Encantadora... Guatemala
Escribe: Bertuco
Este es uno de los mejores viajes que he realizado, por lo maravilloso del país, por las gentes que lo habitan y por las personas que me acompañaban.
Hice en su día un diario del viaje y, ahora, para estrenarme en este blog, os le muestro.
El lago Atitlan
Panajachel, Guatemala — sábado, 3 de mayo de 2003
Me levanté muy bien, físicamente no tenía el cuerpo resentido del esfuerzo del día anterior y mentalmente con unas ganas enormes de empezar la jornada. Darío, también se encontraba bastante bien de lo suyo. Nos duchamos y bajamos a desayunar.
Hacia un día espléndido y el desayuno lo daban en la terraza, del que ya estaban dando buena cuenta Esther, Amparo y Diana. Me pedí pan queques y jugo de naranja, estaban ricos pero llenaban un montón.
Hoy nos dirigíamos a Panajachel, localidad sita a orillas del lago Atitlán, uno de los lagos más bonitos del mundo. Antes de salir dimos un paseo de despedida por los bellos y floridos patios del hotel. Me llamó la atención lo que llamaban solarium que era una terraza a la que se accedía por un escalera de caracol y en la que había un gran ducha rodeada de hamacas y desde la que se disfrutaba (si estuviera despejado) de una maravillosa vista del volcán de Agua. Antonio y su busito ya estaban esperándonos, así pues, terminamos de preparar las maletas y nos dirigimos a su encuentro.
Emilio había preparado un recorrido alternativo al que figuraba en el programa más largo pero mucho más bonito. La ruta confluía por lugares despoblados por lo que necesitábamos escolta policial.
Cuando llegamos al primer pueblo paramos a buscar nuestra escolta y mientras esperábamos Emilio nos invitó a probar agua de coco que vendían en un pequeño puesto al lado de la carretera. Su sabor era bastante insípido y, además, estaba caliente como churras.
Decidimos hacer una parada en aquel pueblo ya que debían estar celebrando algún tipo de fiesta y había mucha gente por las calles. En ese momento, de su iglesia partía una procesión encabezada por unas mujeres con velos blancos y grandes velas en la mano y la seguían portando una gran cruz varios hombres. En la plaza había aparcado un camión que portaba en su remolque un enorme equipo de música, una discoteca rodante, muy habituales por aquí, que amenizaba las calles con su pegadiza música. Entramos en la iglesia, buscando un lugar mas fresquito donde resguardarnos del terrible calor que hacía, instante en el que a su entrada formaban ordenadamente un grupo de preciosas niñas, vestidas de gala. Emilio nos comentó que acompañaban a otras niñas que al cumplir los 15 años celebraban su confirmación.
Con los guardias ya en el autobús continuamos con el trayecto planeado hasta cambiar de comarca donde se realizó el relevo de la escolta. Esta vez fueron motoristas, y nuestras intrépidas chicas, solicitaron subir a lomos de su montura. Después de una convincente charla de Emilio con los polis, estos dieron un sí por respuesta. Esther y Amparo fueron las primeras moteras, dando lugar a un hecho histórico, por ser las primeras mujeres en subir de paquete de la autoridad en aquellas tierras.
El siguiente turno fue para Diana, ya que, a Rocío y Keker, no les inspiraban demasiada confianza los ejercitados pilotos. Quedaron encantadas con la experiencia, por las sensaciones vividas y los vínculos afectivos que se crearon durante el recorrido. Pero todo lo que empieza tiene un final y entre grandes muestras de tristeza nos despedimos de los polis para continuar la marcha en el busito.
Así, llegamos a un mirador desde el que se divisaba el majestuoso lago Atitlán, aunque su grandeza quedaba algo depreciada por la bruma existente. Desde aquí, el camino a Panajachel, fue un paseo. No pasamos por el hotel sino que nos dirigimos directamente a un embarcadero desde el cual tomaríamos una lancha para dar un paseo por el lago. Una vez acomodados en el barco, Esther, Juan Carlos y yo nos pusimos en la misma quilla como en la película del Titanic, el capitán puso rumbo a Santiago de Atitlán.
Este lago esta rodeado de volcanes y con el cielo despejado la vista es maravillosa, situación que no se daba en este momento (comentario general: que putada). A medida que avanzábamos y la bruma era menos densa, podíamos entrever la magnífica silueta de los volcanes.
La travesía duró aproximadamente una hora, serían las dos de la tarde y el calor era de justicia. Santiago nos recibió con el júbilo de sus alegres gentes que en el turismo tenían su principal fuente de subsistencia. Estas eran de rasgos mas indígenas y tamaño mas reducido.
Al salir del embarcadero daba comienzo el mercadillo que continuaba hacía arriba por una de sus calles. Las señoras con trajes típicos se prestaban a ser retratadas por unos quetzales y César no desaprovechó la oportunidad, para poder presumir en España de sus conquistas femeninas. En los puestos que íbamos pasando había cosas muy bonitas pero, de momento, no compré nada.
Bonita era una niñita que, junto a su abuela, posaba en la puerta de su vivienda. Llevaba una típica tela bordada y su abuela invitaba a la gente a fotografiarse con ella por la voluntad. Emilio la sugirió entrar a ver su casa y ella acepto encantada. Esta era humilde y su distribución tradicional situaba, en un pequeño terreno, dos chozas. Una la utilizaban para cocinar con un fuego en el centro en el que tres leños le daban una identidad propia tal como marcaba la tradición. La otra, que hacía de dormitorio no la llegamos a ver. Además, había un habitáculo de piedra con una pequeña entrada y sin ventanas que antiguamente se utilizó como sauna. Le dimos las gracias y una propina a la señora y nos fuimos a tomar un tentempié a un bar cerca de allí.
Dimos buena cuenta de unas gallos y dos raciones de guacamole con tacos y decidimos buscar la casa que este año albergaba a Maximón, nombre que le dan a un santo pagano producto de la fusión entre las religiones indígenas y la católica. Sus orígenes tienen muchas leyendas y le atribuyen muchos milagros. Con la imposición del catolicismo sobre las anteriores creencias le cambiaron el nombre por el de San Simón. Sin embargo, en la actualidad la mayoría de sus fieles lo llaman Maximón, palabra formada por los vocablos max (tabaco, en maya; de ahí que siempre se le vea con un gran puro en los labios) y Simón.
A lo largo de un año, Maximón reside en casa de algún miembro de la cofradía de la Santa Cruz, la principal autoridad indígena de Atitlán . Ahí puede recibir visitantes de todo el país, quienes llegan para pedirle favores y le dejan dones en dinero y en especie, pues se considera una grave falta no ofrecerle nada.
De camino, Emilio entró en una tienda de ultramarinos y compró tabaco y aguardiente como ofrendas al santo. La casa que albergaba a Maximón se distinguía desde lejos por los adornos que decoraban su fachada y la concurrencia de gentes que la rondaban. Al entrar, lo que allí vi y oí me conmovió.
En un pequeño patio, por un lado había una estancia a la que la gente pujaba por entrar y en la que Maximón a lomos de uno de sus fieles bailaba al ritmo de la música que en el porche contiguo tocaban un grupo de músicos con aspecto cansino. La melodía que originaban su instrumentos, en la que predominaba el sonido de la marimba, acompañada del desmesurado fervor de la gente me provocaba diferentes sensaciones difíciles de explicar. Quizás debido a nuestra mentalidad occidental estos ritos no son fácilmente asimilables por nuestras mentes y te encuentras fuera de lugar y perdido en el tiempo.
Abandonamos el sitio y avanzamos en dirección a su iglesia mas antigua que data de principios de la era colonial. Nos acomodamos en su interior observando los diferentes ritos que practicaban sus fieles. Por una de sus puertas laterales comunicaba con un gran patio en el que jugaban varios grupos de niños. Estuvimos hablando con uno de sus maestros, dedicado a la educación de los mas de 5000 niños que, según nos dijo, vivían en el pueblo (increíble). Había dos niñas y un niño de apenas dos o tres años que eran graciosísimos, estaban sucios de pies a cabeza y no paraban de hacer trastadas mientras jugaban con una pelota, en especial una, que era preciosa pero un trasto. Amparo le cogió gusto a lo de la pelota y mantuvo un intercambio de pases con una de las niñas.
Se acercaba la hora de coger el barco de vuelta a Panajachel, así que nos encaminamos hacia el embarcadero. Volvimos a pasar por los puestos del mercadillo y esta vez compre un palo de la lluvia que como su nombre indica reproduce, de forma artesanal, el ruido de la lluvia.
El barco partió a la hora prevista, sobre las 6 de la tarde, lo que no permitiría ver el atardecer desde su cubierta. Estuvimos charlando relajadamente sobre las impresiones que nos había deparado el día, mientras el sol lanzaba sus últimos destellos antes de ocultarse entre la bruma.
Con la brisa deliciosa que nos proporcionaba el surcar por las aguas llegamos a puerto y nos encaminamos hacia el hotel. Se llamaba igual que el anterior y, sin tener el encanto especial del otro, era, también, muy guapo.
En recepción, recogimos las llaves y dejamos a Juan Carlos discutiendo con el recepcionista el lugar en el íbamos a degustar la cena. Las habitaciones estaban muy bien, eran amplias y decoradas rústicamente. Tenían hasta chimenea, que supongo, sería de adorno, porque a ver quien tiene los santos bemoles de darle su uso habitual en estas tierras.
Después de ducharnos y atusarnos quedamos en el bus para ir al restaurante Casablanca, lugar que, finalmente y tras una ardua discusión entre Juan Carlos, Emilio y el asustado recepcionista, iba a ser testigo de la voracidad de nuestros estómagos.
Tras un corto trayecto aparcamos enfrente del elegante restaurante en el que ya estaba preparada nuestra mesa. Nos acomodamos y el chef nos cantó el menú al que teníamos derecho al ser una cena concertada. Elegimos la carne de res acompañada de abundantes papas (como para una boda) y de beber gallos, refrescos y agua (salvavidas).
Mientras tomábamos el entrante, una sopa de tomate muy rica, se acercó una ancianita vendiendo pulseras. Emilio, que ya la conocía, nos dijo que era la mercadera en activo mas vieja del país, que vivía sola y que lo hacia por mantener el contacto con la gente. Su rostro arrugado, el menudo y encorvado cuerpo y sobre todo, su suave vocecilla, casi infantil, nos impresionó a todos. Le compramos diez pulseras, una para cada uno y Emilio la acompañó a una tienda para comprarla unas gafas ya que, como es lógico a su edad, no veía muy bien.
Una vez satisfecho nuestro apetito nos despedimos de Emilio y regresamos caminando al hotel. La calle estaba muy concurrida con tiendas, puestos y chiringuitos a ambos lados. Pasamos de largo el hotel y seguimos paseando por una avenida que bordeaba el lago hasta el embarcadero.
Hacia una cálida noche y de algún lado del embarcadero emanaban la música y voces de lo que inequívocamente debía ser una fiesta privada. César y yo cruzamos una mirada cómplice que daba a entender nuestro espíritu juerguista. Regresamos al hotel y Darío, César y yo nos fuimos a tomar unas copas. La calle antes abarrotada de gente ahora estaba prácticamente vacía. Entramos en un local en el que había gente bailando y pedimos unos mojitos. Nos debieron ver cara de pardillos, pues nos metieron un buen sablazo.
Estuvimos sentados en la barra contemplando el ambiente sin acabar de decidirnos a mover el esqueleto. De pronto entran en el bar cuatro morenazas altísimas que acababan de salir de una furgoneta. Iban vestidas igualmente provocativas y, como luego comprobamos, estaban promocionado una marca de cigarrillos. Se acercaron a nosotros y nos ofrecieron unas postales con un mensaje, que no supimos entender lo que significaba. Hicieron lo mismo con otras personas y, con las mismas, los recogieron de nuevo y se fueron tal como vinieron, dejándonos un poco perplejos.
Acabamos nuestras copas y seguimos paseando calle arriba, hasta llegar a la zona donde estaba el restaurante en el que cenamos. Aunque en la calle, el ambiente no daba mucha confianza, entramos en una discoteca que, aparentemente, estaba bien. Su decoración simulaba la carpa de un circo y la música era, por desgracia, estilo máquina y alguna antigua y pachanguera versión discotequera. Nos acercamos a la barra, demandamos a voces unas copas y nos quedamos allí...., efectivamente, contemplando el ambiente. Como no había ningún voluntario decidí incorporarme a la pista, solo ante el peligro y empecé a moverme al ritmo de la monótona música. Darío nos abandonó en seguida, y de lo que ocurrió después mejor correr un tupido velo.
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Últimos comentarios
HORNI dice:
Me gusto la manera que interactuaron con la gente del lugar, es la segunda vez que leo sobre el lago Atitlan como el mas bello del mundo,sera una reclama local, o la opinion personal tuya ?
Publicado
Aleleani dice:
Qué habrá ocurrido después de la Discoteca?
Publicado
canariguanche dice:
alberto , te escribo porque qiero ir a guatemala y me encanto el viaje que isiste ,me gustaria como lo isiste , es decir , cn que agencia o touroperador lo isite ,cn qien lo contrataste y cuantos dias estuviste ,me encantaria que me pasases esa informacion y saber todo lsobre cm fue tu viaje , te dejo mi ,msn: copykaly@hotmail.com , espero tu respuesta , ah yo vivo en gran canaria . cuidate y gracias por todo , 1 saludo .
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