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Un mundo de maravillas 2

Escribe: amrazgz
Maravillas naturales, prodigios monumentales, mundos acuáticos, enigmas...

 

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Petra, el tesoro oculto de los nabateos

Petra, Jordania — viernes, 24 de abril de 2009

Cualquier persona que atesore algo de espíritu aventurero en su interior habrá soñado alguna vez con descubrir una ciudad perdida, olvidada por el mundo y oculta por el secreto manto del tiempo, un lugar de sombras y luces, de ecos y silencios, habitado sólo por misterios a la espera de ser descifrados. Hace ya tiempo que este tipo de hallazgos son poco menos que imposibles, pero hace doscientos años, si se estaba dispuesto a perder la vida y soportar mil penalidades, uno podía alcanzar ese sueño.  

Fue el caso de Johann Ludwig Burckhardt quien dio con una ciudad arrancada a la piedra que se creía perdida desde hacía siglos: Petra. ¿Cuáles fueron sus sentimientos al ver ante sí ese lugar perdido para Occidente? A juzgar por sus escritos, su júbilo y emoción se mezclaron con el miedo a que éstos encontraran un reflejo en su rostro, en sus gestos, en su voz. Y es que su misión era tanto la de explorador como la de espía. Y le iba la vida en ello. 

Cuando Burckhardt atravesó el cañón que da entrada a la ciudad de Petra era el 22 de agosto de 1812. Para entonces llevaba más de tres años viviendo una vida ajena, mintiendo y temiendo ser descubierto, pues ello le costaría la vida. Había nacido en Lausana (Suiza) en 1784 y cursado estudios en las universidades de Leipzig y Gottinga. En 1806 se ofreció como explorador a Joseph Banks, a la sazón presidente de la prestigiosa Royal Society y una de las personalidades más respetadas de su época. En aquellos años la profesión de explorador no era cualquier cosa.

 El mundo de entonces era un lugar peligroso en cuanto se abandonaban los núcleos urbanos. Los extranjeros a menudo no eran bienvenidos, era necesario llevar consigo todo lo que uno pudiera necesitar y las enfermedades resultaban mortales con frecuencia. Consciente de los riesgos y dispuesto a minimizarlos, Burckhardt se sometió a un riguroso entrenamiento que incluía ejercicio físico y ayunos. En Londres y Cambridge estudió árabe y medicina, conocimientos que le serían útiles en su expedición. Su intención era unirse en El Cairo a alguna de las caravanas que salían con destino a Fezzan, en el sur de Libia y desde allí alcanzar la legendaria Tombuctú, destino de otros exploradores antes que él y que habían perdido la vida en el intento.

En marzo de 1809 partió para Oriente, con la intención de perfeccionar el árabe y familiarizarse con el mundo islámico antes de dirigirse a Egipto. Sabía que un cristiano occidental no conseguiría completar la hazaña que se proponía así que creó una nueva identidad en Malta. Sabía también que no podría engañar a los árabes haciéndose pasar por uno de ellos. Necesitaba una historia que resultara verosímil y creó a Ibrahim Ibn Abadía, un comerciante indio de fe musulmana que volvía a su hogar tras haber pasado su juventud en Inglaterra. Ello justificaba su acento. Además, cuando alguien por curiosidad le pedía que se expresara en hindi, Burckhardt les hablaba en un dialecto suizo que nadie podía entender.  

La travesía hasta Siria se prolongó más de lo previsto por los frecuentes cambios de destino en los barcos. Los capitanes, una vez embarcado el pasaje y cobrado el dinero, revelaban en alta mar su ruta real. Burckhardt no perdió el tiempo y anotó todo lo que vio: vías de comunicación, medios de transporte, cultivos, fábricas, artículos de comercio, defensas, armamento... En varias ocasiones estuvo a punto de ser detenido por espía, pero siempre logró escapar de la muerte gracias a sus profundos conocimientos del Islam, que le permitieron superar los exámenes a que fue sometido. 

Permaneció dos años y medio en la ciudad siria de Alepo para aprender las peculiaridades dialécticas del árabe. Desde esta ciudad efectuó viajes para conocer a los beduinos del desierto, con los que a veces convivía durante meses. En estas excursiones visitó Palmira e hizo un viaje por las ciudades de la Decápolis. Fue allí donde se enteró de la existencia de una ciudad abandonada que los árabes creían obra de los encantamientos malignos de un gran mago llamado Faraón. Sólo algunas tribus de beduinos utilizaban estacionalmente las tumbas como morada y ponían un especial empeño en desalentar las visitas imprevistas. 

Burckhardt dedujo que aquella ciudad podría ser la que la Biblia menciona como Sela, "Petra" en latín. Según la Biblia, ése fue el lugar donde fue enterrado Aarón, el hermano de Moisés. El explorador supuso que si era  capaz de encontrar esa tumba, encontraría Petra. Contrató un guía para que lo llevase hasta la sepultura de Aarón, también venerado por los musulmanes, a fin de ofrecerle un  sacrificio.  

El explorador suizo descendió por la margen oriental del Jordán hasta el sur del mar Muerto. Siguió al guía hasta una  pared de piedra aparentemente sólida que, conforme se acercaban, mostraba una  reducida y profunda hendidura por la que se internaron. Tras atravesar ese desfiladero, Burckhardt se topó con la fachada rojiza de un elaborado edificio de 30 metros de altura cincelado delicadamente en la roca. Maravillado, caminó un poco más para encontrarse en la calle principal de lo que identificó correctamente como Petra, la capital perdida de la Arabia Pétrea, un lugar no hollado por los europeos desde el siglo XII.

Hubo de reprimir su emoción mientras contemplaba las elaboradas fachadas de las tumbas excavadas en la roca y los fascinantes restos de la legendaria ciudad. Si sus acompañantes hubieran sospechado que se trataba de un occidental, su vida habría corrido peligro así que, pretextando necesidades fisiológicas urgentes, se alejó de sus acompañantes beduinos y en cuclillas y cubierto por su manto, logró escribir las notas que luego le servirían para elaborar un informe a sus patrocinadores londinenses.  Burckhard no logró llegar a la tumba de Aaron. Su  guía, receloso de sus intenciones, se negó a continuar viaje. Pero su misión estaba cumplida. Había descubierto una ciudad antigua erigida en un anfiteatro natural  y perdida durante un milenio.

La carrera de cualquier explorador hubiera quedado ya satisfecha con semejante descubrimiento. Pero Burckhardt aún tenía muchos kilómetros por recorrer. Después de visitar Petra llegó a El Cairo, desde donde realizó dos visitas a Nubia. En la segunda de ellas llegó a Suakin, en el mar Rojo, donde embarcó para Arabia. En agosto de 1814 llega a Yedda y escondido tras su identidad musulmana, participó en la peregrinación a La Meca sin despertar sospechas, anticipándose en varios años a Richard Burton en tan peligrosa hazaña (es necesario recordar que antes de Burckhardt el español Domingo Badía, más conocido como Alí Bey, espía al servicio de Godoy, había llegado hasta estas ciudades prohibidas a los infieles, hecho que Burckhardt reconocía a regañadientes).

 En la primavera de 1816, para huir de la epidemia de peste que azotaba a El Cairo, viajó al Sinaí. A su regreso supo que una caravana procedente de La Meca se disponía a ir a Fezzan y Tombuctú. Creyó que había llegado al fin el momento de terminar con éxito el viaje que había empezado en Malta ocho años antes, pero sus problemas de salud empeoraron y falleció en octubre de 1817. El explorador está enterrado en El Cairo y la lápida que cubre sus restos lleva el nombre árabe que escogió para su doble vida.                        

Hace ya bastantes años que Steven Spielberg eligió Petra para rodar las escenas finales de su película "Indiana Jones y la Última Cruzada". Desde entonces, la imagen de la ciudad perdida iría invariablemente unida a las correrías del aventurero del sombrero y el látigo. Empezaba en el mundo una fiebre por Petra que convertiría a la antigua ciudad de los nabateos en el emblema del país hachemí. Pero Petra, como una Atlántida petrificada y tangible, ha estado siempre allí, lleva más de dos mil quinientos años en el mismo lugar, mucho antes de Indiana Jones, antes incluso de que llegasen los beduinos que habitan en sus inmediaciones. A 250 km al sur de Ammán, la desierta e inmortal ciudad se alza indiscutida como el tesoro más valioso de Jordania.  

Cualquier visita a Petra pasa, inevitablemente, por un considerable madrugón. En verano, el abrasador calor de las horas centrales del día, la escasa sombra reinante durante la visita y la total falta de agua, hace conveniente empezar el recorrido por las fascinantes ruinas a primera hora de la mañana. En invierno, el menor número de horas de sol y la pronta llegada del ocaso, recomienda no dormirse para aprovechar al máximo el juego de colores de la luz sobre la piedra. En Petra hay, oficialmente, más de 800 lugares visitables, incluidas unas 500 tumbas, pero las más interesantes son de fácil acceso.

Petra es, con mucha diferencia, el principal atractivo turístico de Jordania y en los buenos tiempos -esto es, cuando el terrorismo islámico o la inestabilidad de la región no espanta a los viajeros- recibe la visita de unas 300.000 personas al año, unas mil personas al día. Siendo una buena cifra, quizá no parezca apabullante. Esto es debido a que, legalmente y habiendo sido declarado Patrimonio de la Humanidad, el acceso está oficialmente restringido a un número determinado de visitantes diarios. Es verdad, sin embargo, que el gobierno hace a menudo la vista gorda y las muchedumbres -en número sospechosamente mayor de la cifra fijada- invaden el parque arqueológico. 

 Wadi Mousa ("río de Moisés") es la población que ha surgido junto a Petra. Se trata de una masa descontrolada de hoteles, restaurantes y tiendas, que se extiende unos cinco kilómetros desde Ain Musa hasta la entrada principal de Petra. No resulta difícil imaginar que aquí todo el mundo vive del turismo y que el visitante se convierte en una codiciada presa. Y, por supuesto, los precios son considerablemente más elevados que en el resto de Jordania, incluso Ammán.  

Una vez traspasada la entrada al recinto arqueológico es necesario recorrer una pista sin asfaltar de unos 800 metros hasta el inicio del desfiladero del Siq. A lo largo de este camino, ya es posible ir observando en los farallones de arenisca los primeros atisbos de la mano escultora de los nabateos en los monumentos funerarios, de inspiración claramente egipcia, tallados en la roca.  En ese camino inicial se encuentran los cubos Djinn -término que significa "genio"-, unos bloques de piedra que según algunos arqueólogos podrían ser una representación primitiva de Dushara, el dios masculino de la fertilidad, identificado con la roca, que protegía a los reyes nabateos. Según otros, esos cubos podrían estar dedicados a los espíritus guardianes del agua, ya que la mayoría de los veinticinco que hay en Petra se encuentran cerca de esta localización.

 Y, por fin, llegamos al Siq, el verdadero comienzo de la ciudad. Es el momento de detenernos un momento y situar el lugar dentro de la historia para poder apreciar mejor lo que vamos a ver.  

Petra está situada en el desierto del suroeste de Jordania, escondida en la cuenca del valle del Wadi Musa, en el centro de las montañas de Shara. Desde el siglo V a.C., el Wadi (que significa "río estacional"), que atravesaba la barrera rocosa, fue también un camino de las caravanas que cruzaban el desierto ya que ofrecía un trayecto seguro, a salvo de los salteadores y, lo que es más importante, proporcionaba agua.  Las excavaciones arqueológicas sacaron a la luz el poblado neolítico de Al-Beidha, al norte de Petra, fechado hacia el año 7.000 a.C, lo que la convierte, junto con Jericó, en Cisjordania, en una de las primeras comunidades agrícolas del Oriente Próximo.

Entre ese período y la Edad de Hierro (a partir de 1200 a.C.), cuando los edomitas poblaron la región, no se sabe nada. Una de las primeras menciones del lugar se halla en el Antiguo Testamento: fue en Wadi Musa donde Moisés hizo brotar agua de una piedra para dar a beber a los israelitas durante su camino a la Tierra Prometida. La tradición dice que la tumba situada en una colina visible desde Petra es la de Aarón, hermano de Moisés. A partir de entonces, los nombres de la ciudad siempre se han relacionado con su entorno natural.

En la Biblia se hace referencia a ella como Sela, que significa "roca"; en el mismo yacimiento se ha descubierto una inscripción donde se la menciona como Raqmmu, posible adaptación del arameo requem que quiere decir "de muchos colores", y los griegos la llamaron "Petra", "piedra", nombre que ha permanecido hasta la actualidad. Hacia el 1.500 a. de C. se instalaron en la región los oritas, quienes fueron expulsados por los edomitas, el pueblo enemigo de los israelitas. Éstos tenían origen semita, como los israelitas, y vivían del asalto a las caravanas, rivalizando con éstos por el control del comercio y las minas de Wadi Araba.

La historia de la humanidad es la historia del nomadeo y la sucesión de unos pueblos tras otros. Así, en el año 580 a. C. empezaron a llegar a Wadi Musa los nabateos, beduinos nómadas procedentes de la península arábiga que se habían visto obligados a emigrar por la presión de las tropas persas. Con el paso del tiempo, los nabateos absorbieron a los edomitas y se instalaron definitivamente en Wadi Musa hacia el siglo IV a. de C.  Los nabateos tenían, como los edomitas, origen semítico, pero a diferencia de éstos, que vivían en las colinas de Petra para saquear las caravanas, los nabateos decidieron obtener el dinero de una manera menos violenta y más efectiva: cobrar impuestos por su protección, pasando a instalarse en la cuenca central del valle. La jugada resultó extraordinariamente rentable.

La hoy conocida como Ruta del Incienso, un itinerario seguido también por los comerciantes de seda, comprendía toda una red de antiguas rutas caravaneras y ciudades como Petra que unían China, la India y el Oriente Próximo con las grandes ciudades del Mediterráneo. El incienso era un apreciado producto, profusamente utilizado en los rituales religiosos. Por supuesto, no era sino uno más de los lujosos artículos que los comerciantes transportaban a lomos de camello y que incluían también la seda, la mirra o el betún. Productos cuyo escaso peso y volúmen hacían rentable el comercio de larga distancia.  

Dado que la mayor parte del territorio que habían de atravesar eran desiertos, el mayor peligro que tenían que afrontar las caravanas era quedarse sin agua. Los antiguos pozos y aldeas ofrecían a los mercaderes un lugar donde aprovisionarse de agua. Las caravanas efectuaban unas 65 paradas para surtirse de agua dependiendo de la estación del año. Los oasis eran, por tanto, un elemento absolutamente indispensable en tales expediciones.  

Y aquí es donde entra Petra en la historia. Se trataba de una encrucijada en la que confluían las rutas caravaneras que unían Egipto y Siria con Arabia y Asia con el Mediterráneo. No es de extrañar que los nabateos pasaran a ejercer un considerable control sobre el comercio y a enriquecerse con ello. Las caravanas arribaban a Petra tras pasar seis meses en el desierto. Los nabateos de la ciudad les ofrecían agua, comida, protección y  alojamiento a cambio de un impuesto del 25% sobre las transacciones comerciales. Y es que una caravana no realizaba la totalidad del recorrido, sino sólo segmentos de la misma. Cuando llegaba a un oasis o ciudad y se encontraba con otros mercaderes, vendía sus artículos, compraba otros nuevos y regresaba a su punto de origen. De esta manera las mercancías iban cambiando de manos, acercándose cada vez más a Occidente e incrementando su precio con los márgenes aplicados por cada comerciante en su compra más los impuestos que debían pagar a las autoridades de cada ciudad de la ruta. 

 A medida que su imperio comercial se iba extendiendo territorialmente, los nabateos fueron lo suficientemente inteligentes como para comprender que las guerras no podían sino dañar sus intereses. Optaban en cambio por sobornar y comprar a quienes podían suponer una amenaza. Esta política no siempre daba el resultado esperado y entonces no quedaba sino el recurso a las armas. Y en ese campo contaban con una ventaja: Petra era una fortaleza natural prácticamente inexpugnable.  

Claro está, nada en este mundo está totalmente garantizado y al menos uno de los ataques que sufrió tuvo éxito. Antígono Monoftalmo era uno de los gobernantes selyúcidas de ascendencia griega que gobernaron el Oriente Próximo tras la muerte de Alejandro Magno y la descomposición de su imperio. En el año 312 a.C. atacó Petra aprovechando que los hombres se hallaban ausentes. Sus tropas asesinaron a mujeres y niños y saquearon los almacenes, repletos de plata y especias. El contraataque de los nabateos fue igualmente despiadado. Sólo cincuenta hombres de Antígono salvaron la vida.

El monarca selyúcida no se dio por vencido y poco tiempo después envió a su hijo al frente de un ejército con la misión de arrasar la ciudad. Aquel hijo era Demetrio, que ganaría su apodo, Poliorcetes, por su ingenio y habilidad a la hora de asediar y tomar ciudades. Pero esta vez ni todos sus recursos sirvieron para vencer el fenomenal emplazamiento de Petra.  

Petra contaba pues con prosperidad comercial, un emplazamiento privilegiado y una potencia militar suficiente como para asegurar su independencia frente a los Seléucidas de Siria y los Tolomeos de Egipto. Existieron once reyes nabateos en Petra que llegaron a controlar toda la región que hoy conocemos como Jordania. Y entonces llegó Roma, un hueso más duro de roer.  

A lo largo de los siglos II y I a.de C., Roma inició una  intensa política de intervención en la parte oriental del Mediterráneo, incorporando a su imperio, pacíficamente o por la fuerza, los reinos helenísticos. Pompeyo jugó un papel fundamental en este proceso. Investido con poderes extraordinarios para llevar a cabo la reorganización total de la región, renovó la administración de las provincias y creó otras nuevas, garantizando de paso un elevado grado de  autonomía a las administraciones locales. Este modelo sentó las bases para un dominio de Roma más duradero, sólido y permanente. Hubo casos en los que, para asegurarse el control y la paz de estos territorios, Roma optó por dejar pervivir los Gobiernos locales.

De esta manera, amplias regiones del Oriente Próximo, especialmente territorios de geografía hostil y, por tanto, difícil defensa, se constituyeron en verdaderos protectorados. Roma estableció un cordón de reinos vasallos que protegían el flanco oriental  del Imperio de la amenaza de los partos. Este fue el caso de los nabateos que, además, habían prestado ayuda al imperio en varias ocasiones: ayudaron a Augusto a destruir la flota  egipcia del mar Rojo durante su enfrentamiento con Marco Antonio y Cleopatra, y  posteriormente estuvieron del lado de las legiones romanas en la guerra contra los judíos.   

El precio de su independencia fue la pérdida de algunos territorios, pero a cambio, las buenas relaciones de los soberanos nabateos con Roma y la paz que ésta propició favorecieron enormemente el desarrollo del comercio. Éste fue  seguramente el principal recurso de los nabateos, que explotaron, no sólo  la posición estratégica de Petra, sino también sus conocimientos de la vida nómada y los contactos que mantenían en los puertos del sur de Arabia.  

El máximo desarrollo del reino nabateo se llevó a  cabo bajo el reinado de Areta IV, que fue contemporáneo del emperador Augusto y del rey de Judea Herodes; en este período se erigieron los principales monumentos en la ciudad gracias a la gran riqueza alcanzada con el comercio, sobre todo de bienes de lujo dirigidos a Roma. Entonces aparecieron jardines, estructuras  monumentales de mayor envergadura, casas lujosas de estilo romano, calles  elegantes.... 

Los nabateos cometieron el error de querer librarse de la sombra de Roma aliándose con los partos, enemigos seculares de ésta. Aquel arriesgado movimiento les salió mal y hubieron de aplacar la ira de Roma a base de onerosos tributos. Cuando la ciudad decidió dejar de pagar, los romanos lanzaron contra a ella a su "hombre" en la región, Herodes del Grande, que acabó haciéndose con el control de una parte importante del territorio nabateo y extendiendo sus dominios hasta Damasco. 

Sin embargo, al final fueron los propios romanos los que tomaron Petra. Con un ejército poderoso y tenaz, experto en los sitios a plazas fortificadas, los romanos atacaron el único punto débil de la ciudad: destruyeron las conducciones de agua y la rindieron por sed. La campaña militar fue breve y al morir el último rey nabateo, Rabel II, el reino se convirtió en una provincia romana más, Arabia Pétrea. Fue en el 106 d.C., bajo el reinado del emperador Trajano. 

La ocupación romana directa no interumpió el desarrollo de la ciudad. Por el contrario, las actividades comerciales prosperaron gracias a la reconstrucción ordenada por Trajano de la antigua carretera que desde Siria  conducía hasta el Mar Rojo y que tomó el nombre de Vía Nueva Trajana. Además, la ciudad sufrió una transformación urbanística ya que los romanos convirtieron Petra en una ciudad a su medida. Aparecieron las termas y el teatro, las calles flanqueadas por columnas y los edificios públicos, comercios y almacenes. Petra disfrutó así de un breve esplendor. Y fue breve porque Palmira, otra ciudad mítica del desierto sirio, le robó el protagonismo como punto de encuentro caravanero. La ciudad ya nunca más recuperó la importancia que había tenido. 

En el 324, Petra adoptó el cristianismo y algunas antiguas tumbas se transformaron en iglesias bizantinas. Fue sede de un obispado y aún mantuvo cierta relevancia comercial hasta mediados del siglo V mientras la decadencia de la ciudad continuaba. La ciudad se vio progresivamente más aislada por las acuciantes amenazas de los nómadas y la incertidumbre política reinante. Un terremoto devastador en 363 destruyó algunos edificios importantes que ya no fueron reconstruidos.  

Tras la primera expansión musulmana en el 636, Petra se despobló definitivamente, no se sabe si a causa de un desastre natural o porque, sencillamente, la ciudad murió en la historia tras una larga agonía, sus gentes buscando mejores sitios donde ganarse la vida, tal y como siempre ha ocurrido en multitud de pequeños núcleos desfavorecidos de todo el globo. En el siglo XII los cruzados construyeron un pequeño fuerte en la colina de El Habis, que era una avanzadilla de la fortaleza de Shubak, pero el fortín no tenía importancia estratégica alguna y acabó siendo abandonado. El último forastero en muchos años en pisar la ciudad fue el sultán mameluco de Egipto, Baybars I, que pasó por ella en el año 1276.

Desde entonces, Petra sólo existió para los beduinos locales, quienes habitaron en las cuevas excavadas en las rocas e intentaron mantener alejados a los extranjeros. Y así permaneció hasta la llegada de Burckhardt.  Tras el descubrimiento de la ciudad, el lugar se convirtió en destino de un puñado de viajeros románticos a la búsqueda de ruinas con encanto. Fue entonces, en 1839, cuando acudió aquí el pintor británico David Roberts con sus lápices y plumillas. Sus maravillosas ilustraciones, testimonio de una era en la que el turismo de masas era inimaginable, destilan una cautivadora mezcla de melancolía y romanticismo. Petra fue patrimonio casi exclusivo de los eruditos y arqueólogos hasta que en los años ochenta los operadores turísticos comenzaron a fijar su atención en ella. El gobierno tomó conciencia del potencial de su patrimonio y desalojó del lugar a la tribu Bedul, que había convertido las cuevas en sus hogares hacía siglos, instalándolos en una nueva población creada a propósito a cuatro kilómetros de distancia. Después, Indiana Jones y el Tratado de Paz con Israel de 1994, atrajeron al turismo de masas                 

 La auténtica visita a Petra se inicia por el mismo camino que recorrieron las antiguas caravanas de comerciantes para llegar hasta la ciudad: el Siq, un desfiladero de 1.200 metros de largo, 100 metros de alto y que llega a estrecharse hasta sólo 5 metros. No se trata de un cañón (es decir, una garganta excavada por el agua), sino una grieta originada por fuerzas tectónicas, lo cual se puede comprobar en varios lugares donde la forma de las rocas coincide a ambos lados. Posteriormente, las aguas del Wadi Musa penetraron en la falla moldeándola.  

Al comienzo del desfiladero hay un puente que forma parte de una presa moderna construida después de que el 8 de abril de 1963 un grupo de 22 franceses se ahogara al caer una lluvia torrencial. Muchos años antes, los nabateos excavaron cisternas en las cuevas para almacenar el agua de las lluvias de invierno y, para evitar riadas, desviaron las aguas del Wadi Musa con presas. Con el fin de abastecer a los 20.000 habitantes que entonces tenía Petra, los nabateos construyeron un complejo sistema de canalizaciones talladas en la roca o confeccionadas con barro cocido cuyos restos aún se pueden ver a lo largo del Siq. Era ese abastecimiento de agua lo que permitió a la ciudad resistir los asedios que sufrió a lo largo de su historia. 

Siguiendo hacia el oeste, los muros de cierran aún más y en algunos trechos casi se llegan a juntar en la parte superior, impidiendo el paso de la luz y, al parecer, también del sonido. El serpenteante camino bordeado por magníficas vetas rocosas de todos los tonos ocres, naranjas y rojizos es una filigrana natural de tal armonía cromática que se diría deliberada. En cada giro, el eco de los pasos acompaña el descubrimiento de un nuevo motivo de asombro: un estrechamiento inverosímil en la garganta, una bella hornacina de piedra roja que contrasta con el verdor de un arbolillo en mitad del camino,...

Nos sentíamos tan diminutos que casi parecía una irreverencia hacer ruido y acabamos susurrando las palabras de admiración por tanta belleza. La tradición mandaba entrar y salir de Petra a caballo, aunque afortunadamente desde hace algunos años, está prohibido cabalgar más allá de la entrada del Siq. Los más ancianos o los amantes de la comodidad todavía llegan en calesa hasta el Tesoro, al final del Siq, pero la experiencia no es la misma. Los días de galopes por el desfiladero pasaron a mejor vida y las nubes de polvo levantadas por los caballos no son más que nostalgias de viajero romántico abandonadas en aras de la seguridad de los grandes grupos de turistas que acuden al lugar. 

El Siq se encuentra en constante amenaza por tres razones muy diferentes. En primer lugar, son casi mil las personas que en circunstancias turísticas normales lo visitan a diario y lo recorren al menos dos veces en cada sentido. En segundo lugar, a veces se producen en invierno inundaciones, que han causado serios daños (y víctimas mortales no hace mucho tiempo, como vimos). Por último, los nabateos construyeron sofisticados sistemas hidráulicos para que, en caso de inundaciones, las aguas se desviaran a otros wadis y no afectaran al Siq y para que también sirvieran para el riego y como depósitos de reserva. Tras siglos de abandono, erosión y terremotos, paradójicamente, estos sistemas están causando serios daños en el desfiladero y en varios monumentos porque sus bases suelen estar sumergidas en las aguas subterráneas, cargadas de sales, que ascienden por capilaridad por los muros, destruyendo la arenisca. Varios gobiernos extranjeros y alguna ONG se ocupan de hacer estudios y han comenzado la urgente restauración del sistema hidráulico nabateo. El principal benefactor es el Gobierno suizo, país en el que existe un apego sentimental por Petra debido a la figura de su descubridor. 

La verdadera sorpresa espera al visitante justo a la salida del embrujador Siq, donde se alza una joya rosa insertada en la roca viva de Petra, un monumento magnífico, resplandeciente e inesperado, como el agua en el desierto. Es el símbolo de Petra, el Kazneh al Faroun o Tesoro del Faraón. Bañado por un oscuro brillo rojizo, su pasmosa fachada cortada en la piedra es una visión inolvidable. Sus estatuas, nichos y columnas de estilo griego están relativamente protegidos del viento, la lluvia y las tormentas de arena por el voladizo de la roca, por lo que parecen recién esculpidos. Su estructura perfecta y sus dimensiones exageradas se nos antojan imponentes. Excavado enteramente en la roca rosácea, el Khazneh, con sus grandes columnas corintias y una decoración elaborada, se convierte en una visión inolvidable para todo viajero. 

 En buena medida, Petra es una ciudad ganada a la roca más que construida. Puesto que a través del estrecho pasadizo de entrada era difícil transportar piedras y materiales de construcción, sus habitantes se sirvieron de los roquedales que abundaban en el extenso recinto que se abría al final del cañón, y no edificaron su ciudad al estilo clásico, sino que la crearon esculpiendo, trabajando hábilmente con el cincel las paredes de las escarpadas colinas y haciendo aparecer fachadas incomparables, templos sepulcrales, casas, pórticos, calles y conducciones de agua. 

El templo de El Kazneh presenta una clara influencia grecorromana, pero con una original disposición en dos plantas. La planta baja con un frontón triangular sobre columnas lisas y capiteles profusamente decorados, y la alta de tres cuerpos, los dos extremos rematados por frontones abarrocados y partidos como si rompieran la unidad de un inexistente frente único superior y, en el centro, como elemento principal de la fachada, un pequeño templete convexamente curvado con una cúpula circular y de complicada cornisa. Gracias a esta estructura y a la abundante ornamentación de los detalles escultóricos y a pesar de su innegable parentesco clásico, tiene un estilo propio conectado con las culturas orientales cercanas. 

 Al templo o tumba -parece que los historiadores no se han puesto aún de acuerdo en este punto- se le llamó el Tesoro, porque la incultura popular sostenía que en lo alto del templo se encontraba una urna en la que se guardaba el tesoro de un faraón (quizá Ramses III, dueño de minas en Petra). Tal vez por eso, o quizás fuera tan sólo para divertirse, los beduinos de esta zona se entretenían en disparar sus fusiles contra la piedra. Todavía puede verse el impacto de viejas balas en la roca. La construcción del Khazneh data del siglo I d.C. y no posee igual en el mundo, aunque se trata tan sólo del primero de los muchos secretos que esconde Petra.  

Desde el Tesoro lo más sensato es dirigirse lentamente hacia el desfiladero que se abre a la derecha. Admirando las paredes de mil colores, descubriremos secretos e inscripciones antiguas, como un grabado con la imagen de la diosa egipcia Isis, prueba de la influencia de ese reino sobre los nabateos.  Caminando hacia el centro de la ciudad, justo antes del Teatro, encontramos una sorprendente cantidad de tumbas construidas en un estilo que recuerda al arte asirio. Conocida popularmente como Calle de las Fachadas, las sepulturas son similares a los cientos de tumbas que hay alrededor de Petra, pero éstas son, ciertamente, las más accesibles. Con todo, es fácil pasarlas por alto cuando se nos aparece ante la vista el espléndido Teatro, el único del mundo construido en piedra de color rosa. 

Construido probablemente por los nabateos en el siglo I a.C., el teatro (con un aforo original de 3.000 espectadores) fue excavado en la roca, seccionando en ese proceso muchas cuevas y tumbas. Este lugar fue reformado y ampliada su capacidad hasta 7.000 espectadores por los romanos, poco después de su llegada en el año 106 d.C. El teatro sufrió importantes daños durante un terremoto ocurrido en el año 363 d.C. y algunas de sus partes fueron reutilizadas para construir otros edificios de Petra. 

Nos dirigimos después hacia la zona de las tumbas reales, situadas en la ladera del monte Jebel al-Khubtha. Varias de ellas poseen fachadas de una gran belleza, con decoraciones a base de elaboradas tallas de columnas, frisos y volutas. Los interiores, en cambio, son sobrios y desnudos... aparentemente. Efectivamente, las cámaras sepulcrales no tienen ornamentos, pero la naturaleza se ha encargado de suplir esa carencia. Las filtraciones han hecho que la piedra de arenisca se tiña de diferentes colores (rojo, amarillo, blanco, azul) según la naturaleza de los elementos que contenía el agua (hierro, arsénico, cal, sal o cobre). La sensación visual que transmiten esos lisos muros es similar al de la seda tornasolada. Pero la magia de colores se traslada al exterior: el reflejo de los rayos de sol sobre las fachadas de los monumentos hace que éstos disfruten a lo largo del día de un variado abanico de tonalidades,colores y contrastes: rosado con veteados de tonos amarillos y malvas, anaranjados y ocres...  

Los edificios privados, viviendas, tiendas y estructuras civiles han aguantado mucho peor el ataque del tiempo y el clima del desierto. Sus restos nos dicen que se trataba de construcciones mucho más sencillas que las tumbas, lo cual plantea una curiosa paradoja: ¿cómo conjugaba la sociedad nabatea el espíritu mundano, práctico y vitalista que les llevó a controlar el comercio caravanero de la región, con una preocupación tan profunda por la muerte que les llevó a invertir todo su talento y esfuerzo artístico en llenar su ciudad de magníficas tumbas? Su obsesión por la muerte y la vida tras ella, centró gran parte de sus intereses artísticos en la excavación de mausoleos en la roca arenisca, volcando sobre ellos influencias diversas de las civilizaciones con las que entraron en contacto, desde Egipto hasta Babilonia.

Los historiadores creen que estos monumentos de formas híbridas eran además el reflejo de su bienestar económico. Era a través de estas obras espléndidas como este pueblo nómada hacía ostentación de su riqueza, conquistada mediante el comercio de los preciados productos chinos e indios y de las especias del reino de Saba. Los enterramientos se llevaban a cabo en fosas o nichos excavados en las paredes. Según una tradición funeraria oriental, cerca de estas tumbas se colocaban o esculpían en la roca monumentos en forma de torre, pirámide u obelisco que simbolizaban el alma del difunto, nefesh en semítico. La selección del tipo de tumba y la mayor o menor riqueza en la decoración están ligadas a la clase social y cultura de los clientes y a sus exigencias personales, además, claro está, de la disponibilidad financiera. 

 Resulta imposible abarcar en una sola visita todos los monumentos funerarios de Petra: Tumba de la Seda, Tumba Corintia, Tumba Palacio, Tumba del Renacimiento, Tumba del Soldado Romano, sugerentes nombres que remiten a alguna característica específica de cada una de ellas... Nos centramos sólo en un puñado, de entre las que destaca la Tumba de Urna, accesible por unas escaleras que salvan el desnivel hasta la entrada del sepulcro. En la plataforma superior nos encontramos con un turista de edad avanzada que ha sufrido un desvanecimiento y esta siendo atendido por dos de sus compañeros de viaje. Es un recordatorio de que el sol puede ser muy peligroso aquí y que conviene tomar precauciones. 

 La tumba está construida sobre una terraza abierta sobre una doble capa de bóvedas, construidas probablemente hacia el año 70 d.C. para guardar los restos del rey Málicos II. La sala interior es enorme, de unos 350 metros cuadrados, y los dibujos ejecutados en la roca por la acción del agua sobre la roca constituyen un delirio maravilloso que ningún pintor habría podido reproducir. Resulta difícil imaginarse cómo se pudieron tallar con tanta precisión los lisos muros, sus agudas esquinas y las tres pequeñas cámaras de su parte superior. Una inscripción en griego en el muro trasero indica que el edificio fue utilizado como iglesia durante el siglo V, en época bizantina. Su diseño era tal que, como pudimos comprobar, el sonido salía de la cámara hacia el exterior tremendamente amplificado y podía oírse claramente desde la zona en la que en tiempos se asentaba la ciudad. Con toda seguridad, la impresión de escuchar las profundas voces de un grupo de monjes entonar himnos religiosos en la época bizantina de Petra, despertaba el temor de Dios entre los entonces ya escasos habitantes de Petra. 

La ciudad propiamente dicha se extendía en el centro de la planicie rodeada de verticales cerros de arenisca y tenía el aspecto típico de población árabe de casas de una planta, con ventanas pequeñas y techo plano. En el siglo XIX, dado que lo único que quedaba en pie en un estado razonablemente bueno de conservación eran las imponentes tumbas, los arqueólogos pensaron erróneamente que Petra era una necrópolis. Hoy se estima que la ciudad llegó a tener al menos 20.000 habitantes. 

Es cierto, sin embargo, que no siempre existió una ciudad en el sentido estricto de la palabra. Por los informes de Diodoro de Sicilia, un historiador del siglo I a.C., sabemos que Petra estaba habitada por un antiguo pueblo nómada que tenía prohibido sembrar trigo, plantar frutales, beber vino y  construir edificios. De hecho, hasta el día de hoy no se han encontrado rastros de viviendas primitivas. Los nabateos vivían en tiendas instaladas por toda la zona y ofrecían sus humildes jaimas a los integrantes de las caravanas para que descansasen. Fue con la conquista romana cuando comenzaron a edificarse edificios públicos, viviendas, calles y templos. 

Ya en tiempos de los romanos, Petra se había convertido en un sofisticado oasis para las caravanas que llegaban hasta aquí tras semanas atravesando las inhóspitas llanuras desérticas. Los viajeros contaban con casas de baños y un mercado en el que intercambiar mercancías e información e incluso un teatro para llenar su ocio con cultura. La ciudad estaba organizada al estilo romano, con su centro en la avenida del cardo máximo, una calle con una calzada pavimentada de seis metros de ancho bordeada por dos amplias aceras precedidas por dos peldaños de arenisca. Por encima de ellas se alzaban pórticos columnados en los cuales se hallaban las tiendas y las puertas de entrada a los principales edificios públicos.  

La vía se iniciaba con un ninfeo o fuente pública, hoy en bastante mal estado de conservación. En la antigüedad, el recorrido del espacio profano al sagrado jugaba un papel muy importante y el acceso a los santuarios asumía frecuentemente formas monumentales. Así, el cardo máximo acababa en la puerta de Temenos, que a su vez daba acceso a un recinto sagrado, el Qasr el Bint o "palacio de la hija del faraón", de finales del siglo I. a.de C. Este es un enorme templo nabateo de planta cuadrada dedicado a los dioses Dushara y Al-Uzza, una divinidad femenina asociada al agua que protegía al pueblo, pero que, según la misma leyenda que situaba un tesoro en el templo Khazneh, había sido construido para esconder a la hija de un rico faraón.  

Es la hora del almuerzo y en Petra no hay más que dos opciones:un restaurante desproporcionadamente caro para el nivel económico del país y una cooperativa beduina que ofrece un sencillo pero variado buffet. Nos decidimos por esta última porque estamos seguros de que nuestro dinero acabará en las manos correctas y porque supone un apoyo para un pueblo que trata de abrirse camino en una cultura que no es la suya. Sus tradiciones y modo de vida se han convertido en buena medida en algo del pasado.  

Los Bedu (nombre que significa "nómada") son la tribu que habitaba tradicionalmente esta región. Aunque llevan viviendo aquí varios siglos, no son en absoluto descendientes de los nabateos. Hoy su número suma varios cientos de miles de personas y en su mayoría, de grado o por la fuerza, han abandonado sus cuevas y su existencia itinerante para acabar viviendo en poblaciones estables. Ello les permite tener acceso a comodidades y adelantos tecnológicos (como la omnipresente televisión) y dedicarse a cultivar sus tierras o ejercer un oficio en lugar de vagabundear por el desierto. El turismo, por supuesto, supone una actividad fundamental para ganarse la vida y durante su visita, el turista se verá asediado por ancianas y niñas que venden abalorios y falsas piezas de cerámica nabatea. Otros han montado cafés o puestos de souvenirs o bien alquilan burros, camellos o caballos.  

Aun existen auténticos beduinos y el visitante extranjero, desde la carretera, podrá verlos aquí y allá en las resecas planicies del este y el sur del país. Suelen vivir en un conjunto de tiendas negras de pelo de cabra con algún rebaño de ovejas o cabras que nunca andan muy lejos. Acampan durante unos meses en cada lugar para apacentar a sus animales y constituyen un dolor de cabeza para los gobiernos de la zona, que desean mantener a todos sus ciudadanos bajo control. Se estima que su número ronda los cuarenta o cincuenta mil individuos y por el momento rechazan los servicios sociales y educativos que el gobierno les ofrece. 

Las tiendas se dividen en dos partes: el haram, para las mujeres, y otro espacio para los hombres. Esta última sección es la zona pública de la tienda, donde se sirve el té o el café a los invitados y se discuten los asuntos del día. Las familias beduinas se caracterizan por su gran unidad. Las mujeres (que no cubren sus rostros con velos y que a menudo exhiben tatuajes faciales) soportan la carga de los trabajos domésticos mientras que los hombres eran tradicionalmente los que se ocupaban del rebaño y defendían a la tribu. El establecimiento de las naciones-estado y el trazado de las correspondientes fronteras apagó las luchas entre clanes y privó al hombre de su ocupación de guerrero. El que hoy muchos sigan llevando la daga al cinto como signo de nobleza y dignidad no es más que una reliquia de tiempos pasados, un deseo de no olvidar una cultura que se desintegra rápidamente. 

Otra consecuencia de esa desintegración es el progresivo abandono de ese antiguo código del desierto que obligaba a los beduinos a acoger y ayudar desinteresadamente a cualquier visitante que llegara a la puerta de sus tiendas, ofrecerle comida, bebida y alojamiento. Ese "hoy por ti mañana por mí" era una  forma de supervivencia en un medio tan hostil como el desierto en el que sus habitantes nómadas podían encontrarse en dificultades en cualquier momento. Aunque es cierto que tuvimos la oportunidad de disfrutar de esa hospitalidad en otros lugares de Oriente Próximo, no fue en las cercanías de ningún centro turístico. La aparición de un turismo de masas impersonal, poco respetuoso con las costumbres locales y con dinero para gastar, ha ido erosionando un legado cultural que no parece tener razón de ser en ese nuevo mundo. 

 Tras el almuerzo, el sol invernal comienza a apaciguarse y aprovechamos para iniciar la subida al Monasterio, uno de los monumentos más espectaculares de Petra. Hay burros que suben cargados con orondas alemanas y ancianas inglesas vestidas como para tomar el té de las cinco. No quisiera estar en la piel de los pobres pollinos. Jóvenes beduinos alquilan estos animales para subir al Monasterio, aunque nosotros preferimos hacer el camino a pie. El aire es puro, la atmósfera es agradable y el paisaje no tiene igual. Ascendemos entre desfiladeros y vamos sorteando los más de 800 escalones hasta llegar al Triclinium del León. Desde aquí aún queda un buen trecho hasta llegar a la cumbre.

Mientras disfrutamos de un respiro contemplando el conjunto de piedras de extrañas y tortuosas formas, pasan junto a nosotros un grupo de norteamericanos seguidos de cerca por un miembro de la policía turística. Parece que no se han enterado de que Jordania es un país seguro. Quizá tengan razones para sentir miedo. Tanto como otro grupo con el que nos cruzamos, esta vez de israelíes con ostentosas placas identificativas en las que puede leerse claramente la palabra Israel, incluso uno de ellos lleva una kipá en la cabeza y una enorme estrella de David bordada en el pecho. Algunos sionistas reivindican Petra como parte de su controvertido Estado, puesto que por aquí está enterrado el profeta Aarón.  

 De formas parecidas al Tesoro, el Monasterio (llamado Al-Deir, en árabe) es mucho mayor (sus 50 metros de anchura y 45 de altura convierten a su fachada en la más grande de Petra) e igualmente imponente. Construido en el siglo III a.C., los historiadores piensan que fue un templo dedicado al rey nabateo Obodas I, quien alcanzó el grado de divinidad. Como otros templos y tumbas de Petra, originalmente sus fachadas estuvieron cubiertas de yeserías que simulaban mármol, causando un efecto que debía deslumbrar a los visitantes. Las cruces talladas en sus muros interiores indican por otra parte que el Monasterio fue utilizado como lugar de refugio de eremitas en los primeros tiempos de la Petra cristiana y probablemente como iglesia en época bizantina y que su nombre actual proviene precisamente de la existencia de esos símbolos cristianos.  

Unos minutos de ascensión más por las rocas llevan hasta unas impresionantes vistas del pueblo de Wadi Mousa, al sureste; Wadi Araba, que se extiende desde el mar Muerto hasta Aqaba, al oeste; y la cumbre del Jebel Haroun, rematada por un pequeño templo blanco, se localiza al sur. Desde esta atalaya se comprende que la ciudad no surgió en este lugar por casualidad. Es una geografía difícil, laberíntica, a base de riscos, precipicios, estrechos desfiladeros, profundas gargantas y pequeños valles aislados. Desde aquí, con las águilas deslizándose entre las corrientes de aire cálido que ascienden desde el cortado que se abre a nuestros pies y con sólo el sonido del viento como compañía, tomamos conciencia de la inexpugnabilidad de Petra. Paradójicamente, su aislamiento fue también la razón de su prosperidad. 

A medida que recorremos de vuelta el mismo camino hacia el Siq, el sol va completando su recorrido diurno y proyectando unos rayos cada vez más oblicuos hasta ocultarse por completo tras las montañas. La ciudad muda totalmente su aspecto. El color naranja brilla intensamente durante un momento antes de ir deslizándose sucesivamente hacia el carmesí, melocotón, rosado, gris y café conforme la luz decae.

El Tesoro ya no parece el mismo lugar que admiramos al entrar. Los turistas han abandonado el lugar y ahora el valle parece más oculto y olvidado que nunca. El eco de las voces es más sonoro y el aire más limpio. Ojalá ese momento, ese lugar, esa precisa hora del día, pudiese prolongarse durante mucho más tiempo que el que disponemos. 

Hemos quedado tan fascinados por la ciudad que no resistimos la tentación de regresar por la noche. "Petra by Night" es un espectáculo nocturno que a primera vista no parecería más que un caro montaje para los turistas horteras. Sin embargo, la experiencia resulta mucho mejor de lo esperado. Aunque el grupo de visitantes es numeroso, nos rezagamos a propósito en el Siq y durante un buen rato, disfrutamos del lugar en soledad. Han dispuesto pequeñas velas a intervalos regulares en todo el recorrido del desfiladero y ahora el mágico lugar vuelve a transformarse. Los recovecos, esculturas y retorcidas paredes parecen cobrar nueva vida a la trémula luz de las candelas.  

La salida al Tesoro nos asombra, pues no han recurrido a la potente luminotecnia multicolor y los enormes altavoces estéreo que apabullan a los turistas en "espectáculos de luz y sonido" en otros puntos del planeta. Aquí, por el contrario, alguien se ha molestado en cubrir de silenciosas velas toda la explanada y escalinata que preceden al Khazneh. En cuanto al sonido, una sencilla flauta tocada por un beduino en el interior de la tumba resuena con un eco inesperado por toda la zona. Mientras nos sentábamos en el suelo y disfrutábamos del silencio y la solemnidad que el lugar desprendía, los beduinos nos sirvieron te verde y un venerable anciano nos contó algunos aspectos de la vida y las tradiciones beduinas.

Lo mejor, sin embargo, era la posibilidad de disfrutar de Petra -aunque solo del Khazneh- en un ambiente totalmente distinto. La serenidad y magia que invadían el lugar eran absolutos. Pedí permiso al anciano beduino para quedarnos durante un rato una vez la masa de visitantes emprendió el regreso por Siq y así pudimos contemplar cómo la luz de la luna iba poco a poco recorriendo la fachada del magnífico edificio esculpido en la roca, revelando una fachada que ya no era anaranjada o rosácea, sino plateada. 

Abandonamos la ciudad siguiendo el mismo desfiladero por el que nos adentramos en aquel sueño tallado en piedra con la vana esperanza de que el galope tendido que escuchamos a lo lejos sea el del caballo de Indiana Jones perdiéndose en el desierto. Petra había sido una sorpresa para los ojos y el espíritu, pero lo que quedará indeleblemente grabado en nuestra memoria será el estrecho desfiladero y la grieta luminosa a través de la cual se entrevé la pared rosada del gran templo del Tesoro, la encarnación pétrea de la aventura

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Últimos comentarios

elisabethcarreraspaz dice:
Excelente relato gracias por compartirlo....
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un viajero dice:
Gracias por tu diario.... algún día lo imprimiré para llevarlo a esa tierra y disfrutarla mejor
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yesterday dice:
Maravilloso relato.Enhorabuena
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MarisolLuna dice:
Muy instructivo tu relato.
Saludos

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