Tras el típico paisaje de la capital urbana, con su caos de tráfico y sus enormes medidas, mi amigo Benito y yo tomamos un bus hacia el sur y sus playas. El tren estaba en obras en el tramo sur y la única manera de viajar en esa época que fuimos era el
autobús.
Medio de transporte que se caracteriza por: precios asombrosamente baratos, continuas salidas hacia cualquier destino del país, cierta lentitud, aglomeraciones que te obligan a ir de pie durante kilómetros, y sobre todo una conducción demencial, por no decir temeraria. El más grande tiene preferencia, por lo que ante el bus todo el mundo debía apartarse, fuera el carril que fuera.
Una vez acostumbrados ya a ello, arrivamos a
Mirissa, espectacular playa al suroeste del país. Alojamiento a escasos metros del mar, por 10 euros un bungalow para dos personas. Olas a veces grandes, magnífico baño y paseo por la playa, y cenas consistentes en pescado fresco que te ofrecen en parrilas sobre la arena para desgustar allí mismo.
Al día siguiente cogimos el bus que recorre la costa y que pasa cada poco tiempo (no llega a medio euro el billete) y adelantando a un camión que llevaba un elefante en un remolque, llegamos a
Unawatuna, otra bonita playa pero con más gente. El tsunami cambió su forma y ya no es tan extensa como aparece en las postales viejas, más estrecha la franja de arena y más inclinada, pero hermosa igualmente. Allí mismo hay multitud de tienditas que venden gemas y piedras preciosas a precios, tras regatear, bastante más baratos que en Europa. De hecho Sri Lanka es famosa también por ser exportadora de piedras preciosas.
Desde Unawatuna se llega facil en bus a
Galle, hermosa ciudad caracterizada por su fuerte de epoca holandesa que alberga parte de la ciudad, y sus casas coloniales
Y tras agua, arena y sol, emprendimos al día siguiente el camino hacia el interior del país…