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Diario de Turquía

Escribe: maigmo
Relato de nuestro viaje por Turquía

 

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Éfeso

Pamukkale, Turquía — lunes, 29 de diciembre de 2008

29/12/08 Nos despertamos en Selcuk, a través de la ventana de la habitación vemos los restos de la basílica de San Juan, y un poco más lejano: la colina de Ayasuluk, donde escribió su evangelio, ahora coronada por una ciudadela bizantina que está siendo restaurada. Cuentan que en esta población vivió la Virgen María y San Juan tras la muerte de Jesús. De hecho se puede visitar la casa donde supuestamente vivió. Lugar de peregrinaje para devotos.  Tras un perfecto desayuno en la terraza acristalada –tortilla, pepinos, huevos, miel, tostadas- con excelentes vistas a la ciudad que se despereza. Basílica y mezquita, convivencia y tolerancia ejemplar, y nido de cigüeñas que parece que puedas tocar con la mano. Salimos a dar un paseo y nos encontramos tras descender un camino flanqueado por palmeras, con la mezquita de Isa Bey Camii. No hay nadie, solo dos puestos de souvenirs a la entrada  cuyos comerciantes tienen pocas ganas de vendernos sus mercancías pues apenas nos hacen caso. La mezquita tiene un amplio patio: se respira paz y tranquilidad. Nos sentamos sobre unos escalones y observamos en silencio, los rayos de sol golpean nuestros rostros a la vez que escuchamos la llamada al rezo desde los minaretes con esa voz magnética. Por aquí pasó Alejandro Magno. Nos dirigimos a Éfeso, antigua y poderosa ciudad comercial de la época clásica. Pasamos de camino aunque no lo vemos por el templo de Artemisa del cual solo queda una columna  considerada en su época una de las siete maravillas del mundo antiguo. Éfeso deslumbra, paseamos por sus calles bien conservadas, la iglesia de la Virgen María con sus cruces, el gran teatro con capacidad para veinticinco mil espectadores, deslumbrante la vía sacra, avenida comercial, que desembocaba en el teatro y que se iluminaba de noche con antorchas a modo de farolas, y cómo no la biblioteca de Celso que llegó a albergar doce mil pergaminos, que no papiros, con fachada frontal que deja atónito, y el diminuto templo de Adriano, las letrinas públicas, los relieves de gladiadores, el prostíbulo, el odeón, la puerta de Hércules y los mosaicos. Apenas cuesta imaginarse cómo debió ser la vida allí por el excelente estado de conservación. Salimos aturdidos, aturdidos por tanta belleza. Salimos en dirección a Pamukkale, tras comprar avituallamiento para comer en la furgo. A mitad de trayecto paramos en Nyssa, ciudad clásica camuflada entre olivos en una zona silvestre, y caminando vamos sorteando rocas y capiteles, zigzagueando entre olivos y columnas. Estamos solos y se respira tranquilidad y frío. Obligado teatro aprovechando la pendiente de la colina. Pamukkale: Anatolia occidental. Con sus piscinas de travertino, blancas, filigranas en la noche nos reciben, como balcones destilando vapor de sus aguas termales que ya atrajo a los patricios romanos. Atónitos apenas sentimos el frío por su tono azulado que le confiere la noche. Considerada una de las siete maravillas del mundo moderno. Castillos de algodón. Localizamos fácilmente el hotel Artemisa, la población es muy turística en verano pero en invierno apenas vemos gente. Hussein, el dueño, y su familia nos ofrecen té y narguile y sobre todo conversación y hospitalidad. Bigote, ronda los cuarenta altos, chándal puma rojo, dos hijos que están haciendo los deberes, uno rubio, el otro moreno. La recepción del hotel hace las veces de salón familiar: acogedor. Palabras en inglés. Él nos comenta y le creemos que si estamos felices, pues el está feliz como buen anfitrión. El fuego de la chimenea calienta nuestras insensibles manos. Nos sentimos cómodos.Salimos a pasear y volvemos a ver las piscinas de noche: indescriptible. Volvemos para degustar una cena sencilla junto al fuego. Jugosa sopa, ensalada, kebap y fruta recogida de su huerto. Nos observa la familia buscando nuestro gesto de aprobación y nosotros lógicamente les correspondemos con sonrisas y moviendo nuestras cabezas asintiendo. Nos ayudan con los planes de vuelta a Estambul pues hay grandes nevadas por el país. Nos acercamos a ver cómo juegan a una especie de dominó. Como bien nos dice Hussein, yo no entiendo de nacionalidades ni religiones, entiendo de personas. Junto al fuego sentimos el relax y la desidia otomanas, sin pensar qué nos deparará mañana. El imperio otomano, poderoso en su momento, se recrea melancólicamente en  lo que fue con ese sentimiento de amargura que tan bien define Pamuk.  

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