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Uruguay. Paraiso Natural

Escribe: benat
Que bueno que viviste al Uruguay Che

 

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Montevideo . Llegada

Montevideo, Uruguay — martes, 15 de noviembre de 2011

Dos días en Montevideo es tiempo suficiente para sumergirte entre sus gentes y empaparte de cariño y de tango.

Caminé por toda la Ciudad Vieja hasta llegar al mercado del puerto donde las parrilladas ofrecen todas las partes de la ternera, con nombres totalmente desconocidos para nosotros, para hacer disfrutar al más exigente de los carnívoros.

Algunos bellos edificios están abandonados, unos cerrados con hormigón y otros libremente ocupados, que durante el día transmiten nostalgias del pasado y de noche se transforma en un barrio algo peligroso. Pero en el centro reina la calma, disfruté de una maravillosa puesta de sol desde el parque Rodó.

Por dos días me creí ser uno de aquellos hacendados colonos que poseían una casa de estilo colonial en el mismísimo centro de Montevideo.

Por circunstancias del destino fui el único huésped de la 1095 de la calle Canelones, (hoy Hostel Planet), con el aliciente que la persona de recepción me dejaba solo a partir de la media noche, hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Es difícil explicar la sensación que experimentas cuando llegas de madrugada a la mansión y te encuentras entre largas escalinatas de madera, luces de colores tenues, y techos inmensamente altos que alcanzaban un maravilloso lucero de cristal con armadura de hierro forjado, que con un mecanismo de poleas podía deslizarse para que la luz del sol o de la luna acariciara las maderas nobles que besaban mis pies. Me alojaron en la habitación LUNA, sintiéndome como aquel astronauta que la pisó por primera vez.

Las demás habitaciones, Júpiter, Marte, Venus y Saturno no encontraron alienígenas para haber compartido un firmamento radiante engalanado por luminosas y cálidas estrellas, me sentía maravillosamente solo. Tan solo un gran espejo revelaba que yo estaba allí, la realidad superaba a los sueños.

Las mañanas iban despertando a los comerciantes lentamente, poco a poco la ciudad iba cogiendo el pulso hasta llegar a un mediodía con ritmo de candombe, donde la gente hace colas en los bancos, las cafeterías se animan y las relaciones sociales fluyen de la espontaneidad y el ágil manejo del lenguaje de sus gentes. Modos y sentimientos educados fluyen con naturalidad en cualquier situación y lugar. Si se dan las gracias responden “se lo merece”, a la orden, no por favor, etc., si uno pregunta, le dicen “como no, yo le indico”, si te ven interesado ellos te abren el corazón.

De todas formas también tienen lo suyo, futbol y mujeres, no se sabe bien en qué orden.
Cuando uno coincide con una bella mujer, se cruzan miradas cómplices entre los ojeadores, en cuanto se aleja un poco, los giros descarados y los comentarios bien escenificados hacen que los hombres se sientan solidarios y satisfechos de haber escuchado el mismo canto de sirenas por el que se sintieron atrapados.
Del futbol es mejor no opinar, un intruso esta mejor callado, mejor hacerte él loco, y dejarles que bailen a ritmo de tango.

Mis dos únicas noches en Montevideo fueron vibrantes, la música rebosó por todas partes, esa noche mágica en el Fun Fun, de la voz y la guitarra del maestro Lucho “que lindo”, entre canciones y pausas en la barra con el maestro, contaba que acababa del actuar en el teatro Lara de Madrid, un gusto señores un gusto.

Una anécdota que la casualidad me brindó esa misma noche. Sucedió que estaba pagando en la barra, un pibe ya entrado en canas, con aire de Rodolfo Valentino, acompañando a una bella dama que esperaba a que el presumido galán se despidiera de todo el personal , repartiendo propinas e invitando al maestro Lucho a lo que quisiera tomar. Cuando ya iba a partir, tan solo a unos diez centímetros de mí, su exuberante acompañante, se abalanzó hacia la barra para despedirse del la cuarta generación de los que regentaban este histórico local, cuando maldita sea, en el momento álgido del contacto facial, el mismísimo representante de la cuarta generación, con su mano tonta emocionada golpeaba y rompía mi altanera botella de cerveza Patricia. Tras el susto del momento y para aliviar la tensa situación dije; - es lo que tienen la mujeres guapas, después de unas risas que relajaron el momento, el pibe quería volver a ser el protagonista pero le faltaron palabras para desviar la mirada y la sonrisa de la mina.
Al instante, el jefe me quiso invitar a una y a otra, pero tan solo acepté un traguito de uvita, elixir de los dioses uruguayos que alegran un poquito más esas maravillosas noches de tango y desamor.

Invité también a Lucho para quitarle un poquito de brillo al arrogante acompañante de la deslumbrante.

Al final todos, incluida la jefa del jefe, me estrecharon la mano como si fuera yo el que hubiera cantado, con lo cual me retiré a mis aposentos más feliz que el pipas. Esa noche soñé placenteramente con todos los dioses y los demonios, que no son ni tan, ni tan menos.

Al día siguiente cuando me dirigía nuevamente al Fun Fun, por cierto local donde cantó Gardel, escuché cantar al otro lado de la calle, crucé y me encontré con la agradable sorpresa de que estaban ensayando para el carnaval una comparsa de murga, llamada La Margarita.

La letra no tenía desperdicio, tiraban a matar, sobre todo a los yanquis, y rezaban para que en Uruguay no descubrieran petróleo. Doce voces, dos directores y tres percusionistas me cargaron las pilas para toda la noche, además cuando ya me iba, al despedirme se dieron cuenta que yo no era un guiri de esos que andaban descompasados por esas ultimas sillas, y me dijeron entonces, - vos sí que entendiste. Después de una breve charla solidaria me despedí de los murgueros y crucé la calle de nuevo para entrar en el mítico Fun Fun. Una pareja estilizada y con energía, bailaban el tango en un escenario de tan solo cuatro metros cuadrados.

Luego le tocó el turno al maestro Lucho, que esa noche estuvo acompañado de otros dos cantantes. La noche fue mágica y me acompañaron dos brasileñas de Rio de Janeiro que estaba en la mesa de al lado. Pero no os hagáis cacaos mentales, eran como dos monjas de clausura, venían de cantar de un certamen de masas corales en Buenos Aires. Cerró la noche Lucho con su voz y su guitarra, dejando sabor de tango, que al respirar profundamente, solo se escuchaba su música.

En el camino a casa a escasos quinientos metros, me crucé con mendigos, invitaciones de Garotas para una noche loca y pernoctas callejeros. En los soportales de los lujosos comercios de la avenida principal, dormían incluso parejas, en un momento de felicidad, mientras la ciudad dormía, y yo como un Búho dirigiéndome al nido, extenuado de tanto trajín. Por la mañana abandoné mi querido Montevideo sabiendo que pronto volveríamos a vernos.


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