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Uruguay. Paraiso Natural

Escribe: benat
Que bueno que viviste al Uruguay Che

 

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Montevideo - Hasta pronto, Chao

Montevideo, Uruguay — viernes, 10 de febrero de 2012

Después de cinco horas de viaje llego a Montevideo, era mediodía y aquello era un hervidero de personas que se desplazaban de un lugar para otro, colapsando la gran terminal de Tres Cruces.

Decidí coger un taxi ya que los urbanos iban repletos. El taxista en cuestión resultó ser todo un personaje. Se apellida Lema, es de descendencia gallega, y su familia proviene de Carvallo. Después de comentarle que tengo un amigo en Carvallo, y que Carvallo significa roble en gallego, lo cual desconocía, se sintió muy agradecido por el descubrimiento y me contó que era el único tonelero artesano de todo Uruguay. Le acababan de hacer un reportaje en la televisión, pero contaba que su profesión ya no tenía futuro, ya que no podía competir con los toneles fabricados en serie. De todas formas insistía que su quemado interno del tonel era único, pero no encontraba el mercado apropiado.

La nostalgia por los toneles rebosaba de aquel pequeño habitáculo del taxi, con las ventanillas abiertas en un caluroso día donde corría el aire libremente, a diferencia de esos herméticos toneles donde en sus sombras escondían los secretos centenarios de un artesano que luchaba por vez la luz de la continuidad para esa singular profesión. Al despedirnos me dio su tarjeta con la esperanza que el azar encontrara al otro lado del charco algún romántico interesado en estos panzudos anillados.

Cuando entré en el hotel me recibieron cordialmente, estaba engalanado para celebrar una fiesta, me indicaron que esa misma tarde celebraban el cuarto aniversario del establecimiento, al cual estaba invitado. La misma recepcionista había elaborado una colorida tarta de chocolate para la ocasión. Dejé mi equipaje y salí a la calle con la intención de convertirme en un ciudadano más y recorrer sus animadas calles llenas de personales reales y de historia.

La fuente de los candados recogen las ilusiones de aquellos que están enamorados, adornando con sus “Globes” ese pequeño y brillante oasis urbano.

Tan solo unos minutos pateando junto a los lugareños y ya te sientes totalmente integrado en esta amable ciudad, bañada por el Rio de la Plata y oxigenada por numerosas zonas verdes auténticos pulmones de un cuerpo de cemento y cristal.

Por la tarde teníamos la fiesta de aniversario en el hotel, nos juntamos un grupo pequeño pero con gran entusiasmo y buen rollo, apagamos las velas y disfrutamos cantando tangos ya que nadie se atrevía a bailarlos.

Un colombiano, una española, un brasileño y una chilena entre otros.

Por indicaciones de Laura, la recepcionista decido asistir a una milonga que se va a organizar por el grupo El Pisotón en El Hornero, en la calle Tierno Galván.

La entrada es libre y lo organizan miércoles y domingos. Para las diez menos cuarto ya estaba merodeando la zona para ver que se cocía por allí.

Gente en la puerta de una pequeña y antigua casa en la posiblemente es la calle más corta de todo Montevideo. Me decido a preguntar en la entrada por la milonga en cuestión y me indican que ya puedo pasar, que de momento es pronto pero que luego se llena, sobretodo de bellas mujeres. – No me lo creo. Les dije con una sonrisa incrédula pero al mismo tiempo esperanzadora.

El local fascinante a la vez de sencillo, piso de madera y viejas contraventanas tenuemente iluminadas con luces de colores. Muros adornados con viejos discos de vinilo que daban calor a unas sencillas mesas cubiertas con un hule de plástico rojo. En el fondo entre unos arcos de ladrillo estaba la barra y a un costado una vieja puerta de cristal que daba acceso a un viejo patio exterior donde el jefe de la barraca tenía montada la parrilla.

La milonga se fue animando y con los profundos y melódicos sonidos del bandoneón inauguraron el evento una conocida pareja de veteranos que se llevaron unos calurosos aplausos. Y para romper el hielo como reviviendo la historia del tango en los burdeles, bailaron hombre con hombre, esta vez sin esperar los favores de una dama.

La noche se fue animando y todos los rincones se llenaron de gentes con alma de tango.
Auténtica e inmejorable velada, en aquella cálida noche de tango, de un diciembre sureño.
Este nuevo día se presentaba interesante, visite el mercado de los artesanos, instalado en un viejo mercado, donde lo mismo puedes comer una parrillada como comprarte unos zapatos especiales para bailar el tango.

Me picaba ya el gusano y me acerqué a la plaza Matriz con la idea de tomar un plato del día en el típico La Pasiva, estaba a rebosar y hacía mucho calor. De pronto oí que el matambre a la leche se había agotado, lo que me animó a abandonar el lugar.

Había leído en la prensa que el hotel Radisson ofrecía un menú ejecutivo por 15€ al cambio, en el restaurante panorámico, en plena plaza de la independencia. Me acerqué a informarme y me dijeron que era en el piso 25. La bebida y el IVA estaban incluidos en el precio.

Al llegar a lo más alto del edificio y abrirse la puerta del ascensor quede alucinado con las vistas que ofrecía el lugar. Me dieron una mesa al lado de la ventana de la cual se divisaba todo Montevideo. Me impacto ver las grandes dimensiones de su puerto, con numerosos y gigantescos buques en unas calmas aguas de azúcar y sal, que con su color achocolatado mojaban los labios de una costa dorada por el sol.

Disfruté de la vista, la comida y la lectura con un whisky invitación de la casa, me hubiera gustado salir volando de aquel piso 25, pero mis limitaciones físicas me obligaron a bajar en el ascensor.

Justo bajar a la gran plaza, observo que un grupo de gente se agolpa a un banco para sacarse una foto. La sorpresa me la lleve a ver que se estaban retratando con cuatro jóvenes orientales que allí estaban sentados. Estos se hacían los indiferentes ante el entusiasmo de los fotografiados que cada vez iban aumentando en número. Luego de sacar unas cuantas fotos se despidieron muy amablemente ante la cara de escepticismo de los orientales. La fotógrafa debió de observar sus impasibles rostros por lo que decidió enseñarles las mismas para echar una risas, aunque fueran forzadas.

Misión cumplida, además les pidieron el correo para enviárselas. Todos contentos y sonrientes, en un país en el todavía no han entrado los chinos.

Para las siete y media en punto estaba en la sala de entrada del teatro Solís. Un pajarito me había comentado que se iba a realizar el ensayo general de la ópera Orfeo ed Eurídice, montada y dirigida por La Fura des Baus.

Me indican muy amablemente que hablara con el de la corbata dorada. Me dirijo hacia él y le comento que no tengo invitación pero que me habían comentado que si quedaban localidades sin ocupar se podría entrar. Efectivamente me contesto y me dijo: - Quédese por aquí´, que yo le aviso. A los cinco minutos de entrar los últimos ya me estaban acomodando en un palco central del maravilloso teatro Solís.

La representación fue magnífica e impresionante, ejecutando de principio a fin todos los actos como si del mismísimo estreno se tratara. Los efectos de luz y sonido así como la puesta en escena de los músicos y cantantes resultaron de un impacto visual alucinante.
La diosa del amor descendió por los aires desde la quinta planta “Paraíso“, hasta el escenario, donde los músicos y el coro se movían constantemente con una coreografía espectacular.

El abarrotado teatro puesto en pie aclamó a los artistas durante largos minutos con la satisfacción no haber visto hasta el momento nada igual en el mundo de la ópera.
Con este excelente sabor de boca me fui a reponer fuerzas al Peperone, pizza sabrosa y tintorro, relamiendo todavía los sabores de la música.

Al salir me dirigí directamente al Fun Fun, local al que volvía para disfrutar de las canciones y la guitarra del maestro Lucho Martínez. La velada resulto inolvidable, era miércoles y en este día bailan el tango una pareja de ensueño. El, de tez oscura con figura estilizada y altanera, ella, como una diosa griega de tez blanca de cuerpo esbelto, con la mirada triste y llena de nostalgia.

Aquella noche cayeron una cuantas uvitas. Licor derramado por los dioses de un cielo uruguayo en plena oscuridad y acompañados por luces de neón, e individuos que se juntan entorno a la música, con la que nunca se sienten solos.

Aquella noche a Lucho le acompañaba Carlos, un cantante excepcional, con voz y vida de tango, nacido en Montevideo, el cual reivindicaba en la canción de Garufa,” que lo vieron muy borracho en la calle San José”, y no en el Parque Japonés bonaerense. Ahí queda el dato.

Nos dieron las uvas, y compartí mesa con dos simpáticas lugareñas que conocían todas las letras al dedillo. Al final les acompañé al taxi bajo mi paraguas en un momento de lluvia torrencial. A veces un paraguas vale más, que saber bailar un tango.
Me retire a mis aposentos cantando bajo la lluvia, esos tangos llenos de melancolía y de vida que brillan con luz propia.

Durante mi última mañana visité el ayuntamiento para ascender al último piso por un ascensor exterior y de allí observar una maravillosa vista desde el corazón de la ciudad en plena avenida 18 de julio.

Comí un pastel de zapallitos en el Montevideo Sur, un bar con mucha casta en la Calle Paraguay, hacia el sur de la calle Canelones, donde emanan los ritmos del Candombe.
Su música y su coraje marcan las huellas del pueblo uruguayo.

Sábados y domingos Candombe en el barrio sur.
Hasta pronto Montevideo querida, que tus gentes te hagan todavía más bella, para que en un próximo encuentro podamos disfrutar tu belleza de nuevo.

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