Indios Chocoes en el río Chagres

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COMUNIDADES PRECOLOMBINAS A POCO MÁS DE UNA HORA DESDE CIUDAD DE PANAMÁJorge Juan Collantes Núñez"¡De repente, es como meterse en un documental de National Geographic!". Ésta, u otra expresión...

 

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Capítulo 1

Indios Chocoes en el río Chagres

Nuevo Chagres, Panamá — viernes, 8 de junio de 2007

COMUNIDADES PRECOLOMBINAS A POCO MÁS DE UNA HORA DESDE CIUDAD DE PANAMÁ

Jorge Juan Collantes Núñez


"¡De repente, es como meterse en un documental de National Geographic!". Ésta, u otra expresión similar, sería la que exclamaríamos al disfrutar de la inolvidable experiencia de visitar cualquiera de las distintas culturas indígenas que todavía viven en Panamá.

Las investigaciones llevadas a cabo por el Dr. Richard Cooke, del Instituto de Investigaciones Tropicales del Smithsonian, señalan la presencia de grupos humanos en Panamá hace más de 10.000 años y que muchas de las relaciones, tanto biológicas como culturales de estas primeras comunidades humanas, se mantienen en la actualidad. La sencilla, pero fascinante vida de estos grupos étnicos, ha variado muy poco desde que Cristóbal Colón visitase Panamá, en su cuarto viaje a las Indias Orientales, un 10 de octubre de 1502.

Al llegar los españoles a estas tierras se encontraron un territorio con una alta densidad de población que algunos investigadores se atreven a cifrar en casi un millón de habitantes. Este número es realmente significativo si se tiene en cuenta que en la actualidad, cinco siglos más tarde, la población panameña apenas sobrepasa los tres millones de personas.

Aunque la cultura chocoe se asienta en la región de la Selva del Darién, próxima a la frontera con Colombia, no es, sin embargo, la tierra originaria de estos indios. Tras el exterminio sufrido por los lugareños de Darién por parte de los conquistadores, este área fue ocupada por los Indios Kunas durante el siglo XVI. A lo largo del siglo XVIII, los españoles se sentían amenazados por estas tribus kuna en sus expectativas de colonización. Los conquistadores organizaron un "ejército de choque" formado por indios procedentes del Chocó colombiano quienes, armados con cerbatanas y dardos envenenados colaboraron en la "reducción" de la población kuna en Darién, asentándose los chocoes en su actual ubicación.

Los indios chocoes se dividen en dos grupos: los Emberá y los Wounan. Ambos comparten la misma historia y cultura.  Sin embargo, aunque su sistema de comunicación es muy similar, las diferencias lingüísticas propician el no entendimiento entre ambos grupos.

Cuentan historias locales que un indio llamado Leguisamo decidió emigrar, allá por la década de los 70 del siglo XX, desde lo más profundo de la Selva del Darién a la Ciudad de Panamá, en busca de mejores oportunidades para vivir. La decepción fue enorme al llegar a su soñado destino y encontrarse con una "selva" de cemento, caminos de asfalto, y modernidad incomprensible. Fue objeto de burlas por su manera de vestir, hablar,... Decidió volver a su auténtica selva de origen y, al poco de emprender su viaje de regreso se encontró con un conocido que le habló de una zona selvática muy parecida a la de Darién, que no había sido habitada por nadie y a la que se llegaba por la antigua ruta del Camino de las Cruces, camino utilizado para transportar, a lomo de mula, el oro proveniente del Perú para embarcarlo en el Caribe rumbo a España en la época colonial.

Al llegar a la Rivera del Río Chagres, se dio cuenta de la riqueza de este paraje por lo que decidió volver a Darién, pero para trasladarse con su familia e instalarse en ese nuevo lugar. Desde entonces hasta hoy, una auténtica comunidad Chocoe-Emberá, a poco más de una hora de viaje desde la capital, nos permite imbuirnos en su sociedad ancestral.

Nuestro viaje comienza a primera hora de la mañana cuando la furgoneta de nuestro operador turístico nos recoge en la puerta del hotel donde nos alojamos. Son muchos los operadores que ofrecen esta excursión que incluso puede ser contratada desde las agencias de viaje situadas en los lobby de diferentes hoteles.

Tras poco más de una hora de viaje llegamos a orillas del Río Chagres, en las proximidades del Lago Alajuela. En este punto, un indio chocoe, ataviado con un simple taparrabos, nos espera junto a su largo y estilizado cayuco de madera impulsado por un pequeño motor fueraborda. Su sección cilíndrica nos puede hacer desconfiar de su estabilidad y la idea de irnos al agua nos sobreviene. Nada más lejos de la realidad. Conviene sentarse abordo, relajarse y disfrutar de una travesía río arriba rodeados por selva.

Los bosques lluviosos del Parque Nacional Chagres generan más del 40% del agua que utiliza el Canal de Panamá para su normal funcionamiento. Estas grandes extensiones selváticas actúan como una gigantesca esponja que recibe las fuertes precipitaciones durante la época de lluvias, protegiendo los suelos de la erosión, evitando la excesiva sedimentación de los lagos y devolviendo gran parte de esa agua retenida a los cursos fluviales.

Es importante señalar que para el funcionamiento normal del Canal es necesario mantener los niveles de agua ya que cada barco que atraviesa las esclusas necesita en torno a 52 millones de galones (unos 197 millones de litros) de agua dulce que no son recuperables.

El Río Chagres fue conocido en época colonial como el "río de los lagartos" por la abundancia de cocodrilos que lo habitan. Su escarpada topografía aparece tapizada por densos bosques en los que se desarrollan más de 1180 especies de plantas con numerosas especies endémicas. Su fauna es notable, con 638 especies de vertebrados terrestres, siendo 351 aves.

A nuestra mente nos vienen imágenes de exploradores, de películas de la selva, de documentales naturalistas. Nuestro sueño de aventura comienza a hacerse realidad. Tras una singladura de unos 25 minutos a bordo de nuestra piragua motorizada, donde sólo hemos podido percibir los colores azul cielo y verde selva, arribamos a un embarcadero consistente en un saliente de tierra embarrada donde encallar la proa de la barca y un par de troncos para amarrarla. Indios Emberá nos esperan para ayudarnos a desembarcar del cayuco sin que pongamos el pie donde no debamos e irnos al agua.

De repente la realidad acaba por transformarse: nos encontramos dentro de una auténtica tribu de indios en plena selva. Mujeres ataviadas con coloridas telas a modo de pareo sobre sus caderas, muchas de ellas con el torso descubierto con la mayor naturalidad, y hombres con un sencillo taparrabos nos brindan una amigable sonrisa, orgullosos de poder compartir con nosotros su más valioso legado cultural.

El poblado está dispuesto longitudinalmente, con sus cabañas dispuestas a ambos lados de una "calle" central. Estos indios siguen viviendo en sus Tambos, como se denominan sus chozas, con un suelo de madera construido de forma elevada sobre troncos, y resguardadas de las inclemencias por tan sólo una techumbre de hojas de palma. Muchos de ellos sólo hablan Emberá, pero aquellos que hablan castellano se afanan a compartir su historia, su cultura, creencias, educación, su forma de vida,...

Algunos indios han decorado sus cuerpos con un vistoso colorido realizado a base de una mezcla de pigmentos y ceniza. Sus colores son el azul, rojo y negro. Te ofrecen pintarte como ellos. Merece la pena hacerlo.

Es impresionante observar los cestos tejidos por las mujeres, que incluso pueden llegar a tardar más de un día en su elaboración. O las impresionantes tallas en madera de Cocobolo, una madera preciosa autóctona del bosque lluvioso.

Pero, lo más impactante son las pequeñas esculturas realizadas en la semilla de Tagua. Estas semillas, cuando están tiernas, son comestibles. Antes de madurar, las semillas están llenas de un líquido o de una pasta aguada que después se endurece y la semilla adquiere la consistencia y el aspecto del marfil. No en vano se le conoce a esta semilla como "marfil vegetal".

A la hora del almuerzo, los Emberá nos muestran su hospitalidad compartiendo con nosotros su alimento más típico: pescado del río frito con patacones, unos plátanos verdes también fritos, servidos en una hoja de bijaó o banano.

Llega la hora de compartir el baile, todo un canto a la preservación de sus tradiciones y costumbres ancestrales. Hay que señalar que no es un espectáculo. Ellos viven así, por lo que compartir con ellos la danza es un lujo inolvidable.

Después de comer, un paseo entre la maleza selvática, al más puro estilo "Indiana Jones", permite disfrutar del silencio de la jungla, roto en ocasiones por el vuelo de un ave, el graznido de un pájaro autóctono o los gritos de los monos aulladores. Observar el denso bosque, observar la vida salvaje, bañarnos en el río,...

A media tarde embarcamos en el cayuco que nos devolverá a la selva de cemento. De camino al hotel, con la cara pintada, no podemos evitar comparar la vida moderna, con todos sus adelantos,con la sencillez de vida de los indígenas. Es normal preguntarse quién es, en realidad, el más civilizado: el indio o el hombre moderno. Después de esta visita, yo no logro encontrar la respuesta.

Fotos: Jorge Collantes. OLYMPUS E-500, ópticas 14-45 mm y 45-150 mm.


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