Situada en la orilla norte de la isla de New Providence, Nassau, la capital y principal puerto de las Bahamas, es un centro turístico mundial. Conocida por su agradable clima, sus hermosas playas y su vegetación tropical llena de color, Nassau sobresale como destino turístico para el descanso y la diversión.
Aparte de los atractivos naturales de la ciudad, hay una serie de puntos destacados, incluidos un par de fortines del siglo XVIII, la sede del gobierno del siglo XIX y la catedral de Christ Church. Los jardines Ardastra, con sus curiosas plantas tropicales; los jardines marinos locales; y Jumbey Village, una reproducción de una comunidad de las Bahamas del siglo XVIII, son también conocidas atracciones.
En Bay Street se encuentra uno de los principales centros de venta libre de impuestos del mundo.
Al entrar en Nassau (que debe pronunciarse Naso si pretende evitar que todos le miren como a un oligofrénico) es común pensar que se está en una ciudad colonial provinciana levantada al gusto inglés. El puritanismo protestante, tan soso en su arquitectura, se ha suavizado a base de pintar las paredes de las casas antiguas en blanco y rosa como si fueran un helado de nata y fresa, pero los escasos elementos ornamentales pertenecen al más puro estilo simplón que allí se cultivó en los trescientos veinticinco años de dominación británica.
Como el noventa por ciento de la población es de raza negra (gracias a la inestimable ayuda de los antiguos colonos ingleses, que trajeron multitud de esclavos a sus plantaciones), la guardia está formada en su totalidad por jóvenes negros que visten el mismo uniforme utilizado por el antiguo ejército colonial británico en Hong Kong, Nairobi o Nueva Delhi, incluido el salacot adornado con banda de seda roja, un chaleco de piel de leopardo (auténticamente sintético) que recuerda la guerra de los bóers y un enorme reloj de oro en la muñeca muy del gusto del personal en esta tierra. Sus movimientos son lentos como corresponden a un territorio acostumbrado al calor, bien acompasados al ritmo que marcan los tambores, aunque lejos de la pompa y circunstancia que esta ceremonia tiene en la metrópolis. Pero los turistas siempre lo agradecen con aplausos sinceros.
Hay un punto donde se guarda el alma que la ciudad pudo tener en siglos pasados. No es especialmente hermoso, artístico o bullanguero, aunque sí parece tan virgen como en otros tiempos. En 1793 los esclavos horadaron en la roca una escalera, llamada de la Reina, para que el pueblo pudiera acceder al fuerte Fincastle y gozar en tiempos de paz con la amplia vista que se obtiene desde la colina Benet o ayudar a la defensa de la plaza en tiempos de guerra.
Afortunadamente, los sesenta y seis peldaños sólo han servido para la primera opción, pues desde entonces Nassau no ha sufrido guerra alguna.