Viaje por las sombras de la muerte

Escribe: ropavieja
Después de saborear un café negro me acerqué hasta la pequeña estación ferroviaria que se sitúa al final de la calle, con el propósito de informarme sobre horario del único tren que pasaba durante el día. Llevaba varias semanas viviendo en aquel polvoriento poblado, también húmedo, según la época del año; ya se acercaba el día de partida.

 

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Capítulo 1

Viaje por las sombras de la muerte

Petén, Guatemala — sábado, 31 de marzo de 2012

Después de saborear un café negro me acerqué hasta la pequeña estación ferroviaria que se sitúa al final de la calle, con el propósito de informarme sobre horario del único tren que pasaba durante el día. Llevaba varias semanas viviendo en aquel polvoriento poblado, también  húmedo, según la época del año; ya se acercaba el día de partida.
La señora de la casa en la que me hospedaba había comenzado su particular cacería de moscas que revoloteaban entre los restos del desayuno. Su marido se levantó de la cama tambaleante, todavía le quedaban restos del aguardiente que tomó la noche anterior.
Un ventilador quieto colgaba del techo; el calor se hacía patente, pero esto no molestaba al niño que chupaba con placidez del pezón de su madre, otro de los niños de la ama de la casa, miraba con somnolienta curiosidad, jugaba  con unas cucarachas secas y un esqueleto de murciélago en el patio de la casa. Su madre mientras amamantaba a su niño lactante comía anchos medallones de plátano frito, siempre hacia dos cosas a la vez, sino las horas del día se le hacían cortas. En la cuna le esperaba otra hija casi recién nacida.
La casa era fresca y olía a humo. En la entrada, de forma privilegiada, se erigía una virgen de yeso de un metro de altura. La señora sin ser locuaz era amable, algo obesa, y de rasgos faciales muy hermosos; al contrario que sus vecinas que atendían la fritanguería, también obesas pero feas sin remedio.
Se deprimía al ver los cabellos enganchados al peine después de pasárselo por la cabeza, entonces dejaba de limpiar. Todavía hay un chorro de dentífrico que se estrelló contra el espejo. Su marido también era algo abandonado, prácticamente todos los grifos de la casa goteaban.
La familia había adoptado un anciano que cuando no estaba devorando de forma viciosa mangos maduros, fumaba compulsivamente, con sus dedos temblorosos. Durante toda una noche me estuvo contando leyendas indígenas sobre ahogados en el río, que no son tales leyendas, son sucesos realmente acaecidos, las multinacionales que explotan la selva, cuando se encontraban con algún conato de resistencia por parte de los indios, asesinaban a uno de ellos y lo soltaban aguas abajo para que todo aquel que lo viera se le metiera el miedo en el cuerpo.
También me confesó el anciano que durante un tiempo vivió en un lugar donde las mujeres orinaban de pie y los hombres en cuclillas... Me hablaba de forma contenida y segura. Pude apreciar en el anciano que le atormentaba el agudo tedio; estaba inmerso en una suave locura mística, no sé, en una ocasión me confesó que era amigo personal del Altísimo.
Cuando llegué por primera vez a este irrepetible lugar me encontré que no había cama para mí, así que el propietario rebuscó por toda la finca hasta conseguir las suficientes tablas para construirme una de dos metros por cada lado, resultó cuadrada, aquella cama era inmensa. La colocó de forma que debía dormir con la cabeza al norte y los pies al sur, me dijo que de esa forma se mantenía el equilibrio, supongo que se refería al psicológico.
Él se dedicaba a la ganadería como principal actividad, pero practicaba  mil oficios distintos creo que llevaba una vida desordenada e intensa.
Los días lluviosos, desapacibles, me resultaban lentos, pero disfrutaba viendo a los moradores de aquel lugar como no les importaba en absoluto cuando se calaban hasta los huesos.
Estos parajes me resultaban todo un territorio literario, llenos de luces, sensaciones, visiones... Repletos de multitud de olores... a manglar, a pasto recién cortado, olor a frituras, a coco, olor a caballo recién lavado, olor a libros, a gasolina... que quema y ahuyenta la vida.
No me interesaba en absoluto hacer vida social.
El cacique del lugar era un viejo rico decrépito con olor a leche materna, de frente abombada, a veces, al hablar emitía gritos roncos, su presencia desprendía una desagradable agresividad.
Tenía una gran habilidad para despojar de la tierra a los campesinos. Últimamente se dedicaba a desforestar insaciablemente la selva, con gula y lujuria. Se contaban por centenares los tocones de Ceibas y otros árboles nobles. Parecía que había encontrado la forma más rápida de enriquecerse.
Le fascinaba la muerte, en la intimidad confesaba que ésta le visitaba de tarde en tarde. Vivía junto al  cementerio, aunque éste no me pareció que tuviera una apariencia siniestra. Cuando el aguardiente le salía hasta por las orejas obligaba al sacerdote a que tocará las campanas a muerto en la iglesia del poblado.
Su mayordomo, en España lo llamaríamos mayoral..., tenía el pelo canoso y rapado, era fornido; de sus ojos se desprendía un brillo de crueldad; los orificios auditivos estaban totalmente poblados de pelos, como los de la nariz. En estos días se dedicaba a acotar con alambre de espino una zona de la playa, para que la mujer del terrateniente y sus dos hijas pudieran bañarse sin someterse a las miradas de los pescadores negros, y los indios que transitaban por la playa. Claro que el vallado era ilegal.
Su cerebro estaba amanerado, dominado por su patrón. A mí me resultaba un ser abismalmente imbécil, una verdadera pesadilla pantanosa, cínica y servil.
Durante un atardecer sereno, mantuve…, intercambié con este individuo algunas escaramuzas verbales, él mantenía los músculos tensos, potentes; aunque menudo era fibroso. ¡Qué desgraciado!, en algún momento calibró que iba a entrar en pelea. Me hablaba de forma atropellada y confusa y yo con cierta suavidad venenosa, esto último le enfurecía.
Necesitaba luchar, y claro... no ser derrotado. Encontré su punto débil... no soportaba que nadie lo desautorizase en público, ni siquiera su amo, su patrón.
Hice alguna amistad con una especie de bohemio, el último hippie... vivía en las afueras de la población, en una casa de lata atacada por el óxido, cercana al mar. Sus ojos brillantes y coquetos, mantenían cierto aire de seductor, incluso de embaucador. Se parapetaba ante una ambigua rebelión contra la cultura oficial.
Un buen día escapó de la ciudad de las chimeneas, de las escaleras sin luz, de los pasajes y prostíbulos, de las pensiones sórdidas, de la promiscuidad. Y recaló en esta selva, a la que llamaba: “papiro verde e infinito”, lejos de: “los sucios y reducidos corrales para humanos”, así llamaba a  las grandes ciudades.
Con envidiable desparpajo me hablaba de su amada, me confesó que escuchaba respirar al mar cuando estaba a su lado, que ella era su pensamiento, su memoria. Me hablaba de forma muy gráfica, de cuando en cuando, cortaba la conversación para decirme que los dioses ya lo habían abandonado, entonces agachaba la cabeza para evitar que viera sus ojos vidriosos.
Se limpió las lagrimas de un manotazo ahora  vive un naufragio tras otro desde que mantuvo una discusión agria con su amada, una pelea verbalmente endemoniada, me dijo.
El sol anaranjado se escondía lentamente, aunque durante casi todo el día había estado lloviendo suavemente, incluso hubo algún momento en el que el cielo se rasgaba con varios relámpagos; mientras... Casi de repente, se fue la luz y vino el silencio, la noche comenzó a meterse...
Había huido de los ventisqueros de un invierno oscuro, largo… y encontré un clima caliente y lujurioso, mecido por la brisa salitrada. Tenía engrasadas las manos y la cara de tanto comer pescado, vivía entre gentes desnutridas, enmarañadas en la espesura, donde el río, la tierra y el océano se entreveran.
Todo lo que había construido en mi mente al leer varios libros sobre este lugar se mostraba ahora palpable ante mis ojos.
Me dormí con la cabeza metida entre mis manos, en posición fetal. Mañana temprano pasará mi tren.
 


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