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Al encuentro de Chiloé

Escribe: noritacecilia
Todo viaje nos cambia, nos renueva. Y Chiloé (esa tierra mítica...), es un ámbito que lleva a la reflexión y la meditación, los paisajes te llenan y te llegan hasta el alma... Este diario trata de los días hermosos que pasé en Chiloé y en los alrededores del Lago Llanquihue, de los lugares que visité y las personas que encontré en el camino.

 

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Petrohué, primera ronda

Petrohué, Chile — sábado, 9 de enero de 2010

Cuando desperté, percibí que por la ventana entraba un rayito de sol y me ilusioné. Pero al ratito las ilusiones se empañaron con la sombra que proyectaron las nubes dentro de mi habitación. Otro día cubierto.

Tuve que hacer fuerza para contener las lágrimas en el desayuno. En ese momento, mi fortaleza flaqueó y pensé: "me vuelvo a Bariloche." Pero Don Raúl con su charla me animó, me dijo que fuera a Petrohué, que tal vez allí el tiempo estaría mejor. Me hablaba de los maravillosos colores del agua y de las propiedades que tenía para tomar, para la piel y el pelo... Entonces partí.

Me aprovisioné en el supermercado del centro: infaltables las hallullas, queso laminado, mortadela jamonada, unos tomates y duraznos y un agua mineral; no tanto por la bebida sino para tener una botella para llevarle a Don Raúl un poco del agua del río Petrohué que tanto le gustaba.

El minibús estaba esperando para salir, y me elegí una ubicación estratégica junto a la ventanilla que iba a dar para el lago. Un lago que todo el viaje se mantuvo gris plateado reflejando las nubes; un lago donde ya ni siquiera se intuía la base del volcán Osorno, y era imposible saber dónde estaba el volcán Calbuco.

El señor del micro me recomendó bajarme al final del recorrido, en el Lago de Todos los Santos y luego caminar de regreso hasta los Saltos del Petrohué, y así hice. Desde el micro pude ver que la caminata iba a ser atractiva, el bosque era exuberante y de trecho en trecho se veía el río entre los árboles.

Cuando llegué al lago sentí una tremenda paz; un silencio único, sólo se escuchaba el sonido de mis pasos en la arena negra de una inmensa playa. El agua, como me había dicho Don Raúl, era color turquesa intenso, tal vez por el día nublado tenía un tinte aún más verdoso. Cuando me di vuelta, vi la base del volcán, que estaba verdaderamente cerca, pero que no se dejó ver en todo el día. Aquella arena negra, aquellos cantos rodados negros no podían haber salido de otro lado que de él, tal como testificaban en cada roquita los agujeritos por donde escaparon los gases y los cristales grises que fueron arrancados durante la erupción.

Caminé por la playa, cada tanto salía una lancha para hacer una navegación por el lago con los turistas que iban llegando. Había un camping y decidí almorzar. Me senté en un banco con vista al lago y armé mis sandwiches, proceso que tuvo un final apresurado porque se largó una lluvia muy fuerte. Así que saqué mi capa negra de lluvia que me cubre toda y cubre también todo lo que quiera poner debajo, protegí la mochila y como un gran paquete negro, almorcé bajo la lluvia. Comía los sandwiches bajo la capa, sólo me quedaba un agujerito para los ojos, para no dejar de mirar. Cuando amainó un poco salí a caminar por la playa negra, pero el día siguió igual: llovió, paró, llovió, paró, más fuerte, más suave...

Luego me fui caminando a los Saltos; los bosques son impresionantes!! Tienen mucho de selvático, con helechos y flores. En ese lugar las paredes del valle son abruptas, en muchos lados de pura roca desnuda. "por aquí pasó el glaciar abriéndose camino" pensé. Es inevitable tener el ojo de la geografía!! Entre los árboles a mi izquierda se veía el lago. De trecho en trecho me acercaba a mirarlo: se iba volviendo correntoso, hasta que en un momento pude decir que era declaradamente un río, río que en lo sucesivo se fue llenando de rápidos cada vez que me acercaba a verlo. El agua seguía turquesa, y su espuma en cada salto era color verde agua. El ruido era un susurro ronco y contínuo entre los árboles. Las rocas, negras, eran responsabilidad del volcán.

Debo haber caminado 5 km bajo una lluvia que no alcanzaba a aplacar la polvareda que levantaban los autos al pasar, y cuando ya me estaba cansando y estaba evaluando la opción de hacer dedo porque el agua se largó fuerte, un micro me paró y me tocó bocina. Era un contingente de turistas, mayormente mujeres, que me tomaron esos minutos como una de sus hijitas. "¡Y tan lejos de tu ciudad y sola!" Me dijeron. Tal vez me pararon por pura ternura al verme chorreando agua tan lejos del lago!!

Pagué mi entrada al Parque Nacional ($1200) y seguí el sendero que decía "Saltos". Es un recorrido muy lindo, me quedé un buen rato mirando el agua pasar. Parece mentira que tanto volumen de agua salga del lago, y que el lago no se seque!! El agua caía con fuerza entre las rocas negras, espumando, salpicando, haciendo un ruido atronador.

Luego anduve por el Sendero de los Enamorados y encontré una bajada al río, desde donde se veían los saltos. Más adelante había una bajada y llegué a una laguna color esmeralda a donde llegaba una cascada. Era un lugar de ensueño, y allí me senté por primera vez desde el Lago de Todos los Santos. Me quedé mirando el lugar, los niños que jugaban con el agua y buscaban rocas volcánicas...

El sendero continuaba hasta un sitio donde el río parecía un mar embravecido; y tras un salto de escasa altura, entraba en un remanso y seguía calmo como una estela turquesa y espumeante. Me quedé sentada en las rocas, a orilla del agua que rebullía esquivando las piedras. Eso si era relajarse!!

Pero la hora corría, la lluvia aumentaba... así que cargué la botella de agua para Don Raúl y me fui, justo cuando el agua volvió a largarse muy fuerte. Así decidí resignar un sendero e irme a esperar el micro de las 17.30. Faltaban 10 minutos cuando llegué a la ruta; pero no fue necesario esperar, porque de repente paro un auto y me preguntó si iba a Puerto Varas, ofreciendo llevarme. Creo que allí, mojada, parada frente a un cartel de vialidad, peleando con mi capa de agua para cubrirme un poco debo haber sido un espectáculo tan patético como cómico y dantesco, tanto que al final despertó la buena voluntad de aquellos viajeros.

Resultó ser un matrimonio: él, canadiense; ella, nicaragüense; ambos, residentes de Costa Rica. Conversamos de camino, hasta que llegamos a un lugar que yo había visto desde el micro a la mañana: la ruta estaba bordeada por unos eucaliptos enormes!! El canadiense en seguida quiso parar a verlos, a sacarles fotos.

Así llegué a Puerto Varas, cómoda, acompañada, rápido... son esos pequeños gestos que pueden cambiar tu humor en ese momento, pequeños para quien los hace, inmensos para quien los recibe. Una vez en el centro, compré unos choclos para mi cena; todavía me quedaban los tomates como para una ensalada.

Una vez en el hostal, bañada y cambiada, me tomé unos mates con el santiaguino y su hijo. También había un francés preparándose su comida. Llevaba 6 meses en América del Sur y tenía un manejo del español muy bueno, más contando que había llegado a la región hablando muy poco. Y luego llegaron las argentinas, que habían ido a Angelmo y venían felices después de haber comido donde la Señora Rebeca.

Fue un día pasado por agua, pero me sentí muy conforme. No había visto el volcán, pero con un poco de ayuda de Dios, podía seguir camino y verlo al regreso. Tenía pilas para seguir caminando, esta vez, hacia la isla grande de Chiloé.

Tips:

Los micros a Petrohué salen cada media hora del centro de Puerto Varas, sale $2000 un pasaje a los Saltos del Petrohué o al Lago de Todos los Santos, distantes uno del otro 6 km que se hacen muy bien caminando. El último micro de regreso a Puerto Varas sale del Lago a las 18 hs. La entrada a los Saltos del Petrohué es de $1200 y habilita a permanecer todo el tiempo que se quiera y a recorrer todos los senderos habilitados.

En Petrohué, Chile


Publicado el 31/ene/2010, 21.28
Modificado el 10/feb/2010, 04.31
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