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A través de los misteriosos caminos de Galicia
Escribe: julioprado
Como vivo en la bimilenaria ciudad de Ourense, recorrer Galicia es de lo más normal teniendo estos casi 28 mil km2. al alcance de la mano. Tengo completada la narración de algunos de mis viajes por esta comunidad que me apasiona; poco a poco iré agregando más recorridos para que se enamoren (los que vivan fuera y los de aquí que no salgan mucho de casa) y pongan a andar el motor de su capacidad de maravillarse en cada lugar visitado.
La ciudad es ese libro siempre abierto
Orense, España — miércoles, 8 de diciembre de 2010
Haremos de esta ciudad que nos arropa y atrapa un lugar común en plena calle, esa plaza cubierta de anuncios hipnotizantes, de cientos de ruidos retumbando en las fachadas, consignas añejas, malabarismos de amaneceres sonámbulos, esculpidos cuerpos femeninos que no se arredran en meterle el pecho a horarios imposibles y otros que se sacuden las mariposas azules de un ideario postrado en camas desvencijadas. Cada cabeza está llena de retos que fabrican la novedad sin saber aún a donde va el tiempo; viven aprisionados en la tapa dura del reloj digital que marca impasible este misterio, iniciado en el prólogo con un grito seco y que sólo tiene como objetivo ir al encuentro del epílogo, el reposo, la sombra.
Muy cerca del ocaso, escuchamos atentamente las voces sabias de los ancianos, quienes nos cuentan con detalle las viejas aventuras en la intrincada selva de miserias, de ropas maltrechas por balas y zarzas, estómagos con telarañas y del silencio como premisa en el frente de batalla, con el sólo deseo de alejar la muerte y regresar al pueblo para volver a frecuentar el bar de los sueños y jugar con los amigos la vespertina partida de dominó. Se trata, a fin de cuentas, de una infinita lista de recuerdos, de historias que podemos tener al alcance de la mano pero que se pierden en anaqueles polvorientos, alacenas apolilladas de achaques y olvidadas por los sordos del tiempo, los depredadores de memoria.No obstante, hay algunos rincones de esta ciudad que, si nos quedamos con la vista fija en el césped húmedo de un parque o en las cristalinas aguas del río, podemos trasladarnos a una isla desierta en la que dar rienda suelta a nuestras ansias, para saciarnos de naturaleza, quedarnos exhaustos frente al mar y vivir cada día con la esperanza de ver pasar un barco en el horizonte, que venga siguiendo el rastro de humo de una hoguera robinsoniana.
La ciudad es ese libro siempre abierto que leemos cada día desde el amanecer. En él podemos encontrar páginas enteras en las que la ficción es una trama enrevesada; otras nos llevan por caminos de tragedia, desamparo o soledad. En la segunda parte nos adentramos sigilosamente en un argumento repleto de aventuras y peligros; trozos de burla e hipocresía; sin embargo, como todo buen libro, en la línea menos imaginada nos sorprende un chispazo de humor, ironía e ingenio en el apartado especial dedicado a la comedia. Todo ello, mezclado de manera magistral, para tendernos la trampa y servir de anzuelo en este placer milenario que es la lectura, la calle, las páginas, la ciudad.
Hay libros voluminosos, inmensos como algunas ciudades; otros son como una ancha avenida, o como nuestra calle de un solo sentido; también existen los callejones, las calles ciegas, las plazoletas y otros en los que te pierdes sin saber si vienes o vas, si subes o bajas. Si hurgamos con meticulosidad de detective, siempre, en la ciudad y en los libros, encontraremos la metáfora que nos levanta de la cama, nos enfila hacia el trabajo y nos devuelve a casa por la tarde con una nueva historia que contar, un nuevo argumento para la cena compartida; aderezado con un río de imágenes, la libertad del pensamiento, el sentimiento unificado y la memoria desbocada que ya forma parte del gentilicio, de un modo de ser, de sentir y de estar.
En ese contexto, pasamos las páginas, andamos las calles, nos metemos en el personaje, con el ánimo de saborear bajo las ramas de un árbol invisible ese fruto que la memoria nos devuelve. Nos dejamos llevar para hacer de la rutina el aliento sobresaltado de esos seres anónimos que habitan en el cambiante paisaje de una ciudad que lucha por ser diferente, que quisiera no llegar a agobiar a quien la escribe, la transita y la convierte en parte de su sueño.
Ourense ha de ser siempre un objetivo, un destino y un propósito, sin ánimo de enmendar nada, sino de convertirla en testimonio de nuestro cotidiano aliento; ocupar cada uno el espacio que nos corresponde por derecho, y hacer de él nuestro mundo, nuestro oasis, nuestra locura en mitad de la exuberancia, la página diaria en el libro hecho con recortes de circunstancias, un collage de lluvia y sol en el que nada queda fuera del enfoque. Puede ser hoy mismo o un día cualquiera para sumergirnos en la aventura de la calle, de la lectura pausada en cada paso por la ciudad; convertir los sueños en escritura para no llevar en la mochila el ruido de los bares y las pintadas inútiles sobre paredes milenarias. Iremos saltando de página en página, como charcos a la largo de una calle tras el aguacero; daremos un paseo por esta realidad que muchas veces se nos parece a la ficción, en una mágica urbe que de tan literaria y novelesca siempre tendrá su página en blanco para los que asumimos el reto de describirla, contarla y caminarla con el lápiz, la mirada y el corazón.
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Capítulos de este diario
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1
En Ourense cada calle es un poema
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2
El año se refleja en cada esquina de la ciudad
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3
La ciudad es ese libro siempre abierto
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4
Una ciudad de piedra y agua
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5
Fiesta al calor de la naturaleza
O Carballiño, España | 12 de diciembre de 2010
En Orense...
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