Si para acceder al país hay que tramitar el visado y justificar cada paso que das, para moverse por Moscú en metro hay que armarse de paciencia e implorar a todos los santos. En alfabeto cirílico, sin traducción al alfabeto latino y con las paradas indicadas en la pared contraria a la salida del vagón. ¿Puede alguien imaginarse la pesadilla? Hay que vivirlo para creerlo, cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad. Pero, antes de la aventura del metro, tuvimos que sortear y hacer malabarismos para alcanzar el buffet libre del desayuno, entre decenas de huéspedes que como nosotros estaban alojados en el macro hotel. Al igual que la recepción del Cosmos, que parecía el hall de un aeropuerto, el comedor, la “sala Kalinka”, era también enorme, con sus cuadros de colores estridentes, los hules de plástico y sillas estilo “tirolés”, a la medida rusa y con unos camareros imberbes que te quitaban el plato a la mínima de cambio, con esa “simpatía” tan innata y tan “escondida”. Lo importante era recargar energías y salir a la calle dispuestos a patearnos Moscú de cabo a rabo.