Merzouga
Merzouga, Marruecos — sábado, 30 de diciembre de 2006
30/12/2006 Salimos en dirección a Er-rachidia, después de un buen desayuno con té y tortas untadas con miel. Atravesamos una planicie, una llanura ocre. En nuestro trayecto se interpone el imponente Atlas nevado. Todo es desértico, pequeñas poblaciones, rojizas, amoratadas por el frío. Los niños en los lindes de la carretera, se lanzan como leones voraces cuando nos detenemos para darles camisetas, gorras, bolígrafos… Se ven necesitados. Nos apena. Subimos un puerto de montaña, vamos ganando en altitud. Paramos para tocar la nieve, y jugamos como niños lanzándonos bolas. Hay abundante blanco, parece una estampa pirenaica.
Seguimos hasta la zona de Er-rachidia donde paramos a ver un oasis en medio de un valle rodeado de aridez. De repente emergen palmeras, huertos cuadriculados, pueblo de adobe, verde y más verde. Dos beréberes se acercan, de carácter afable, nos informan sobre una kasba con la que tienen contactos y nos dan un sobre sellado para que lo entreguemos si vamos allí. Misterioso. ¿Qué hay en su interior?
Continuamos hasta Merzouga, las dunas del desierto. Paramos en tres kasbas y la última nos convence. Antes hemos visto unos camiones franceses con despliegue de tiendas de campaña: han organizado una fiesta rave convocada por Internet. Nos reciben con té en la entrada de la kasba. Las habitaciones son confortables, sorprendentemente los beréberes que trabajan allí hablan casi todos español. Ataviados con sus chilabas. Sus turbantes. Hassan, el dueño, vive en Barcelona. Yussef en Valencia. Se van acercando, para conversar, no se inmiscuyen, escuchan, son divertidos y amenos. Saben estar. Té a la menta. Increíbles habilidades sociales. Sonrisas.
El humo risueño de los porros. Encienden hogueras en bidones, la noche trae el traidor frío del desierto. Locuaces. Cenamos kefta (huevos fritos sobre carne) y repelamos el plato. Al acabar la cena: percusión. El sonido del cuero tensado golpeado por la yema de sus dedos suena al compás de las castañuelas de metal y los cantos que no sé qué dicen…historias de amor me confirman más tarde. Relajación. Paz. Tomamos vino. Arrebato: cogemos la furgoneta, la sacamos a cierta distancia del recinto de la kasba. Abrimos las puertas, suena la música, vamos subiendo el volumen, bailamos. De techo Orión y el carro. Suena Knocking on heaven´s doors, momento cúspide, sí, era cierto, estamos llamando a las puertas del cielo, llamando a las puertas del desierto. La gran duna se muestra indiferente. Se acerca un berebere a hablar con nosotros, aparece como un fantasma azul en la oscuridad, conversamos, y nos cuenta que cuando llueve es que la constelación del guerrero (Orión) está haciendo sus necesidades.
Seguimos hasta la zona de Er-rachidia donde paramos a ver un oasis en medio de un valle rodeado de aridez. De repente emergen palmeras, huertos cuadriculados, pueblo de adobe, verde y más verde. Dos beréberes se acercan, de carácter afable, nos informan sobre una kasba con la que tienen contactos y nos dan un sobre sellado para que lo entreguemos si vamos allí. Misterioso. ¿Qué hay en su interior?
Continuamos hasta Merzouga, las dunas del desierto. Paramos en tres kasbas y la última nos convence. Antes hemos visto unos camiones franceses con despliegue de tiendas de campaña: han organizado una fiesta rave convocada por Internet. Nos reciben con té en la entrada de la kasba. Las habitaciones son confortables, sorprendentemente los beréberes que trabajan allí hablan casi todos español. Ataviados con sus chilabas. Sus turbantes. Hassan, el dueño, vive en Barcelona. Yussef en Valencia. Se van acercando, para conversar, no se inmiscuyen, escuchan, son divertidos y amenos. Saben estar. Té a la menta. Increíbles habilidades sociales. Sonrisas.
El humo risueño de los porros. Encienden hogueras en bidones, la noche trae el traidor frío del desierto. Locuaces. Cenamos kefta (huevos fritos sobre carne) y repelamos el plato. Al acabar la cena: percusión. El sonido del cuero tensado golpeado por la yema de sus dedos suena al compás de las castañuelas de metal y los cantos que no sé qué dicen…historias de amor me confirman más tarde. Relajación. Paz. Tomamos vino. Arrebato: cogemos la furgoneta, la sacamos a cierta distancia del recinto de la kasba. Abrimos las puertas, suena la música, vamos subiendo el volumen, bailamos. De techo Orión y el carro. Suena Knocking on heaven´s doors, momento cúspide, sí, era cierto, estamos llamando a las puertas del cielo, llamando a las puertas del desierto. La gran duna se muestra indiferente. Se acerca un berebere a hablar con nosotros, aparece como un fantasma azul en la oscuridad, conversamos, y nos cuenta que cuando llueve es que la constelación del guerrero (Orión) está haciendo sus necesidades.
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