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Al encuentro de Chiloé

Escribe: noritacecilia
Todo viaje nos cambia, nos renueva. Y Chiloé (esa tierra mítica...), es un ámbito que lleva a la reflexión y la meditación, los paisajes te llenan y te llegan hasta el alma... Este diario trata de los días hermosos que pasé en Chiloé y en los alrededores del Lago Llanquihue, de los lugares que visité y las personas que encontré en el camino.

 

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Petrohué, la revancha

Petrohué, Chile — domingo, 17 de enero de 2010

Lo mío, hasta cierto punto, ya era capricho. Iba a quedarme en Puerto Varas hasta que pudiera ver el volcán, no importaba los días que esto implicara.

Grande fue mi sorpresa cuando el domingo amaneció despejado después de un sábado tan lluvioso y un pronóstico tan adverso. Pese al sol que brillaba, Don Raúl me dijo: "tienes que salir ya porque por la tarde se va a nublar".

Armé rápido mi mochila, dispuesta a llegar al pie del volcán y subir a la aerosilla. Ya en la calle, veía la base del volcán y la parte baja de la nieve, pero se me ocultaba la punta una vez más, algo a lo que ya estaba acostumbrándome. Pero de repente, al doblar en la esquina, vi la punta blanca y cónica del volcán Osorno entre las nubes y sentí una euforia inmensa! Había estado mirando el volcán Calbuco, que sí permanecía tapado, mientras que el Osorno se me revelaba majestuoso en Puerto Varas por primera vez.

En un tris estaba en el micro a Petrohué, viajando contra la ventanilla que da al lago como ya era mi costumbre, gastando con la mirada aquel cono perfecto. Pero me percaté que de a poco empezaba a nublarse. Subir a la aerosilla un día nublado no tenía mucho sentido si mi idea era ver el lago y los alrededores desde arriba, así que al llegar a la bifurcación, me quedé el micro y me fui a lo seguro: el lago de Todos los Santos.

El lago se veía muy distinto a mi primer visita; el cielo celeste daba otro tinte al agua, y las montañas y bosques alrededor tenían otra vida. Pero el volcán seguía oculto, aunque se veía mucho más que la semana anterior. Un norteamericano se me acercó para que le tomara una foto, y, como tantos otros, comenzó a darme charla para practicar el idioma. Así fue como con Max emprendí la caminata a los saltos del Petrohué, donde llegamos al cabo de un rato. En el camino nos tomamos fotos y nos hicimos expertos cazadores de moscos, unos enormes bichos negros muy molestos que suelen volar alrededor de las cabezas al caminar. Fue en ese camino cuando, entre los árboles, asomó la punta majestuosa del Osorno.

Max fue a los saltos y yo me regresé caminando al lago hasta que me levantó un micro. Desde el camino, vi el volcán Puntiagudo que se había despejado totalmente y aparecía entre los árboles..

De nuevo frente al lago, me di cuenta que mi elección del día había sido buenísima: mientras nosotros teníamos sol, se notaba que hacia Puerto Varas la nubosidad era espesa. Desde Petrohué tuve volcán para todo el resto del día, y lo gasté de tanto mirarlo. Primero me lancé a caminar por la playa, y llegué lo más lejos que me permitieron las rocas que a veces cortaban el paso. Me senté, y disfruté de aquellas vistas y sensaciones.

Al volver me concentré en buscar algún sendero que me acercara aún más al volcán. Estaba al pie y se veía enorme; desde allí se podían ver las capas de nieve, señas de avalanchas, y también unos sospechosos agujeros negruzcos y perfectamente redondos en la nieve. A juzgar por las estelas grisáceas que se extendían en la nieve a su alrededor, deduje que eran las señas de que aquel gigante estaba aún bien despierto. Aquellas debían ser fumarolas por donde, cada tanto, salían gases y algo de cenizas.

Había una enorme vía color negra; el suelo parecía arena, y comencé a adentrarme por ella. Poco a poco comencé a darme cuenta que aquel camino estaba más alto que el bosque circundante, y que los árboles que formaban la avanzada del bosque que lo delimitaba estaban semienterrados. Mirando mejor, aquella vía era como un río de piedritas y arena... Sabe Dios hace cuánto esos materiales estuvieron líquidos y llegaron al lago arrasando todo a su paso, enterrando los árboles y consolidándose luego. No creo que haya sido lava; más parecía restos de un alud de barro, de esos que se forman cuando los gases derriten la nieve de golpe y el aluvión de agua se transforma en un río de barro, tal vez más peligroso que uno de lava. Saqué mis cálculos; a juzgar por los árboles que crecían semienterrados pero rozagantes, el fenómeno había tenido lugar en el lapso de la vida de un árbol, es decir, era muy reciente.

El descubrimiento me sobrecogió, y sumado a que estaba completamente sola en ese lugar y que nadie sabía de mi presencia allí, sentí temor. Regresé y me dediqué a hacer intentos de tomarme una foto en automático con el volcán, misión difícil, porque o salía cortada, o tapaba el volcán, o en el mejor de los casos, no había rastros de mí en la foto. Se ve que mis intentos fueron notorios, porque un guía de turismo me tocó la bocina y se ofreció a tomarme una foto. Luego nos quedamos conversando, y me confirmó que a la aerosilla se llega a dedo o en tour.

Ya caía la tarde, y aunque era temprano, me fui a esperar el micro. Entonces se me acercó Miguel, un vendedor de conitos con dulce de leche, y me preguntó si había ido a navegar. "No deberías perdértelo" me dijo. Y como ninguna lancha llevaba a un pasajero solo, Miguel se concentró en asociarme con otros. Justo llegó una combi con un contingente turístico, y Miguel intercedió por mí para hacerme un lugar en la lancha. Ciertamente que valió la pena. Desde el lago la perspectiva es otra, para los cerros, para los bosques, para el propio volcán. Me bajé contenta y le agradecí a Miguel, que se apuró a avisarme que el último micro del día ya estaba estacionado en la rotonda, listo para salir. De nuevo en una ventanilla estratégica, tuve vistas del volcán Osorno en perspectiva con el Lago Llanquihue cuando pasamos por Ensenada, porque a medida que el micro se acercaba a Puerto Varas el cielo se encapotaba más y más.

Fue entonces cuando me di por satisfecha; nadie me garantizaba otro día de sol, ni que me levantaran cuando hiciera dedo hacia el Volcán, así que cuando llegué a Puerto Varas me saqué pasaje de regreso para el día siguiente. Vale decir que tras las elecciones de ese día había triunfado Piñera y se había consagrado presidente; Puerto Varas era un hervidero, un bochinche, porque todos los seguidores y los partidarios de un cambio de dirección en el gobierno habían salido a festejar con sus banderas y pancartas. La caravana de autos daba la vuelta en círculos por el centro a bocinazo limpio.

Pese a que me hice la dura al comprar el pasaje, mi corazoncito fue estrujándose lentamente, y tanto se estrujó que se me saltaron las lágrimas. Pero herví mis choclos, armé mi cena y seguí pensando que así era mejor: a veces es necesario saber pegar la vuelta a tiempo, cuando uno está satisfecho y todavía le quedan fuerzas. La experiencia me dice que si uno sigue adelante hasta que las fuerzas y el capital se extenúan, el regreso se transforma en un suplicio. En todo caso, todavía tenía mucho para disfrutar en Bariloche.

Tips:

La navegación por el lago de Todos los Santos es algo imperdible. El paseo de 40 minutos sale $2000 por persona y permite ver una panorámica distinta del entorno de Petrohué. Para realizar el recorrido se necesita que haya al menos dos personas interesadas.

En Petrohué, Chile


Publicado el 2/feb/2010, 00.22
Modificado el 10/feb/2010, 04.40
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