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A través de los misteriosos caminos de Galicia

Escribe: julioprado
Como vivo en la bimilenaria ciudad de Ourense, recorrer Galicia es de lo más normal teniendo estos casi 28 mil km2. al alcance de la mano. Tengo completada la narración de algunos de mis viajes por esta comunidad que me apasiona; poco a poco iré agregando más recorridos para que se enamoren (los que vivan fuera y los de aquí que no salgan mucho de casa) y pongan a andar el motor de su capacidad de maravillarse en cada lugar visitado.

 

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En Ourense cada calle es un poema

Orense, España — miércoles, 8 de diciembre de 2010

A las puertas de este invierno que se nos antoja menos frío que lo de costumbre, vivimos y sufrimos angustiosas horas de brusca aceleración y caídas vertiginosas, de hielos inusitados, súbitas subidas de temperatura incitando a la siesta de sobremesa, inundaciones al sur y al norte, imperios que se desmoronan, bolsas que se resquebrajan al mediodía, grúas que se oxidan de olvido, fábricas de autos transformadas en inmensos estacionamientos, el virus del paro amenazando con volverse epidemia, manos extendidas y multiplicadas en las esquinas esperando la dádiva comprensiva, ceños fruncidos y saludos entrecortados; la soledad en medio de la barahúnda de calles, plazas y avenidas, y lo peor de todo, la libertad herida en mitad de la asfixia cotidiana. 

Son tiempos en los que hacer poesía llega a convertirse en un acto de fe, de heroísmo o incluso puede verse a los ojos del mundo como un trabajo creador de gran significado pero lejos de la realidad; otros, más acertadamente, dirán que es un intento sutil, pero apasionado, por descifrar el verdadero sentido del universo, de las cosas, de lo intangible, del alma humana, aun circulando en dirección contraria y exponiéndose a un choque frontal de resultados impredecibles.

El poeta de ciudad, en la búsqueda insaciable de la palabra, llega a sumergirse en el centro del enigma para encontrar la verdad, o al menos una parte importante de ella... aunque esa verdad haya de conservarla disimulada, en gran parte, porque sabe que hay circunstancias en la vida que si se analizan con verdadero sentido no tienen lógica. El poeta está consciente de sus limitaciones, pero también conoce su fuerza, su ímpetu creativo; nada le resulta imposible, porque todo puede transponerse por medio de una imagen o una metáfora. Asume su papel en el escenario de la vida de un modo muy particular, diferente a todos; experimenta sensaciones muy personales e intransferibles, que, sin embargo, pueden comunicar la potencia que emerge de las profundidades del alma. Quien se atreva a hacer poesía en esta encrucijada de circunstancias, debe conocer la magia de la alquimia, ha de aliarse con una utópica razón de ser y obligarse a transitar los espinosos caminos de la imaginación, la pasión y el riesgo. Con estas herramientas, reconvertidas en abstracto arado de sueños, trata de poner su semilla en fértiles campos de optimismo, ayudado por una fecunda comunicación consigo mismo, la oportuna lluvia de versos y la ilusión de quien sabe que tendrá una abundante cosecha en cada hoja y en cada rama de profundas raíces y troncos vigorosos.

El poeta deambula por la ciudad que le cobija y apasiona, con un amasijo de corrientes vitales bajo el brazo, sumergido en un río de emociones que colapsa venas y arterias; un territorio desbordado de motivos que le inspiran, imágenes teñidas de historia, piedras que hablan a ambos lados de la calle su lenguaje de siglos, cúpulas, filigranas, arabescos, naturaleza cantarina; todo un bagaje de sensaciones que  acrecientan su arraigado atavismo, el deseo de libertad incondicional, de la permanente tendencia a lo imposible; se vuelve albañil de verbos para construir oraciones que rocen el cielo, le interesa el conocimiento, saber cuántas paladas de adjetivos necesita y cuántos litros de emoción serán suficientes para llevar a cabo cada nueva tarea; se rige por el instinto, ama lo tradicional y lo moderno, admira lo teológico, lo polémico, lo frecuentemente lírico así como lo didáctico; es sentimental y duro en una sola jornada, siente adicción al símbolo, es espontáneo si las circunstancias lo exigen, excéntrico, nostálgico, alegre, triste o ensimismado, y siempre se nutre de una posibilidad esperanzadora que no doblega su espíritu.

Un poeta de ciudad puede ser un hombre solo, y la fuerza de esa soledad se reflejará en sus escritos, en cada estrofa, en cada nueva composición a la luz de la luna, en los signos de puntuación o en las precisas interrogantes; mas no debe verse como una desgracia ineludible o enfermiza, porque la soledad auténtica no consiste en el abandono o el olvido, sino en querer estar realmente solo, porque sí. Si fuera el caso, se apartaría del mundo, huiría a la montaña para convertirse en ermitaño, se encerraría en una cueva agreste y conviviría con los animales salvajes, se haría amigo del clima, adoraría todas las manifestaciones de la naturaleza, se bañaría desnudo en el río bajo la atenta mirada de los pájaros, educaría su oído para percibir los más inaudibles sonidos del silencio, se levantaría con el sol y bendeciría cada gota de lluvia; todo por conocer el día y convertirlo en motivo de su poesía en esa eterna búsqueda de mundos intangibles, paraísos insospechados, con su carga de nostalgia por un mundo anhelado, fuera de estas angostas dimensiones que percibimos.

Lo cierto es que, aun por muy falsa y tupida que sea la vida en esta selva de cemento, el alma del poeta de ciudad se ensancha ante nuevos descubrimientos; los ojos le llevan por caminos oníricos que le devuelven al origen y le conducen al encuentro consigo mismo; en cada recodo halla un nuevo motivo para pensar y escribir, porque el sortilegio de la poesía en Ourense se percibe en el aire, se inspira y llena los pulmones a plenitud y es ese himno que surge en la mente que quien la habita en su cotidianidad o del que la descubre una soleada mañana de domingo, y necesitaríamos un sofisticado instrumento para medir con exactitud la intensidad y la fuerza de ese manantial interno que brota con cada nuevo hallazgo o ese misterio que nadie sabe develar pero que está ahí, quieto, muy quieto, a la vuelta de la esquina, esperando, sólo esperando.

Sabemos que el poeta lleva la poesía en la sangre, pero cada verso tiene que salir a buscarlo allí donde sea preciso, y no ha de importarle el sueño, el hambre, el tiempo, la vida, el frío, ni las colas de parados, porque el poema, un pequeño riachuelo al principio, se convierte en una enorme catarata que, si no se atiende a su debido momento, acaba por inundar cada rincón del cerebro y anegar todos los campos de la creatividad y dejarlos improductivos por largo tiempo.Un hombre (o mujer) que vive en este valle atravesado de Miño y vestido de historia, es un (a) poeta de cualquier manera... En Ourense es imposible no serlo.

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