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Presentes de lucha, pasados de gloria: Un viaje a través del tiempo, la resistencia y la libertad

Escribe: osorojo
La mística y el sentir revolucionario de una Bolivia que resiste y construye. El impacto frente a esa maravilla que es el Lago Titicaca. La sensación de quedarse sin palabras en cada centímetro del magnánimo Cusco. Sus calles esconden una historia y una cultura riquísimas. Machu Picchu, qué más agregar. Sólo contemplarlo con ojos bien abiertos, corazones dispuestos a latir y alas desplegándose para volar. Un sinfín de imágenes junto a la persona que más amo en el mundo. Un...

 

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Al otro lado del río

Ollantaytambo, Perú — lunes, 2 de febrero de 2009

El inicio de la semana se conjugó con el "hasta luego Cusco". Se venía la gran caravana a Machu Picchu, con algunas estaciones previas. Recién para el miércoles a la noche estaba pronosticado nuestro regreso. La buena onda de Sonia que nos hizo sentir muy cómodos, al igual que la calidez del hostel no nos permitían dudar: las últimas noches cusqueñas las pasaríamos en Puquy Wasi. Guardamos los equipajes grandes en un cuarto, en tanto que la mochila de Maru y mi morral gris nos acompañarían en los días venideros, bien cargaditos.

Compramos en el Mercadito unos licuados mixtos y dos pedazos de bizcochuelo para desayunar andando. En la calle San Bernardo - en la sede del Instituto Nacional de Cultura - llegó un momento trascendental: sacamos la entrada a Machu Picchu para el día siguiente. Con el aporte inestimable de la ISIC, el total fue de 124 soles. Se acercaban grandes momentos en un viaje que los venía teniendo en altas dosis. Nos fuimos al Puente Grau, en donde debíamos tomar un bus a Chinchero, nuestro inmediato destino. Compré cuatro pilas AA para la digital con la firme idea de no quedarme descargado en ningún instante. En un increíble episodio, una señora empujó a Maru porque ésta la había rozado con su mochila. Deplorable actitud, muy extraña en alguien de estos pagos. Como en todos lados, hay excepciones a la regla.             
El día estaba esencialmente nublado y con ánimo de lluvia. Chinchero es un lugar muy tranquilo, cuyas ruinas se hallan en el medio del pueblo, a diferencia de Pisaq. La similitud con éste último radica en la feria que se lleva a cabo los domingos y que ocasionó que nuestra visita de lunes se hiciera prácticamente en soledad. Los impecables andenes (o terrazas, que tanto nos fascinan), el templo colonial sobre base incaica y los restos del palacio de Túpac Inka Yupanqui son los principales atractivos de esta ciudad, mezcla entre chinchudo y sincero. Una vez más, los espíritus de los osos se hicieron carne y mientras Maruchi contemplaba el paisaje sentada de piernas cruzadas, SeSe subía y bajaba terrazas hasta frenarse en un determinado punto, varios metros abajo de la Osa.

Pastores arriando ovejas, algún que otro perro ladrando, árboles a troche y moche generando una vegetación más que frondosa, el Vilcanota lejano y magnánimo, los osos que se vuelven a encontrar tras el descenso de Maru, juegan un poco, el sol arrecia unos minutos hasta que se viene una suave lluvia, subida de las que hacen sufrir a los gemelos (las quejas de la Osa se hicieron notar rápidamente al darse cuenta del panorama de escaleras) y había llegado la hora de almorzar. Luego de fallar en uno que no tenía más menú, nos metimos en otro sentándonos en un lindo y amplio patio donde comimos extremadamente barato.

La sopa y el segundo (Maru eligió pejerrey frito y el escritor un erróneo locro de pecho) por apenas 3 soles, incrementándose el costo debido a la birra negra de cuatro cincuenta. Nos encontrábamos sobre la calle en la que pasaban los micros a Urubamba, escala necesaria pre-Ollantaytambo, y en donde precisamente nos había depositado el primer carro. Charlamos con la señora del kiosco de la esquina, con quien certificamos si efectivamente teníamos que esperar "ahí" y enseguida nos subimos a uno, muy confortable, aunque con una contra recién descubierta al bajar: no nos había dejado en la terminal urubambina como suponíamos y como nos habían dicho los chinchudos sinceros. Así que hubo que meterle pata y caminar las cinco o seis cuadras que nos separaban de nuestro nuevo punto de partida.

El sol había vuelto animoso y los osos se motivaban, sabiéndose tan cerca de la prometedora Ollantaytambo. Compramos una aguita y unas galletitas, fuimos a los respectivos baños terminales (ya se vendrían los termales) abonando un sol cada uno y abordamos un mini bus poco antes de las cuatro de la tarde. Sin llegar a la hora de viaje, desembocamos en la plaza de entrada a Ollantaytambo. Un flaco se nos acercó a ofrecernos su hostel resaltando sus bondades, al tiempo que criticaba a los demás. No fue esa "fea la actitud" lo que nos hizo rechazarlo, sino sobre todo su tono extranjerizante. Fue una buena decisión, ya que el lugar que encontramos se puede calificar como superlativo.

Primer piso con balcones, habitación colorida con el rojo predominando y tres camas simples y principalmente la posibilidad de tener al río Patakancha (que divide al pueblo en dos partes: una de viviendas y la otra de carácter ceremonial donde se encuentra la plaza Mañay Racay) al alcance de una caricia. De fondo más lejano pero no menos imponente, el complejo arqueológico de Ollantaytambo. Este pueblo se encuentra a 78 km de Cusco y lo más impresionante del mismo es que mantiene una fisonomía inca en cada una de sus calles y en cada una de sus casas, lo cual genera la increíble sensación de "viaje en el tiempo" a una verdadera ciudad inca. Semejante teletransportación a lo que supo ser un complejo militar (además de religioso, administrativo y agrícola) sólo puede ser efecto de un hechizo. Y todavía no habíamos llegado a Machu Picchu.            

Entramos al complejo habiendo pisado hace unos minutos las cinco de la tarde. Con buena onda y pese a que teóricamente el lugar estaba cerrando sus puertas (pensábamos y en casi todos lados figuraba que hasta las seis permanecía abierto) nos dieron la bienvenida, agujereándonos el boleto no sólo allí, sino también en la parte de Pisaq (por lo menos en mi caso) donde la ausencia de agujero que ya conté había sido "superada" por un mamarracho con lapicera. Nos invitaron a volver al día siguiente sin necesidad de pagar nuevamente. Teníamos otros planes justamente para mañana y para el miércoles. Sin embargo, el enamoramiento que los osos empezaban a sentir por este sitio los hizo pensar en la posibilidad de una noche más aquí el miércoles y un despertar tempranero el jueves, antes del retorno cusqueño. La arquitectura ollantaytambense no sorprende desde el punto de vista de lo que veníamos observando, pero sí impacta por su magnificencia.

El cóndor gigante y acechante, las escaleras que van al templo del Sol (al no poder visitarlo debido al horario, quedaba una deuda que queríamos cobrarnos el jueves), las murallas, los graneros que se ven al otro lado de la montaña, los canales de agua, las piedras talladas (en donde el armado rocoso tenía estas características se rendía culto a los dioses), la leyenda fotografiada del inca que todos los 23 de diciembre aparece tomando agua de una fuente, el atardecer que siempre nos asombra y qué tal si nos tomamos una birra mirando al río. Caminamos un rato más admirando a este pequeño pueblo lleno de historia.

Pasé las fotos de la cámara a un CD en un cyber ya que se venía el Machu y no daba andar borrando ninguna de las 327 sacadas hasta allí. Todas, de alguna manera, valían la pena y merecían su conservación. Compramos unas cervezas chiquitas y unas papas fritas y nos fuimos para el hostel a cumplirnos el deseo. Se había venido la noche, luna y estrellas copaban el cielo y el eclipse de amor entre Maru y Sese se llenaba de vida, se llenaba de magia. Uno a esta altura sentía el deleite continuo, el extásis inconmensurable y una incapacidad alarmante por transmitir a palabras lo vivido. Quizás era cuestión, como hemos dicho en otras ocasiones de ensueño, de volar y de sentir. Suficiente como para que el alma rebose radiante de felicidad. Invadidos por descomunal mundo de sensaciones, salimos a cenar sin llegar a las nueve. Lugar cálido, hermosamente ambientado (estilo Copacabana), un horno de barro nos brindó una exquisita pizza con champignones.

La bebida fue una combinación clásicamente peruana: una Inka Cola y un Pisco Sour. Cada vez faltaba menos para el Coloso. La estación previa había resultado un oasis de placer. Había que intentar dormir bien y lo máximo posible. Necesitábamos toda la energía para llegar enteros a la gran aventura. Las risas venían sonando y en poco tiempo nomás retumbarían.

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