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A través de los misteriosos caminos de Galicia
Escribe: julioprado
Como vivo en la bimilenaria ciudad de Ourense, recorrer Galicia es de lo más normal teniendo estos casi 28 mil km2. al alcance de la mano. Tengo completada la narración de algunos de mis viajes por esta comunidad que me apasiona; poco a poco iré agregando más recorridos para que se enamoren (los que vivan fuera y los de aquí que no salgan mucho de casa) y pongan a andar el motor de su capacidad de maravillarse en cada lugar visitado.
Fiesta al calor de la naturaleza
O Carballiño, España — domingo, 12 de diciembre de 2010
El bullicio pronto se hace dueño del entorno natural y las voces se vuelven eco en el camino polvoriento tras las huellas multiplicadas; el diálogo es la premisa entre los parroquianos, pero a veces, cuando la palabra se expulsa desordenadamente, el soliloquio viene a sustituir la plática amena y cordial hasta transformar las conversaciones en un estruendo abigarrado de sonidos ininteligibles.
A ambos lados del sendero, el humo que sale de las efervescentes cocciones, nos recuerda a algunos de nuestros sueños: se eleva armoniosamente hacia el cielo hasta convertirse en nada, aunque las decenas de ollas de cobre sobre una buena base de troncos incandescentes, aguardan en su interior el cefalópodo protagonista de la festividad, declarada de interés turístico nacional en 1992 y que ya tiene medio siglo de existencia. A aquel paraje de frescor y naturaleza desbordante acuden cada año más de setenta mil personas, porque para muchos, este día especial, más que una fiesta, es un reencuentro, un hallazgo tras la ausencia, un abrazo retenido en el recuerdo, y el visitante camina muy despacio, casi contando los pasos, observando a todos los que se cruzan con su lento paseo, en la búsqueda de unos ojos familiares, una sonrisa conservada en el archivo de la memoria, un rostro de facciones determinadas; aunque también reserva una dosis de su mirada para impregnarse de la benevolencia campestre y dejar que penetre por todos los poros del alma, y se vaya a través del torrente sanguíneo hasta llegar al corazón, de donde irá sacando pequeñas porciones cada vez que las necesidades se hagan presentes en la ventana de la morriña.
El visitante está allí, en medio de la muchedumbre, disfrutando de todo lo que abarca su mirada de sapiente escrutador en esta fiesta matinal; se detiene al ver un grupo de mujeres y hombres de arraigadas costumbres, que lucen sus mejores galas y caminan exhibiendo zapatos recién estrenados, además de vestido y blusa en perfecta combinación femenina, y pantalón y camisa de tonos ocre, gris o azul de ancestral masculinidad. Los más jóvenes no atienden a tradiciones y llevan bermudas, camisetas con frases llamativas, gorras o sombreros, cómodas zapatillas y lanzan el piropo de costumbre al cruzarse con jovencitas de moderno atuendo, minifaldas y escotes con su especial centro de atención, piercins en nariz y orejas, pañuelos al cuello, pulseras repetidas en ambas muñecas, en contraste con los habituales labios carmesí iluminando los rostros juveniles.
A la hora señalada, los asistentes al fastuoso “banquete” se arremolinan en grupos alrededor de las enormes calderas hirvientes, para “probar” el delicioso manjar marino, aderezado con el oro líquido del sur, el rojo polvo ardiente de la huerta pueblerina y el blanco “sabor de los sabores”, salvado de las aguas como un Moisés, para ser rey y señor en la mesa sibarita. “Proben éste que é o mellor”, dice una gorda con cara de bonachona, que muestra dos rojizas tajadas en la punta de un palillo, con la intención de que los que por allí deambulan, al “catar” la firmeza y sabor del molusco que cocina con especial dedicación, le compren la indispensable ración para xantar en familia, porque ese día, aunque se pueda saborear una buena carne ao caldeiro, empanada, un churrasco jugoso con los típicos chorizos o unas sardinas asadas a fuego lento, el pulpo no ha de faltar en las rectangulares mesas esparcidas bajo los toldos, y tampoco sobre los manteles que muchos prefieren para degustar el menú de este domingo especial sobre la verde hierba del parque.
Después de una prueba tras otra a lo largo de las hileras de expendedores, el viajero elige su ración en el puesto que le parece más apetecible, aunque la elección se dificulta ante tanta calidad y gusto exquisito, porque todas las vendedoras son (o dicen ser) de Arcos, el emblemático pueblo carballiñés cuna de las mejores pulpeiras del mundo y “sus alrededores”.
Acompañados del plato rebosante de rojo manjar, pan de Cea (el perfecto compañero del pulpo) y la consabida botella de vino (si es una de Ribeiro, mejor), las familias y amigos van ocupando uno a uno su lugar en la mesa colectiva o se dejan caer sobre la hierba a la sombra de un roble centenario, para dar rienda suelta a su apetito, hasta que la madera, brillante por el aceite, queda al descubierto, el estómago satisfecho y el cuerpo con ganas de cumplir con el sagrado ritual de la siesta, teniendo de colchón una inmensa alfombra verde, por techo un cielo limpio y azul, y lo que viene a completar la perfecta armonía en este ambiente fiestero: las notas de una gaita melodiosa, que convierten al parque ferial en un gran escenario natural, en el que, una vez al año, se mezcla gastronomía, hermandad y folclor, con la magnificencia de esas setenta hectáreas de naturaleza viva, que en este día señalado nos presta su morada, para que disfrutemos sanamente de esa “Festa do pulpo” que en O Carballiño se celebra cada segundo domingo de agosto desde 1963, aunque la historia cuenta que la primera fiesta dedicada a este exquisito manjar marino data del siglo XVII, cuando los monjes del monasterio de Oseira decidieron poner a la venta los cientos (tal vez miles) de kilos que los arrieros, procedentes de la costa gallega, venían a cambiar por productos agrícolas de la zona, como patatas, maíz, tomates, centeno, pimientos, etc. Parece que casi todas las fiestas gastronómicas que se celebran en Galicia tienen un origen religioso, y es esta, especialmente, a la que en cuerpo y alma, los visitantes llegados desde América, Europa o de otras comunidades españolas, acuden religiosamente cada segundo domingo de agosto, como si se tratara de un peregrinaje ineludible.
El inmenso parque, el ambiente, la moderna villa, el clima, la hospitalidad carballiñesa, y especialmente el inconfundible sabor del pulpo á feira, son el principal atractivo de esta urbe que ese día ve multiplicada por cinco su población habitual y que año tras año va en aumento la cantidad de visitantes que hacen un hueco en su agenda, para no perderse esta significativa fiesta dedicada a un producto del mar, aun cuando a esta villa la separan ochenta largos kilómetros de la costa más cercana. Ya lo dice el refrán: “para pulpo, carne, pan e viño: O Carballiño”.
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Una ciudad de piedra y agua
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Fiesta al calor de la naturaleza
O Carballiño, España | 12 de diciembre de 2010
En O Carballiño...
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