En primer lugar, Neuquén ciudad es nueva. Nada de construcciones de principios de siglo XX. Todo más bien del desarrollismo en adelante, siguiendo la explotación del petróleo y el gas.
Por otra parte, está emplazada en plena meseta patagónica. Árida. Si bien el río Limay puede ser muy caudaloso, el Valle de la Confluencia sólo parece insinuarse a los ojos de quien vive en la pampa húmeda.
Zona próspera, llegamos en un vuelo repleto. Pocos NyC (nacidos y criados) hay en Neuquén, y los vuelos de ida y vuelta siempre están llenos.
Nos ubicamos en el hotel Comahue (bien setentista) y pronto salimos a cenar. La ciudad es relativamente chica y baja, sólo algunos edificios despuntas aquí y allá.
El día siguiente también hicimos foco en el centro, moviéndonos a pie en un lugar donde predominan los autos. Muchos trabajan en Neuquén, pero viven en Cipolletti o en otros lugares de las afueras. El transporte público es escaso y el único puente se abarrota. Con todo, es una ciudad apacible, comparada con la locura de Buenos Aires y hasta de otras ciudades como Rosario o Córdoba.
Como único paseo, fuimos por la avenida de la costa a una suerte de parque público sobre el río Limay. Si bien no podía dejar de pensar en la aridez del paisaje, sí era notorio lo abrumadoramente natural del entorno. Lo cristalino del agua, lo agreste de la orilla, con sus árboles y matorrales... Y la meseta de fondo, como un paredón recto y prolijo.