Diarios de viaje > Pegunungan Ijen, Sudeste Asiático
Capítulo 1
Por un puñado de Rupias
Pegunungan Ijen, Indonesia — martes, 26 de julio de 2011
Aún no ha amanecido cuando me dispongo a encarar los tres kilómetros de ascensión que me llevarán al cráter del volcán Kawah Ijen. Las primeras luces del día van asomando despacio, acompañando mis pisadas y el sonido de una naturaleza fresca y poderosa que parece desperezarse por segundos. Durante un buen rato camino en solitario – he sido de los primeros en salir del hostal – recreándome en la vegetación, en el cielo, en los lejanos volcanes; absorbiendo cada instante que me ofrece el paisaje, como si de esa manera estuviese reconciliándome con una naturaleza que muchas veces tengo abandonada, aún a sabiendas de que en ella está la esencia de la vida.
Metro a metro, el recorrido se va haciendo más sinuoso, con empinadas rampas que demandan pequeños descansos en los que poder jadear sin forzar, en los que apaciguar el sofoco, con tramos en los que un suelo resbaloso, por la humedad del bosque tropical, obliga a clavar el paso más que a andar, al menos, hasta alcanzar el primer kilómetro y medio del trayecto.
En la subida, antes de cubrir los primeros doscientos metros, veo un hombre sentado que parece estar descansando. A medida que me acercó, me doy cuenta que es uno de los doscientos y pico mineros que todos los días bajan al cráter del Ijen para extraer el azufre que de la misma forma que sustenta sus vidas, las apaga. Al llegar a su altura, se incorpora e inicia una conversación cuyo prolegómeno anticipa un mayor interés en mi bolsillo que en mi persona.
Se llama Wayan, tiene 37 años y dos hijos. Es muy moreno, de mediana estatura y cuerpo fibroso. Desde luego, su rostro aparenta más edad. Quiere saber de dónde soy, cuántas horas de vuelo hay a mi país, si estoy casado, tengo niños, si tengo tabaco.
Me cuenta que todos los días hace dos o tres viajes al cráter mostrándome unas cestas unidas por una vara de Bambú que usa para transportar la carga. Por el sendero encontramos cestas que contienen bloques de azufre. Apenas huelen. Son desiguales, de un intenso amarillo que parece cobrar más fuerza cuando contrasta con el verde umbrío de esas horas de la mañana.
Se coloca una a la espalda y me invita a que pruebe a llevarla, pero declino amablemente la invitación pues tan temprano no estoy para cargar con cerca de 60 o 70 kilos a mis espaldas. Además, la operación requiere tanto de fuerza como de maña, cualidades que son escasas en mi persona. A medida que ascendemos me va mostrando un volcán lejano, una perspectiva. Señala con el dedo hacia arriba varias ramas de los árboles y me muestra como los monos juguetean entre las ramas. Luego sonríe.
Es un tipo simpático, que acompasa su paso al mío, al tiempo que su oratoria acelera el ritmo buscando mi compromiso para descender con él al cráter, lo cual no tengo previsto hacer y así se lo hago saber en varias ocasiones.
En una de las paradas le ofrezco un cigarrillo. Somos alcanzados por la familia francesa con la que compartí transporte. Intercambiamos unas palabras sobre la belleza de lo que estamos viendo y continúan el ascenso con un nuevo acompañante: Wayan, que viendo que conmigo tenía poco que rascar, traslada su entusiasmo y objetivo hacia mis compañeros de viaje. Sigo a mi ritmo y los veo alejarse en la siguiente curva, aunque al final, alcanzaríamos la cima casi a la vez.
Me cruzo con varios mineros que descienden con sus cargas o soy adelantado por los que suben con las cestas vacías. Unos saludan, otros saludan y piden tabaco, que les haga fotos a cambio de dinero: casi todos intentan venderme figurillas hechas con azufre que esconden en sus cestas: una tortuga, una flor, algo indescriptible…
Están acostumbrados a los turistas, viajeros, caminantes o peregrinos de las bellezas del mundo y no se molestan por su presencia. Es más, gracias a ellos, consiguen, si la suerte, o su simpatía acompañan, sacarse un sobresueldo que puede llegar a ser superior a su salario habitual. Un salario, por otra parte, que dobla el de los agricultores de los cafetales y campos próximos y que en el mejor de los casos, no sobrepasará los ocho o nueve euros diarios correspondientes a dos viajes diarios cargados con más de setenta kilos de azufre a la espalda por unos parajes que en tramos son duros y venenosos.
Se me hace complicado el explicar lo que se siente en un sitio así, tan bello como cruel, un lugar donde uno se convierte en mero espectador de lo caprichoso que puede llegar a ser el destino que nos hace nacer a cada uno en una frecuencia; que a unos regala, a otros desprecia y a otros exige.
Al observarlos como se dejan, la vida en cada trayecto por un puñado de rupias, conscientes de que la vejez es una quimera, uno no puede más que sentir admiración por ese esfuerzo resignado, por esa pasta tan especial de la que están hechos muchos hombres.
De vez en cuando, vuelvo a quedarme solo en el camino. Escucho la naturaleza. En esa nitidez sonora, también llegan a mis oídos las pisadas de los mineros que aparecerán unos segundos después de cada curva descendiendo a una buena marcha, como si diesen pequeños saltitos que provocan un chirrío irregular en el bambú de la vara que une las cestas que da la sensación por momentos de que no soportará más peso y quebrará.
Cada pocos pasos o según el desnivel, los mineros van compensando la carga por los hombros: diagonal pasando uno de los lados por el hombro derecho y dejando el otro a la espalda o viceversa. Siempre la misma rutina.
Imagino sus primeros días: espaldas llagadas, escoceduras, dolor de huesos, rodillas, tobillos y tendones a punto de romperse, jaquecas, quemaduras, pulmones intoxicados, ojos y narices irritados. Con esa sensación de derrota que deja el miedo a lo desconocido, la falta de experiencia y las dudas que seguramente ronden sus mentes sabiendo que han comenzado una carrera que les acortará la vida.
Pienso en todo ello mientras atisbo una gran caseta y algún cobertizo en el que se encuentran muchos mineros descansando, colocando o pesando el azufre.
Me siento en una especie de banco de madera y paso observando un buen rato como pesan el azufre. Lo hacen de una manera muy rudimentaria - nada de tecnología-, confiando en la precisión de una balanza que van ajustando muy pausadamente hasta equilibrar el peso. De repente, mi cabeza se va al pasado. Me sorprendo sonriendo, recordando las antiguas “romanas” que hace décadas se veían en muchos mercados de los pueblos y ciudades españolas y que hoy sólo se ven en determinados ambientes rurales.
Van haciéndolo por turnos. Después anotan la cantidad para saber cuantas rupias percibirán exactamente y colocan la carga en unas pequeñas explanadas adyacentes. Una vez hecho esto, encienden sus cigarrillos de Kretek, el famoso cigarrillo de clavo y tabaco, cuyo aroma se entremezcla con el olor de una montaña que se va templando y charlan un rato antes de volver al trabajo: todavía les resta una dura jornada.
En los últimos quinientos metros el verdor desordenado y los árboles van desapareciendo. El paisaje se torna yermo, regresa el frío y se escuchan ráfagas de viento que parecen advertir que estoy próximo a coronar los 2.300 metros de altura que tiene el “cráter verde”.
Aparecen ante mis ojos las primeras columnas de humo, la primera visión de las laderas erosionadas que se asemejan a pequeños cañones, a cauces de arroyos secos: tierra cuarteada y hostil. Lo voy bordeando hasta que empieza a asomar un lago de pálido color turquesa tan hermoso que suaviza la visión. Dicen que es el lago sulfuroso más grande del mundo.
Más adelante, la visión es sobrecogedora: En la base, en una de las orillas del lago, enormes masas de intenso amarillo veladas por intermitentes fumarolas muestran el lugar donde se desarrolla uno de los trabajos más duros y peligrosos que se realizan hoy en día.
Desde la lejanía, los mineros parecen hormigas, puntitos negros moviéndose de forma desordenada: vulnerables. El alma se estremece al verlos y más cuando piensas que se han convertido en una atracción turística. Pero esto no es Disneylandia. Estás viendo a personas que sabes que están muriendo lentamente: el aire allí es irrespirable, el oxigeno escasea, el dióxido de sulfuro quema los pulmones y las mucosas y los ojos se irritan. Aunque intenten protegerse con pañuelos mojados, aunque procuren protegerse de las emanaciones. Las fumarolas las mueve el viento y éste no se puede controlar. Hay momentos en los que el humo súbitamente se convierte en niebla cubriendo el amarillo, ocultando a las personas.
Son los pequeños ataques de un volcán asesino que acortará, en muchos años, la vida de todos.
Por lo que me cuenta un chico de Surabaya con el que había estado charlando la noche anterior en el hostal y que ahora encuentro sentado en una roca, a partir de las diez de la mañana la atmósfera se vuelve irrespirable y prácticamente a partir de esa hora la actividad decrece trabaja.
Me siento a su lado. Me pregunta si voy a bajar hasta la mina. Le respondo que no. Varias son las razones para no hacerlo. Desde donde me encuentro hay cerca de trescientos metros de distancia. El descenso se realizada por una de las paredes que tiene fuertes desniveles de roca agrietada y no debe ser nada sencillo. El ascenso, viendo la pendiente tampoco invita a ello. Por otro lado, no quiero respirar olores nauseabundos e intoxicantes.
Definitivamente no quiero toser hasta vomitar y sufrir innecesariamente: prudencia obliga. Pero, además, no quiero ser un estorbo para esos hombres que se están dejando algo más que la piel. No quiero entorpecer su tránsito, obligarles a detenerse o a que me cedan el paso, no quiero interrumpirles ni que desvíen la atención a su trabajo y sé que aunque ya están de vuelta de todo, que no les importa que les miren, les hagan fotos y algunos estén encantados de acompañarte por la propina, me niego a romper el equilibrio. Me merecen un gran respeto.
Admiro su valor, su fuerza de voluntad y su dignidad. Son, como he dicho, de otra pasta y me imagino a cualquiera de nosotros, los del primer mundo, los que creemos que nos la sabemos todas, los mismos que cuando llega una crisis, una dificultad, tiramos la toalla con facilidad o maldecimos nuestra suerte o nos quejamos y andamos por el mundo cabreados intentando aguantar este día a día. Aquí sí se gana el jornal uno con el sudor de la frente.
Por lo que puedo entender a mi compañero de miradas, hay dos tipos de trabajadores. Unos de ellos pasan en la cantera gran parte del tiempo, controlando el proceso de condensación que se hace a través de unas tuberías. Luego lo enfrían y solidifican. Después, otros mineros con barras de metal picarán la amarillenta masa hasta obtener suficientes pedazos que quepan en las cestas para realizar el camino de vuelta.
El azufre arrancado al volcán, entre doce y quince toneladas diarias, se enviará a una cercana refinería a 20 kilómetros donde será tratado para su posterior uso en la industria farmacéutica, cosmética, vulcanización del caucho, elaboración de fertilizantes, blanquear el azúcar y un montón de aplicaciones más.
Comienzan a llegar grupos de turistas. Empieza a parecer una romería por lo que decido irme. Si la subida cuesta, en el descenso se sufre. Muchas veces debes ir frenando con los pies porque da la sensación de que te vas a precipitar al suelo dándote un golpazo morrocotudo. Los mineros, que ya están acostumbrados saben como hacerlo y bajan en zigzag y a un fuerte ritmo. De no hacerlo así, la carga se volcaría en cualquier momento.
Tengo las rodillas machacadas, estoy cansado. Quiero beber agua y tomar un café caliente, pero no me quejo. No tengo derecho a hacerlo.
Me siento en un cafetín a esperar la hora de mi salida para el puerto de Ketapang, donde tomaré un ferry que me llevará a Bali. Cuando doy los primeros sorbos al café no pienso en que he viajado al corazón de un volcán. He viajado al corazón del alma.
Metro a metro, el recorrido se va haciendo más sinuoso, con empinadas rampas que demandan pequeños descansos en los que poder jadear sin forzar, en los que apaciguar el sofoco, con tramos en los que un suelo resbaloso, por la humedad del bosque tropical, obliga a clavar el paso más que a andar, al menos, hasta alcanzar el primer kilómetro y medio del trayecto.
En la subida, antes de cubrir los primeros doscientos metros, veo un hombre sentado que parece estar descansando. A medida que me acercó, me doy cuenta que es uno de los doscientos y pico mineros que todos los días bajan al cráter del Ijen para extraer el azufre que de la misma forma que sustenta sus vidas, las apaga. Al llegar a su altura, se incorpora e inicia una conversación cuyo prolegómeno anticipa un mayor interés en mi bolsillo que en mi persona.
Se llama Wayan, tiene 37 años y dos hijos. Es muy moreno, de mediana estatura y cuerpo fibroso. Desde luego, su rostro aparenta más edad. Quiere saber de dónde soy, cuántas horas de vuelo hay a mi país, si estoy casado, tengo niños, si tengo tabaco.
Me cuenta que todos los días hace dos o tres viajes al cráter mostrándome unas cestas unidas por una vara de Bambú que usa para transportar la carga. Por el sendero encontramos cestas que contienen bloques de azufre. Apenas huelen. Son desiguales, de un intenso amarillo que parece cobrar más fuerza cuando contrasta con el verde umbrío de esas horas de la mañana.
Se coloca una a la espalda y me invita a que pruebe a llevarla, pero declino amablemente la invitación pues tan temprano no estoy para cargar con cerca de 60 o 70 kilos a mis espaldas. Además, la operación requiere tanto de fuerza como de maña, cualidades que son escasas en mi persona. A medida que ascendemos me va mostrando un volcán lejano, una perspectiva. Señala con el dedo hacia arriba varias ramas de los árboles y me muestra como los monos juguetean entre las ramas. Luego sonríe.
Es un tipo simpático, que acompasa su paso al mío, al tiempo que su oratoria acelera el ritmo buscando mi compromiso para descender con él al cráter, lo cual no tengo previsto hacer y así se lo hago saber en varias ocasiones.
En una de las paradas le ofrezco un cigarrillo. Somos alcanzados por la familia francesa con la que compartí transporte. Intercambiamos unas palabras sobre la belleza de lo que estamos viendo y continúan el ascenso con un nuevo acompañante: Wayan, que viendo que conmigo tenía poco que rascar, traslada su entusiasmo y objetivo hacia mis compañeros de viaje. Sigo a mi ritmo y los veo alejarse en la siguiente curva, aunque al final, alcanzaríamos la cima casi a la vez.
Me cruzo con varios mineros que descienden con sus cargas o soy adelantado por los que suben con las cestas vacías. Unos saludan, otros saludan y piden tabaco, que les haga fotos a cambio de dinero: casi todos intentan venderme figurillas hechas con azufre que esconden en sus cestas: una tortuga, una flor, algo indescriptible…
Están acostumbrados a los turistas, viajeros, caminantes o peregrinos de las bellezas del mundo y no se molestan por su presencia. Es más, gracias a ellos, consiguen, si la suerte, o su simpatía acompañan, sacarse un sobresueldo que puede llegar a ser superior a su salario habitual. Un salario, por otra parte, que dobla el de los agricultores de los cafetales y campos próximos y que en el mejor de los casos, no sobrepasará los ocho o nueve euros diarios correspondientes a dos viajes diarios cargados con más de setenta kilos de azufre a la espalda por unos parajes que en tramos son duros y venenosos.
Se me hace complicado el explicar lo que se siente en un sitio así, tan bello como cruel, un lugar donde uno se convierte en mero espectador de lo caprichoso que puede llegar a ser el destino que nos hace nacer a cada uno en una frecuencia; que a unos regala, a otros desprecia y a otros exige.
Al observarlos como se dejan, la vida en cada trayecto por un puñado de rupias, conscientes de que la vejez es una quimera, uno no puede más que sentir admiración por ese esfuerzo resignado, por esa pasta tan especial de la que están hechos muchos hombres.
De vez en cuando, vuelvo a quedarme solo en el camino. Escucho la naturaleza. En esa nitidez sonora, también llegan a mis oídos las pisadas de los mineros que aparecerán unos segundos después de cada curva descendiendo a una buena marcha, como si diesen pequeños saltitos que provocan un chirrío irregular en el bambú de la vara que une las cestas que da la sensación por momentos de que no soportará más peso y quebrará.
Cada pocos pasos o según el desnivel, los mineros van compensando la carga por los hombros: diagonal pasando uno de los lados por el hombro derecho y dejando el otro a la espalda o viceversa. Siempre la misma rutina.
Imagino sus primeros días: espaldas llagadas, escoceduras, dolor de huesos, rodillas, tobillos y tendones a punto de romperse, jaquecas, quemaduras, pulmones intoxicados, ojos y narices irritados. Con esa sensación de derrota que deja el miedo a lo desconocido, la falta de experiencia y las dudas que seguramente ronden sus mentes sabiendo que han comenzado una carrera que les acortará la vida.
Pienso en todo ello mientras atisbo una gran caseta y algún cobertizo en el que se encuentran muchos mineros descansando, colocando o pesando el azufre.
Me siento en una especie de banco de madera y paso observando un buen rato como pesan el azufre. Lo hacen de una manera muy rudimentaria - nada de tecnología-, confiando en la precisión de una balanza que van ajustando muy pausadamente hasta equilibrar el peso. De repente, mi cabeza se va al pasado. Me sorprendo sonriendo, recordando las antiguas “romanas” que hace décadas se veían en muchos mercados de los pueblos y ciudades españolas y que hoy sólo se ven en determinados ambientes rurales.
Van haciéndolo por turnos. Después anotan la cantidad para saber cuantas rupias percibirán exactamente y colocan la carga en unas pequeñas explanadas adyacentes. Una vez hecho esto, encienden sus cigarrillos de Kretek, el famoso cigarrillo de clavo y tabaco, cuyo aroma se entremezcla con el olor de una montaña que se va templando y charlan un rato antes de volver al trabajo: todavía les resta una dura jornada.
En los últimos quinientos metros el verdor desordenado y los árboles van desapareciendo. El paisaje se torna yermo, regresa el frío y se escuchan ráfagas de viento que parecen advertir que estoy próximo a coronar los 2.300 metros de altura que tiene el “cráter verde”.
Aparecen ante mis ojos las primeras columnas de humo, la primera visión de las laderas erosionadas que se asemejan a pequeños cañones, a cauces de arroyos secos: tierra cuarteada y hostil. Lo voy bordeando hasta que empieza a asomar un lago de pálido color turquesa tan hermoso que suaviza la visión. Dicen que es el lago sulfuroso más grande del mundo.
Más adelante, la visión es sobrecogedora: En la base, en una de las orillas del lago, enormes masas de intenso amarillo veladas por intermitentes fumarolas muestran el lugar donde se desarrolla uno de los trabajos más duros y peligrosos que se realizan hoy en día.
Desde la lejanía, los mineros parecen hormigas, puntitos negros moviéndose de forma desordenada: vulnerables. El alma se estremece al verlos y más cuando piensas que se han convertido en una atracción turística. Pero esto no es Disneylandia. Estás viendo a personas que sabes que están muriendo lentamente: el aire allí es irrespirable, el oxigeno escasea, el dióxido de sulfuro quema los pulmones y las mucosas y los ojos se irritan. Aunque intenten protegerse con pañuelos mojados, aunque procuren protegerse de las emanaciones. Las fumarolas las mueve el viento y éste no se puede controlar. Hay momentos en los que el humo súbitamente se convierte en niebla cubriendo el amarillo, ocultando a las personas.
Son los pequeños ataques de un volcán asesino que acortará, en muchos años, la vida de todos.
Por lo que me cuenta un chico de Surabaya con el que había estado charlando la noche anterior en el hostal y que ahora encuentro sentado en una roca, a partir de las diez de la mañana la atmósfera se vuelve irrespirable y prácticamente a partir de esa hora la actividad decrece trabaja.
Me siento a su lado. Me pregunta si voy a bajar hasta la mina. Le respondo que no. Varias son las razones para no hacerlo. Desde donde me encuentro hay cerca de trescientos metros de distancia. El descenso se realizada por una de las paredes que tiene fuertes desniveles de roca agrietada y no debe ser nada sencillo. El ascenso, viendo la pendiente tampoco invita a ello. Por otro lado, no quiero respirar olores nauseabundos e intoxicantes.
Definitivamente no quiero toser hasta vomitar y sufrir innecesariamente: prudencia obliga. Pero, además, no quiero ser un estorbo para esos hombres que se están dejando algo más que la piel. No quiero entorpecer su tránsito, obligarles a detenerse o a que me cedan el paso, no quiero interrumpirles ni que desvíen la atención a su trabajo y sé que aunque ya están de vuelta de todo, que no les importa que les miren, les hagan fotos y algunos estén encantados de acompañarte por la propina, me niego a romper el equilibrio. Me merecen un gran respeto.
Admiro su valor, su fuerza de voluntad y su dignidad. Son, como he dicho, de otra pasta y me imagino a cualquiera de nosotros, los del primer mundo, los que creemos que nos la sabemos todas, los mismos que cuando llega una crisis, una dificultad, tiramos la toalla con facilidad o maldecimos nuestra suerte o nos quejamos y andamos por el mundo cabreados intentando aguantar este día a día. Aquí sí se gana el jornal uno con el sudor de la frente.
Por lo que puedo entender a mi compañero de miradas, hay dos tipos de trabajadores. Unos de ellos pasan en la cantera gran parte del tiempo, controlando el proceso de condensación que se hace a través de unas tuberías. Luego lo enfrían y solidifican. Después, otros mineros con barras de metal picarán la amarillenta masa hasta obtener suficientes pedazos que quepan en las cestas para realizar el camino de vuelta.
El azufre arrancado al volcán, entre doce y quince toneladas diarias, se enviará a una cercana refinería a 20 kilómetros donde será tratado para su posterior uso en la industria farmacéutica, cosmética, vulcanización del caucho, elaboración de fertilizantes, blanquear el azúcar y un montón de aplicaciones más.
Comienzan a llegar grupos de turistas. Empieza a parecer una romería por lo que decido irme. Si la subida cuesta, en el descenso se sufre. Muchas veces debes ir frenando con los pies porque da la sensación de que te vas a precipitar al suelo dándote un golpazo morrocotudo. Los mineros, que ya están acostumbrados saben como hacerlo y bajan en zigzag y a un fuerte ritmo. De no hacerlo así, la carga se volcaría en cualquier momento.
Tengo las rodillas machacadas, estoy cansado. Quiero beber agua y tomar un café caliente, pero no me quejo. No tengo derecho a hacerlo.
Me siento en un cafetín a esperar la hora de mi salida para el puerto de Ketapang, donde tomaré un ferry que me llevará a Bali. Cuando doy los primeros sorbos al café no pienso en que he viajado al corazón de un volcán. He viajado al corazón del alma.
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Por un puñado de Rupias
Pegunungan Ijen, Indonesia | 26 de julio de 2011
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