La Bretagne (Bretaña francesa)

Escribe: Malogarcia
Impresiones personales de mi viaje a La Bretagne, que ha dejado una profunda huella en mi corazón y el propósito firme de volver a recorrerla lo antes posible con mucho más tiempo y dedicación

 

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Nantes, la ciudad de la alegría

Nantes, Francia — domingo, 11 de octubre de 2009

Es una ciudad grande, pero fácil de circular por ella en coche. En la zona turística cuenta con numerosos parking que no son caros, y recorrerla a pie es todo un placer.
 
Para empezar, es recomendable dirigirse a la zona de la Catedral, ya que podremos dejar el vehículo en el parking que hay detrás de ella, que es moderno y con unas instalaciones de lo mejor que he visto nunca.
 
A partir de este momento empezaremos a recorrer a pie las calles más atractivas de la ciudad. Para los que no tengan ilusión en ver las acostumbradas murallas y la catedral, pueden seguir el camino de las calles comerciales, donde la vida comienza a tomar carrera sobre las 11 de la mañana, que es incluso cuando abren algunos comercios.
 
Se percibe que es una ciudad con mucha gente joven y dinámica. Hay numerosísimas terrazas en las callejuelas aún cercanas a la catedral, así como muchísimas tiendas de ropa y joyerías.
 
Al llegar a la amplia y animadísima avenida denominada Cours des Cinqante Otages, podemos sentarnos en una de sus terrazas para tomar un refresco y ver el incesante trasiego de los tranvías eléctricos que discurren por ella arriba y abajo. Esta arteria de la ciudad está llena de vida y en sus enormes aceras transitan miles de personas, especialmente jóvenes, que se paran a ojear los escaparates de antiguas librerías que hay en ella.
 
Dejamos atrás esta gran avenida y cogemos la Rue d’Orléans, lujosísima calle en la que empezamos a quedar boquiabiertos con las tiendas de ropa y de joyería que vemos, representando a las mejores marcas del mundo y lógicamente con unos precios que no están al alcance de la mayoría de los mortales. Se nos quedan las caras pegadas a estos escaparates como se quedaría un niño hambriento ante una tienda de pasteles.
 
Enseguida llegamos a la Place Royale, hermosísima y amplia plaza llena de vida. No puedo pararme a describir cada uno de estos sitios, puesto que Nantes ofrece tantas calles hermosas y llenas de detalles que las hace indescriptibles; es necesario verlas para poder valorarlas en lo que son. Son tantas las calles y tanta la belleza, que no sabemos por donde tirar y estudiamos con avaricia un circuito en el que pudiésemos recorrerlas todas.
 
Entre todas estas maravillas, cogemos la denominada Rue Crébillon y cuando la estamos subiendo encontramos en su mitad las famosas galerías del Passage de la Pommeraye, que como su nombre indica es un pasaje construido en 1843 con un recargado estilo rococó que hoy en día  nos sorprende gratamente, ya que entrar por cualquiera de sus pasillos es como cambiar de siglo rápidamente. Para no verme obligado a describirlo, invito a ojear mis fotos. De todas formas, este pasaje no cumplió las expectativas que yo tenía de él, ya que me pareció que parte de sus tiendas, al conservarse tal como eran entonces (que tiene su mérito), a la vez lo hacen anacrónico y ello conlleva que los habitantes de la ciudad lo vean como un pasatiempo raro, propio para ser fotografiado por los turistas. Prueba de ello es que cuando pregunté a algunas personas por él, no sólo no sabían indicarme el camino, sino que incluso algunas chicas jóvenes no sabían ni que existiera. Y eso me sucedió en la Place Royale, que está a cien metros escasos del pasaje. La verdad es que sus entradas no son fáciles de localizar y una vez dentro, además de alguna firma de ropa conocida, hay tiendas muy antiguas y el aspecto general es de dedicarle poco cuidado a su conservación. Aún así, lo recomiendo encarecidamente a los amantes de la fotografía.
 
Seguimos subiendo la Rue Crébillon un buen rato hasta llegar al maravilloso Teatro Graslin, situado en la plaza del mismo nombre. Es el teatro de la ópera de Nantes y fue inaugurado en el año 1788. Ya en esta plaza sentimos que nos hemos alejado demasiado del vehículo y que la ciudad sigue y sigue con sus hermosas calles; sería imposible poder verlas todas a pie y en un día. Aquí cerca hay un portal donde se entra a una especie de museo viviente de la chocolatería, que nos tentó poderosamente pero no entramos para preservar nuestro bolsillo de la gigantesca compra que seguramente hubiésemos hecho.
 
Volvemos a bajar por la Rue Crébillon y en un momento dado tomamos otra calle a la izquierda que nos pareció preciosa y de nuevo volvemos a la eterna duda de ver un laberinto de más calles tentadoras. Pero tenemos que dejarlo ya, y de nuevo a través de la Place Royale retornamos a la gran avenida de Cours des Cinqante Otages, donde tomamos un café a la sombra de los árboles mientras vemos con el cuerpo cansado el continuo ajetreo de los viajeros del moderno tranvía eléctrico.

Después retornamos por las calles recorridas dos horas antes, que ahora están en plena efervescencia con todos sus comercios abiertos y a estas horas de la mañana (las 12) la gente ya está almorzando en las terrazas. Es muy corriente en esta ciudad el comer en los puestos callejeros cualquier bocadillo o comida rápida. Me imagino que será para coger fuerzas y cerrar toda actividad a las 7 de la tarde.
 
Llegamos cansadísimos a la plaza de la Catedral, donde hay un apetecible trenecito de esos que enseñan la ciudad, pero tenemos mala suerte porque nos ha tocado la hora de la comida y el conductor ha desaparecido. Lo dejaremos para otra vez, porque pensamos volver de nuevo a esta maravillosa ciudad.



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