Muchas veces, encontrar tradiciones y costumbres a cada paso en las grandes ciudades es una tarea difícil. Producto de la globalización, los avances tecnológicos y el continuo desarrollo, lo propio de cada cultura, aquello que la diferencia del resto, queda oculto bajo un manto de similitudes. Pero correr el velo de lo cotidiano y sumergirse en otra realidad puede insumir, si se quiere, minutos.
En Chipre abundan los pueblitos de montaña, que se ven desde las rutas como colgados de las laderas y que no deberían dejar de visitarse.
Arodes, en la provincia de Páfos, es un testimonio vivo del pasado. La vieja iglesia en el centro, un improvisado barcito donde los hombres juegan backgammon y el inquebrantable silencio a la hora de la siesta. Las casas de madera están construidas al antojo, sin ningún orden, formando caminos curvados y otros sin salida. Las puertas antiguas, con pequeñas campanas, esperan por alguien que nunca llega. En los patios, el horno de barro sigue en actividad.
Los años pasaron, los jóvenes emigraron y sólo quedaron los habitantes con tantas décadas como historias por contar. Las mujeres parecen uniformadas, todas llevan largos vestidos oscuros, un delantal, botas altas y un pañuelo en la cabeza. Las vestidas de absoluto negro son viudas que deben mantener ese color en su ropa de por vida, aunque vuelvan a casarse. Cuando los hombres enviudan, no se afeitan por 45 días. A la vera de los caminos, muy cerquita de las pocas casas, las mujeres del pueblo trabajan la tierra. Despliegan su ancianidad con aires de juventud. Es una tarea ardua que se enorgullecen de realizar. Las mujeres son las encargadas de cultivar la tierra, los hombres las ayudan, sin que el frío o el calor sean impedimentos.