descenso nos encontramos con una increíble vista de Pisa a nuestros pies, nuestra mirada abarcaba toda la ciudad, en la que destacaba la torre que atrae visitantes de cualquier parte del mundo. Hacia ella seguimos avanzando, buscando con nuestro navegador "Marcelo" la Piazza dei Miracoli, emplazamiento del conjunto monumental más importante de la ciudad. Torre inclinada, Duomo, Baptisterio y cementerio monumental.
A nuestra izquierda apareció el tramo de muralla tras el cual se encontraba el centro histórico, consiguiendo aparcar el coche en las calles que teníamos a nuestra derecha, cerquita a decir verdad. Cruzamos la muralla a través de uno de sus arcos y pronto
encontramos la plaza y la torre inclinada. Tras ella, la Catedral y el Baptisterio alineados el uno frente al otro flanqueados por el cementerio monumental. Dos colores inundaban mi vista, el verde del césped y el blanco del mármol. De entre las distintas opciones que teníamos para visitar el conjunto monumental optamos por sacar únicamente la entrada para la catedral.
No sé si fue una decisión acertada ya que tenía buenas referencias de los otros monumentos de la plaza y subir a la torre era tan tentador como caro. El caso es que nos dispusimos a entrar a la Catedral. El calor veraniego obligaba a mis compañeras de viaje a llevar un vestuario que el personal de la Catedral consideró poco recatado, obligándolas a colocarse un poncho de papel verde para permitirles el acceso. Estaban monísimas. Su interior era hermoso, predominando la piedra blanca, aunque de decoración sencilla.Una vez realizadas las fotos de rigor, dirigimos nuestros pasos hasta la Via Santa María que nos llevaría hasta la orilla del Arno, el río junto al que se construyó la ciudad. Allí pudimos contemplar otra torre inclinada, menos famosa y vistosa pero igualmente curiosa.
Desde allí iniciamos un paseo por los "lungarnos", las calles que transcurren a la orilla del río, desde Santa María de la Spina, una pequeña iglesia junto al río, hasta la Piazza Garibaldi, cerca de la cual pudimos ver un palacete también inclinado. Las cosas de construir en el lecho de un río.
Recorrimos las callejuelas del Borgho Stretto, entre los puestos del mercado y los edificios desvencijados. De Pisa nos quedó pendiente pasear por la otra orilla del Arno, aunque lo visto no nos hizo pensar que alguna maravilla se escondía entre sus calles, aunque eso no lo sabremos... así que tras la comida nos fuimos para Volterra, adelantando la programación prevista ya que se encontraba en el camino hacia Siena, nuestra próxima
estación, y teníamos tiempo para visitarla.La carretera hasta Volterra nos introducía en la Toscana profunda, o al menos en la Toscana de postal, de anuncio de pizza congelada. A ambos lados se elevaban pequeñas cimas sobre las cuales se esparcían las famosas villas toscanas a las que se accedía por caminos flanqueados de cipreses, acompañados en unos casos de campos de girasoles, de maíz, viñedos o campos de trigo recolectados de color amarillo. Un paisaje hermoso a pesar de ser verano, lo que me hizo pensar en como sería aquella tierra en primavera cuya imagen recreada en mi mente me convenció de que realmente me había metido en una postal.
Pero el camino a Volterra deparaba alguna sorpresa que enriqueció el paisaje ya que la ciudad se encuentra en una colina (como todas las ciudades toscanas a decir verdad) la cual muestra la erosión del tiempo sobre la tierra arcillosa, se llaman las balze. Visitando Volterra también me adentré en la Toscana medieval, paseando por su entramado de calles y sus casas de piedra, las iglesias románicas y sus palacios comunales, donde residía el poder político de la ciudad.
Concretamente el palacio de Volterra es el más antiguo de la Toscana y en él se inspiró el Palazzio Vecchio de Florencia. Yo disfrutaba como un niño chico, imaginándome aventuras de Robin Hood, el caballero negro y aquellas historias que de chico recreaba con una espada de palo y un escudo de cartón. Pero Volterra resultó ser algo más que eso, ya que a sus faldas descubrimos un teatro romano y supimos que en ella existían vestigios de
la cultura etrusca, el germen de lo que luego sería la todopoderosa Roma.
En las calles de Volterra disfrutamos de un buen vino Lucchese y un frugal picnic para sorpresa de una monja que nos encontró ante su puerta en plan turista infame. Terminamos la visita a Volterra impulsados por el zumo de uva. Una vez metabolizado y apagado con un buen Capuccino decidimos volver a la carretera pensando en llegar al hotel que teníamos reservado en las proximidades de Siena, en la duchita, en la camita... había sido un día largo, el cuerpo lo reclamaba. Antes de llegar pudimos ver las famosas
torres de San Gimignano perdidas en la lejanía, difusas pero grandiosas.
Mi espíritu infantil volvía a ocupar su espacio, imaginando... pero no sería entonces cuando me viese bajo se poder, eso llegaría después...
Este camino nos deparó una bonita sorpresa ya que tras coronar una pequeña cima e iniciar el descenso nos encontramos con una increíble vista de Pisa a nuestros pies, nuestra mirada abarcaba toda la ciudad, en la que destacaba la torre que atrae visitantes de cualquier parte del mundo. Hacia ella seguimos avanzando, buscando con nuestro navegador "Marcelo" la Piazza dei Miracoli, emplazamiento del conjunto monumental más importante de la ciudad. Torre inclinada, Duomo, Baptisterio y cementerio monumental.
A nuestra izquierda apareció el tramo de muralla tras el cual se encontraba el centro histórico, consiguiendo aparcar el coche en las calles que teníamos a nuestra derecha, cerquita a decir verdad. Cruzamos la muralla a través de uno de sus arcos y pronto
encontramos la plaza y la torre inclinada. Tras ella, la Catedral y el Baptisterio alineados el uno frente al otro flanqueados por el cementerio monumental. Dos colores inundaban mi vista, el verde del césped y el blanco del mármol. De entre las distintas opciones que teníamos para visitar el conjunto monumental optamos por sacar únicamente la entrada para la catedral.
No sé si fue una decisión acertada ya que tenía buenas referencias de los otros monumentos de la plaza y subir a la torre era tan tentador como caro. El caso es que nos dispusimos a entrar a la Catedral. El calor veraniego obligaba a mis compañeras de viaje a llevar un vestuario que el personal de la Catedral consideró poco recatado, obligándolas a colocarse un poncho de papel verde para permitirles el acceso. Estaban monísimas. Su interior era hermoso, predominando la piedra blanca, aunque de decoración sencilla.Una vez realizadas las fotos de rigor, dirigimos nuestros pasos hasta la Via Santa María que nos llevaría hasta la orilla del Arno, el río junto al que se construyó la ciudad. Allí pudimos contemplar otra torre inclinada, menos famosa y vistosa pero igualmente curiosa.
Desde allí iniciamos un paseo por los "lungarnos", las calles que transcurren a la orilla del río, desde Santa María de la Spina, una pequeña iglesia junto al río, hasta la Piazza Garibaldi, cerca de la cual pudimos ver un palacete también inclinado. Las cosas de construir en el lecho de un río.
Recorrimos las callejuelas del Borgho Stretto, entre los puestos del mercado y los edificios desvencijados. De Pisa nos quedó pendiente pasear por la otra orilla del Arno, aunque lo visto no nos hizo pensar que alguna maravilla se escondía entre sus calles, aunque eso no lo sabremos... así que tras la comida nos fuimos para Volterra, adelantando la programación prevista ya que se encontraba en el camino hacia Siena, nuestra próxima
estación, y teníamos tiempo para visitarla.La carretera hasta Volterra nos introducía en la Toscana profunda, o al menos en la Toscana de postal, de anuncio de pizza congelada. A ambos lados se elevaban pequeñas cimas sobre las cuales se esparcían las famosas villas toscanas a las que se accedía por caminos flanqueados de cipreses, acompañados en unos casos de campos de girasoles, de maíz, viñedos o campos de trigo recolectados de color amarillo. Un paisaje hermoso a pesar de ser verano, lo que me hizo pensar en como sería aquella tierra en primavera cuya imagen recreada en mi mente me convenció de que realmente me había metido en una postal.
Pero el camino a Volterra deparaba alguna sorpresa que enriqueció el paisaje ya que la ciudad se encuentra en una colina (como todas las ciudades toscanas a decir verdad) la cual muestra la erosión del tiempo sobre la tierra arcillosa, se llaman las balze. Visitando Volterra también me adentré en la Toscana medieval, paseando por su entramado de calles y sus casas de piedra, las iglesias románicas y sus palacios comunales, donde residía el poder político de la ciudad.
Concretamente el palacio de Volterra es el más antiguo de la Toscana y en él se inspiró el Palazzio Vecchio de Florencia. Yo disfrutaba como un niño chico, imaginándome aventuras de Robin Hood, el caballero negro y aquellas historias que de chico recreaba con una espada de palo y un escudo de cartón. Pero Volterra resultó ser algo más que eso, ya que a sus faldas descubrimos un teatro romano y supimos que en ella existían vestigios de
la cultura etrusca, el germen de lo que luego sería la todopoderosa Roma.
En las calles de Volterra disfrutamos de un buen vino Lucchese y un frugal picnic para sorpresa de una monja que nos encontró ante su puerta en plan turista infame. Terminamos la visita a Volterra impulsados por el zumo de uva. Una vez metabolizado y apagado con un buen Capuccino decidimos volver a la carretera pensando en llegar al hotel que teníamos reservado en las proximidades de Siena, en la duchita, en la camita... había sido un día largo, el cuerpo lo reclamaba. Antes de llegar pudimos ver las famosas
torres de San Gimignano perdidas en la lejanía, difusas pero grandiosas.
Mi espíritu infantil volvía a ocupar su espacio, imaginando... pero no sería entonces cuando me viese bajo se poder, eso llegaría después...
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Cinque terre, la costa de los poetas
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Pisa y volterra. de camino a la toscana de postal
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