A través de Ecuador y sus verdes inimaginables

Escribe: julioprado
Entrar a Ecuador por Rumichaca, desde la vecina Colombia, es todo un espectáculo de verdes que se imprimen en la retina y por un momento confunden al cerebro al intentar descifrar aquel paisaje que penetra en ese rincón especial de la perplejidad, al no diferenciar si se trata de un gran mural colgado en las paredes del universo o es realmente auténtica naturaleza que vive y respira en esas latitudes celestiales tan acertadamente llamadas "el centro del mundo".

 

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Capítulo 2 4

Otavalo de mil sombreros y artesanía inimitable

Otavalo, Ecuador — martes, 27 de enero de 2009

Llegamos a Otavalo cerca de las tres de la tarde y contemplamos extasiados esta ciudad, que se muestra diminuta a los pies del volcán Imbabura, y para nuestra sorpresa, por ser sábado, ese día tenía lugar el famoso mercado otavaleño, uno de los más atractivos y coloridos de los países andinos.Otavalo ronda los 70 mil habitantes y está enclavada en una de las zonas de más exuberante belleza de Ecuador. En sus alrededores se alternan montañas imponentes que adquieren una tonalidad rosada-rojiza al atardecer, y lagunas de aguas tranquilas y muy frías.

 Los campos cultivados con gran dedicación por los lugareños, ofrecen la imagen perfecta por la que se conoce a este país: el Jardín de América.El origen del mercado otavaleño se pierde en la noche de los tiempos, ya que hay constancia de su existencia antes de la llegada de los españoles, cuando ya servía de punto de encuentro entre los habitantes de la sierra y los de las tierras bajas; allí intercambiaban los productos propios de cada región, bajo las normas del trueque que aún persiste en algunos mercaderes, aunque en Otavalo ahora prefieren los dólares.

No obstante, al constatar el origen remoto de este mercado, podemos darnos cuenta que no es un fenómeno dirigido esencialmente a los turistas, sino algo que se hace patente en el modo de vida de los indios otavaleños: unos 40 mil individuos que viven en pueblos y caseríos de los alrededores, que de esta forma han podido conservar su identidad y su cultura autóctona,  a pesar de la influencia que semana a semana reciben del exterior. 

En un sector se compran y venden vacas, ovejas, cerdos, gallinas, conejos, y otros animales propios de la zona, además de maíz, patatas, arroz, tomates, bananas de gran tamaño y verduras recién arrancadas a la tierra, junto a las raíces medicinales que son buscadas por personas de todas las latitudes para curar sus males.

En otro sector se puede adquirir la hermosa artesanía otavaleña y un tercer sector ofrece al público los artículos que han hecho famoso internacionalmente al mercado de Otavalo: los tejidos elaborados a base de lana, cuyos trabajos son los mejor logrados de la zona andina, pero a precios muy bajos en comparación con los países vecinos. El turista que llega a la plaza de Otavalo se sorprende ante la colorida gama de tapices, ponchos, bufandas y finos guantes que cuelgan o se amontonan por doquier, al lado de los suéteres, cintas y bolsos de todas las formas y colores imaginables.

Después de comprar un recuerdo como prueba de nuestra estancia en Otavalo, y deleitarnos con un almuerzo a base de cui (coballa), un animal parecido al ratón que abunda en la región, y que sólo puede ser digerido por estómagos a prueba de basca, reiniciamos el viaje hacia la capital ecuatoriana con la satisfacción del deber cumplido, aun cuando el chofer se veía molesto por haber tenido que esperarnos una hora más de lo previsto y aceleró a fondo aquel pequeño vehículo, que subía la carretera Panamericana dejando una estela de humo tras de sí, para deslizarse raudo hacia los verdes valles, y casi no nos dio tiempo de observar detenidamente el Lago San Pablo, ni la tranquilidad de San Rafael y fue a las 5, cuando entramos a Cayambé, que se detuvo “diez minutos para comprar queso,”, producto típico de la zona.

A continuación atravesamos Tabacundo, La Esperanza y el pequeño puente sobre el Río Guayllabamba, luego San Miguel de Calderón y a menos de una hora, ya anocheciendo, observamos el cerro del Panecillo, guardián de Quito, a cuyos pies se yerguen las “dos ciudades”: la colonial y la moderna; dos sectores claramente diferenciados en un valle a 2.827 metros sobre el nivel del mar. Todo un espectáculo de luz y color entre los surcos del atardecer.


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Mercado de Otavalo

   

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