De Oslo tampoco tengo mucho que contar, ya que fue un lugar de paso donde estuvimos un día entero. De Sogndal habíamos partido la noche anterior en un autobús nocturno (bastante caro), que tras un largo recorrido por carretera y ferry nos llevó hasta la capital del país, Oslo.
La verdad es que quizás esperábamos algo más, pero Oslo es simplemente otra ciuda más. Moderna, eurpea, limpia, agradable para pasear, con una bonita zona portuaria. Pero carece de edificios de gran interés. Sólo el castillo, a la entrada del puerto, el palacio real y poco más son edificios llamativos, y éstos ni siquiera son de quitar el hipo.
Lo mejor de todo es poder pasear por la ciudad, disfrutar de las plazas y jardines que hay por ella, acercarse a la zona del puerto y sentarse en las terrazas.
Nos pasó un poco como en Bergen, que después de unas cuatro horas andando por la ciudad ya casi no sabíamos donde meternos. Más aún después de que habíamos pensado ir a ver el museo vikingo y nuestra amiga nos lo desaconsejó con vehemencia, diciendo que a ella personalmente la había desilusionado, por lo que hicimos tiempo hasta coger el trasnfer al aeropuerto y regresar a España.
Así que no me queda mucho más que decir. Simplemente, que habíamos disfrutado enormemente nuestra estancia en el país, y que las ciudades son bastante prescindibles. El que quiera ir a Noruega ha de hacerlo con la idea de disfrutar de la naturaleza, y no de la civilización. En éste caso, lo va pasar extraordinariamente bien.