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Los Andes de Venezuela

Escribe: HAGOT
Como sacado de los cuentos, Los Andes de Venezuela son más que una ilusión óptica. Llegar allí es el sueño más hermoso que persona alguna pudiera tener. Simplemente, es ser amado en todo su esplendor.

 

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Los Andes de Venezuela 2005: De Los Andes a Mérida

Mérida, Venezuela — jueves, 6 de enero de 2011

El sol asomó su reluciente resplandor sobre mi rostro, significado de que más cosas por conquistar me esperaban. Antes de salir, nos detuvimos en varios lugares para comprar recordatorios y algunos comestibles para el viaje. Según me dijeron, nos dirigíamos hacia el Estado de Mérida, cuna y albergue de la Universidad de los Andes. Mientras viajábamos, noté algo muy peculiar de la región: el amor que el campesino tiene a su tierra y a su patria. Es como si la sangre del mismísimo Simón Bolívar corriera por las venas de los pobladores. Para darle matices a esta expresión, las orillas de aquellas carreteras estaban galardonadas con hermosos lirios calas color de blanco y múltiples quebradas que climatizaban el sonido de que todo era Venezuela.
 
Al rato, vimos un castillo medieval fuera de contexto a lo que era el poblado. Se trataba de un área para alojarse, quedando en mi lista de lugares para quedarme en otro momento. Continuamos el trayecto y nos detuvimos en un sitio llamado Los Aleros. La vista que tiene el lugar es espectacular y la paz que se respira es increíble, mientras se escucha música de violines típicos venezolanos, exclusivos de tierra adentro. Como nota graciosa, había unas tienditas que vendían diferentes bebidas y dulces típicos de Venezuela, incluyendo el malvavisco que me hizo temblar en Apartaderos. Esta vez, pero no dejando la curiosidad que mata a los gatos, decidí probar una bebida en vez de un dulce. Que creen. Pues aquel traguito de Leche de Burra o como quiera que se llamara, era más rico de lo que pensaba, aunque no quería saber su contenido pues su nombre no me atraía mucho. Decidí no llevarme la botella, pues ahora me tocaba conducir hasta Mérida y no quería convertir aquellas curvas en una autopista.  Al menos, tenía como acompañante mi Cóndor Venezolano tallado en madera más la música de los Violines Típicos Andinos que escucharía hasta llegar a nuestro destino.
 
Al atardecer llegamos a Mérida, una ciudad impresionante protegida por montañas y por su guardián, el Pico Bolívar. Entonces esa noche, un poco más calida que la anterior, paseamos entre las plazoletas de la zona hasta llegar a aquella colosal estructura conocida por mí como Coliseo, pero que en realidad era la Plaza de Toros de Mérida. Después de un buen rato de estar por las áreas cercanas y platicar con la gente, regresamos al lugar donde reservamos. Sólo algunos nos fuimos al exterior del hotel a disfrutar de una exquisita comida, bebida y bohemia musical.
 
Entonces, los sonidos del viento susurraban sutilmente mi oído de que mañana me esperaba otro grandioso día. Había llegado a mí el momento más sublime de la noche, como ocurre cuando se encuentran los amantes.

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Últimos comentarios

AbrahamQ dice:
Muy bueno tu diario. En verdad, Mérida tiene mucho que ofrecer. He ido varias veces y cada vez la veo desde un ángulo diferente. Tu historia en el Pico El Águila (el punto más alto de la carretera) me recodó mi último viaje y a un amigo que casi se muere de "mal de páramo". Gracias por compartir.
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Gonzalocolmenares dice:
Mi hermano, te felicto por tan expledida y hermosa relatica, la verdad que me dejas impresionado, esperamos los venezolanos tener aqui turistas tan enamorados de nuestra tierra como tu.
un gran abrazo
Gonzalo

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