Diarios de viaje > Minas, América del Sur
Unos días en el Arequita!
Escribe: pirincho
Licencia en primavera. Unas ganas tremendas. Uno viaje corto pero hermoso.
Capítulo 1
Arequita, el ombú y la piedra
Minas, Uruguay — miércoles, 28 de septiembre de 2011
Arequita, el ombú y la piedra.
Crónica de un viaje corto pero hermoso.
Con las mochilas llenas, salimos mi pareja y yo el domingo bien temprano hacia la Terminal de Tres Cruces, aquí en Montevideo. Desde allí nos subimos a un ómnibus con destino a Minas, la capital del departamento de Lavalleja. El viaje fue una pasada ya que dos horas y poco después andábamos consultando a la gente del lugar por el camino que nos dirigía al camping municipal. En seguida un vecino nos acompañó prácticamente hasta el camino (creo que se llama Valeriano Magri) que pasa por un costado del cerro y en la cual empezamos a hacer dedo. No sé si era por ser domingo o qué, pero lo cierto es que no había mucha circulación de vehículos y eso nos complicaba un poco. A pocos pasos nos topamos con un cartel que nos indicaba que caminábamos en dirección correcta y ya divisábamos algunos cerros a nuestra izquierda. Nos sorprendió ver uno de ellos forestado con eukaliptus o pinos en la mitad entera de su cuerpo. Caminamos aproximadamente 4 Km. hasta que un lugareño nos levantó e incluso nos dejó en la puerta del camping. Un veterano macanudo en su volkswagen gol cuadrado que se caía a pedazos. Me di cuenta unos días más tarde que todos los coches a los que subí en este viaje corto estaban todos baqueteados, eran de gente humilde, laburante. Ninguna 4x4, ningún auto con menos de 10 años me arrimó ni dos metros.
Llegamos al Camping Municipal del Arequita cerca del mediodía. Si no los arriman en un coche van a tener que patear unos cuantos repechos un poco empinados. Por suerte no tuvimos que hacerlo. Pasamos por la administración y nos instalamos en una de las tantas cabañas que hay. Como costumbre nos pareció un poco caro pero la verdad es que no lo fue. Así como entramos, salimos de las cuatro paredes para recorrer el lugar y es necesario decir que el camping está excelente, por lo menos para un tipo como yo, sin muchas pretensiones de exquisitez: los baños me parecieron prolijos, con agua caliente; hay lugar para lavar la ropa y las cosas de cocina; funciona en una de las salidas del camping, sobre el camino Vareliano Magri, un parador que tiene bastantes cosas para comprar y hasta se puede comer en él; las parcelas para acampar se dividen en dos zonas, una de las cuales está muy bien organizada ya que en cada parcela, que son espaciosas, se tiene lugar para hacer fuego y mesa y sillas de hormigón, además el precio es muy barato. También en verano funciona la piscina, que según nos dijeron explota de gente cuando hace calor, así como el camping todo. Así que si quieren tranquilidad, no sé si sugerirles éste para la alta temporada, más bien les recomendaría el que está a 4,5 Km. aprox. que es el camping Laguna de los Cuervos, al pie del Cerro de los Cuervos (Arequita chico). Si bien no entré, por lo que he leído, escuchado y visto en la cartelería de la puerta del camping, es seguro que es lugar de paz. Ah! También decir que la cabaña en donde pasamos dos noches estaba impecable.
Después de recorrer y empezar a conocer el lugar, nos metimos a comer y dormimos una hora. Entonces nos aprontamos y salimos a trepar el Arequita, con un estado del tiempo que no era el mejor. La llovizna, de todas formas, no nos iba a detener. Me encantó ver allí en el camping pájaros carpinteros que abundan en la zona, al igual que las calandrias y los chingolos. Vimos también algún que otro halconcito y un trepador, esos que tienen el pico doblado, y en el trayecto hacia el volcán inactivo, no faltaron los teros, de mal carácter como siempre. Caminamos el kilómetro que separa los predios de la mole de piedra, entre vacas y caballos, y su respectiva bosta por todos lados. En un momento el camino se termina pero no hay que achicarse sino seguir por donde uno quiera hasta chocarse con el alambrado que hay que atravesar. Lo hicimos y ver el cerro desde tan cerca fue impresionante, aunque es cierto que parece más chico de lo que es. Caminamos unos metros y encontramos la entrada fácilmente reconocible y señalizada por un cartel del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca: “Monte de ombués. Arequita. Visitas guiadas”. No esperen al guía porque no vendrá, es más… dudo de que exista. Sólo comiencen a subir y a disfrutar. Así comenzamos mi novia y yo a meter pata hasta que nos dimos cuenta de que no estábamos solos en la falda del cerro. Unos metros más adelante iba un grupo de gurises gritando, puteándose entre ellos y decidimos darnos vuelta. No somos ningunos buchones ni amargos (calculo que tendrían nuestra edad), pero queríamos vivir el momento de otra manera, una experiencia distinta. No queríamos llegar hasta Lavalleja para trepar el cerro junto a la hinchada de Cerrito. Entonces bajamos lo poco que habíamos ascendido y nos fuimos a buscar la gruta, de la cual yo tenía ya alguna referencia. Al final de todo fue una buena opción visitarla. Al otro día subimos el cerro con un día a cielo despejado y casi sin compañía..
Les decía... en una de las caras del cerro, a la derecha saliendo desde el monte de ombúes, y a 300-400 metros, está el Complejo Arequita, un emprendimiento privado. Allí llegamos en unos minutos. Entramos al parador, que está muy bueno, y averiguamos a qué hora salía la visita guiada a la gruta y esperamos dentro un rato tomando un café riquísimo. Nos cobraron $100 a cada uno por la entrada a la gruta. Nos miramos de costado, pero bueno… hubo que hacerlo. De todas formas estuvo excelente. El guía, y propietario del lugar, nos fue dando charlas informativas mientras nos metíamos de a poco en el centro del Arequita, en la gruta Colón, donde supuestamente una vez fue la “chimenea” del volcán que allí yacía.
Nos escabullimos entre las altas paredes de piedra que parecían encastrar unas con otras perfectamente, y llegamos a la cueva de los vampiros, lugar en el que se estima que los indígenas podrían haber realizado rituales, y es que existe evidencia arqueológica de que los indígenas frecuentaban esta elevación. Nosotros mismos pudimos constatar en las paredes de la gruta algunas huellas que dejaron los “indios”.
El guía encendió unas luces tenues instaladas que iluminaban la bajada escalonada y la cueva misma y comenzamos a descender. Sentí junto con el chillido de los vampiros, el fuerte olor que despide la materia fecal de estos mamíferos hematófagos. Ya allá abajo y después de una introducción un poco por demás mística, el guía apagó las luces y quedamos perdidos en la oscuridad más profunda, más negra que se pueda conocer. Realmente fuimos ciegos por unos minutos. No veíamos ni siquiera nuestras propias manos. Nuestros demás sentidos se activaron al cien por ciento. Escuchamos solo nuestra propia respiración, el aleteo cercano y el chillido de los vampiros, el goteo milenariamente interminable de los techos de la cueva. Y estuvo espectacular. Valió la pena esa oscuridad, sentir el goteo de un agua que no se conoce de donde proviene y que termina, esto si supuestamente comprobado, en el río Santa Lucía. Estar en un lugar que seguro frecuentaban los charrúas o los yaros o los arachanes (los conocedores del tema sabrán bien) para mí era emocionante. Sin dudas estos días de licencia fueron los mejores del año.
Al otro día nos levantamos bien temprano. Nos vimos bajo un día ideal de primavera: ni mucho calor ni frío, ni una nube en el cielo, ni un poco de viento de más. Bajamos al río Santa Lucía, que acaricia el camping, sacamos algunas fotos, disfrutamos del ruido del agua contra las piedras y después nos dirigimos a comprar agua en el parador del camping. De allí partimos al cerro, esta vez sí para subirlo… y así lo hicimos. Atravesamos otra vez el campo, el alambrado, y pisamos la falda del cerro. Decidimos recorrer el monte de ombúes primero, oliendo las señales de algún zorro o zorrillo, que deben de abundar en la noche serrana. Nos entreveramos entre los ombúes y las grandes rocas que se esconden en la espesura del monte y que parecían como desprendidas del cerro grande, desparramadas por todo el lugar e invadidas por las raíces de estos seres grandes. Prestamos atención con el fin de ver algún animal pero nada vimos más que algún zorzal y a los cuervos (que son buitres, en realidad) dando sus vueltas inacabables en el cielo celeste. Saltamos rocas, trepamos por aquí y por allá, intentamos abrazar el cuerpo ancho de los ombúes y sin querer regresamos al comienzo del sendero a la cima del Arequita. El monte es maravilloso.
El cartel aseguraba una duración de 45 minutos para alcanzar la cima. No creo que hayamos demorado eso en subirlo. Claro que no teníamos control de la hora, eso lo hacemos el resto del año viendo si llegamos tarde a clases, bichando cuanto falta para salir del laburo, etc. Por un lado, el sendero entre piedras y monte indígena no tenía muchas complicaciones (tampoco es una escalera mecánica); por otro, 305 metros de altura no son demasiados en realidad. Eso es lo que mide el Arequita.
Con calor llegamos a la cima y la recorrimos entera. La vista era increíble. Los cuervos pasaban cerca pero inofensivos. Minas se veía a lo lejos. Fuimos de una punta a la otra fácilmente, ya que el cerro es plano en su lomo. De uno de sus lados se apreciaba una interminable llanura, pero al otro divisamos las serranías, como si el Arequita marcara la separación de dos territorios geográficamente distintos. Las variaciones de temperatura en una punta y otra eran notables. En una soplaba el viento y se ponía fresco, en otra no corría un soplido y te daba calor. En algunos puntos me quedaba solo porque a mi compañera le venía vértigo y ahí, de cara al viento, me sentía tan feliz que comenzaba a reír a carcajadas. En uno de los bordes de la cima, de los más peligrosos por la forma del cerro ahí, como si uno estuviera parado en la punta de una planchada, extendí los brazos y me quité el gorro para sentir todo el viento en mí. Estuvo increíble. Que bien se siente estando tan alto, controlando con la vista tan amplio territorio, creyendo ser el dueño de todo aquello. Lo somos en realidad. Todos.
Ya era hora de bajar. Buscamos un poco confundidos el camino por donde subimos hasta que dimos con él en un rato y emprendimos el descenso, muy despacio, como no queriendo abandonar aquello. Me colé por una grieta en la piedra grande durante la bajada pero no descubrí nada. Entonces estuvimos de vuelta en la falda. Con una sonrisa en el rostro volvimos al camping.
Almorzamos en el parador. No dimos muchas vueltas y de pronto estábamos caminando hacia el Cerro de los Cuervos. No es nada complicado llegar. Pasamos el Complejo Arequita y le entramos a 3 km de camino rodeado de campos cercados, con vacas, caballos, horneros, pájaros carpinteros y alguna liebre dentro. Por supuesto es más lo que hay, pero sólo eso pudimos ver (en la carpa después aprendería cuanta es la diferencia entre la vida animal diurna y la nocturna). La macana fue llegar a destino y no poder subir el cerro porque el río estaba crecido y “la canoa no tiene cuerda”. Una cagada. El Cerro de los Cuervos, por lo que he leído, es más chico que el Arequita, aunque tengo la impresión de que la dificultad para subirlo es más alta. Su falda, bordeada por el Santa Lucía, está totalmente tupida de monte indígena. Nos dimos la vuelta con mucha pena, pero por lo menos tenemos unas cuantas fotos y una excelente excusa para volver. Creo que lo voy a hacer pronto. Para el verano es seguro que el río se puede cruzar caminando por un tramo un poco alejado del cerro.
Caminamos de vuelta, un poquito cansados pero nada arrepentidos. Yo me preparaba mentalmente para el viaje que emprendería, esta vez sólo, al otro día.
La mañana siguiente regresamos a Minas en taxi. Nos afanaron, pero las circunstancias no nos permitían hacer dedo. Mi compañera regresaba a trabajar. Yo... esperaba el ómnibus en la Terminal que me iba a llevar a la Quebrada de los Cuervos, en Treinta y Tres. Allí tendría una gran experiencia.
Pirincho Supertramp. Setiembre 2011.
Crónica de un viaje corto pero hermoso.
Con las mochilas llenas, salimos mi pareja y yo el domingo bien temprano hacia la Terminal de Tres Cruces, aquí en Montevideo. Desde allí nos subimos a un ómnibus con destino a Minas, la capital del departamento de Lavalleja. El viaje fue una pasada ya que dos horas y poco después andábamos consultando a la gente del lugar por el camino que nos dirigía al camping municipal. En seguida un vecino nos acompañó prácticamente hasta el camino (creo que se llama Valeriano Magri) que pasa por un costado del cerro y en la cual empezamos a hacer dedo. No sé si era por ser domingo o qué, pero lo cierto es que no había mucha circulación de vehículos y eso nos complicaba un poco. A pocos pasos nos topamos con un cartel que nos indicaba que caminábamos en dirección correcta y ya divisábamos algunos cerros a nuestra izquierda. Nos sorprendió ver uno de ellos forestado con eukaliptus o pinos en la mitad entera de su cuerpo. Caminamos aproximadamente 4 Km. hasta que un lugareño nos levantó e incluso nos dejó en la puerta del camping. Un veterano macanudo en su volkswagen gol cuadrado que se caía a pedazos. Me di cuenta unos días más tarde que todos los coches a los que subí en este viaje corto estaban todos baqueteados, eran de gente humilde, laburante. Ninguna 4x4, ningún auto con menos de 10 años me arrimó ni dos metros.
Llegamos al Camping Municipal del Arequita cerca del mediodía. Si no los arriman en un coche van a tener que patear unos cuantos repechos un poco empinados. Por suerte no tuvimos que hacerlo. Pasamos por la administración y nos instalamos en una de las tantas cabañas que hay. Como costumbre nos pareció un poco caro pero la verdad es que no lo fue. Así como entramos, salimos de las cuatro paredes para recorrer el lugar y es necesario decir que el camping está excelente, por lo menos para un tipo como yo, sin muchas pretensiones de exquisitez: los baños me parecieron prolijos, con agua caliente; hay lugar para lavar la ropa y las cosas de cocina; funciona en una de las salidas del camping, sobre el camino Vareliano Magri, un parador que tiene bastantes cosas para comprar y hasta se puede comer en él; las parcelas para acampar se dividen en dos zonas, una de las cuales está muy bien organizada ya que en cada parcela, que son espaciosas, se tiene lugar para hacer fuego y mesa y sillas de hormigón, además el precio es muy barato. También en verano funciona la piscina, que según nos dijeron explota de gente cuando hace calor, así como el camping todo. Así que si quieren tranquilidad, no sé si sugerirles éste para la alta temporada, más bien les recomendaría el que está a 4,5 Km. aprox. que es el camping Laguna de los Cuervos, al pie del Cerro de los Cuervos (Arequita chico). Si bien no entré, por lo que he leído, escuchado y visto en la cartelería de la puerta del camping, es seguro que es lugar de paz. Ah! También decir que la cabaña en donde pasamos dos noches estaba impecable.
Después de recorrer y empezar a conocer el lugar, nos metimos a comer y dormimos una hora. Entonces nos aprontamos y salimos a trepar el Arequita, con un estado del tiempo que no era el mejor. La llovizna, de todas formas, no nos iba a detener. Me encantó ver allí en el camping pájaros carpinteros que abundan en la zona, al igual que las calandrias y los chingolos. Vimos también algún que otro halconcito y un trepador, esos que tienen el pico doblado, y en el trayecto hacia el volcán inactivo, no faltaron los teros, de mal carácter como siempre. Caminamos el kilómetro que separa los predios de la mole de piedra, entre vacas y caballos, y su respectiva bosta por todos lados. En un momento el camino se termina pero no hay que achicarse sino seguir por donde uno quiera hasta chocarse con el alambrado que hay que atravesar. Lo hicimos y ver el cerro desde tan cerca fue impresionante, aunque es cierto que parece más chico de lo que es. Caminamos unos metros y encontramos la entrada fácilmente reconocible y señalizada por un cartel del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca: “Monte de ombués. Arequita. Visitas guiadas”. No esperen al guía porque no vendrá, es más… dudo de que exista. Sólo comiencen a subir y a disfrutar. Así comenzamos mi novia y yo a meter pata hasta que nos dimos cuenta de que no estábamos solos en la falda del cerro. Unos metros más adelante iba un grupo de gurises gritando, puteándose entre ellos y decidimos darnos vuelta. No somos ningunos buchones ni amargos (calculo que tendrían nuestra edad), pero queríamos vivir el momento de otra manera, una experiencia distinta. No queríamos llegar hasta Lavalleja para trepar el cerro junto a la hinchada de Cerrito. Entonces bajamos lo poco que habíamos ascendido y nos fuimos a buscar la gruta, de la cual yo tenía ya alguna referencia. Al final de todo fue una buena opción visitarla. Al otro día subimos el cerro con un día a cielo despejado y casi sin compañía..
Les decía... en una de las caras del cerro, a la derecha saliendo desde el monte de ombúes, y a 300-400 metros, está el Complejo Arequita, un emprendimiento privado. Allí llegamos en unos minutos. Entramos al parador, que está muy bueno, y averiguamos a qué hora salía la visita guiada a la gruta y esperamos dentro un rato tomando un café riquísimo. Nos cobraron $100 a cada uno por la entrada a la gruta. Nos miramos de costado, pero bueno… hubo que hacerlo. De todas formas estuvo excelente. El guía, y propietario del lugar, nos fue dando charlas informativas mientras nos metíamos de a poco en el centro del Arequita, en la gruta Colón, donde supuestamente una vez fue la “chimenea” del volcán que allí yacía.
Nos escabullimos entre las altas paredes de piedra que parecían encastrar unas con otras perfectamente, y llegamos a la cueva de los vampiros, lugar en el que se estima que los indígenas podrían haber realizado rituales, y es que existe evidencia arqueológica de que los indígenas frecuentaban esta elevación. Nosotros mismos pudimos constatar en las paredes de la gruta algunas huellas que dejaron los “indios”.
El guía encendió unas luces tenues instaladas que iluminaban la bajada escalonada y la cueva misma y comenzamos a descender. Sentí junto con el chillido de los vampiros, el fuerte olor que despide la materia fecal de estos mamíferos hematófagos. Ya allá abajo y después de una introducción un poco por demás mística, el guía apagó las luces y quedamos perdidos en la oscuridad más profunda, más negra que se pueda conocer. Realmente fuimos ciegos por unos minutos. No veíamos ni siquiera nuestras propias manos. Nuestros demás sentidos se activaron al cien por ciento. Escuchamos solo nuestra propia respiración, el aleteo cercano y el chillido de los vampiros, el goteo milenariamente interminable de los techos de la cueva. Y estuvo espectacular. Valió la pena esa oscuridad, sentir el goteo de un agua que no se conoce de donde proviene y que termina, esto si supuestamente comprobado, en el río Santa Lucía. Estar en un lugar que seguro frecuentaban los charrúas o los yaros o los arachanes (los conocedores del tema sabrán bien) para mí era emocionante. Sin dudas estos días de licencia fueron los mejores del año.
Al otro día nos levantamos bien temprano. Nos vimos bajo un día ideal de primavera: ni mucho calor ni frío, ni una nube en el cielo, ni un poco de viento de más. Bajamos al río Santa Lucía, que acaricia el camping, sacamos algunas fotos, disfrutamos del ruido del agua contra las piedras y después nos dirigimos a comprar agua en el parador del camping. De allí partimos al cerro, esta vez sí para subirlo… y así lo hicimos. Atravesamos otra vez el campo, el alambrado, y pisamos la falda del cerro. Decidimos recorrer el monte de ombúes primero, oliendo las señales de algún zorro o zorrillo, que deben de abundar en la noche serrana. Nos entreveramos entre los ombúes y las grandes rocas que se esconden en la espesura del monte y que parecían como desprendidas del cerro grande, desparramadas por todo el lugar e invadidas por las raíces de estos seres grandes. Prestamos atención con el fin de ver algún animal pero nada vimos más que algún zorzal y a los cuervos (que son buitres, en realidad) dando sus vueltas inacabables en el cielo celeste. Saltamos rocas, trepamos por aquí y por allá, intentamos abrazar el cuerpo ancho de los ombúes y sin querer regresamos al comienzo del sendero a la cima del Arequita. El monte es maravilloso.
El cartel aseguraba una duración de 45 minutos para alcanzar la cima. No creo que hayamos demorado eso en subirlo. Claro que no teníamos control de la hora, eso lo hacemos el resto del año viendo si llegamos tarde a clases, bichando cuanto falta para salir del laburo, etc. Por un lado, el sendero entre piedras y monte indígena no tenía muchas complicaciones (tampoco es una escalera mecánica); por otro, 305 metros de altura no son demasiados en realidad. Eso es lo que mide el Arequita.
Con calor llegamos a la cima y la recorrimos entera. La vista era increíble. Los cuervos pasaban cerca pero inofensivos. Minas se veía a lo lejos. Fuimos de una punta a la otra fácilmente, ya que el cerro es plano en su lomo. De uno de sus lados se apreciaba una interminable llanura, pero al otro divisamos las serranías, como si el Arequita marcara la separación de dos territorios geográficamente distintos. Las variaciones de temperatura en una punta y otra eran notables. En una soplaba el viento y se ponía fresco, en otra no corría un soplido y te daba calor. En algunos puntos me quedaba solo porque a mi compañera le venía vértigo y ahí, de cara al viento, me sentía tan feliz que comenzaba a reír a carcajadas. En uno de los bordes de la cima, de los más peligrosos por la forma del cerro ahí, como si uno estuviera parado en la punta de una planchada, extendí los brazos y me quité el gorro para sentir todo el viento en mí. Estuvo increíble. Que bien se siente estando tan alto, controlando con la vista tan amplio territorio, creyendo ser el dueño de todo aquello. Lo somos en realidad. Todos.
Ya era hora de bajar. Buscamos un poco confundidos el camino por donde subimos hasta que dimos con él en un rato y emprendimos el descenso, muy despacio, como no queriendo abandonar aquello. Me colé por una grieta en la piedra grande durante la bajada pero no descubrí nada. Entonces estuvimos de vuelta en la falda. Con una sonrisa en el rostro volvimos al camping.
Almorzamos en el parador. No dimos muchas vueltas y de pronto estábamos caminando hacia el Cerro de los Cuervos. No es nada complicado llegar. Pasamos el Complejo Arequita y le entramos a 3 km de camino rodeado de campos cercados, con vacas, caballos, horneros, pájaros carpinteros y alguna liebre dentro. Por supuesto es más lo que hay, pero sólo eso pudimos ver (en la carpa después aprendería cuanta es la diferencia entre la vida animal diurna y la nocturna). La macana fue llegar a destino y no poder subir el cerro porque el río estaba crecido y “la canoa no tiene cuerda”. Una cagada. El Cerro de los Cuervos, por lo que he leído, es más chico que el Arequita, aunque tengo la impresión de que la dificultad para subirlo es más alta. Su falda, bordeada por el Santa Lucía, está totalmente tupida de monte indígena. Nos dimos la vuelta con mucha pena, pero por lo menos tenemos unas cuantas fotos y una excelente excusa para volver. Creo que lo voy a hacer pronto. Para el verano es seguro que el río se puede cruzar caminando por un tramo un poco alejado del cerro.
Caminamos de vuelta, un poquito cansados pero nada arrepentidos. Yo me preparaba mentalmente para el viaje que emprendería, esta vez sólo, al otro día.
La mañana siguiente regresamos a Minas en taxi. Nos afanaron, pero las circunstancias no nos permitían hacer dedo. Mi compañera regresaba a trabajar. Yo... esperaba el ómnibus en la Terminal que me iba a llevar a la Quebrada de los Cuervos, en Treinta y Tres. Allí tendría una gran experiencia.
Pirincho Supertramp. Setiembre 2011.
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