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Cielito lindo

Escribe: osorojo
El rincón más al Norte de nuestra América. Un lugar entrañable aún antes de llegar. Por su historia, llena de lucha y dignidad, por una cultura fascinante y unos vínculos maravillosos, sobre todo en los oscuros 70 donde México abrió sus puertas a tantos exiliados. Varios ejes a destacar: la capital, un monstruo imponente, altivo y encantador; la magia de San Cristóbal de las Casas; el paraíso playero de Zipolite. En esta intro, sólo ese anticipo. Que lo disfruten!

 

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Fuerza natural

Oaxaca de Juárez, México — jueves, 18 de marzo de 2010

Como en casi todas las mañana hasta aquí, el desayuno fue en el hostel de turno. En este caso, Oaxaca. La innovación que rompió con esa rutina viajera fue la ducha que clavé antes de partir a hacer las averiguaciones turísticas pertinentes a esta ciudad. La idea que había surgido, después de varios dimes y diretes, era la de ir a conocer las ruinas de Montealbán, ciudad fundada a finales del Preclásico tardío por los zapotecas (era la capital, además). Compramos unas aguas, cambiamos algunos dólares por pesos mexicanos (recomendación a los viajeros: cambien una importante parte de los billetes que se hayan llevado en el Distrito Federal), tomamos mezcal gratarola en diferentes negocios entonándonos un poco y entre pitos y flautas, ya se había hecho mediodía. Fuimos al punto oficial de Información Turística donde nos dieron los mapas correspondientes y luego atravesamos diferentes agencias de viaje donde consultamos qué excursiones o paseos había en general.

En una de ellas, sacamos los boletos a Montealbán (Nati y Maru ya habían garpado. Cuando voy a hacerlo yo, me aclara que no tiene cambio y me dice: "pagalo cuando vas a subir". El tipo no hizo la gran avivada - el boleto ya era mío - y hurgó hasta lo más profundo para conseguir el monto justo, que eran 40 pe, si no me equivoco). El bus salía de la calle Mina, entre Díaz Ordaz y Mier y Terán, a las 12:30. Con el tiempo justo, pasamos por un kiosco bar, repusimos aguas y compramos unas tortas para almorzar en el camino: dos Suizas para las chicas y una Choriqueso para el señor. El viaje no llegaba a la media hora en total - diez kilómetros nos distanciaban del sitio arqueológico - y durante el mismo se puede ir apreciando la fisonomía de la ciudad observada a cada minuto desde más arriba (salvando las diferencias, podríamos asemejar el paisaje a La Paz desde El Alto).

            En el ingreso a las ruinas propiamente dichas, nos cruzamos con una conocida de Maru, Nati Cosacov, que andaba por tierras mexicanas con una beca de la UNAM. Pagamos la entrada de 51 pesos (no pudimos hacer pasar la credencial de estudiantes locales) y en primer término, accedimos al Museo de Sitio. Luego de ese núcleo inicial donde se pueden visualizar algunos aspectos referentes a la cultura zapoteca, como sus textiles o su escritura (en gran parte logográfica, es decir, cada glifo representa una palabra de la lengua antigua), pasamos decididamente al andamiaje ruinoso.

No voy a ser tan descriptivo en esta ocasión porque no tengo los suficientes elementos como para serlo. Las fotos jugarán ese rol. Como reflexión, estas ruinas (que no estaban prefijadas en ningún croquis previo) me sorprendieron gratamente, son increíblemente inmensas, tienen altas vistas de la ciudad desde diferentes lugares, sus edificios se distinguen por letras en su gran mayoría y un árbol gigante donde, con Maru y bajo su sombra, dormimos una breve siesta. Algunas escaleras, Plaza de Toros imaginaria, los danzantes, inscripciones fabulosas y mientras Nati ya había acelerado hacia el bondi de vuelta a las 4 (ese era el horario que figuraba en el boleto, aunque nos habían dicho que era "flexible"), los osos se quedaron un rato más caminando, contemplando el paisaje y "aguantando" una breve pero intensísima lluvia, que sólo se detuvo al momento de nuestra salida. ¿Señales de los dioses? Parada en los baños, no hubo cafecito en el bar que ya cerraba, maquinita de golosinas (mantecadas y barrita de fresa) y un doble arco iris de puta madre. Ya casi eran las 5 y nos acercamos a la salida para tomarnos el bus de vuelta a Oaxaca. Allí, y con el retorno del agua, paseamos por el Mercado Benito Juárez (compra de cuadro para la casa de Ruben, Santi y Ricky) hasta que paró. Los amagues para tomarse un cafecito terminaron sólo en amagues, mientras hicimos las averiguaciones para irnos al día siguiente a Puerto Escondido, llamamos a los viejos (rebote contestador con mi madre) y con el tercer chaparrón de la jornada, metimos corrida al hostel y a otra cosa mariposa. Un rato de Internet, un par de matecitos y cerca de las 10 nos fuimos a cenar con Nati y dos mendocinas que se habían hecho amigas de la susodicha. Fuimos a un lugar a la vuelta del Zócalo (sobre Independencia?) y pedimos una orden de tacos, además de tortas para todos (la mía, de pollo).

Las oriundas de Mendoza partían en breve hacia el DF, Nati las siguió hasta el hostel y con Maru nos fuimos a una de las galerías alrededor del Zócalo, sentándonos a tomar algo. Salió un café capuchino para quien escribe y un impactante frappé capuchino para la compañera, quien una vez más logró sorprenderme por ese corazón vibrante y repleto de sensibilidad. Imágenes superpuestas que retrataban la diversidad de nuestra América: el mariachi cantando a viva voz con un señor en una mesa alejada, el plantón indefinido de los antorchistas, los chicos de la calle con toda su ternura de niños pero también con la tristeza que a uno le genera (no a todo el mundo, claro) el imaginar su trajín diario en un mundo tan indiferente como peligroso. Regresamos al hostel, movilizados internamente, y nos topamos con Natalia escribiendo en el patio. La dormida fue bastante rápida, a pesar de que hubo un paso por el baño, necesariamente exitoso tras la acumulación de días decepcionantes en ese plano.

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Últimos comentarios

Meskal dice:
Asi que conociste mi ciudad, me dá mucho gusto que te acuerdes de tantos detalles de ese viaje. Saludos cordiales.
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