Ante la gran expectativa de mi hijo, (6 años) de conocer las ballenas Jorobadas “Yubartas” y la selva Chocoana, iniciamos nuestro viaje desde la ciudad de Bogotá D.C., para evitar conexiones entre Empresas de aviación, optamos viajar por SATENA, que viaja a Nuquí, con escala en Quibdó. En esta oportunidad nos cambiaron el itinerario de viaje a última hora, haciéndonos madrugar (03:00) y con escala también en Medellín, en Aeropuertos transcurrió todo el día para llegar a Nuquí, la única ganancia fue disfrutar de los moritos del Astor.Hay otras alternativas de viaje a Nuquí, se puede viajar hasta Medellín o Quibdó, y hacer conexión con Empresas de Aviación (SEARCA – ADA) que hacen Chárter hacia Nuquí, situación que tiene el inconveniente de que si se presenta un retraso en alguno de los itinerarios se puede perder el vuelo.
Aconsejo, si escogen esta forma de viaje, que en la programación dejen un margen prudencial de tiempo entre vuelo y vuelo, así evitan inconvenientes y angustias.A nuestra llegada, por fin, a Nuquí, nos esperaba un compañero de trabajo, Natan, que afortunadamente nos tenía todo coordinado para el desplazamiento por lancha hacia el lugar de destino, NAUTILOS, que queda a unos cuarenta y cinco minutos de Nuquí. Aproximadamente a los quince minutos de iniciar el viaje, siendo como las 15:30, la mejor bienvenida, el primer avistamiento de una ballena con su ballenato, quienes nos acompañaron parte del recorrido, momentos que iluminaron y desaparecieron la cara de cansancio y desespero de mi hijo, por las largas esperas en los aeropuertos.
Al llegar, nos estaba esperando July, la Administradora de Nautilos, quien gentilmente nos tenía reservada el segundo piso de la cabaña con una vista al mar espectacular, se estableció una energía especial desde el primer momento entre July y mi hijo, empatía que suscito posteriores momentos especiales. Tuvimos apenas tiempo de cambiarnos de ropa para compartir la primera caminata hacia la cascada del amor, lugar que tiene su encanto por la temperatura baja del agua y su proximidad a la costa, en el camino de regreso entre arena y rocas, percibía en mi hijo, la atracción hacia las olas que golpeaban las rocas parcialmente sumergidas entre agua y arena, no resistiendo su ansiedad lo deje ingresar al mar, su felicidad y risas entre cada revuelta que le daban las olas, ilumino y engrandeció el rojizo atardecer, que anunciaba el fin del primer día.