Crónicas Filipinas
Escribe: Gato_perplejo
A primera vista, Filipinas no parece ser uno de los destinos prioritarios que se te pueden ocurrir si quieres visitar el sudeste asiático. Quizá eso es ya un buen motivo para visitar este archipiélago de más de 7000 islas, el segundo más numeroso del mundo.Pero afortunadamente tengo información de primera mano: mis compañeras María y Ángela Yoldi nos han hablado maravillas del país donde vive parte de su familia. Interminables playas, buenos precios, gente amable, fondos marinos espectaculares,.
Malapascua (bote+autobús) Cebú (taxi+ferry) Bohol (furgoneta) Panglao
Panglao, Filipinas — domingo, 14 de agosto de 2011
Hoy no vamos a desayunar donde la abuelilla porque nos pilla un poco más retirado y queremos iniciar la marcheta cuanto antes, que cualquiera sabe cuando llegaremos a Panglao. Vamos al Ging Ging, pedimos una tortilla y unos pancakes, pero sinceramente todo estaba más rico y más barato donde la mujer. A las nueve ya tenemos todo recogido y bajamos hacia la playa. Ayer por la tarde vino Philip y se ofreció a llevarnos a la zona donde salen los botes hacia Maya, que según él es distinto a la zona donde desembarcamos. Nos lo encontramos en la playa y nos señala un bote. Nos subimos con los mochilones y esperamos hasta y media, momento en el que zarpamos. Somos los dos únicos ocupantes del barco, junto a la tripulación y un perrete que es la mascota. Al llegar nos desembarcan directamente en el puerto, pagamos 100 pesos. Hay un montón de los autobuses amarillos como el que vinimos, nos indican uno con destino Cebu y a las diez en punto estamos en marcha, sin esperas.
El sistema ya lo conocemos, soltamos las mochilas en el pasillo y pagamos los billetes al revisor. Vamos a hacer las cuatro horas de viaje por el mismo camino que el de ida, pero el caótico tráfico, el paisaje y la gente que pulula por todos los pueblos que vamos atravesando lo hacen tan divertido que no tenemos posibilidad de aburrirnos. Como es domingo hay menos pasajeros en el autobús pero lo que vemos es que las iglesias están hasta arriba y que hoy debe ser el día en que entierran a los muertos, porque nos encontramos con al menos cuatro comitivas encabezadas por un coche fúnebre y con muchísima gente detrás.
A eso de las once tenemos hambre y comemos unos bollitos que traíamos. A las doce el autobús hace una parada. Nos bajamos porque la gente se baja aprovechamos para tomar una especie de pincho moruno de salchicha roja y una bola de arroz envuelta en unas hojas, a un precio irrisorio. Todo ello sin quitar ojo del autobús, claro.
Seguimos el viaje atentos a todo lo que pasa a nuestro alrededor y poco a poco vamos entrando en Cebú. Llegamos a la estación y enseguida nos ofrecen un taxi, que esperan en la puerta porque si entran tienen que pagar 10 pesos. Le damos 5 al que nos lo consigue y le decimos al taxista que nos lleve al puerto para ir hasta Bohol. Al llegar pagamos otros 10 pesos para poder entrar, el hombre pregunta por allí y nos deja en el puerto número uno.
Pasamos y nos ponemos a la cola de los billetes; compramos dos dos billetes con destino Tagbilaran, la capital de Bohol, desde donde daremos el salto a Alona Beach como buenamente podamos.
El ferry nos cuesta 550 a cada uno, más 50 por mochila. Se trata de un fastferry que nos pondrá en Bohol en dos horas. Son las tres, esperamos media hora y embarcamos. Las casi 400 plazas del ferry se llenan en un abrir y cerrar de ojos; por dentro parece que estamos más bien en un avión.
Durante el viaje ponen el aire acondicionado y la película de Disney a toda castaña. Por las ventanas vemos alejarse el tremendo puerto de Cebú, mientras aprovechamos para leer un rato bien tapaditos por la manta-toalla-pareo multiusos que nos trajimos del primer avión.
A las dos horas justas llegamos a Bohol. Bajamos a tierra y ahora empieza el cisco de descargar las maletas y pillar la tuya al vuelo. Hemos visto dos o tres parejas de franceses, a los que igual les decimos algo para compartir viaje a Alona Beach. Cuando salimos a la terminal se nos acerca un señor que nos ofrece ir en furgoneta hasta Alona por 600 pesos. Le decimos que quizá podamos compartir el viaje con más gente para abaratar, pero me dice que el precio es el mismo vayamos los que vayamos, así que tiramos millas nosotros dos. Durante la media hora larga que dura el viaje se hace noche cerrada y no tenemos alojamiento en Alona Beach. Le decimos al conductor que nos lleve a uno que no sea caro y esté bien, y nos deja en el Bohol Divers, cuya recepción tiene bastante buena pinta. Tienen habitaciones disponibles, nos enseñan una lista de precios y nos decidimos por una de 800 pesos con ventilador.
El sitio está a pie de playa y es enorme, tardamos más de cinco minutos en llegar a la habitación. Al llegar, decepción: la habitación es sin duda la más cutre en la que hemos estado, con paredes sucias, pequeña y sin toallas. Pero estamos demasiado cansados para empezar a buscar de nuevo, así que nos quedaremos aquí esta noche y mañana con la luz del día buscaremos otra cosa.
Vamos a cenar al restaurante del hotel: calamares, carne de cerdo dulce con verduras y arroz y pancit de pescado. Todo rico, aunque a mi la carne luego me soltará el cuerpo a media noche.
Damos un paseo por Alona Beach y nos sorprende que es, sin duda, el sitio más turístico donde hemos estado. Los hoteles son bastante grandes para lo que es esto y hay muchos restaurantes a pie de playa. Vamos echando un ojo para ver donde nos podemos cambiar, pero esto ya será mañana. Hoy estamos molidos de tanto viaje y a las diez, después de saludar a un enorme sapo que hay en la puerta, estamos ya en la cama. Mañana intentaremos buscar un buen sitio para quedarnos tres días por aquí antes de iniciar el trayecto de vuelta a Manila y a España. Hasta mañana.
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