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Por calles bicolor. Guía pata de perro Michoacán

Escribe: Chivita007
Un lugar donde el tiempo dijo adios....

 

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Capítulo 1
 

Guía pata de perro, Michoacán (capítulo 1)

Morelia, México — jueves, 23 de septiembre de 2010

...y sentada en mi habitación, conté menos de 2 mil pesos.
Eran las 11 de la noche del día martes 22 de septiembre, y mi maleta guardaba ya tres mudas de ropa, toda muy cómoda, sin faltar crema corporal y esmalte de uñas, para al día siguiente arrojarme a la estación de autobuses de la cuidad e irme hacia un destino incierto, un lugar que yo aún no había pensado.

No eran ya las 8 de la mañana, cuando me revolcaba hacia el interior de las mantas, pugnando por arrepentirme a última hora y quedarme tirada todo el día 23, un miércoles cualquiera para alguien cualquiera; pero era mi cumpleaños, así que solo se trataba de alguien cualquiera que tenía ganas de celebrar huyendo.

Así que luego de vigilar que la batería del celular me rindiera para pasar las próximas muchas horas escuchando canciones por carretera; de mirar que llevara suficientes calcetines de muñequitos como suelo hacer, y de verificar que no me faltara al menos, una credencial que identificara mi cadaver arrojado por algún sicario en el bosque o el desierto, cogí la maleta y partí... muy a pesar de mi madre debo decir, pues según ella, siempre acabo echándo a perder sus planes de reventón, en los que invita a toda la palomilla que me lleva un regalo y se emborracha al margen de mi.

La estación estaba semi vacía, claro, ¿quién más que yo viajaría un miércoles a medio día solo por viajar, solo por olvidar? (He estado pensando sobre mis hábitos de huida, y la verdad me considero un extraño animal).
Parada en medio de la terminal, que por cierto olía a fruta,  miré a mi alrededor. Mi maleta verde aguardaba el arrepentimiento o el abordaje, así que la llevé rodando hasta el panel de autovías y pregunté a una señorita con chaleco azúl que miraba sin mirar -como quien aprende el oficio de la apatía social y se convierte en una computadora más que trabaja de 7 a 3 que luego coge un bolso gastado de las orillas y aborda el subterraneo, ajena a la provocación de las voces humanas, los olores y el calor, y llega a casa con ganas de sentir que día aún durará lo sificiente para no pensar en que mañana madruga para ir nuevamente al trabajo- (aquí tomo aire ¬¬): 

-"¿la siguiente salida?".
-"En 10 minutos  a Morelia"- contestó.

 Asi es, a Morelia, una cuidad que nunca había visitado en mi vida, una cuidad a más de 300 kilómetros de la cuidad de México. ¿a dónde más podría ir? Así lo quiso la chica del azul chaleco. Después de que etiquetaran la maleta que la identificándola como mia, me puse los auriculares, y a viajar!!! 

Me hice de la mejor colección de música dividida en dos, la primera para sufrir, y la segunda para recuperarme; para vivir toda una vida en una sola vida, como debe de ser, ¿o no?
Yo titularía a esta edición musical "pequeña serenata masoquista para principiantes patéticos pero eso sí, muy enamorados" quién dijo que los peores momentos de la vida no pueden ser absolutamente divertidos.
Los primeros kilómetros de recorrido, fueron acompañados por mi amigo Carlos Iván al teléfono; quien no se acababa de creer que su mejor amiga, estaba a sólo dos patadas de salir de la cuidad de México, sin más plan que solo hacer carretera sin mirar atrás. Luego, un poco más conciente de los varios años que llevamos de conocernos, y las muchas peripecias que ha sufrido gracias a mi espíritu despotricado, acabó por llamarme loca, como tantas otras veces, y desearme mucha suerte, y me prometió llamarme cada día, mientras yo me acercaba a la entrada a
de la carretera a Toluca o no se donde, pero muy lejos de aquí.


Recuerdo que lo primero que extrañé, como todas las veces que me alejo más de un kilómetro de casa, fue a mi perro, que cumplidos sus 4 años de edad dos días antes que yo, se quedó con cara de desauciado en la cama de mi habitación, aún encamorrado y despeluzado como cada mañana que despierta a mi lado. Sonreí, pues si soy capaz de alejarme de lo que más quiero, seguro soy capaz de mucho más, para bien, o para mal.

El boleto en Autovías tiene un costo de 288 pesos, lo cual no está nada mal para correr al primer lugar que se nos atraviese, resueltos a olvidar o recordar... lo que más convenga. 
Un panquecito con jamón y queso americano, un jugo de mango y unos cacahuates japoneses, son lo que autovías te pone como "lunch" y que son (sobre todo los cacahuates) bastante entretenidos durante el camino.Yo me senté  a la mitad del autobús, con una gran ventana como panorama, atravesando el sur poniente de la cuidad, entre sus montones de árboles y humedad, luego de pasar por el mini moustruo en el que se ha convertido Santa Fe, devorando a los pobres para engrandecer a los ricos, y llenando de altos edificios esa parte de la ciudad.

Pero luego pasó algo mucho mejor. Se abrió ante mi, no sé en qué población, un mundo de rosas, sí, silvestres, salvajes, como le quieran llamar. Iluminando como en el valle de Heidi la niña de las montañas, el verano en plenitud en los grandes campos saliendo de la cuidad. 
Los charcos eran enormes, y casi todo callado, excepto el zoom del viento que se va quedando atrás, y nuevamente la música de mi celular, me daba un viaje con banda sonora no tan original pero igual agradable y entretenida. En ese momento, sonaban THE EDITORS, con una canción que particularmente me parece genial "smokers outside of the hospital doors". Si alguien la ha escuchado, se puede imaginar lo que fue llegar a la parte más explosiva de la canción, y tener imágenes como estas.

Mirando este lugar, y varios de los que le siguieron, estuve  a punto de olvidar porqué estaba allí; dedicarme a pensar que era mejor no pensar, casi desviaba mi atención de la locura de largarme unos días (sin saber cuántos)  hacia ningún lugar, pero la emoción me ganó y seguí recordando que este no era un viaje de placer, que era una huida, una huida de mi sombra, una huida de mis quejas y mis llantos caprichosos, de la voz insistente en mi alma que me repetía una y otra vez, que aquellos valles rosas no eran más que un espejismo y que acabarían difuminandose en cuanto la siguiente canción me alcanzará, entonces...todo seguiría perdido.

Por el camino, se puede visualizar perféctamente la naturaleza en todo su esplendor, los verdes interminables y en todas las gamas; las ovejas color capuchino que pastan en los grandes campos, regadas como si estuvieran sin pastor, el agua que refleja los colores del cielo, y el cielo que refleja los del alma.Me levanté un par de veces a estirar las piernas, y  luego de cerciorarme de  que el baño de los buses, es igual de pequeño que un huevo, y que un huevo costaría tener sexo en uno de esos (por lo que YO CREO QUE ES UN MITO), y de más de 4 horas de carretera hasta Morelia, al final... llegué.Costaría muchas letras, y la mayoría de ellas se quedarían cortas, para describir lo que se siente tener un pie puesto en un más allá desconocido (y no me refiero al un lugar), y más aún, lo que significa querer borrar huellas, para poder trazar las nuevas, en un regalo de cumpleaños, exigido desde nuestra propia alma para sanar.
La llegada a Morelia, puede, para algunos que no estén a costumbrados a una cuidad así, ser expectacular. Sin embargo, y sin ánimo de restarle belleza a esta cuidad, creo que es un pequeño distrito federal, con, claro, bastante más color y bastante más limpio, eso sí; por que caminar por esas calles tan limpias, y casi ordenadas es un verdadero placer; placer que habría sido más placer de no estar lloviendo cantaros, como cuando llegué... grrrrrrrrrrrr!!!
El taxi cuesta 35 pesos desde la terminal de autobús (unos 1.77 euros) y esta es la primera foto que pude tomar.

Luego de cambiarme por unos nuevos tines de la pantera rosa, calientitos y limpios, decidí que no había que perder un minuto, pues muy tarde se hacía ya, y el día 23 estaba comenzando a agonizar.
 Las tardes que más nos gustan, suelen ser cortas, breves, como el amor; que tramposa es la vida, estoy a punto de asegurar que el 23 de septiembre siempre dura más, o dura menos de lo que debe durar, pero estoy segura que 24 horas no tiene nunca.
No tardé mucho en escapar del hotel, pues una vez que logré secarme y sentirme con la seguridad de tener dónde dormir, de nada valió tanta búsqueda y salí. No había oscurecido aún, cuando, cual depredador ya buscaba con que saciar mis ganas de fiesta, de olvido. Ubicarme en este lugar ha sido una de las cosas más sencillas que he pasado, por que luego de 4 minutos decidí no intentar ubicarme más; además, esta cuidad es realmente sencilla y pequeñita, que suerte no tener que abordar el metro al menos por unos cuantos días. Creo que ese fue el verdadero descanso al llegar a este sitio sin igual. Busqué por muchas calles, una discoteca alternativa, con muchas ganas de poder ver en vivo, una banda de indie moreliano, pues no se me ocurría mejor regalo que algo así. Sin embargo, al ser miércoles el FORO, bar que según los lugareños, se encargaba de ese tipo de presentes, se encontraba solo y abandonado, como si no hubiese sido abierto al público jamás.Volví a salir a la avenida Madero (bellisima por cierto) y busqué una vez más.Ya había bebido una cerveza muy cerca de la fuente de las tarascas, en un lugar muy nice pero muy "gringuis" (lo digo por las cocacolas que casi me dejan ciega de tanto mirarlas por aqui y por allá) llamado 50´s, desde el cual, personajes como Marilyn Monroe y James Dean (entre muchos más), montados en las paredes, se asoman hacía la avenida principal del centro moreliano.

Por fin llegué a un lugar muy popular llamado el Zacarías, donde parecen haberse puesto de acuerdo conmigo, y pusieron al 2x1 las bebidas light ( siiii!!!!), y yo no podía hacerle el desprecio a un lugar que me daba la bienvenida de manera tan calurosa ¿no? Entonces colocada en mi mesita de entradaclausuradaescaparaterincón me agasajé formando una pequeña ilerita de coronas light en lata sobre mi mesa individual.

No pasó mucho tiempo antes de que la levadura me diera e-levadura y tuve que salir de ahí antes de ponerme risueña o sarcástica. Y con mis huesitos a cuestas me fui a caminar despacio, por calles que quizás por primera y última vez me habrían de ver.No puedo ocultar haber sentido un vacío, incluso unas ganas enormes de tomar el celular y llamar a quien fuera, no necesariamente un amigo. Pero preferí hacer un S.O.S  a la nicotina, que no sabe fallar; claro, eso hasta que te da EPOC o cáncer, que se le va a hacer.¿Cómo era posible, llevar ya varias horas en este lugar, y aún sentirme tan lejos? Sé que esas cosas les suelen pasar a la gente que le asusta la soledad, e incluso entran en pánico, pero, ¿porqué si yo busqué mi aislamiento, aún me sentía dispersa sin poder llegar a ningún lugar?Intenté renunciar a mi fecha, incluso renegué de el pastel que no me comí y seguí caminando, hasta que llegada a la catedral, simplemente me puse a admirar.¿Cuántas veces pasamos por el mundo sin mirar alrededor? Es tan frecuente que he perdido la cuenta; y sin buscarlo más, la tranquilidad vino a mi, en una especie de paz, en una especie de felicidad pequeñita, como cuernitos de caracol que aún no se dan todo el valor para salir. Con todo y eso, me aferré a ella hasta sentirla crecer, y me supe en otra cuidad.

Como el pajarito que por que se ve una pluma se quiere echar a volar, y acaba despanzurrándose en el piso; me sentí fuerte, quería devorar una noche que estaba a punto de terminar, y quise ingenuamente creer que dependía de mi algo que hacía mucho tiempo no dependía más.Después de tres tonos en su teléfono y de un "qué pasa?" aún sumergido en el sueño de la madrugada, me rompieron el corazón; y como en las películas de Pedro Infante, comprendí que tenía ganas de emborracharme hasta dormir. Gracias a dios, el oxxo siempre está abierto. Salí a comprar todo lo que pudieron aguantar mis brazos y regresé al hotel luego de fumarme muchos cigarros, por una calle semioscura de la que no vi el nombre al cruzar.No supe a que hora me dormí, ni supe si lo hice llorando o había dejado de hacerlo minutos antes o minutos después; me hubiese gustado salir a la calle, plantarme ante el primer peatón y decirle "sabes? hoy es mi cumpleaños, y vengo desde muy lejos sólo por que soy una valiente muy cobarde, y la persona que más quiero no me quiere más, y bueno, sólo quería preguntarte si podrías abrazarme un momento por favor"... y seguramente después me habría echado a reir, por lo patético de tan larga frase y de tan profunda verdad.

Así que como muchas otras veces, mi cumple era un fiasco, y por primera vez me lo había buscado yo.Fue realmente algo increible, no haberme roto el brazo al caer de la litera, pero lo que fue aún más increible, fue despertar con una cruda generosa pero no tan grave como me merecía pasar.Miré mi maleta, todavía con humedad; mi ropa regada por todos lados entre papeles de no sabía qué, hasta que los revisé y se trataba de publicidad para visitar otros lugares de Michoacán. Por un momento pensé en regresarme, pero para cuando me di cuenta, simplemente no me daba la gana, y sentía unos deseos crecientes de seguir de pata de perro. Sin duda me desperté feliz.

Hice la cuenta económica, para calcular cuánto más podía quedarme en Morelia, y alcanzaba para un día más. Sin embargo ya me había amoreliado mucho y tenía ganas de seguir el camino hasta que no hubiera una vía ni un peso más.Bajé a desayunar en la pequeña cocinita del hotel, donde me serví a placer mi desayuno continental. Un pan con mermelada de fresa, un café bien cargadito y una breve conversación con una señora norteamericana muy amable que por todo decía "muicho gracias muicho gracias" y me largué.Las calles estaban cocinando gente al medio día, incluida yo; pero eso no impidió que paso a pasito, me fuera colando por cada calle que observé muy bien, al menos lo suficiente como para quitarme la ceguera del día anterior.

No sé bien cómo le hice, o de noche en qué metamorfosis me meti, pero la mañana del jueves creo que estaba menos enamorada que la anterior, más conforme de haber agotado posibilidades, y de haber luchado en la batalla de la que no corrí, por más desventajada que estuve al pasar por ella. Sabía que si no hacía un último intento, habría de arrepentirme toda mi vida, me gusta vivir así, aunque  a muchos les parezca masoquismo.Siempre que me voy de pata de perro, el día se me va, en ir baboseando de aquí y de allá, y tengo que correr para poder no perderme de nada de lo que no me deba perder.

El primer lugar que visisté (además de las grandes iglesias que me salían al paso y que fui marcando con una "x" en le mapa cuando las había visitado ya), fue el museo del dulce (aquí a mi cerebro se le sale un mmmmmmmmmm que rico ja!!), un lugar por demás bonito, que tiene un aire a juguetería y a infancia por demás obvio en donde me lo pasé genial. Después me quedé  auna muestra de la elaboración del ate de membrillo, donde meti las narices donde no me llamaban... (¬¬) pero ¿soy turista o qué?Con mi vasito de ate en la mano, salí a la avenida Madero sintiendome especialmente feliz. Horas después había de darme cuenta, que sería el primer cumpleaños de más de 140 horas de mi vida, la chica triste que había llegado ayer a Morelia se había quedado atrás, probablemente esperando un no sé qué que no llegaría jamás.Mi mapa no se ponía de acuerdo, y me dió un poco de grrrrr, así que mejor fui trazando una "T" para no andar del tingo al tango y acabar molida sin siquiera visitar lo que más me apetecía.

Me tardé muy poquito en agarrar el vuelo, y para cuando me di cuenta, ya planeaba a mis anchas dejando en los muros, estos ojos que estoy segura no los habían mirado así. El calor aumentaba y con ello la sed, mucha cerveza para un solo viaje, si a dos cervezas se le puede llamar mucho alcohol.

Luego de caminar y caminar, pasando por la catedral de Morelia tantas veces hasta que la aluciné, llegué a un increible lugar, sin duda uno de los que nadie se puede perder. La biblioteca pública de la cuidad, un lugar que por raro que parezca, no huele a libro viejo (me hubiese gustado) y que a pesar de la oscuridad y la rara distribución de los asientos me parece que se puede leer aquí. Ya sé que a muchos les puede gustar más que les hable de una discoteca o un bar, o algún lugar de recreación nocturna, pero a mi me gustan mucho los libros, que se le va a hacer. Las estanterías hechas en madera, están impecablemente pulidas, y aunque el acceso es restringido, se admiran bastante bien. Pasé algunos minutos sintiendo la tranquilidad de lugares como estos, y hasta recordé alguna parte de película que me hizo reir.

Más tarde, y justo a la salida de los colegiales de las escuelas del centro, que abrían sus portales antiguos para dejar salir como una bocanada de humo a todos los estudiantes de distintas edades que se arremolinarón en las esquinas y en los jardines de los cruceros, llenos de risas y palabrotas que no se atreven a decir en casa a riesgo de que les tiren los dientes (jajajajaja); me encaminé al edificio aledaño, La casa del clavijero, donde en subidas y bajadas de la escalera que tiene un colorido mural, me lo pasé de lo lindo, por que sus grandes arcos y ventanales, están distribuidos en alianza con el viento, y el calor se siente menos en este tipo de edificios.

Los pasillos anchos que dan sin discreción hacia un patio enorme con una fuente en el centro, reflejaban la luz del medio día como si fuese un espejo, donde no había ojo que no saliera huyendo en flashasos verdes posterior a una breve ceguera divertida.

Por cada una de las ventans cuadraditas del edificio, conté cuanta historia se me vino a la mente, más medieval que de la época, en la que igual era la princesa a ser rescatada que el caballero valiente que rogaba a la dama se arrojara desde las alturas a falta de enredadera por donde trepar para raptarla.Por ratos, el cielo se ponía gris en un ir y venir de presunciones meteorológicas, y al final no llovía. Mas de dos veces me asustó el plomizo del cielo, temiendo se me arruinara el paseito que tan bien iba hasta entonces, pero luego comprendí que el viento aquí juega con las emociones; a tantas horas de haber llegado aún me costaba comprender los caprichos de Morelia.

Aunque sabía que tenía prisa y omití la hora de la comida, no recuerdo correr en exceso, miré por cada ventanita y bajé escaleras, no sin haberme divertido un poco a mis anchas, pues había muy poca gente visitándo el palacio del Clavijero, a no ser por algunos pares de extranjeros que vagaban haciendose tantas fotos como yo.Luego yo que sé lo que hice, el caso es que no seguí la ruta del mapa y llegué a una de las grandes promesas, que de no ser por la vista exterior me decepcionó un poco. El templo de las rosas, tan mentado por cualquier lugareño de Morelia, por su importante papel jugado en la historia y por ser un lugar súper antiguo, del siglo XVIII o algo así .

En el museo del dulce me explicaron, que el actual templo y conservatorio, había sido la cuna del ate moreliano (aquí mi cerebro recuerda que compré ate y que lo tengo en el refri mmmmmm), y que las que lo elaboraban vivían justamente en este convento para monjas, al cual me parece poético le hayan puesto "las rosas", aunque sin duda fue muy triste cuando me dijo la señorita de la visita guiada al museo, que las primogénitas tenían que ser monjas de manera obligatoria, que cutre digo yo, luego por que se quejan de la iglesia (¬¬). Me dijeron también, que la característica de los recintos religiosos femeninos, era la doble puerta, por la que por un lado entraban, rodeando el templo por la parte trasera, y al que no volvían a ver abierto hasta la entrada de una nueva presa... perdón, monja, y por supuesto eso quiere decir que estaban atrapadas, incluso para realizar sus rezos, me dieron ganas de llorar, la historia está llena de misoginia.

Luego algo que me hizo gracia, es como tenían encerrados a los santos en mini habitaciones, y un pensamiento humorístico me salió al intante: colocar letreros que dijeran "cuidado, pueden ser peligrosos, hacen siempre, lo que les da la gana, si es que no se hacen los sordos" jajajajaja.

Luego en el jardín de las rosas, que está al frente, me senté a beber una rica limonada mineral mientras un grupo de chicos con aspecto poco higiénico, bailaban capoeria o como se llamé eso que hacen saltando y bailando. (lo de poco higiénico no es en mala onda, lo juro).Y directo al mercadito de los dulces regresé por la misma calle por la que llegué a estos lugares. El lugar es caro con "c" de ca...nes ¬¬ pero lo cierto es que está muy bonito, de ahí me traje unas morelianas súper ricas que les recomiendo probar, pero no las de oblea eh?? esas cortan la lengua horrible!!La verdad es que lo mejor está en los pueblitos aledaños, pues como todo, donde más concentración turística hay, los precios se van al cielo como globos escapados de nuestras manos, y que del mismo modo nos dejan con cara de tontitos, en este caso viendo como se vacía la cartera y se nos llena de peso la mochila al hombro.

Aquí ya con mucha hambre, me dediqué a buscar el tan famoso gazpacho, una "cosa" que supongo entrará en la sección de postres, ya que está hecha con frutas, jugo de fruta, queso y chile piquín, que por cierto va genial con el calorón que azota las tardes en Michoacán.De rapidito pasé por la casa del siervo de la nación, osea José María Morelos y Pavón (que imaginación de sus padres eh?), la verdad es que aquí no entré, y aunque le tomé una foto no creo que merezca mucho la pena ponerla si no ingresé a su casa para poderla describir.Llegué al hotel, donde ya había dejado mi maleta a resguardo por si las "flies" y en una escapadita me di una ducha rápida para refrescar. Luego de sentarme en la terraza un momento, a trazar la nueva ruta (cosa que no hice por estar embobada mirando a la calle y fumándome un cigarrillo), me levanté y me fui a seguir caminando hasta encontrar el modo de abandonar Morelia Michoacán, pues estaba enojada, mi gazpacho lo dejé en el hotel, sin siquiera haberlo tocado!!!Me hice una foto con el personaje que me guiñó el ojo un día antes bajo la lluvia y me resguardó del frio que esa noche me podría esperar, y adios Hotel San francisnoséqué.

Lo siguiente fue caminar con mi maleta por calles que ya no me acuerdo cómo tomé. El caso es que acabé en la casa de cultura cuando me subí a un colectivo y al ver el edificio le dije "bájeme aquí, bájeme aquí".

Se me hizo como el palacio del calvijero (aquí seguro van a saltar los historiadores, arquitectos, tururú tururú a decirme que soy una ignorante, pero, a mi se me hicieron muy parecidos) solo que más caliente!!! Aquí pasé poquisimo rato, me estaba cocinando en vida y tuve que huir.

En el fondo de los salones, sonaba la música que tocaba un alumno de piano, que se equivocó 13 veces desde que estuve ahí, bueno, al menos él intenta dominar el alma en pena de Mozart, eso quiero pensar, por que si lo hace por burla seguro se vuelve un genio contemporáneo.Al final, llegué en una combi a la terminal de autobuses, y para cuando llegué, la gente estaba abordando rumbo a Patzcuaro, ¿¿que suerte no?? Con dolor de tripitas, pero con la ilusión de un nuevo lugar, abría la ventana lo más que se pudo, para que el viento refrescara mi cara quemada por el sol, y vi desde la altura del bus, como Morelia de fue quedando atrás, con un 23 que cómo muchos años, me había dejado para reir y para llorar.Y saliendo a una nueva carretera, el cielo se pintó de azul.
Solo me dije "Vámonos 'pal' sur"

continuará (para desgracia suya xD)

Tips:

En septiembre hay que llevar paraguas, peeero... también bloqueador solar, ropa ligera (aunque llueve hace calor) zapatos cómodos, beber mucha agua y llevar monedas por que hay mucho que comprar.

Tiene que ver con: Clima, Qué llevar
En Morelia, México


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    Guía pata de perro, Michoacán (capítulo 1)

    Morelia, México | 23 de septiembre de 2010