Una mirada a la India

Escribe: MiradasdelMundo
Durante dos meses y medio Miradas del Mundo recorre la costa india, desde Mumbai hasta Darjeeling, atravesando costas, tribus perdidas, ciudades inmensas, pueblos remotos y mercados atestados. Un camino por uno de los subcontinentes más peculiares, espirituales, y coloristas del mundo. Aquí comienza el diario de un viaje sin fecha de caducidad.

 

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Capítulo 1 3 4 5
 

Madrid-Goa, comienza el sueño

Panaji, India — viernes, 27 de abril de 2012

Primeras impresiones

Hace poco más de una hora que los bichos no paran de revolotear con plena libertad por el camino visceral de mis deseos. De no respetar los cruces, de chocar, de rozarse y rebotar. Un auténtico caos propio de los pensamientos del corazón. La acción hará placar esta orgía de sueños. Aprovecho para disfrutar de un café solo con hielo, quizás el último, tal vez no volveré a esta rutina en un tiempo. No porque adónde vamos no haya, pero tomarlo con hielo podría ser un atentado contra mi estómago. El deseo de marchar hace que la cuerda que nos ata aquí se estire demasiado y por diferentes puntos. Si el tiempo la rompe, la conservaré por si hay que volver a anudarnos con el pasado. 

El vuelo despega a las 13.45.  El destino, aunque esto no es lo importante, Goa, en India. De nombre tan conciso como rítmicamente literario.

Para llegar, dos escalas, Londres y Mumbai, necesarios para llegar al destino y  mejor opción para rebajar un presupuesto que a partir de ahora, ya no suma. Es lo único que perdemos cuando viajamos, afortunadamente, la fortuna.

Es alucinante pensar que lo que hoy está en ciernes, en unas horas será algo nuevo en nuestra vida, un deseo de forjarnos, de probarnos, de quebrar la ruta del presente para cambiar los designios del futuro hasta ahora soñado.

La hora ha llegado, en el fondo del vaso solo quedan pequeños trozos de hielo derretido, es la hora de volar. La voz maquinada del aeropuerto nos acompaña en el camino hacia la puerta de embarque. Ya quedan menos oportunidades para el arrepenimiento. Mejor. Es hora de embarcar.

Londres-Goa

Dejamos atrás el aeropuerto de London Heathrow. El bote de pintura gris se ha derramado en el cielo de la capital británica. Volamos en un gran pájaro de la Kingfisher, un rey pescador alado que nos acerca a otro mundo. Nueve horas de vuelo hasta Mumbai. Hemos cambiado de día casi sin saberlo, y después de atravesar varias líneas imaginarias de husos horarios, la sensación es de sueños y despertares alterados y alternados. Malestar extraño que rápido se desvanece. Empezamos a ver tierra firme. 
 Nada más pisar por primera vez suelo indio, el bochorno nos abraza, una intensa humedad se quedará agarrada a la piel, y será por mucho tiempo. Aunque el cielo sigue nublado, es otro cielo. Cambia la temperatura, alta, y acompañada de una sensación térmica, amiga sin tapujos, de un calor abrasador.

En autobús, llegamos hasta la terminal de tránsito instalada para vuelos nacionales. Buscamos el cartel que nos indica hacia dónde caminar para las salidas de los vuelos con destino a Goa. Pasamos dos puestos de seguridad cuyos operarios son la mejor carta de presentación de este país. Apenas miran nuestros pasaportes, nos sellan al ritmo de una sonrisa y entramos en una sala que habíamos soñado más grande. Apenas cinco mostradores de los que tres están cerrados. Poca gente que va y viene, cuatro bancadas dirigidas hacia un televisor con noticias de una cadena británica, un quiosco de cambio de divisas cerrado, y decenas de carros portamaletas esperando mochilas y maletas cargadas de sueños. Y, en un rincón, un baño, al que voy. 

Nada más llegar a la puerta me espera un tipo con los brazos en jarra. Me abre alegremente con un saludo muy inglés, invitándome a pasar. En apenas dos metros de recorrido, me adelanta por la derecha y me abre la puerta que conduce al urinario. Cuando salgo de hacer mis cosas, el tipo sigue allí, y me vuelve a sonreír mientras dirige su dedo índice hacia el lavabo. Abre el grifo, meto las manos en el agua, me dispensa jabón, y me lavo las manos con la amarga sensación de que resulta excesivo. Pero el chico es feliz ayudándome, y aunque pienso si decirle que ya es suficiente, opto por continuar para no ofenderle. Termino de lavarme las manos y ya lo tengo, ahora por el otro lado, con una toalla de papel lista para secarme. Me abruma. Cuando estoy listo para salir, un calor me invade, una sensación de pudor me recorre, me acabo de dar cuenta de que no tengo un duro. El quiosco de cambio está cerrado y Ana, lejos. Con una sonrisa intento justificarme y decido esperar con el escudo de la resignación en ristre el enojo del colega. Con un gesto acompañado de tímidas palabras le explico que no tengo nada, y como no, vuelvo a equivocarme, el tipo continúa con una sonrisa seguida de un "no pasa nada". Mi vergüenza es supina, su carácter, admirable.

Cuando salgo me encuentro con Ana hablando con una azafata de la compañía, y aunque todavía no escucho sus palabras, sé que algo extraño ocurre. Resulta, por lo que explica, que nuestras mochilas están en la cinta de equipajes del vuelo de Londres dando vueltas sin parar. Nos dice que tenemos que desandar el camino. En Madrid nos dijeron que a pesar de las dos escalas, nuestras cosas llegarían con nosotros a Goa. O se equivocó la azafata española, o nosotros somos demasiado ilusos. O las dos cosas.

Volvemos sobre nuestros pasos hasta los puestos de control que ya habíamos pasado. Pero estamos en La India. Nada más vernos, el tipo de seguridad nos vuelve a regalar otra sonrisa, y sin que apenas tengamos que explicarle nuestro lío, nos dice que no hay problema. Allí están las dos, girando sin nadie esperándolas, solitarias, sin ningún viajero pendiente de ellas. Cuando volvemos de nuevo a la cinta de seguridad, la cola es espantosa. Nos ponemos al final y rápidamente aparece un tipo elegantemente uniformado con traje militar blanco, debe pertenecer al cuerpo de la marina, y por su edad y galones, alguien de peso. Nos pregunta adónde vamos. Con una breve explicación nos sobra. Nos coge del brazo, hace tres gestos y nos pasa los dos controles sin necesidad de pasar nuestras cosas por el escáner. Otro baile de buenos gestos del empleado de seguridad y de nuevo, y gracias a este amable hombre, estamos en la sala de tránsito hacia Goa.

El quiosco de cambio de divisas ya está abierto, así que cambiamos de euros a rupias indias. El chico del baño ya no está. Y nos vamos entonces a la zona de mostradores. Cuando llegamos varios operarios empujan carros llenos de maletas huérfanas. No porque las hayan abandonado sus dueños, si no porque ellos te piden que las dejes allí, que se encargan de todo. Resulta insólito encontrarte a estas personas facturando todo el equipaje de un avión. Sin duda, son los reyes de la organización que parece desorganizada. Se acerca a nosotros un tipo, nos pide los billetes, y con un enorme rotulador negro escribe en mi mochila un 8 y lo rodea con un círculo. Después se dirige a gritos hacia la chica del mostrador cantando nuestros nombres y nos dice que ya está, que nos vayamos para adentro. Pero, ¿Con esto es suficiente? -No hay problema, nos contesta.
El vuelo de Mumbai a Goa es un vuelo diferente, por las caras que te acompañan. Ya no quedan apenas personas con facciones occidentales, todos parecen ser indios. Aunque esta zona cada vez es más conocida, todavía los viajeros suelen visitar más el norte del país. Esto nos encanta, te sientes más cerca de un lugar cuando te ves sin el recogimiento de grupos organizados y caras de rictus familiares. Ya nos sentimos más cerca de un sueño. Cuando pisemos suelo indio para quedarnos por un tiempo, no sabemos cuánto, comenzará de veras esta aventura, comenzará a materializarse este sueño de vida compartido.

Los olores, las comidas, las caras, todo ya es diferente, esto te acerca un poco más al destino del que tanto me había hablado Ana, y que hasta ahora no tenía el placer de conocer. Entre un par de cabezadas de agotamiento y varias charlas, enseguida, y debajo de las nubes, nos encontramos con nuestra primera imagen de Goa. Un lugar por el que parece haber pasado un huracán seguido de lluvias torrenciales. Nadie se extraña, solo nosotros, y esto responde a que ver una ciudad completamente inundada desde el cielo, si es época de monzón, y estás en La India, es completamente normal. Ante la tranquilidad del resto, entonces empiezas a disfrutar de la imagen. Campos y carreteras anegadas, animales pastando sobre el agua. El cielo plomizo propio de lo que todavía se avecina. Barro, mucho barro. Los motoristas y rickshaws circulando con la mitad de las piernas metidas en el agua. Impresionante imagen desde el cielo. Todo esto visto desde la ventanilla de un avión mientras aterrizas.

Cuando pisas tierra, lo que acabas de ver no es nada. La verdadera inundación de La India la encuentras en sus calles, hasta arriba de gente, vacas, tuc-tucs, camionetas, coches, motos Honda, gallinas y perros. Esto sí que es una corriente enorme, pero de almas.

El aeropuerto de Goa, situado en Candolín, lleva este mismo nombre. Es tal y como lo había imaginado. Pasillos estrechos, simples, vacíos y cortos. Un par de cintas de equipaje, ventiladores domésticos colgados por todos lados, pero apagados, por lo que no alivian nada el calor asfixiante. Y ningún asiento. Esto último quizás por lo lúgubre de este lugar. Invita a pasar pero no a parar. Vemos desde el interior a cientos de personas en la puerta, esperando, pero no puede ser que sean familiares y amigos de los viajeros.
Ninguno rebasa la puerta y miran expectantes. Pronto empiezan a buscarnos con la mirada y entendemos que están allí para ganarse honradamente el pan. Taxistas que gritan sus servicios, intermediarios de hoteles con carteles en las manos, conductores de rickshaws, gentes vendiendo comida y bebida, curiosos, y los demás, no sabemos ni sabremos nunca qué hacen allí. Optamos por acercarnos a una de las oficinas de servicio de taxi de precio fijo. Salir ahí, cargados con las mochilas e intentar negociar puede ser un infierno. Atendemos por tanto la llamada de una de las chicas para contratar el servicio. Sabe bien por nuestra torpeza que buscamos cómo salir de allí. La cara de pánfilo en estos casos no te la quita nadie. Ya te puedes pasar de listo poniendo gesto de esto lo controlo yo, que estas personas saben perfectamente quién es quién. Tras la joven, un enorme cartel que reza "Tourist Taxi", y debajo los precios a los numerosos destinos de la costa de este Estado, el más pequeño de la India, y destino turístico de jóvenes que acuden en masa a las multitudinarias fiestas "rave" que aquí se organizan para turistas del desmadre. Esto según los lugareños y los textos que hemos leído de la zona.

Buscamos nuestra siguiente parada, la capital del estado, Panjím. El precio, 580 rupias, y los kilómetros, 32. No pensamos en ningún momento que sea excesivo, en euros serían unos 8 y medio. Decidimos contratarlo como la mejor forma de llegar cuanto antes y descansar después de más de 24 horas de viaje desde Madrid. Sólo tenemos un problema, no recordamos en qué alojamiento hicimos la reserva de la primera noche desde Madrid. Pensamos hacerlo mejor así, sabiendo que llegaríamos cansados, pero no lo apuntamos en ningún sitio. Lo tenemos en un correo electrónico, en internet, pero como no hemos vuelto a tener conexión, pues no sabemos adónde tenemos que ir. Sólo recordamos que el hotel está situado cerca del río, en el centro, pero nada más.

Cogemos nuestro ticket y acompañamos al taxista asignado hacia el coche. Al salir por las puertas y hacernos paso entre la multitud, aún agolpada, nos dimos cuenta que detrás de los primeros, hay más filas de gente que quiere sacarse un poco de dinero. Alucinante ver cómo, a pesar de ver que ya tenemos transporte, siguen ofreciéndote una alternativa. Pero, ya no hay vuelta atrás, está pagado. Cuando llegamos al coche pactamos con el conductor que nos dejara en un cibercafé del centro para mirar cuál será nuestro hotel, para luego continuar el recorrido. Y así quedamos. Por una carretera estrecha y llena de agua, como habíamos visto desde el avión, fuimos acercándonos a nuestro destino. La verdad es que la primera impresión no fue muy buena.

El tráfico aterrador, animales en medio de la carretera que provocaban a cada momento frenazos y volantazos para esquivarlos. Sobre todo las vacas, que por sagradas nadie las toca y tienen prioridad sobre todos. Entramos en una ciudad gris y hecha polvo. Las calles, más que calles, son caminos embarrados. El taxista nos para a las puertas de un establecimiento que entendemos que es el cibercafé. Ana entra a comprobar el correo electrónico mientras yo me quedo esperando con el taxista y las maletas. Al poco sale y le decimos la dirección. Parece cerca, unos 400 metros. Entonces el taxista nos dice que para acercarnos hasta la puerta, tenemos que abonarle otras 100 rupias. No nos paramos ni a discutir, y eso que está lloviendo. Nos armamos de valor, nos despedimos de él con una sonrisa y le decimos que nos parece caro. Cargamos los 20 kilos de peso que llevamos cada uno a las espaldas, y emprendemos la marcha.

Llamamos bastante la atención. No es un lugar muy acostumbrado a viajeros y menos tan cargados y caminando. Conseguimos, después de un buen paseo bajo la lluvia, llegar hasta el hotel. De primeras pensamos, bueno, la entrada está mal pero seguro que las habitaciones están mejor. Por lo menos así las vimos en la web. Ilusos. El hotel se caía a cachos. De nombre, Paradise Inn. De paraíso, poco, de Inn, menos. Desde ese día comenzamos a pensar que había un fotógrafo en La India que tenía unas manos impresionantes, capaz de retratar lo que no existe.


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Últimos comentarios

fransal1030 dice:

vaya que relato estare esperando la continuacion

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Tafuri dice:

Buen relato, un tiro al piso, te felicito.

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ricber dice:

Muy entretenido y expectante, buenísimo

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charric dice:

muy interesante el encuentro con un pais de sueños,espero el siguiente capitulo,un saludo.

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placidoo dice:

momentaneamente he abandonado la realidad para volar en vuestra compañía, sentir el bochorno del ambiente, la incertidumbre de lo nuevo, el aturdimiento del vuelo.... y el peso del mochilón.

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amodio dice:

inmediatamente se percibe la mano del escritor professiomista!!!!! pallabras secas y precisas!!!! hermosa la historia del ritual para lavarse las manos !!!! se sale de un mundo conocido para llegar a un mundo distante años luz

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MiradasdelMundo dice:

Muchísimas gracias a todos por vuestras palabras, es un honor. Lo demás, lo que viene, ya está escrito, tallado en la memoria. Sólo me falta plasmarlo en el papel de luces pixeladas que tenéis delante. Abrazos a miles.

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caura dice:

Muy buen diario amigos, me sumo a la espera de más capítulos!

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Entyy dice:

Lindo diario. Felicitaciones

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MiradasdelMundo dice:

Graciassss!!!!! Acabamos de llevarnos una sorpresa: ¡¡¡¡¡Nos habéis situado entre los diarios más leídos y calificados de la semana!!!! Muchísimas graciassss. Seguiremos trabajando. El segundo capítulo está en unas horas, os avisaremos.

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--Paola-- dice:

excelente!! leo atenta cada una de sus palabras!

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CHARLYPOA dice:

Muy bueno y detallado el relato de un lugar que muy dificilmente conozcamos personalmente algún dia

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camarazu44 dice:

Felicitaciones, muy agradable el relato y definitivamente trayéndome los recuerdos de mis viajes por la zona. Todo parece tan cercano y es tan lejano. Sí es definitivamente un arte fotografiar lo que no existe... Saludos, NL

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MiradasdelMundo dice:

Charlypoa, muchas gracias. Quién sabe. Nunca nos podemos ni imaginar por dónde pasaremos algún día en nuestras vidas. Si te apetece, ya tenemos dos capítulo más. Un saludo

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MiradasdelMundo dice:

Camarazu44, muchas gracias y me alegro de haberte llevado recuerdos. Este es sólo el primero de, por ahora, tres. Un saludo.

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