Una visita a los gorilas de montaña en Rwanda y Uganda

Escribe: lucero1200
Precisamente en el momento en que nuestras fuerzas estaban casi extintas después de ascender hasta 3950 metros, un tracker nos dió la gran noticia: un "silverback" del grupo Susa había sido...

 

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Capítulo 1

Una visita a los gorilas de montaña en Rwanda y Uganda

Parc des Birunga, Ruanda — miércoles, 29 de noviembre de 2006

Precisamente en el momento en que nuestras fuerzas estaban casi extintas después de ascender hasta 3950 metros, un tracker nos dió la gran noticia: un "silverback" del grupo Susa había sido localizado (el nombre "silverback" proviene del color plateado del pelaje de la espalda de los gorilas adultos).

Este era nuestro tercer día de contacto con los gorilas de montaña, pertenecientes a la familia de los grandes simios y en serio peligro de extinción: los últimos 706 miembros de esta especie viven en estado salvaje en los volcanes Virungas en la frontera entre Rwanda, Uganda y Congo, migrando libremente entre los 3 países. Es el único lugar del planeta donde podemos encontrarlos y todas las experiencias donde se los ha intentado reubicar o mantener en cautiverio han sido nefastas: sólo pudieron sobrevivir en esta situación durante un pequeño lapso de tiempo. Su población ha sido diezmada por una combinación de deforestación, transmisión de enfermedades humanas y la caza furtiva, actividad que había desaparecido hacía años pero que lamentablemente ha retornado últimamente motivada por caprichos criminales de coleccionistas privados de la región de Asia-Pacífico.

Durante marzo de 2006, luego de muchos meses de planes, preparativos y sueños, visitamos Rwanda y Uganda con el casi único objetivo de tener una serie de encuentros con los gorilas de montaña. Aunque Rwanda y sus países vecinos actualmente viven en paz desde hace más de 10 años, muchos vestigios del tremendo genocidio ocurrido en 1994 entre Hutus y Tutsis aún persisten en diversos puntos del país, donde su economía y su sociedad están siendo reconstruídas. Las autoridades de Rwanda entienden que la actividad turística es clave para una economía naciente y por lo tanto ponen mucho énfasis en la protección de los turistas. Realmente, no sólo nos protegían mucho sino que se preocupaban en que lo notemos; en algún punto tanta protección nos parecía innecesaria, aunque uno realmente nunca lo sabe.

Nuestro día había comenzado a las 4:45 de la madrugada por el camino desde Virungas Volcanoes Lodge hasta la central del parque. Nuestro guía, Sam, conducía un Land Rover Defender por senderos que justifican claramente el por qué de la existencia de estos vehículos indestructibles. En el trayecto, aunque un tanto cansados por el horario, nos pasamos discutiendo mil y una formas distintas en cómo convencer a los guardaparques de que nos asignen al Grupo Susa. Este grupo es muy especial por los siguientes motivos: es la familia más numerosa con 38 miembros, es la que tiene mayor cantidad de bebés e infantes entre ellos los famosos mellizos, es la más compleja de hallar, es la que más se desplaza día a día y es la que se encuentra a mayor altura (los gorilas de montaña se encuentran entre 2000 y 4000 metros de altura).

Al llegar al parque, eramos los primeros entre los afortunados 40 que visitarían ese día a las 5 familias de Gorilas existentes en Rwanda (cada día sólo 8 personas son asignadas a cada familia con un permiso estricto de una duración máxima de 1 hora a partir de que se los encuentra). Aunque no hay garantías de que el encuentro ocurra, la experiencia irremplazable de los trackers hace que las posibilidades de tener una visita frustrada sean realmente mínimas.

El lenguaje oficial de Rwanda es Kinyarwanda aunque la mayoría de su gente habla en francés (herencia del colonialismo belga del pasado). Luego de algunas idas y vueltas, el jefe del parque nos asignó al grupo Susa, lo que nos llenó de alegría y expectativa. El grupo asignado estaba compuesto por nosotros 4 además de Andrea y Kyle, dos jóvenes canadienses de Calgary con mucha experiencia en el trekking de alta montaña. Obviamente, 2 guías senior, 2 miembros armados del ejército de Rwanda y varios "porters" completaban nuestro equipo.

Antes de comenzar, los guías describieron a los componentes de la familia y a sus respectivas personalidades. Los gorilas son identificados por su "huella nasal", ya que sus narices son tan únicas como nuestras huellas dactilares. Cinco familias que pueden ser visitadas habitan la selva de Rwanda; la más pequeña, el grupo Sabinyo tiene 9 miembros, el Grupo 13 tiene 10 miembros, los Grupos Amahoro A y B con 15 y el grupo Susa con 38 miembros.

La famosa investigadora Dian Fossey, quién estudió al Grupo Susa en 1967 le envió un famoso telegrama a su supervisor Louis Leakey donde decía: "Ayer, finalmente he sido aceptada por un gorila". El sueño diario de cada visitante es poder replicar dicha fantástica experiencia.

Los gorilas tienen una estricta jerarquía definida por edad, sexo y dominancia. Cada gorila tiene un rango dentro del grupo familiar, comenzando por el macho dominante (silverback dominante). Cuando se desplazan en la selva, ellos caminan en orden de acuerdo a su rango. En el grupo Susa, el macho dominante de la familia (son 5 machos adultos en el grupo) dirige la marcha seguido por el segundo jefe. El tercer macho cierra el grupo, con los machos 3 y 4 anteúltimo y antepenúltimo respectivamente; las hembras e infantes se ubican en el medio. Las hembras tienen una jerarquía paralela: la mas anciana del grupo, Poppy, que con 29 años de edad es la única sobreviviente del grupo de la época en que Dian Fossey trabajó con esta familia, está a cargo de las otras hembras.

Mientras las otras familias estaban relativamente cerca del cuartel general del parque, el grupo Susa estaba a muchos kilometros de allí y tuvimos que manejar alrededor de una hora para alcanzar el lugar del inicio de nuestro trekking. Nuestra caminata se inició exactamente a las 8:15, a 2600 metros de altura y mientras el clima comenzaba a mostrar su indefinición: es tan cambiante minuto a minuto que es fácil soportar en una misma visita momentos de calor sofocante, frío, humedad, niebla, rocío, lluvia torrencial y hasta tormentas de granizo que reducen la temperatura drásticamente.

Los gorilas viven a una altitud donde pueden encontrar gran cantidad de su dieta favorita, bambú, apio salvaje, ortigas y menta (un adulto tiene el tamaño de un automóvil pequeño y consume entre 15 y 20 kilos por día). Ellos duermen 12 horas de 7 a 7, comen durante 4 horas, descansan por 2, y pasan el resto de su día en caminata diaria buscando siempre lugares con plentiud de alimento. Debido a estos movimientos permanentes, encontrarlos depende exclusivamente de la pericia extrema de los trackers, quienes los rastrean a través de las ramas rotas y las heces que dejan en su travesía.

Luego de 3 horas de ascenso y ya pasados los 3000 metros, todos comenzamos con los problemas típicos de la altura, algunos más que otros, con dolores de cabeza, sensaciones "extrañas", leves mareos, problemas para conseguir el aire suficiente, aceleración de la pulsación, etc.. Después de casi 6 horas extenuantes de ascenso, escuchamos las palabras mágicas: "los encontramos". Con un efecto instantáneo, todas las molestias y el cansancio se evaporaron de inmediato. Le preguntamos al guía a que altura estábamos, quién, luego de observar su GPS, nos contestó con una sonrisa cómplice: "3950 metros".

Cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos rodeados por toda la familia Susa. Pese a que no era nuestro primer encuentro con gorilas, la sensación inicial al encontrar una familia es una combinación muy especial de emoción, excitación y perplejidad. Aún más, encontrar 3 docenas de gorilas pertenecientes a una única familia es tan díficil de transcribir en palabras como de poder transferir la experiencia; es realmente una de las sensaciones más impactantes y sobrecogedoras posibles: son esos momentos que uno percibe como únicos e irrepetibles en toda la vida. Hacia donde mirábamos, nuestra vista encontraba gorilas de todos los tamaños y edades; comiendo, descansando, trepados a los árboles y jugando entre ellos. Aunque la regla de no acercarnos a más de 7 metros intentó ser cumplida por nosotros, ellos la rompieron permanentemente acercándose a distancias mínimas; en otra visita al grupo Sabinyo tuve que hacer un esfuerzo enorme para no tomarle la mano a una hembra adulta que insistentemente me ofrecía la suya hasta llegar a tenerla a menos de 5 centimetros de la mía. Aunque sé que hice lo correcto retirándola (podría transmitirle bacterias muy nocivas para ellos), tambien sé que toda mi vida me voy a arrepentir por no habérsela estrechado.

Los gorilas son gigantes aunque con una personalidad muy pacífica. Sólo muestran agresión si se sienten amenazados, batiendo su pecho y rompiendo árboles para mostrar su poder, aunque no son conocidos por atacar a personas. Durante nuestra visita los guías y trackers se comunicaban con ellos a través de distintos gritos, rugidos, carraspeos y ruidos varios. Habíamos sido previamente instruídos en el caso de ser atacados por un macho adulto: debíamos arrodillarnos suavemente, bajar la mirada para evitar sus ojos y simular que comíamos hojas y vegetales como signo de sumisión. Aunque nunca debimos usar técnica alguna de defensa y pueda sonar un tanto absurdo, no nos hubiera molestado tener que ponerla en práctica al menos por unos instantes. Aunque parezca extraño, ninguno de nosotros jamas sintió la más mínima sensación de miedo en presencia de los gorilas; al contrario, sólo transmiten paz y tranquilidad.

Luego de infinidad de fotos y transcurrida una hora exacta, nuestro guía marcó el final del encuentro y el inicio de nuestra vuelta. Aunque uno quiere permanecer allí indefinidamente, el mensaje es muy claro: imaginemos que, a través de los años, con humanos interactuando con gorilas por una hora exacta por día, la regularidad de las visitas se ha transformado en un patrón de conducta diario en sus vidas. Papá silverback sabía perfectamente que nuestra visita era de una hora. En todas las visitas que tuvimos a las distintas familias pudimos observar un comportamiento idéntico, al dejar cada familia al finalizar la hora, el macho dominante nos observaba fijamente mientras nos alejábamos para garantizarse nuestra ida, aunque durante toda la hora anterior, quizás ni siquiera se había dignado a dirigirnos su mirada; no había dudas sobre quién era el que mandaba en la selva.

El trayecto de vuelta era casi siempre igual, todos volvíamos en silencio disfrutando muy internamente de una combinación muy personal de alegría, emoción y respeto.

Finalmente, al verlo nuevamente a Sam con su Defender nos dimos cuenta que habían pasado casi 10 horas desde nuestra salida. Recibimos el diploma de rigor atestiguando nuestro encuentro con el grupo Susa y nos fuimos a la posada con una felicidad desbordante.

Esa noche, la cena compartida con nuestros amigos canadienses estuvo rodeada de algo mágico y terminó en un brindis muy especial por aquellos hermanos que habíamos dejado unas horas antes.


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