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A través de los misteriosos caminos de Galicia
Escribe: julioprado
Como vivo en la bimilenaria ciudad de Ourense, recorrer Galicia es de lo más normal teniendo estos casi 28 mil km2. al alcance de la mano. Tengo completada la narración de algunos de mis viajes por esta comunidad que me apasiona; poco a poco iré agregando más recorridos para que se enamoren (los que vivan fuera y los de aquí que no salgan mucho de casa) y pongan a andar el motor de su capacidad de maravillarse en cada lugar visitado.
El año se refleja en cada esquina de la ciudad
Orense, España — miércoles, 8 de diciembre de 2010
Hay marzos tibios asomándose al claroscuro de una vía histórica vestida de nostalgia, que pugna por sobresalir y volverse eco amoldado a las silenciosas fachadas centenarias, donde persiste anudada a la memoria de todos los antepasados. En lo alto descubrimos el vuelo cadencioso de las aves, las que pasan sobre las cabezas de los viandantes para ir de una a otra cornisa sigilosamente y demostrar su inconmovible reinado en los castillos de viento.
Hay caminos que llevan su humedad a cuestas como un abril de mil lluvias y horizontes despoblados. El río emite un bostezo de tedio y se une al caudal del sentimiento cuando el día, ya cansado, está a punto de caer sobre el mullido colchón del valle, y la brisa de la tarde hace su nido con efluvios silvestres para guarecerse en las copas de los árboles. Tenemos alamedas cantarinas que intentan imitar a mayo desde el amanecer, con sus balcones floridos a ambos costados y una explosión de geranios, rosas y madreselvas pintando de múltiples colores las paredes del encuentro. Hablan con la frente en alto, como tomando de las nubes la respuesta localizada en los pómulos hinchados anunciando la inminencia de la lluvia, que bendice las siembras con sus gotas y hace reverdecer los campos, pero que viene a romper la paz que se respira en las cuerdas cargadas de ropa ondeando libremente en todas las azoteas.
Por allí advertimos una inmensa avenida flanqueada por espigados algarrobos, como un junio ambarino anunciando la llegada del verano. Celebran con su danza la culminación de un ritual dedicado a la primavera, en medio de una profunda y cegadora luz que amenaza con engullir la noche poco a poco. Se les ve engalanados de verdor y alegres por haber dejado atarás los rigores del invierno. Si nos damos a la tarea de observar con detalle cada recodo, tendremos ante nuestra vista un paseo de bullicios permanentes, como un julio de feria con sus eternos resplandores.
Esta ciudad -lo sabemos los que la cantamos y amamos- siempre juega al misterio. Desde aquella mañana que la vimos por primera vez, los habitantes de Ourense quedamos alucinados, encantados por las bandadas de pájaros danzando a la caída de la tarde; fascinados con esos amaneceres en los que el sol inicia su círculo de aventuras transparentes. A nadie le es extraña esta urbe que muy pronto se vuelve parte de la familia y se deja querer como una niña buena. Todos los que se fueron anhelan regresar en el momento más oportuno y acariciar sin prisas todos sus recodos; amarla con la intensidad de una cascada y devolverle, de alguna manera, las bondades que ella provee al que llega de lejos con los bolsillos vacíos y el corazón rebosante. Agosto lo encontramos en aquella arteria llameante que nos sorprende a la vuelta de una esquina cualquiera y amenaza con abrasarnos en su fogata de treinta y un tórridos días que parecen no tener fin. Hay quienes, intentando huir del bochorno que les acosa, toman el camino de los montes para intentar refrescar la piel y el alma y observar desde lo alto a la vieja Auria, la ciudad de la gran metáfora.
Tenemos plazas como septiembres de algarabías infantiles, queriendo aprovechar cada minuto de calor que se extingue progresivamente y de vacaciones que tocan irremediablemente a su fin. Es sabido por todos que el mismo sueño los invade; que lo que vieron, oyeron y sintieron se esfumó como si despertaran de un largo sueño de tres meses. Que la contrariedad estuvo de paso durante la noche y les golpeó el rostro al amanecer para que se enfrentaran a la nueva realidad.
A Octubre lo podemos ver en una callejuela que intenta pasar inadvertida entre dos esquinas salpicadas de hojas. Ninguna vida es capaz de atarse al olvido. Ningún capricho de la eternidad sabe de los sobresaltos invisibles que suele causar el color terroso del otoño, ese viaje lento que luego se hace pozo interior y el gris se mete en los ojos sin permiso.
Hay un noviembre esperando en cada pasadizo cubierto de misterio y melancolía, por el que comenzamos a desfilar con atuendos invernales y mejillas inermes desafiando la bajada del mercurio. Se hace larga la sombra que atenaza el cuerpo de quien postra las palabras y guarda silencio mientras mira correr el mundo con la prisa de la soledad. Y allí tenemos al luminoso diciembre, titilando su alegría en todas las rúas importantes que han engalanado de alegre Navidad. Yo lo veo desde mi altura de habitante de esta mágica ciudad, mientras el quejido del viento alojado en las costillas intenta, en vano, profanar el santuario del optimismo que me embarga. Envuelto, vestido y revestido, estoy listo para avanzar decididamente con la mirada puesta en aquella playa de sueños, la merienda familiar en el parque de sombras y el sendero natural que, de tanto transitarlo, lo convertimos en testigo de nuestras huellas y cómplice silencioso de un rastro y unas señales particulares.
Es en los últimos días del año que lo vemos con otros ojos en su lecho moribundo e intentamos resumirlo en esa ecuación agónica que se desinfla irremediablemente. Respiramos su agonía y morimos un poco con él. Nos vemos en él y nos oscurecemos por las metas ignoradas y los proyectos inacabados. Quedamos sin ojos en medio de la tormenta. Volvemos a los días de abundancia,a los gritos para espantar los animales inoportunos, al calor forastero, a la túnica de la noche. Mustios, bajo la tiranía del desvelo, comenzamos a construir las últimas palabras, unciones, deberes en conjunto.
Se despide el año como un sueño que se fue. Tal vez venga alguna pesadilla con su sobresalto a contarnos la aventura que perdimos. Alguien intentará despertarnos, decirnos las cosas que quedaron pendientes, desearnos la salud con un trago, abrigar la taza de chocolate caliente, descubrir que estamos a la intemperie y que somos capaces de orientar el sol y las estrellas. Recordar el nombre de un caballo de la infancia, afinar la tonada mientras las ubres goteando leche prodigiosa representan la cosmogonía de nuestro origen. Resuelvo entonces verificar la hora y el clima, las raíces de un árbol que se extiende como una serpiente y la mirada de aquel perro que se fue a morir sobre la tumba de su amo. En todo caso, como el tiempo es nuestro y podemos usarlo según nuestras necesidades, saldremos a pasear bajo la misma luna, con el mismo firmamento iluminado de luceros, con abrigo, gorro y bufanda como una nueva piel y al encontrarnos en una calle cualquiera de esta ciudad que nos embriaga de júbilo, nos diremos al unísono con la alegría de siempre: Feliz Año Nuevo.
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Capítulos de este diario
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1
En Ourense cada calle es un poema
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2
El año se refleja en cada esquina de la ciudad
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3
La ciudad es ese libro siempre abierto
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4
Una ciudad de piedra y agua
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5
Fiesta al calor de la naturaleza
O Carballiño, España | 12 de diciembre de 2010
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