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Nápoles, una sonrisa en el Mediterráneo

Escribe: marcocar
Nápoles, una sonrisa en el MediterráneoPor Marco CAR"Cambian de clima, no de alma, quienes veloces atraviesan mares"- Horacio, poeta latino (65 a c. - 8 a c.)Un viaje cambia la impresión sobre...

 

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Capítulo 1
 

Nápoles, una sonrisa en el Mediterráneo

Nápoles, Italia — lunes, 5 de abril de 2004

Nápoles, una sonrisa en el Mediterráneo


Por Marco CAR


"Cambian de clima, no de alma, quienes veloces atraviesan mares"
- Horacio, poeta latino (65 a c. - 8 a c.)


Un viaje cambia la impresión sobre muchas cosas, empezando, por ejemplo, con la comida, la cerveza y el vino, pasando por la comunicación entre personas, el tiempo y hasta los baños. Pero sobre todo, puede alentar que uno voltee hacia su interior, que uno se mire en un espejo, y que reconozca, en la diferencia, aspectos sobre si mismo y su país..

Desde luego, unos días de viaje no pueden cambiarlo a uno, pero si pueden hacer que voltees a tu interior, y, al verte a ti mismo, ése gran desconocido, encontrar, mediante los países y lugares que visitas, otra perspectiva de las cosas, pese a que los fantasmas y errores que uno carga sigan colgados con cadenas a nuestros pies. Y para alguien que la única vez que había llegado a los límites de lo nacional había sido el puente de Nuevo Laredo - para ver "cómo es, desde lejos, el otro lado" - , visitar otro continente era como ir a otro planeta. Sobre todo, si se toma en cuenta que, el motivo de mi viaje a Europa, era encontrarme con una mujer.

Eran varias, en Londres, en Ámsterdam, en Praga, en Nápoles... pero en esencia era una sola. La que uno busca con el corazón y no con la mirada. Pero no eran motivos románticos en un principio, ni siquiera eran motivos existenciales, como después se tornaría el viaje. No. Eran, ante todo, conocer y divertirme. Pero, lección número uno que uno aprende cuando viaja a otro país: tienes idea de quién eres y de cómo te vas, pero no sabes quién serás y cómo llegarás. Y eso depende de lo dispuesto que esté uno a abrirse al panorama y a las personas que uno encuentre en el camino.


La verdadera aduana es uno mismo

Lo que aprende uno en el viaje es lo que recuerda. Esa es la verdadera aduana que se le presenta a uno mismo cuando viaja. Lo que viene primero a tu mente es lo que te marcó con mayor fuerza y lo que, siempre que hables del tema, mencionarás. Algunas van surgiendo con el paso del tiempo, con la reflexión. Otras no las quieres recordar. Están ahí, pero no quieres que nadie las sepa. Y este recuento que sigue, no está enlistado por el orden de importancia, sino en la lógica de un rompecabezas: inicia con una imagen (en este caso una idea) que encuentra a otra que encaje, hasta poder entender todo el paisaje (toda la idea). De esta forma, quizás, es posible ver más allá que la mirada. Detecar algo de la esencia de las cosas.



Primera aduana: el tiempo

Lo primero que recuerdo de mi viaje a Europa es el tiempo y sus distintos usos y concepciones. Éstas pueden variar mucho, de una ciudad a otra, incluso de un barrio a otro, dependiendo de factores obvios (qué rutas del transporte público cruzan por el sitio, qué tráfico existe, que importancia tiene el lugar) y por otro no reconocibles a primera vista, como las costumbres de uno mismo y la idiosincrasia. Nada más llegar al aeropuerto de tu propio país, en este caso el "Benito Juárez" de la Ciudad de México, y comienzas a darte cuenta de esta enorme diferencia.

Cuando llegué al aeropuerto, dos horas y media antes de la salida de mi avión, me registré, como todo mundo hace, pero en lugar de entrar a la sala de espera, me fui con mi papá y una amiga que tengo en el DF, a un "fast food" y, con toda calma, 30 minutos antes de la salida del avión ingresé a la sala de abordaje. Se me hizo fácil abordar el avión con tan poco tiempo. Como saben, uno se registra, le dan a uno el pase de abordaje y ya se puede entrar a la sala donde se encuentra la zona libre de impuestos, denominado en muchos países como "Duty Free", que no es tan barato como podría parecer, y donde uno puede encontrar desde ropa e instrumentos de viaje (para los olvidos a la hora de hacer la maleta), hasta cosas innecesarias y de lujos inexplicables, como la chaqueta de mezclilla con radio y bocinas integradas.

Yo tenía que abordar en la sala 36 y cuando me di cuenta, esta se encontraba muy lejos. En el sonido interno del aeropuerto dijeron que los pasajeros debíamos estar ya en el avión. Y entonces, ante la advertencia y el pánico, que me pongo a correr como loco, porque el avión ya me estaba dejando.

Con el corazón latiéndome a todo lo que daba llegué al puente de ingreso y ya la azafata me apresuraba con la mano, pero, eso si, con, con una sonrisa de oreja a oreja. Fue mi primer aprendizaje: en el aeropuerto y en los trenes, la puntualidad es, por lo menos, una hora y media antes, pues en un entorno nuevo es mejor estar preparado para todo. Los aeropuertos de México, Atlanta, el Charles de Gaulle en Paris y los dos de Londres que conocí (Gathwick y Heatrow) son enormes. Incluso en el de Atlanta puede darse el caso de que te suban a un carrito para llevarte a la sala de espera. En el de Heatrow te advierten cuánto tiempo requieres para llegar a la sala que te corresponde (si eres gordo y vas a la 24, necesitas 15 minutos; si es el caso de una señora que espera un bebé, veinte minutos, etc.). En mi caso, fueron 12 minutos, el día que volé a Paris.

En el caso de los trenes es lo mismo. Si el tren dice que sale a las 19:43 (uno ve la pantalla digital que lo anuncia y no entiende muy bien por qué lo caprichoso del horario ¿por qué no a las 19:45 o ya de plano a las 20 Hrs.? es que sale a las 19:43.

Incluso, el metro de Londres, y los sistemas de autobuses (si, esos rojos de dos pisos que se ven en las películas) indican en una pantalla electrónica a qué tiempo exacto va a llegar el próximo "tube" o "o doble decker bus" a la parada en que te encuentras. Y salvo retrasos muy raros, de menos de un minuto, los transportes generalmente son exactos.


22 de julio de 2002, Napoli, Italia

De todas las ciudades que he conocido, esta es la que tiene un espíritu similar al mexicano, y desde luego, es una ciudad muy hermosa, que invita a caminar entre sus calles y perderse en ellas, pero también para quedarse horas y horas admirando el mar y las otras islas, como Capri, que componen la región sureña de Campania, que es donde se encuentra esta ciudad de ensueño.

En este mismo momento estoy comiendo una rebanada de pizza napolitana (tomate, un poco de orégano y queso mozzarella) y aunque Valentina me advierte que no es la pizza tradicional ni la mejor que existe, pues la pidió al bar que está debajo del edificio (el bar en Italia es donde puedes comprar sándwiches, pasteles, y, sobre todo, café) sabe muy rica.

Vale, esta sentada frente a mí trabajando en una computadora. Estamos en su oficina de la "Universita degli Studi di Napoli Federico II" que es la universidad central de la ciudad.

En Portici, que es un suburbio de Nápoles, donde vive mi amiga, hay una vista espectacular desde donde se pede apreciar Amalfi, Sorrento, Capri, Napoli y su puerto; por el sur se puede ver el imponente volcán Vesuvio, que destruyó a la mítica ciudad de Pompeya.

Ayer por la tarde que llegué desde Brno, República Checa, fue muy emocionante, pues he comenzado a aprender un poco sobre Italia. Es otra cosa que he aprendido en este viaje: una cosa es ser un turista y otra ser un viajero. El turista va y se toma fotos en los sitios importantes (incluso puede ser algo obsesivo, como ocurre con los turistas japoneses) y el viajero es aquel que tiene el privilegio de conocer el país al lado de las personas que viven en él, como ha sido mi caso.

He conocido el transporte, he convivido con la gente de la mayoría de los lugares que he visitado, he conocido sus bebidas, he apreciados sus gustos y costumbres y he aprendido mucho. Experimenté esto en Londres, pues dos días dormí en la casa de la hermana de un amigo. Conocí cómo se vive en una casa londinense, ubicada en Wimbledon (donde se realiza el torneo de Tenis) y comí "Chips and Fish) y tomé cerveza irlandesa Guiness que es muy sabrosa.

En Holanda, tomé el café y comí panecillos de mantequilla y miel en el jardín de una casa en la campiña, al atardecer, con una cálida familia holandesa: Alejandra, mi prima, Albert, su esposo y sus suegros y cuñados. Imaginen que está cayendo el sol (son las seis de la tarde) y se ven llanuras verdes muy intensas enfrentadas a un cielo azul que pasa del claro al oscuro a cada momento, envolviendo a las ovejas y caballos pony que dormitan en sus corrales de madera, mientras un molino de viento, lejos muy lejos, en el horizonte, es revelado por el sol que cae justo detrás de él. Esa ocasión platiqué un largo rato, un poco más de una hora con la suegra de mi prima, que me habló sobre su padre y como éste había escondido judíos entre las paredes de su casa, en la Segunda Guerra Mundial. Incluso me mostró recuerdos de la época. Me hice amigo de ella y me despidió con un beso y un chocolate. Me pidió que regresara y yo quise regresar, pero no pude... el suegro de mi prima calzaba los típicos zapatos holandeses, los suecos de madera.

Y en la Republica Checa, estuve en una hermosa casa, en el pueblo de Týn, en la región de Moravia, que se encuentra a los pies de un castillo medieval impresionante que se llama Helfstýn. Ahí bebí Abstin, un aguardiente francés que tiene un setenta por ciento de alcohol, tomé pivo (cerveza) del tipo Plsen mientras hablaba de música y fotografía con amigos teniendo como fondo musical a Ted Nugguet. Frente a la entrada de la casa, como salida de la tierra, como un fantasma de la historia, se levantaba una escultura medieval, oscurecida por el tiempo, con la imagen de la virgen Maria.

En el momento que estoy escribiendo, mi amiga Vale, con sus ojos brillantes me da café Spresso con leche ("toma, te va a gustar, es con leche). Después viene Giancarlo, su jefe y me ofrece un pan dulce con crema y fresa muy bueno. Creo que no merezco tanta suerte...

Desde luego, debo confesarles que he pasado penurias. Dos ejemplos: Cuando salí de Brno, en la Republica Checa, rumbo Roma, vía Viena, no pude dormir en toda la noche y en Paris y Londres tuve que privarme de algunos alimentos para ahorrar. Sin embargo, nada más llegué a Holanda y he comido y bebido muy bien, demasiado bien diría yo. Así comí ayer en la noche, en Portici, al pie del Vesuvio, en la casa de Vale.

Nos "conocimos" en la Estacione Centrale di Napoli, ayer domingo a las seis de la tarde. Yo llegué desde Roma y estaba cansado y sucio luego de más de 12 horas de viaje desde Viena. Ella llegó con un vestido blanco, una blusa roja y al reconocerme se sonrió (esa sonrisa que tantas había imaginado y disfrutado en el ICQ y el Messenger).

Antes, yo le había llamado a su "móvil" (así llaman a los teléfonos celulares en Europa) pues, por error me había bajado en la estación "Napoli Flegrei" (que es por donde se llega al Estadio San Paolo donde Maradonna hizo campeón al Napoli dos veces) y no en la Centrale que es donde Vale me esperaba. Entonces, me dirigí al "capo di stazione" y él me dijo qué tren debía tomar para llegar a donde ella me esperaba.

Por teléfono, Vale me pidió que la esperara bajo el letrero de los "Treni di Arrivi" y a los pocos momentos nos conocimos ahí. Fue emocionante, pues ella ya no era palabras, no era virtual, era mi amiga Valentina, de carne y hueso. Sonreímos y salimos de la estación, que se encuentra frente a la Piazza Garibaldi y cruzamos la calle, asediados por los automóviles a quienes parecía no importarles lo mas mínimo que fuéramos pasando.

- Bienvenido a Napoli - dijo Vale con su rostro de niña y subimos a su carro rumbo a su casa en Portici.

En el momento que escribo esto, aparece Marinella, una compañera de trabajo de Vale, ofreciendo pan dulce que los otros compañeros de trabajo le regalaron pues es el día de su santo. Vale, que está sentada frente a su computadora me llama y me muestra en la pantalla el historial del ICQ donde aparece la fecha en que hablamos por primera vez: 28 de diciembre del 2001. Hace apenas siete meses... aunque me parece que la conozco de mucho tiempo atrás...

Cuando recién llegué, en el camino a Portici, hubo un momento de silencio entre Vale y yo. Qué decir. Ya no era virtual. Estaba yo ahí, junto a ella, con quien había hablado durante horas por Internet, recorriendo las calles pintorescas de Napoli, con sus balcones, y para hablar con ella no podía utilizar emoticones, ni letras. A Vale, según me contó después, le pasó algo similar, pues me dijo que tuvo una sensación extraña. No obstante, para mí, esta sensación se fue diluyendo poco a poco cuando, después de darme una reconfortante ducha en su casa, caminamos por la marina de Portici, entre niños comiendo helados y familias paseando, todos vigilados por el Vesuvio dormido en el sur y por el mediterráneo.

En ese momento comencé a conocer Nápoles y con ella, una de las regiones mas hermosas e importantes de Italia. El pueblo italiano, o mejor dicho, lo que he podido observar de él es muy similar en algunos aspectos al mexicano. Hay ferias, música, la gente está viva.

Después vino la cena, en casa de Vale. Fue un momento que voy a recordar siempre. Fue una cena como en Italia: Pasta, que Vale preparó y que estaba deliciosa, Vino, queso Mozzarella, pimientos y pan, pero sobre todo ella misma, Valentina, cuyo rostro, con sus ojos que brillan, su sonrisa y su hablar cantando, expresan sin duda lo que es esta hermosa ciudad de Napoli: una sonrisa grande y contagiosa, producida por el Vesuvio y el Mediterráneo...

Vamos, me refiero a que estuve en Nápoles, con una mujer muy bella, comiendo pasta y tomando vino y escuchando música de jazz, mientras Surya, la gatita de Vale, jugueteaba en el piso y mi ropa daba vueltas en la lavadora...

¿Se puede comenzar a conocer un país de mejor manera? se puede pedir algo más?

Y además, mañana voy a Roma, a esa ciudad tan conocida y desconocida por todos nosotros, de la que tanto leímos en la escuela, a escuchar un concierto de "The Cure"...

Si, lo sé, soy un afortunado...

Desde Napoli, Marco (Polo) Carlos


Suerte ))))))))


Publicado el 5/abr/2004, 18.19
Modificado el 10/feb/2010, 08.06
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Últimos comentarios

clausdemena dice:
Que maravilloso viaje! y que forma de disfrutarlo! Veo que fue hace mucho tiempo ya, ojala pudieras contar que paso despues? que mas conociste? que paso con valentina? aun son amigos? o se casaron???

Espero que sigas siendo un viajero, y hayas recorrido mucho mas todavia...
Saluditos Paisano

clau

Publicado el 30/ago/2007, 04.18 

leturojas dice:
oye...q manera de redactar..pero por la rdaccion se puede percibir l asombroso que fue tu viaje...gauuuuuuuuu m encanta!!! apenas puedas y comentanos como sigue la historia..ok?!
besitos!!NUNCA TE RINDAS!

Publicado el 27/sep/2007, 15.52 

OAM dice:
Gracias por los comentarios,y les juro que conocer lugares, personas y culturas diferentes hace que sin darnos cuenta seamos un poco mas humanos...Pero si la intencion es sincera,hasta humanos podriamos ser.
Publicado el 2/oct/2007, 10.17 

trotamundo83 dice:
Nápoles es de las mejors ciudades en las que he estado. Nada como su mar azúl y la viveza de la ciudad en contraste con su aire decadente.
Publicado el 9/jun/2008, 03.40 

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