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Mississippi: el río que teje historias
Escribe: Naveganteinfinito
Como todo gran cauce, el Mississippi resulta un mito. Por la cultura que se desarrolló en sus riberas y también por los mitos y leyendas que se tejieron alrededor de sus aguas. Como testigos de su época de esplendor quedaron las mansiones sureñas, las aventuras de Tom Sawyer, el buen jazz y enormes barcos a vapor, que aunque son réplicas, navegan tan bien como puede hacerlo un mito.
La reina del río: Nueva Orleáns
Nueva Orleans, Estados Unidos — martes, 2 de marzo de 2010
Es una ciudad de un nombre y varios sobrenombres: a Nueva Orleáns se la llama Crescent City, la ciudad de la Medialuna, Sin City, la ciudad del pecado, y The Big Easy, por su ambiente relajado. Francesa en un mar de angloparlantes, católica entre vecinos protestantes, “extranjera” en su propio país por tantos años, la ciudad es cuna del jazz y de un carnaval único en su tipo, el mardi gras, tiene su propia comida creole y es reputada por un acento local que ya tiene visos de dialecto. No es casualidad que tanto cosmopolitanismo llame la atención: la ciudad fue fundada como parte del proyecto francés de fundar un imperio en América, pasó a manos españolas, fue devuelta a Francia y acabó vendida, junto al estado de Louisiana, a los Estados Unidos. Con sus dólares, Washington compró también una cultura mulata, polirracial, tolerante del vicio, nada puritana y suavemente etílica. Es el mundo de Lestat el Vampiro y también el del joven delincuente juvenil Louis Armstrong.
“No sabes lo que significa extrañar Nueva Orleáns”, dice una vieja tonada popular. Es que hay mucho para ver: el Barrio Francés –con su plaza de armas española–, las mansiones sureñas del distrito Jardín, la relajada amabilidad de sus gentes y la sordidez barata de Bourbon Street, los pantanos, el increíble zoológico del parque Audubon.
Por momentos, todo parece demasiado armado para el turismo: hay muchos negocios de chucherías de baja calidad; el jazz parece, por momentos, un sonido folclórico que se quedó en el tiempo; el vudú, motor oculto de muchos cambios en esa sociedad, también produce todo tipo de souvenirs. Pero la ciudad tiene mucho más que ofrecer, hay corrientes escondidas que, a veces, asoman a la superficie, en alguna esquina perdida del límite del Vieux Carré, en la enésima vez que la Preservation Hall Jazz Band toca una versión magistral de “Cuando los santos vienen marchando”, en la maravillosa placidez de Algiers.
Una historia a cada paso
Probablemente haya pocas ciudades en el mundo que ostenten un pasado tan complejo y contradictorio como Nueva Orleáns. Por otra parte, al caminar por sus calles se tiene la impresión de que todos esos sucesos tuvieron lugar en una especie de presente continuo que puede palparse en cada uno de sus rincones. A pesar de algunos rascacielos modernos que afean el paisaje, Nueva Orleáns, con su orgullo de dama sureña, su maravilloso tranvía, sus enormes mansiones de resabios esclavistas y la competencia entre las arquitecturas coloniales española y francesa, resuma historia en cada una de sus esquinas.
Un día de mardi gras del año 1699, una pequeña expedición francocanadiense ancló en la desembocadura del Mississippi para explorar y colonizar ese nuevo territorio, virgen y pantanoso, al que llamaron “La Louisiane”, en homenaje a Luis XIV, rey de Francia. Durante los años siguientes, la expedición construyó avanzadas y fortificaciones a lo largo del río, hasta que, en 1718, se consideró necesario establecer una población permanente para convalidar el dominio de Francia sobre esa región, codiciada por los ingleses y los españoles. El francocanadiense Jean Baptiste Sieur de Bienville escogió el mismo territorio donde hoy descansa la ciudad actual y decidió nombrarla en homenaje a Felipe, duque de Orleans, quien en ese momento gobernaba Francia como regente del joven Luis XV. Cuenta la leyenda que Bienville prefirió utilizar la forma femenina del adjetivo –dándole a la ciudad el nombre de “Nouvelle Orléans”– porque el duque acostumbraba a vestirse con ropas de mujer.
En 1754, la vieja disputa entre Francia e Inglaterra sobre la división de los territorios del norte de América provocó la conflagración conocida en Europa como la Guerra de los Siete Años, que los norteamericanos llaman pintorescamente Guerra con los franceses y los indios. A pesar de haberse aliado con España, Francia fue derrotada, y en 1763 le cedió a Inglaterra la mayor parte del Canadá y Ohio. Nueva Orleáns no estaba incluida en el paquete. Un año antes de la rendición, Luis XV la cedió a su primo, el rey Carlos III de España, en el tratado secreto de Fontainebleau. En los pocos años que duró la dominación española, la ciudad tuvo que soportar los vaivenes de la política internacional (nada menos que las revoluciones francesa y estadounidense) y la violenta oposición de los aristócratas locales de origen francés. En 1800, Napoleón obligó a los españoles a devolver Louisiana a Francia. Thomas Jefferson, presidente de los Estados Unidos, preocupado por la libre navegación del Mississippi, estuvo a punto de entrar en guerra con el país europeo. Pero a último momento surgió una solución mucho más viable: le propuso a Napoleón comprar la ciudad, junto a las orillas del río. Napoleón, necesitado de fondos para financiar su propia guerra con Inglaterra (y seguro de perder en caso de una guerra), redobló la apuesta: le vendía a Jefferson la totalidad de la colonia de Louisiana.
El 29 de abril de 1803 los norteamericanos le pagaron a Francia 11.250.000 dólares por Louisiana, y al mismo tiempo, condonaron 3.750.000 de deuda externa de Francia, lo que cotizaba el territorio en quince millones. De esta manera, la ciudad de Nueva Orleáns pasaba a formar parte del tercer imperio de su historia.
Con corazón francés
El Vieux Carré, o Barrio Francés, es el corazón de Nueva Orleáns y, también, el lugar donde esos vaivenes históricos pueden palparse y casi revivirse a través del hechizo de sus calles y sus edificios coloniales. Un rectángulo de poco más de setenta manzanas, el Vieux Carré se extiende a lo largo del río Mississippi, en el preciso lugar donde los franceses se instalaron por primera vez en 1718 y los crèoles (hijos de colonos franceses y españoles), con sus ejércitos de esclavos, construyeron sus primeras mansiones, la catedral, el mercado, la ópera y los teatros.
En la actualidad, el Vieux Carré es un distrito residencial que combina negocios de todo tipo con casas construidas según el estilo arquitectónico del siglo dieciocho. En pocas cuadras se puede pasar de la calma fresca de un patio colonial con resabios hispánicos a los sórdidos shows de strip-tease de la calle Bourbon (que, por otra parte, es la única que tiene letreros de neón en todo el barrio).
Jazz
El museo de jazz de Nueva Orleáns lo dice con absoluta claridad: el jazz es un invento de esta ciudad. Por otra parte, uno de sus habitantes, de nombre Ferdinand Joseph Lamothe –más conocido como Jelly Roll Morton– aseguró siempre que él mismo inventó el jazz, en 1902. Para esa época, Nueva Orleáns era una ciudad portuaria importante, y los elementos franceses, españoles, crèole y norteamericanos nativos se amalgamaban, hombres libres de color, tanto africanos como colored creoles, o criollos de color. Estos tenían una posición social apenas más baja que la de los blancos; eran profesionales educados y exitosos, vivían en agradables vecindarios del centro de la ciudad, hablaban tanto francés como inglés y, en algunos casos, ellos mismos poseían esclavos. Tenían su propio teatro de ópera y entre ellos había músicos entrenados en técnicas europeas, que a veces les enseñaban esas técnicas a sus primos menos privilegiados que vivían en los barrios más apartados: ex esclavos, de educación deficiente, que habían sido liberados después de la guerra civil. Pero estas personas también tenían su propia música, un estilo mucho más rústico, derivado de los ritmos africanos y de las formas folklóricas y con mucha improvisación simple. Por otra parte, comenzaban a llegar las bandas de bronces, originadas en la tradición militar, que eran contratadas para funerales pero también para bailes al aire libre y campañas políticas.
El flujo de inmigrantes mexicanos traía consigo una atmósfera española. (Jelly Roll Morton, que era un criollo de color él mismo, expresaría más tarde que no se podía tener verdadero jazz sin ese “tinte hispánico”). El catalizador de todos esos elementos fueron dos leyes creadas por políticos blancos. En 1894, Nueva Orleáns anuló su propia historia de tolerancia racial al aprobar el código Jim Crow que definía a los criollos de color como negros y que dictaminaba que fueran trasladados a los vecindarios segregados del norte. De pronto, las dos tradiciones de música negra de la ciudad estaban, a la fuerza, mucho más cerca que antes. En 1897, en un esfuerzo por “limpiar” los barrios, se creó una zona de cuarenta manzanas para la prostitución legalizada. Este distrito, llamado Storyville –ubicado en el Vieux Carré– se llenó de casas de citas que requerían “música de fondo”.
Los blancos de clase alta no ensuciarían su arte en tales sitios, así que los músicos afroamericanos de la ciudad, tanto criollos como esclavos liberados, pudieron encontrar trabajo fijo. Mientras tanto, las bandas de bronces, muy utilizadas en los funerales, comenzaban a crear la tradición de tocar una música mucho más animada y jovial en el camino de regreso, sentando las bases de la polifonía y la improvisación grupal. Ya para 1917, un grupo de blancos de New Orleans denominado The Original Dixieland Jass (sic) Band grabaron un disco en Nueva York. Ahí empezó un asunto que siguió con las figuras paradigmáticas de Louis Armstrong (hijo dilecto de New Orleans) y Sidney Bechet, hasta el brillo neoconservador del clan Marsalis. Hoy, el jazz en New Orleans es omnipresente y prácticamente inevitable.
Mississippi se explora idealmente de región a región: norte, centro, sur y costa del Golfo de México. Además puede elegir un tema para su viaje a lo largo de una de las rutas históricas del estado.
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Publicado el 2/mar/2010, 16.31 |
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Últimos comentarios
fabiosaja dice:
Buenisima la nota, viajare y la usare.
Publicado el 24/nov/2011, 00.15
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Capítulos de este diario
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1
Mississippi: el río que teje historias
Estados Unidos | 29 de mayo de 2005
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2
La reina del río: Nueva Orleáns
Nueva Orleans, Estados Unidos | 2 de marzo de 2010
En Nueva Orleans...
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